13 de septiembre 2011    /   IDEAS
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Cuando las palabras se van de vacaciones

13 de septiembre 2011    /   IDEAS     por          
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El Sr. Jourdain, el protagonista de la comedia El burgués gentilhombre de Moliere, quiere enviar una carta de amor a la marquesa Dorimena y le pide a su preceptor que le ayude en la tarea. Este le pregunta si quiere escribirla en prosa o en verso, pero ninguna de las dos posibilidades le parecen bien, y cuando su preceptor le indica que no hay una tercera posibilidad, se maravilla de haber estado hablando en prosa durante tantos años sin saberlo.
Cuando las palabras se van de vacaciones, los humanos no nos entendemos. Seguimos articulando sonidos vacuos, perdemos el poder curativo de la palabra.
No hay más que escuchar a los políticos para darnos cuenta de que ellos son los que más dominan el arte de la palabra patológica, la que no cura, la que está vacía, la que no llega a nuestros corazones. Se han educado en el uso de la retórica que, según los griegos, es “una disciplina transversal a distintos campos de conocimiento, que se ocupa de estudiar y de sistematizar procedimientos y técnicas de utilización del lenguaje puesto al servicio de una finalidad persuasiva o estética del mismo, añadida a su finalidad comunicativa”.
Este concepto fue ya criticado en la antigua Grecia, especialmente por Sócrates y Platón. Ellos creían que la Retórica era una disciplina vacía y que podía ser utilizada tanto para el bien como para el mal, para la verdad como para la mentira.
El pasado julio asistimos a un ejemplo claro del uso de la retórica en la comparecencia ante la Cámara de los Comunes de los Murdoch y de Rebekah Brooks. Si tomamos un texto que explique las bases de la retórica y leemos los discursos de los Murdoch o de Brooks, ambos tienen la estructura de la retórica griega con el estilo aristotélico.
A Aristóteles, al contrario de Sócrates y Platón, sí que le gustaba la retórica. En su Rhetorica ad Alexandrum hay algunas páginas, bastante cínicas, dedicadas a cómo los hombres de prestigio tienen que cambiar las ideas de los que no están a su altura a través del uso de la retórica.
El problema es saber quién decide quién es un hombre de prestigio y quién no. ¿Son nuestros políticos hombres de prestigio que utilizan la palabra para hacernos reflexionar o pueden serlo magnates de la prensa como Murdoch? Quizá habría que mandarlos a hacer un curso intensivo en sabiduría clásica. Platón decía que el retórico no debe abusar de la palabra lo mismo que el púgil no debe abusar de su fuerza.
La fuerza de la palabra es enorme cuando viene del corazón, de la experiencia, de la vida vivida plenamente, y si a los políticos o magnates de la prensa les queda tiempo después de un curso en clasicismo, pueden seguir con Shakespeare: “Curad vuestro dolor con palabras, las penas que no hablan gobiernan el corazón abrumado y lo conducen al desastre” (Macbeth).
Paloma Simón es Psicoterapeuta Gestalt
Foto: Chris Plymouth reproducida bajo lic CC


El Sr. Jourdain, el protagonista de la comedia El burgués gentilhombre de Moliere, quiere enviar una carta de amor a la marquesa Dorimena y le pide a su preceptor que le ayude en la tarea. Este le pregunta si quiere escribirla en prosa o en verso, pero ninguna de las dos posibilidades le parecen bien, y cuando su preceptor le indica que no hay una tercera posibilidad, se maravilla de haber estado hablando en prosa durante tantos años sin saberlo.
Cuando las palabras se van de vacaciones, los humanos no nos entendemos. Seguimos articulando sonidos vacuos, perdemos el poder curativo de la palabra.
No hay más que escuchar a los políticos para darnos cuenta de que ellos son los que más dominan el arte de la palabra patológica, la que no cura, la que está vacía, la que no llega a nuestros corazones. Se han educado en el uso de la retórica que, según los griegos, es “una disciplina transversal a distintos campos de conocimiento, que se ocupa de estudiar y de sistematizar procedimientos y técnicas de utilización del lenguaje puesto al servicio de una finalidad persuasiva o estética del mismo, añadida a su finalidad comunicativa”.
Este concepto fue ya criticado en la antigua Grecia, especialmente por Sócrates y Platón. Ellos creían que la Retórica era una disciplina vacía y que podía ser utilizada tanto para el bien como para el mal, para la verdad como para la mentira.
El pasado julio asistimos a un ejemplo claro del uso de la retórica en la comparecencia ante la Cámara de los Comunes de los Murdoch y de Rebekah Brooks. Si tomamos un texto que explique las bases de la retórica y leemos los discursos de los Murdoch o de Brooks, ambos tienen la estructura de la retórica griega con el estilo aristotélico.
A Aristóteles, al contrario de Sócrates y Platón, sí que le gustaba la retórica. En su Rhetorica ad Alexandrum hay algunas páginas, bastante cínicas, dedicadas a cómo los hombres de prestigio tienen que cambiar las ideas de los que no están a su altura a través del uso de la retórica.
El problema es saber quién decide quién es un hombre de prestigio y quién no. ¿Son nuestros políticos hombres de prestigio que utilizan la palabra para hacernos reflexionar o pueden serlo magnates de la prensa como Murdoch? Quizá habría que mandarlos a hacer un curso intensivo en sabiduría clásica. Platón decía que el retórico no debe abusar de la palabra lo mismo que el púgil no debe abusar de su fuerza.
La fuerza de la palabra es enorme cuando viene del corazón, de la experiencia, de la vida vivida plenamente, y si a los políticos o magnates de la prensa les queda tiempo después de un curso en clasicismo, pueden seguir con Shakespeare: “Curad vuestro dolor con palabras, las penas que no hablan gobiernan el corazón abrumado y lo conducen al desastre” (Macbeth).
Paloma Simón es Psicoterapeuta Gestalt
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