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24 de enero 2017    /   CREATIVIDAD
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Cruceros aéreos que valen más de 100.000 euros

24 de enero 2017    /   CREATIVIDAD     por          
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Hay siempre un paso más en la demencia del lujo. En 1997, cuando David Foster Wallace publicó su crónica del trayecto a bordo del Nadir, un crucero de lujo, parecía imposible exprimir más la capacidad productora de frivolidades del turismo para ricachones. Pero han transcurrido 20 años y la imaginación de las grandes firmas de viajes no se agota. Crystal Cruises lanza su filial de cruceros aéreos: Crystal AirCruise, y los billetes costarán más de 100.000 euros por persona.

Los viajes se inaugurarán en agosto de 2017, pero en la web de la compañía ya aparecen desgranados los contenidos de los tours millonarios. Un ejemplo: una de las primeras ofertas, una vuelta al mundo con diez paradas, incluidos los Andes y el Himalaya, rondará los 120.000 euros. Un epígrafe corona la descripción de las condiciones del avión: «Elevated Luxury», así sintetizan los componentes de un lujo insoportable y sonrojante.

El concepto de los cruceros, a principios del siglo XX, coronaba las ansias de opulencia de las clases más pudientes. Era una metáfora: una forma de trasladar al océano salvaje, y a cualquier lugar exótico en el que se atracara, toda la estructura de poder y dominación del país de origen. Las buenas familias podían moverse por el planeta sin el miedo a perder su construcción del mundo: el orden social que los confirmaba iba con ellos en el barco (obreros de medio pelo, explotados entre tanta ostentación, agentes de seguridad, sacerdotes…).

Poco a poco el mercado se fue abriendo, no tanto por ansias de democratizar la fiesta del hedonismo marítimo, sino por detectar un nicho de mercado gigantesco entre las clases medias. Un nicho que, además, podía articular su oferta alimentando el efecto burbuja, es decir, desconectando al cliente de su corta flexibilidad económica y convenciéndole de que el lujo podía ser su estado natural porque, entre otras cosas, él se lo merecía.

Estos trucos, como bien notó Foster Wallace en Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, se ejecutaban a través de lo sensorial: «…se supone que esa sensación se debe producir en ustedes: una mezcla de relajación y estimulación, de indulgencia tranquila y de turismo frenético, esa mezcla especial de servilismo y condescendencia que se vende bajo las configuraciones del verbo cuidar». El pasajero no sólo dejaba a la firma de cruceros que le trazara un itinerario de placeres disfrutables, sino que, además, le dictaba cómo debía interpretar esos mismos placeres. Una felicidad totalitaria.

Así se seducía a la clase media y a la clase media baja. A la vez, para ellos, se reforzó la panoplia de ofertas también mediante los cruceros low cost. Sin embargo, el lujo real siempre se aleja de la masificación.

cruceros aéreos
Imagen del vídeo promocional de Crystal AirCruises

Crystal AirCruises y otros cruceros aéreos vienen a cumplir la ley del péndulo. Para que haya un lujo de perfil bajo, en un grado justo que obligue populacho a solicitar un préstamo para vivir un sucedáneo de opulencia; para que esta aspiración seduzca, debe existir un lujo más allá, todavía inalcanzable. También, ellos, los millonarios, necesitan definir su privilegio por contraste. Como comprobó Pierre Bordieu la ‘distinción’ nace de lo difícil, de lo inaccesible y, en consecuencia, de la exclusividad.

La firma Crystal AirCruises compró un Boeing 777-200LR. Un paso importante en la confección del ensueño con alas fue liarse a arrancar asientos y limitar la capacidad de la nave. El avión estaba preparado para más de 300 personas y se redujo el aforo a 84 personas.

Cuando ya estaban seguros de que sólo podría acceder al Boeing ese pequeño porcentaje de humanos acostumbrados a vivir en la estratosfera, se esmeraron en el diseño. En su web, presumen de butacas reclinables a 180 grados que se convierten en camas, una buena selección de asistentes (mayordomos), salón, chef a bordo, cocina de «inspiración en las estrellas Michelin y oferta de vinos finos, champanes y licores Premium», pantallas HD de 24 pulgadas, un iPad por persona, auriculares que eliminan el ruido… Paradójicamente, la ruta incluye algunas estancias en hoteles de lujo, de modo que la extrema comodidad que ofrece la aeronave debe ser para disfrutar a deshoras, en los momentos muertos.

Según informó The Telegraph, otra empresa, Four Seasons, lanzó el primer jet privado del sector hotelero. Son tours en el interior de un Boeing 757 diseñado en consonancia con la estética de la cadena de hoteles. Ofrece «asientos de cuero blanco italiano y mantas de cachemir mongol». Los precios de esta compañía igualmente superan con creces los 100.000 euros.

El diseño de la experiencia turística viene pivotando desde hace un tiempo en la obsesión por no dejar un solo lapso del itinerario sin ocupar por algo que tienda a ser inolvidable. Hace un tiempo, Virgin Atlantic lanzó su programa para entrenar a sus azafatas y azafatos en el arte del susurro con el objetivo de acolchar el descanso de los pasajeros.

Lo cierto es que la demanda de exclusividad está creciendo. De 2010 a 2014, en plena crisis, se incrementó un 48% el turismo de lujo según datos de la ITB de Berlín. Y España no se salva. En 2016, contaba Europa Press, las pernoctaciones en hoteles de cinco estrellas crecieron un 11,4%.

En declaraciones al portal Skift, Edie Rodríguez, líder de Crystal Cruises jugó al misterio: «Os diré que sólo hemos anunciado un 50% de lo que está por venir». La duda salta rápidamente: ¿qué más puede haber? ¿azafatos que asistan manualmente las masticaciones del cliente para una mejor digestión? ¿pista de pádel a bordo? ¿Cuántas frivolidades hay que pagar para confirmar ante ti mismo que perteneces al grupo de los más privilegiados del planeta?

Hay siempre un paso más en la demencia del lujo. En 1997, cuando David Foster Wallace publicó su crónica del trayecto a bordo del Nadir, un crucero de lujo, parecía imposible exprimir más la capacidad productora de frivolidades del turismo para ricachones. Pero han transcurrido 20 años y la imaginación de las grandes firmas de viajes no se agota. Crystal Cruises lanza su filial de cruceros aéreos: Crystal AirCruise, y los billetes costarán más de 100.000 euros por persona.

Los viajes se inaugurarán en agosto de 2017, pero en la web de la compañía ya aparecen desgranados los contenidos de los tours millonarios. Un ejemplo: una de las primeras ofertas, una vuelta al mundo con diez paradas, incluidos los Andes y el Himalaya, rondará los 120.000 euros. Un epígrafe corona la descripción de las condiciones del avión: «Elevated Luxury», así sintetizan los componentes de un lujo insoportable y sonrojante.

El concepto de los cruceros, a principios del siglo XX, coronaba las ansias de opulencia de las clases más pudientes. Era una metáfora: una forma de trasladar al océano salvaje, y a cualquier lugar exótico en el que se atracara, toda la estructura de poder y dominación del país de origen. Las buenas familias podían moverse por el planeta sin el miedo a perder su construcción del mundo: el orden social que los confirmaba iba con ellos en el barco (obreros de medio pelo, explotados entre tanta ostentación, agentes de seguridad, sacerdotes…).

Poco a poco el mercado se fue abriendo, no tanto por ansias de democratizar la fiesta del hedonismo marítimo, sino por detectar un nicho de mercado gigantesco entre las clases medias. Un nicho que, además, podía articular su oferta alimentando el efecto burbuja, es decir, desconectando al cliente de su corta flexibilidad económica y convenciéndole de que el lujo podía ser su estado natural porque, entre otras cosas, él se lo merecía.

Estos trucos, como bien notó Foster Wallace en Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, se ejecutaban a través de lo sensorial: «…se supone que esa sensación se debe producir en ustedes: una mezcla de relajación y estimulación, de indulgencia tranquila y de turismo frenético, esa mezcla especial de servilismo y condescendencia que se vende bajo las configuraciones del verbo cuidar». El pasajero no sólo dejaba a la firma de cruceros que le trazara un itinerario de placeres disfrutables, sino que, además, le dictaba cómo debía interpretar esos mismos placeres. Una felicidad totalitaria.

Así se seducía a la clase media y a la clase media baja. A la vez, para ellos, se reforzó la panoplia de ofertas también mediante los cruceros low cost. Sin embargo, el lujo real siempre se aleja de la masificación.

cruceros aéreos
Imagen del vídeo promocional de Crystal AirCruises

Crystal AirCruises y otros cruceros aéreos vienen a cumplir la ley del péndulo. Para que haya un lujo de perfil bajo, en un grado justo que obligue populacho a solicitar un préstamo para vivir un sucedáneo de opulencia; para que esta aspiración seduzca, debe existir un lujo más allá, todavía inalcanzable. También, ellos, los millonarios, necesitan definir su privilegio por contraste. Como comprobó Pierre Bordieu la ‘distinción’ nace de lo difícil, de lo inaccesible y, en consecuencia, de la exclusividad.

La firma Crystal AirCruises compró un Boeing 777-200LR. Un paso importante en la confección del ensueño con alas fue liarse a arrancar asientos y limitar la capacidad de la nave. El avión estaba preparado para más de 300 personas y se redujo el aforo a 84 personas.

Cuando ya estaban seguros de que sólo podría acceder al Boeing ese pequeño porcentaje de humanos acostumbrados a vivir en la estratosfera, se esmeraron en el diseño. En su web, presumen de butacas reclinables a 180 grados que se convierten en camas, una buena selección de asistentes (mayordomos), salón, chef a bordo, cocina de «inspiración en las estrellas Michelin y oferta de vinos finos, champanes y licores Premium», pantallas HD de 24 pulgadas, un iPad por persona, auriculares que eliminan el ruido… Paradójicamente, la ruta incluye algunas estancias en hoteles de lujo, de modo que la extrema comodidad que ofrece la aeronave debe ser para disfrutar a deshoras, en los momentos muertos.

Según informó The Telegraph, otra empresa, Four Seasons, lanzó el primer jet privado del sector hotelero. Son tours en el interior de un Boeing 757 diseñado en consonancia con la estética de la cadena de hoteles. Ofrece «asientos de cuero blanco italiano y mantas de cachemir mongol». Los precios de esta compañía igualmente superan con creces los 100.000 euros.

El diseño de la experiencia turística viene pivotando desde hace un tiempo en la obsesión por no dejar un solo lapso del itinerario sin ocupar por algo que tienda a ser inolvidable. Hace un tiempo, Virgin Atlantic lanzó su programa para entrenar a sus azafatas y azafatos en el arte del susurro con el objetivo de acolchar el descanso de los pasajeros.

Lo cierto es que la demanda de exclusividad está creciendo. De 2010 a 2014, en plena crisis, se incrementó un 48% el turismo de lujo según datos de la ITB de Berlín. Y España no se salva. En 2016, contaba Europa Press, las pernoctaciones en hoteles de cinco estrellas crecieron un 11,4%.

En declaraciones al portal Skift, Edie Rodríguez, líder de Crystal Cruises jugó al misterio: «Os diré que sólo hemos anunciado un 50% de lo que está por venir». La duda salta rápidamente: ¿qué más puede haber? ¿azafatos que asistan manualmente las masticaciones del cliente para una mejor digestión? ¿pista de pádel a bordo? ¿Cuántas frivolidades hay que pagar para confirmar ante ti mismo que perteneces al grupo de los más privilegiados del planeta?

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