Publicado: 27 de septiembre 2023 09:41  /   ENTRETENIMIENTO
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Por qué el ‘crowd work’, lo de hablar con el público, lo peta en la comedia

Publicado: 27 de septiembre 2023 09:41  /   ENTRETENIMIENTO     por          
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crowd work

Te descargas Instagram, Twitter, TikTok, YouTube o Facebook y ahí está uno de los reyes de la comedia actual. Sin filtros ni anestesia. Rompiendo a martillazos la cuarta pared. Porque seguro que ha saltado en tu móvil algún vídeo suyo.

Desde hace tiempo, te ríes o te escandalizas con un tipo que viste chaqueta de lentejuelas y despliega una agilidad mental a prueba de bombas, troleando al público con su sorna inmisericorde.

Se llama Juan Dávila y es el número uno de la interacción en escena o, como se diría en inglés, del crowd work. Un recurso creativo con solera que bebe de la improvisación y que, con permiso de tantos referentes del género, ha eclosionado hoy en España —y en otros países— llenando salas, bares y teatros por doquier. Una revolución dentro del stand up comedy y acaso otra evidencia más de la edad de oro del humor que estamos viviendo y disfrutando.

Si no de árbol en árbol, ahora una ardilla puede cruzar la península de monólogo en monólogo. En un país a ratos furibundo y polarizado, la risa se impone como sempiterna marca de la casa y cuenta con miles de espectadores cada fin de semana, e incluso a diario.

Emulando a los clubes icónicos de Nueva York, una meca de este arte superlativo que —como proclama el cómico Ignatius Farrray— se asemeja al amor: una fuerza conciliadora que une posturas y que brinda numerosos beneficios físicos y psíquicos. Pero esa es otra historia.

TRABAJO, EXPERIENCIA Y CAPACIDAD DE ESCUCHA

«El secreto del crowd work es la observación y estar 11 años improvisando tres veces por semana», apunta Juan Dávila, reivindicando el trabajo que existe tras los aplausos. Su éxito tal vez suponga un fenómeno sin precedentes, un salto a la fama que se desmadró cuando decidió colgar en las redes sociales vídeos cortos de algunos de sus compadreos delirantes y espontáneos con los incautos asistentes. Un clamor que bien merecería un documental de Netflix.

«Llevo más de 100.000 entradas vendidas con La capital del pecado», calcula. Las fechas de sus funciones —para finales de 2023— en el Palacio de Vistalegre de Madrid, donde caben unas 15.000 almas, volaron en apenas minutos, como si fuera un concierto de Rosalía o de AC/DC. Lo mismo le sucede en todas las ciudades que visita: pone patas arriba la taquilla.

Y esto suma y sigue. Solo basta ver las filas de gente esperando a las puertas del Capitol en la Gran Vía antes de cada actuación —imágenes más propias de la apertura de una nueva tienda de Apple— para cerciorarse de que la comedia, como Juan Dávila, no tiene límites.

«Creo que un aspecto crucial donde confluyen el crowd work y la comedia de stand up, los monólogos, es la capacidad de escucha. No me refiero a oír, o incluso a partir de algo dicho para buscar una respuesta ingeniosa, sino en escuchar más profundamente: qué motivos, qué extrañeza, qué fragilidad hay detrás de aquello que se ha dicho; qué trama oculta el inocente comentario, el gesto sutil, la premura o la tardanza en el decir», reflexiona Dani Alés, gran teórico del humor que triunfa en la cartelera con Tabú.

«La comedia se sofistica más cuanto más desarrolla su capacidad de escucha. Escuchar al público más activamente permite que ocurra ese baile que es, en ocasiones, un buen espectáculo», expone. Y ahí otra clave del género. Ese tira y afloja in situ, el diálogo fresco para crear un compás conjunto, inesperado e hilarante entre el artista y, como se decía antaño, el respetable.

Y aquí no hay medias tintas. Toca jugar caiga quien caiga, disparando chistes a la arteria aorta. De aquellas preguntas convencionales como «¿Sois pareja?» o «¿De dónde venís?», se salta ya sin red en busca de otras ocurrencias más íntimas y desenfrenadas. «Como es de esperar, hay diferentes calidades y no todo cómico que se lanza al abismo de conversar con espectadores logra ir más allá del primer cliché o un peldaño básico de ingenio», cavila Dani Alés, a quien el crowd work se le atraganta.

«Se me da profundamente mal. Siento que estoy engañando al público cuando lo hago porque mi material de stand up es bastante más trabajado que cualquier cosa que improvise. Por eso pienso que es una actividad complicada». Una actividad que él emparenta, citando la Poética de Aristóteles, con el concepto de catarsis.

CATARSIS DEL STAND-UP COMEDY ACTUAL

Aparte de Juan Dávila, el cartel de humoristas que está engrandeciendo el crowd work resulta contundente. A vuela pluma: Galder Varas, Andreu Casanova, David Cepo, Patricia Galván, Isabel Rey, David Puerto, Eva Soriano, Mikel Bermejo, Virginia Riezu, Rubén Faura, Taka Gómez, Txabi Franquesa, Raúl Massana, Paula Púa, Lalo Tenorio, Javi Durán, Esther Gimeno, Charlie Under, Víctor Parrado, La Cristina Molina, Diego Daño, Fran Pati, Coria Castillo…

Como se suele decir, no están todos los que son, pero sí son todos los que están. Nombres propios que combinan sus textos con la improvisación. Talentos desbocados y cerebelos para donar a la ciencia. Pura filosofía de la posmodernidad.

«A mí me lo pedía el cuerpo desde la primera vez que me subí al escenario. Hay cosas que suceden en el público que no pueden pasar desapercibidas. Y, como yo estoy muy loca, me encanta encontrarme con público atrevido y que le guste interactuar, siempre y cuando se respete a la protagonista, o sea, yo», confiesa con su guasa habitual Isabel Rey, que se define como «Diva de barrio» y celebra esta revolución de la risa porque crea instantes únicos e irrepetibles.

crowd work
Galder Varas

«Ha habido muchos bloques locos en esta última temporada», recuerda Galder Varas. «En un show apareció un espontáneo con la intención de boicotear el espectáculo y dos opositores a Policía me ayudaron a reducirlo y calmarlo. Contado tal cual suena traumático, pero en directo fue muy divertido. Y creo que la clave es esa: no abandonar nunca la comedia, hasta en los peores momentos». El cómico, otro de los grandes impulsores del crowd work —congrega ya a más de un 1.200.000 seguidores solo en Instagram—, valora el género en España con un notable alto. Un empujón más y llega el sobresaliente.

La cómica Raquel Hervás reconoce la importancia y la complejidad de «esas pequeñas intervenciones durante los monólogos para conectar más con la gente», que requieren «mucha agilidad mental y confianza en una misma». «No todo vale y no todo es susceptible de chiste», añade, estableciendo el paralelismo de estos careos sobrevenidos con «arrojarse al vacío para intentar encontrar algo a lo que agarrarse y que sea gracioso».

La interacción en escena «es un elemento que aporta cercanía y destensa, así que prepara y predispone más a las personas a reírse», comenta antes de soltar una confidencia: «¡Soy una metepatas! Me ha pasado la típica situación de “¿Sois pareja?”, y que fueran padre e hija. O hermanos. Y siempre lo remato con una broma de los Borbones. No es algo superalocado, pero ya me entiendes: ¡en ese momento te quieres morir un poco!».

Ella procura ser siempre muy respetuosa y «no dar nada por sentado». Incluso se plantea otra técnica para esquivar fórmulas repetitivas: llevar posibles respuestas preparadas que «te pueden salvar el culo en un momento determinado». «Que parezca improvisado, pero que no lo sea», señala. El objetivo: que el ritmo no pare. Que la catarsis del stand-up comedy continúe renovándose. Al final, se trata de hacer reír. Pero ¿y si se pierde la magia con trucos prefabricados? Quién sabe. Acaso daría para una tesis doctoral en una escuela de comedia. También dijo un sabio que la mejor improvisación es la improvisación no improvisada.

«LO DE HABLAR CON EL PÚBLICO DE TODA LA VIDA»

 «Creo que en comedia hay pocas cosas que se inventen, como en otras disciplinas. Son cosas que ya estaban, que van volviendo o que se les da una vuelta de tuerca», arguye la cómica Coria Castillo. «Y el crowd work, como se llama ahora, ha sido lo de hablar con el público de toda la vida. Pero ahora es un fenómeno que gusta mucho».

crowd work
Coria Castillo

La también actriz —«¡y showgirl, pero sin desnudo!», exclama— percibe como, de un tiempo a esta parte, el público viene predispuesto a que se le involucre desde el minuto uno. Ella lleva muchos años haciéndolo porque le parece más fresco para aderezar su texto, viga maestra de sus espectáculos.

«Bien es cierto que hay días que tienes público que está muy sembrado y se te va la mitad de la función hablando con ellos». Y concluye, casi como axioma del oficio: «Cada persona que se sube a un escenario tiene implícita una responsabilidad y un riesgo que, haga lo que haga, me parece que está perfectamente hecho». Una consideración que apela a cierta corriente de escepticismo por el crowd work.

«Es bueno cuando sale natural, pero hay demasiados cómicos trabajando para sacar el reel —un vídeo corto para Instagram, Facebook o TikTok, por ejemplo— y buscando al tipo más raro del publico», advertía hace poco el humorista e intérprete estadounidense Mark Normand.

«Siempre hay recelo por lo que rompe el statu quo, lo nuevo, lo que parece demasiado ajeno o no se entiende del todo», apostilla Dani Alés. «En redes sociales pienso que funciona muy bien porque es una manera muy eficaz de subir bastante material sin gastar tus rutinas de stand up. Publicas momentos irrepetibles con comentarios únicos», zanja.

Otra vez, lo único e irrepetible. El relámpago. Esos acordes insólitos de jazz en una jam session. Y zanja, sociología mediante: «Creo que el éxito del crowd work está relacionado con una sociedad ultraposmoderna donde el culto al yo y el narcisismo es tan extremo que la gente quiere ser el espectáculo».

Además, quizá imbuidos del frenesí tecnológico, casi siempre acelerados —incluso en los audios de WhatsApp—, los espectadores también exigen cada vez más chanzas a la carta. Aquí y ahora. La chispa recién sacada del horno. Así lo ve otro de los iconos actuales, David Puerto.

«Creo que esto nace de la necesidad de trascendencia de cada persona; que el público tenga un momento de protagonismo dentro de tu show. ¡Y la inmediatez! El chiste preparado de casa es muy bueno, pero también triunfan otros formatos como las batallas de gallos y un montón de ideas que son pura improvisación. Porque se premia, como en Amazon Prime, la presteza». Y, tras recalcar la buena salud de la comedia, sugiere: «Si sabes hacer crowd work, hazlo. Y, si no, haz lo que se te dé bien, que también tendrás un público».

Trabajo, experiencia, capacidad de escucha, catarsis… Hay que ver qué sesuda se ha vuelto la comedia. En realidad, siempre lo fue. Ya dijo Churchill, tiempo ha, aquello de que «una broma es una cosa muy seria», y Chaplin sentenció que «un día sin risa es un día perdido». ¡Que levante la mano quien quiera intervenir!

Te descargas Instagram, Twitter, TikTok, YouTube o Facebook y ahí está uno de los reyes de la comedia actual. Sin filtros ni anestesia. Rompiendo a martillazos la cuarta pared. Porque seguro que ha saltado en tu móvil algún vídeo suyo.

Desde hace tiempo, te ríes o te escandalizas con un tipo que viste chaqueta de lentejuelas y despliega una agilidad mental a prueba de bombas, troleando al público con su sorna inmisericorde.

Se llama Juan Dávila y es el número uno de la interacción en escena o, como se diría en inglés, del crowd work. Un recurso creativo con solera que bebe de la improvisación y que, con permiso de tantos referentes del género, ha eclosionado hoy en España —y en otros países— llenando salas, bares y teatros por doquier. Una revolución dentro del stand up comedy y acaso otra evidencia más de la edad de oro del humor que estamos viviendo y disfrutando.

Si no de árbol en árbol, ahora una ardilla puede cruzar la península de monólogo en monólogo. En un país a ratos furibundo y polarizado, la risa se impone como sempiterna marca de la casa y cuenta con miles de espectadores cada fin de semana, e incluso a diario.

Emulando a los clubes icónicos de Nueva York, una meca de este arte superlativo que —como proclama el cómico Ignatius Farrray— se asemeja al amor: una fuerza conciliadora que une posturas y que brinda numerosos beneficios físicos y psíquicos. Pero esa es otra historia.

TRABAJO, EXPERIENCIA Y CAPACIDAD DE ESCUCHA

«El secreto del crowd work es la observación y estar 11 años improvisando tres veces por semana», apunta Juan Dávila, reivindicando el trabajo que existe tras los aplausos. Su éxito tal vez suponga un fenómeno sin precedentes, un salto a la fama que se desmadró cuando decidió colgar en las redes sociales vídeos cortos de algunos de sus compadreos delirantes y espontáneos con los incautos asistentes. Un clamor que bien merecería un documental de Netflix.

«Llevo más de 100.000 entradas vendidas con La capital del pecado», calcula. Las fechas de sus funciones —para finales de 2023— en el Palacio de Vistalegre de Madrid, donde caben unas 15.000 almas, volaron en apenas minutos, como si fuera un concierto de Rosalía o de AC/DC. Lo mismo le sucede en todas las ciudades que visita: pone patas arriba la taquilla.

Y esto suma y sigue. Solo basta ver las filas de gente esperando a las puertas del Capitol en la Gran Vía antes de cada actuación —imágenes más propias de la apertura de una nueva tienda de Apple— para cerciorarse de que la comedia, como Juan Dávila, no tiene límites.

«Creo que un aspecto crucial donde confluyen el crowd work y la comedia de stand up, los monólogos, es la capacidad de escucha. No me refiero a oír, o incluso a partir de algo dicho para buscar una respuesta ingeniosa, sino en escuchar más profundamente: qué motivos, qué extrañeza, qué fragilidad hay detrás de aquello que se ha dicho; qué trama oculta el inocente comentario, el gesto sutil, la premura o la tardanza en el decir», reflexiona Dani Alés, gran teórico del humor que triunfa en la cartelera con Tabú.

«La comedia se sofistica más cuanto más desarrolla su capacidad de escucha. Escuchar al público más activamente permite que ocurra ese baile que es, en ocasiones, un buen espectáculo», expone. Y ahí otra clave del género. Ese tira y afloja in situ, el diálogo fresco para crear un compás conjunto, inesperado e hilarante entre el artista y, como se decía antaño, el respetable.

Y aquí no hay medias tintas. Toca jugar caiga quien caiga, disparando chistes a la arteria aorta. De aquellas preguntas convencionales como «¿Sois pareja?» o «¿De dónde venís?», se salta ya sin red en busca de otras ocurrencias más íntimas y desenfrenadas. «Como es de esperar, hay diferentes calidades y no todo cómico que se lanza al abismo de conversar con espectadores logra ir más allá del primer cliché o un peldaño básico de ingenio», cavila Dani Alés, a quien el crowd work se le atraganta.

«Se me da profundamente mal. Siento que estoy engañando al público cuando lo hago porque mi material de stand up es bastante más trabajado que cualquier cosa que improvise. Por eso pienso que es una actividad complicada». Una actividad que él emparenta, citando la Poética de Aristóteles, con el concepto de catarsis.

CATARSIS DEL STAND-UP COMEDY ACTUAL

Aparte de Juan Dávila, el cartel de humoristas que está engrandeciendo el crowd work resulta contundente. A vuela pluma: Galder Varas, Andreu Casanova, David Cepo, Patricia Galván, Isabel Rey, David Puerto, Eva Soriano, Mikel Bermejo, Virginia Riezu, Rubén Faura, Taka Gómez, Txabi Franquesa, Raúl Massana, Paula Púa, Lalo Tenorio, Javi Durán, Esther Gimeno, Charlie Under, Víctor Parrado, La Cristina Molina, Diego Daño, Fran Pati, Coria Castillo…

Como se suele decir, no están todos los que son, pero sí son todos los que están. Nombres propios que combinan sus textos con la improvisación. Talentos desbocados y cerebelos para donar a la ciencia. Pura filosofía de la posmodernidad.

«A mí me lo pedía el cuerpo desde la primera vez que me subí al escenario. Hay cosas que suceden en el público que no pueden pasar desapercibidas. Y, como yo estoy muy loca, me encanta encontrarme con público atrevido y que le guste interactuar, siempre y cuando se respete a la protagonista, o sea, yo», confiesa con su guasa habitual Isabel Rey, que se define como «Diva de barrio» y celebra esta revolución de la risa porque crea instantes únicos e irrepetibles.

crowd work
Galder Varas

«Ha habido muchos bloques locos en esta última temporada», recuerda Galder Varas. «En un show apareció un espontáneo con la intención de boicotear el espectáculo y dos opositores a Policía me ayudaron a reducirlo y calmarlo. Contado tal cual suena traumático, pero en directo fue muy divertido. Y creo que la clave es esa: no abandonar nunca la comedia, hasta en los peores momentos». El cómico, otro de los grandes impulsores del crowd work —congrega ya a más de un 1.200.000 seguidores solo en Instagram—, valora el género en España con un notable alto. Un empujón más y llega el sobresaliente.

La cómica Raquel Hervás reconoce la importancia y la complejidad de «esas pequeñas intervenciones durante los monólogos para conectar más con la gente», que requieren «mucha agilidad mental y confianza en una misma». «No todo vale y no todo es susceptible de chiste», añade, estableciendo el paralelismo de estos careos sobrevenidos con «arrojarse al vacío para intentar encontrar algo a lo que agarrarse y que sea gracioso».

La interacción en escena «es un elemento que aporta cercanía y destensa, así que prepara y predispone más a las personas a reírse», comenta antes de soltar una confidencia: «¡Soy una metepatas! Me ha pasado la típica situación de “¿Sois pareja?”, y que fueran padre e hija. O hermanos. Y siempre lo remato con una broma de los Borbones. No es algo superalocado, pero ya me entiendes: ¡en ese momento te quieres morir un poco!».

Ella procura ser siempre muy respetuosa y «no dar nada por sentado». Incluso se plantea otra técnica para esquivar fórmulas repetitivas: llevar posibles respuestas preparadas que «te pueden salvar el culo en un momento determinado». «Que parezca improvisado, pero que no lo sea», señala. El objetivo: que el ritmo no pare. Que la catarsis del stand-up comedy continúe renovándose. Al final, se trata de hacer reír. Pero ¿y si se pierde la magia con trucos prefabricados? Quién sabe. Acaso daría para una tesis doctoral en una escuela de comedia. También dijo un sabio que la mejor improvisación es la improvisación no improvisada.

«LO DE HABLAR CON EL PÚBLICO DE TODA LA VIDA»

 «Creo que en comedia hay pocas cosas que se inventen, como en otras disciplinas. Son cosas que ya estaban, que van volviendo o que se les da una vuelta de tuerca», arguye la cómica Coria Castillo. «Y el crowd work, como se llama ahora, ha sido lo de hablar con el público de toda la vida. Pero ahora es un fenómeno que gusta mucho».

crowd work
Coria Castillo

La también actriz —«¡y showgirl, pero sin desnudo!», exclama— percibe como, de un tiempo a esta parte, el público viene predispuesto a que se le involucre desde el minuto uno. Ella lleva muchos años haciéndolo porque le parece más fresco para aderezar su texto, viga maestra de sus espectáculos.

«Bien es cierto que hay días que tienes público que está muy sembrado y se te va la mitad de la función hablando con ellos». Y concluye, casi como axioma del oficio: «Cada persona que se sube a un escenario tiene implícita una responsabilidad y un riesgo que, haga lo que haga, me parece que está perfectamente hecho». Una consideración que apela a cierta corriente de escepticismo por el crowd work.

«Es bueno cuando sale natural, pero hay demasiados cómicos trabajando para sacar el reel —un vídeo corto para Instagram, Facebook o TikTok, por ejemplo— y buscando al tipo más raro del publico», advertía hace poco el humorista e intérprete estadounidense Mark Normand.

«Siempre hay recelo por lo que rompe el statu quo, lo nuevo, lo que parece demasiado ajeno o no se entiende del todo», apostilla Dani Alés. «En redes sociales pienso que funciona muy bien porque es una manera muy eficaz de subir bastante material sin gastar tus rutinas de stand up. Publicas momentos irrepetibles con comentarios únicos», zanja.

Otra vez, lo único e irrepetible. El relámpago. Esos acordes insólitos de jazz en una jam session. Y zanja, sociología mediante: «Creo que el éxito del crowd work está relacionado con una sociedad ultraposmoderna donde el culto al yo y el narcisismo es tan extremo que la gente quiere ser el espectáculo».

Además, quizá imbuidos del frenesí tecnológico, casi siempre acelerados —incluso en los audios de WhatsApp—, los espectadores también exigen cada vez más chanzas a la carta. Aquí y ahora. La chispa recién sacada del horno. Así lo ve otro de los iconos actuales, David Puerto.

«Creo que esto nace de la necesidad de trascendencia de cada persona; que el público tenga un momento de protagonismo dentro de tu show. ¡Y la inmediatez! El chiste preparado de casa es muy bueno, pero también triunfan otros formatos como las batallas de gallos y un montón de ideas que son pura improvisación. Porque se premia, como en Amazon Prime, la presteza». Y, tras recalcar la buena salud de la comedia, sugiere: «Si sabes hacer crowd work, hazlo. Y, si no, haz lo que se te dé bien, que también tendrás un público».

Trabajo, experiencia, capacidad de escucha, catarsis… Hay que ver qué sesuda se ha vuelto la comedia. En realidad, siempre lo fue. Ya dijo Churchill, tiempo ha, aquello de que «una broma es una cosa muy seria», y Chaplin sentenció que «un día sin risa es un día perdido». ¡Que levante la mano quien quiera intervenir!

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