25 de junio 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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Los mayores se emocionan con los cromos de Panini

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Para casi todos los países del mundo, coleccionar cromos Panini de jugadores de fútbol es una actividad reservada a la población de menos de un metro y medio de altura. El hobby, por esencia, cumple el patrón de ser una afición en la que los padres ponen el dinero y los hijos van a la tienda a comprar sus sobrecitos llenos de ídolos del balompié que cambian con sus compañeros de escuela si salen repes. En México lo han entendido de otra manera. La afición a las estampas, como denominan a los cromos, no es un juego de niños.
Oswaldo Moscoso es un ingeniero de 31 años de edad y más de 1,90 de altura. Desde que tenía siete años ha iniciado un número de colecciones que le sería imposible contabilizar exactamente. «Empecé en Italia 90», ubica. Y a sus casi dos metros de talla sigue con la misma costumbre. Probablemente, en casi cualquier otro lugar, su pasatiempo acarrearía acusaciones como freak o adulto con complejo de Peter Pan. «Aquí en México cambio estampas con amigos, compañeros de trabajo, vecinos, niños y también con gente mucho mayor que yo», pone en situación a los extranjeros antes de que piensen raro.
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Aunque el hobby del coleccionismo mundialero, según Moscoso, ha tomado especial fuerza este año, no es nada nuevo observar a señores encorbatados mostrando sus estampitas y pidiendo ver las de otros para llegar a un acuerdo. Cada cuatro años este suceso se vuelve natural en México, «y cada vez más», sostiene el forofo. Tenderos enseñando sus futbolistas repetidos a los clientes, oficinistas aprovechando los descansos para ver qué nuevas piezas ha conseguido su compañero de mesa o profesores echando un ojo a esos cromos imposibles de hallar que muestran algunos de los alumnos.
La pasada semana Panini y Adidas organizaron en el estadio Azteca (uno de los recintos deportivos con mayor capacidad del planeta) la cita más grande de intercambiadores de estampas que jamás se hubiera dado. «Allí terminé mi álbum de este año», comenta el ingeniero, que por supuesto estuvo. «Hay quien los intercambia y hay quien los vende. Yo prefiero hacerlo sin gastarme dinero».
Este tipo de encuentros a los que acude todo tipo de personas en una horquilla de edad de 180 grados, si no tan grandes como el del Azteca, no son en absoluto extraños en tiempos de la World Cup. En Plaza Universitaria se dan cita cada semana decenas de aficionados, un monitoreo rápido por las redes sociales da fe de la euforia que provoca el querer llenar el álbum de Panini, y cada fin de semana, hay reuniones en varios puntos de Ciudad de México. Hasta están los que acuerdan encuentros personales mediante Facebook o Twitter para conseguir la pieza dorada que les falta.
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«En total habré invertido unos 1000 pesos (60 euros) en completar la colección, porque la mayoría se consiguen cambiando», da una idea Moscoso sobre el coste de su pasión. «Pero hay quien prefiere ir más rápido y se puede gastar mucho más dinero». Según estimaciones de la guía Dónde, hay quienes llegan a invertir más de 5.000 pesos (300 euros) en completar el álbum.
«Cada cual puede tener sus pasiones y sus aficiones», reivindica un tipo con un sobre repleto de miles de cromos llamado Roberto Valdez, coleccionista de 42 años que también terminó su librito en una de esas reuniones masivas de adultos con estampitas. En ocasiones, estos aficionados viven momentos duros, esos en los que les falta un jugador camerunés de apellido impronunciable pero igual de necesario para completar la colección. «El día que en una plaza puse la última estampa de mi primer álbum, todos me aplaudieron. Fue algo muy padre ver ese compañerismo entre los amantes de la colecciones de fútbol», rememora emocionado.
Este año, más que nunca, la marca italiana Panini ha conseguido inyectar a la población mexicana la afición por los cromos. Estos vendedores de recuerdos en sobrecitos que llevan funcionando desde 1961, son, desde 1970, la compañía avalada oficialmente por la UEFA para cubrir las colecciones mundialistas, sus colecciones de mayor éxito.
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Moscoso, que califica el entretenimiento de «ritual», opina que México no es el único país del mundo donde coleccionar cromos sea cosa de mayores, y tiene razón. Según datos de la empresa, otros países como Brasil, Alemania o Italia también son grandes clientes de sus álbumes, que llegan a un total de 110 países del mundo.
Este año, además, la firma ha puesto en órbita el coleccionable en versión App, que ya ha conseguido millones de descargas y que ha traducido las reglas del coleccionista tradicional en ciber-normas como no poder descargar más de cinco sobres al día, o hacer posible el intercambio con personas de cualquier país del mismo modo que se ha hecho toda la vida en persona.
«Hasta la presidenta de Brasil Dilma Rouseff dicen que ha terminado su coleccionable», parapeta oficialmente su afición Valdez. Para el próximo mundial él tendrá 46 años y para el próximo 50, pero deja ya sobre aviso que igualmente podrán verle en las concentraciones mostrando sus estampitas a cualquiera que le ofrezca un buen intercambio. «Es el amor al coleccionismo», dice con su álbum bien amarrado debajo del brazo. «¿Sabes cuánta gente de mi edad habrá juntando estampas en México?…», cuestiona, «nos gusta, lo amamos. Cambiar futbolistas no es tanto cosa de chamacos».
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Para casi todos los países del mundo, coleccionar cromos Panini de jugadores de fútbol es una actividad reservada a la población de menos de un metro y medio de altura. El hobby, por esencia, cumple el patrón de ser una afición en la que los padres ponen el dinero y los hijos van a la tienda a comprar sus sobrecitos llenos de ídolos del balompié que cambian con sus compañeros de escuela si salen repes. En México lo han entendido de otra manera. La afición a las estampas, como denominan a los cromos, no es un juego de niños.
Oswaldo Moscoso es un ingeniero de 31 años de edad y más de 1,90 de altura. Desde que tenía siete años ha iniciado un número de colecciones que le sería imposible contabilizar exactamente. «Empecé en Italia 90», ubica. Y a sus casi dos metros de talla sigue con la misma costumbre. Probablemente, en casi cualquier otro lugar, su pasatiempo acarrearía acusaciones como freak o adulto con complejo de Peter Pan. «Aquí en México cambio estampas con amigos, compañeros de trabajo, vecinos, niños y también con gente mucho mayor que yo», pone en situación a los extranjeros antes de que piensen raro.
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Aunque el hobby del coleccionismo mundialero, según Moscoso, ha tomado especial fuerza este año, no es nada nuevo observar a señores encorbatados mostrando sus estampitas y pidiendo ver las de otros para llegar a un acuerdo. Cada cuatro años este suceso se vuelve natural en México, «y cada vez más», sostiene el forofo. Tenderos enseñando sus futbolistas repetidos a los clientes, oficinistas aprovechando los descansos para ver qué nuevas piezas ha conseguido su compañero de mesa o profesores echando un ojo a esos cromos imposibles de hallar que muestran algunos de los alumnos.
La pasada semana Panini y Adidas organizaron en el estadio Azteca (uno de los recintos deportivos con mayor capacidad del planeta) la cita más grande de intercambiadores de estampas que jamás se hubiera dado. «Allí terminé mi álbum de este año», comenta el ingeniero, que por supuesto estuvo. «Hay quien los intercambia y hay quien los vende. Yo prefiero hacerlo sin gastarme dinero».
Este tipo de encuentros a los que acude todo tipo de personas en una horquilla de edad de 180 grados, si no tan grandes como el del Azteca, no son en absoluto extraños en tiempos de la World Cup. En Plaza Universitaria se dan cita cada semana decenas de aficionados, un monitoreo rápido por las redes sociales da fe de la euforia que provoca el querer llenar el álbum de Panini, y cada fin de semana, hay reuniones en varios puntos de Ciudad de México. Hasta están los que acuerdan encuentros personales mediante Facebook o Twitter para conseguir la pieza dorada que les falta.
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«En total habré invertido unos 1000 pesos (60 euros) en completar la colección, porque la mayoría se consiguen cambiando», da una idea Moscoso sobre el coste de su pasión. «Pero hay quien prefiere ir más rápido y se puede gastar mucho más dinero». Según estimaciones de la guía Dónde, hay quienes llegan a invertir más de 5.000 pesos (300 euros) en completar el álbum.
«Cada cual puede tener sus pasiones y sus aficiones», reivindica un tipo con un sobre repleto de miles de cromos llamado Roberto Valdez, coleccionista de 42 años que también terminó su librito en una de esas reuniones masivas de adultos con estampitas. En ocasiones, estos aficionados viven momentos duros, esos en los que les falta un jugador camerunés de apellido impronunciable pero igual de necesario para completar la colección. «El día que en una plaza puse la última estampa de mi primer álbum, todos me aplaudieron. Fue algo muy padre ver ese compañerismo entre los amantes de la colecciones de fútbol», rememora emocionado.
Este año, más que nunca, la marca italiana Panini ha conseguido inyectar a la población mexicana la afición por los cromos. Estos vendedores de recuerdos en sobrecitos que llevan funcionando desde 1961, son, desde 1970, la compañía avalada oficialmente por la UEFA para cubrir las colecciones mundialistas, sus colecciones de mayor éxito.
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Moscoso, que califica el entretenimiento de «ritual», opina que México no es el único país del mundo donde coleccionar cromos sea cosa de mayores, y tiene razón. Según datos de la empresa, otros países como Brasil, Alemania o Italia también son grandes clientes de sus álbumes, que llegan a un total de 110 países del mundo.
Este año, además, la firma ha puesto en órbita el coleccionable en versión App, que ya ha conseguido millones de descargas y que ha traducido las reglas del coleccionista tradicional en ciber-normas como no poder descargar más de cinco sobres al día, o hacer posible el intercambio con personas de cualquier país del mismo modo que se ha hecho toda la vida en persona.
«Hasta la presidenta de Brasil Dilma Rouseff dicen que ha terminado su coleccionable», parapeta oficialmente su afición Valdez. Para el próximo mundial él tendrá 46 años y para el próximo 50, pero deja ya sobre aviso que igualmente podrán verle en las concentraciones mostrando sus estampitas a cualquiera que le ofrezca un buen intercambio. «Es el amor al coleccionismo», dice con su álbum bien amarrado debajo del brazo. «¿Sabes cuánta gente de mi edad habrá juntando estampas en México?…», cuestiona, «nos gusta, lo amamos. Cambiar futbolistas no es tanto cosa de chamacos».
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