6 de octubre 2016    /   BUSINESS
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Cuando los robots te avisan de que tu receta de cocina está mal

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Hasta ahora sólo disponíamos del feedback de nuestros comensales o invitados para confirmar que habíamos cocinado estupendamente una receta de osobuco a la pasta, por ejemplo. Pero la gente tampoco suele ser demasiado sincera a la hora de valorar las habilidades culinarias ajenas. Y, en el caso de que exista la suficiente confianza, puede surgir el típico consejo cuñao que no contribuye en absoluto a mejorar el plato presentado.

Sin embargo, cada vez hay inteligencias artificiales mejor afinadas para monitorear todo lo que cocinamos y, sobre todo, cómo lo cocinamos, a fin de advertirnos si nos hemos pasado con la cocción, si la pizca de sal ha sido insuficiente y cualquier otro desliz culinario que pueda malograr el resultado.

Es el caso, por ejemplo, de un proyecto de la Universidad de Washington que es capaz de detectar si se está vertiendo azúcar a una receta que no precisa de azúcar y registrar esa aberración, advirtiéndote en plan Chicote.

 

Un poco de perejil

Jinna Lei es una experta en Ciencias de la Computación de la Universidad de Washington que ha diseñado un sistema con el que diversas cámaras de vídeo instaladas en una cocina pueden monitorizar al cocinero.

No son cámaras normales, sino capaces de reconocer la profunidad y la forma de los objetos que registra. Gracias a su inteligencia artificial, las cámaras discriminan con facilidad entre una manzana y una taza, por ejemplo, a pesar de que la forma de esos objetos sea similar.

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Tal y como abunda en ello Evgeny Morozov en su libro La locura del solucionista tecnológico:

Cada objeto tiene asociadas una cantidad de actividades; por ejemplo, no solemos hervir cucharas o freír rúcula; el sistema rastrea la actividad para verificar si corresponde con el objeto que se está utilizando. […] Para mejorar la exactitud del seguimiento, Lei contempla agregar una cámara térmica especial que podría identificar las manos del usuario gracias a su temperatura corporal.

Realidad aumentada

Otro proyecto de similares características es el presentado por un grupo de investigadores en el ámbito de la computación de la universidad japonesa de Kyoto Sangyo. A través de la realidad aumentada, un sistema de cámaras y proyectores en el techo de la cocina harán aparecer instrucciones sobre los ingredientes, así como flechas y bocadillos de diálogo para guiar al cocinero en todos los pasos. Nada de iniciativa humana, sólo algoritmos perfectamente ajustados para la obtención de la receta.

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Por ejemplo, si debemos dar un tajo a un pescado, un cuchillo virtual aparecerá e indicará en qué punto concreto debe ejecutarse el corte. Una vez hemos terminado, el sistema detectará que el cocinero ya no está manipulando el alimento en cuestión, y preguntará si se desea continuar con el siguiente paso de la receta.

Enormes bases de datos cribarán los detalles de las recetas para obtener el mejor resultado de cada una de ellas (al menos el mejor resultado según la mayoría de comensales o chefs).

Una asistencia Big Data que también se empleará en el siguiente paso de la automatización culinaria: las impresoras 3D. La NASA ya ha invertido 125.000 dólares en el desarrollo de un prototipo de una impresora en 3D para imprimir comida. Una máquina que funciona con cartuchos de diferentes polvos alimenticios que, una vez mezclados e impresos, forman alimentos. Gracias a una pantalla táctil en la que pueden escoger parámetros como el contenido de carbohidratos y grasas. Y, por supuesto, contabilizar las calorías.

Zymatic, diseñada por PicoBrew, la start-up con sede en Seattle, es también impresora 3D que permite elaborar diferentes cervezas a partir de unos sobres bautizados como PicoPaks. El mosto resultante se introduce en el tanque de fermentación, donde se añade el PicoPak con los ingredientes de la receta.

Incluso ya ha abierto el primer restaurante en el que no sólo el mobiliario y los cubiertos han sido impresos en 3D, sino todos los platos del menú. Su nombre es Food Ink y es un restaurante pop-up (temporal e itinerante), pasará en los próximos meses por las principales ciudades del mundo, como Berlín, Roma, Barcelona, Nueva York o París.

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Efectos inesperados

Este nivel de asistencia culinaria llevará aparejados no pocos efectos secundarios inesperados. Por ejemplo, las marcas comerciales podrán acceder a la información de esos sistemas para averiguar cómo usamos sus productos y mejorar sus prestaciones. Los anunciantes usarán la información para sugerirnos productos que deberíamos comprar.

Incluso una compañía de seguros podría ajustar el precio de nuestra póliza en función del consumo de grasas saturadas de nuestras recetas. Como ocurre con la mayoría de soluciones tecnológicas actuales, además de facilitarnos la vida obran como una suerte de caballo de Troya por el que se cuelan otros intereses.

Otro efecto aún menos evidente es que se pierda cierta espontaneidad o diversidad, adoptándose una estandarización tan poco estimulante como una franquicia de comida rápida, como denuncia Morozov:

Se descarta por caprichoso e impertinente el que la cocina se nutra del error y la experimentación, que desviarse de las recetas sea lo que crea innovaciones culinarias e impulsa el desarrollo de determinado tipo de cocina. Para muchos de estos innovadores bienintencionados, no importa el contexto de la práctica que pretenden mejorar en tanto pueda aumentarse su eficacia. Por ello, no se concibe a los chefs como virtuosos sujetos autónomos o artesanos talentosos, sino como robots esclavizados que jamás deben desafiar las órdenes de sus sistemas operativos.

Los algoritmos que finalmente nos asistan en una actividad tan diversa como la cocina deberán, pues, ser lo suficientemente flexibles para no crear miles de platos perfectamente deliciosos pero montónos, reduccionistas y aburridos. Lo cual es aplicable incluso a las bravas del bar de la esquina que saben a rayos.

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Sin embargo, cada vez hay inteligencias artificiales mejor afinadas para monitorear todo lo que cocinamos y, sobre todo, cómo lo cocinamos, a fin de advertirnos si nos hemos pasado con la cocción, si la pizca de sal ha sido insuficiente y cualquier otro desliz culinario que pueda malograr el resultado.

Es el caso, por ejemplo, de un proyecto de la Universidad de Washington que es capaz de detectar si se está vertiendo azúcar a una receta que no precisa de azúcar y registrar esa aberración, advirtiéndote en plan Chicote.

 

Un poco de perejil

Jinna Lei es una experta en Ciencias de la Computación de la Universidad de Washington que ha diseñado un sistema con el que diversas cámaras de vídeo instaladas en una cocina pueden monitorizar al cocinero.

No son cámaras normales, sino capaces de reconocer la profunidad y la forma de los objetos que registra. Gracias a su inteligencia artificial, las cámaras discriminan con facilidad entre una manzana y una taza, por ejemplo, a pesar de que la forma de esos objetos sea similar.

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Tal y como abunda en ello Evgeny Morozov en su libro La locura del solucionista tecnológico:

Cada objeto tiene asociadas una cantidad de actividades; por ejemplo, no solemos hervir cucharas o freír rúcula; el sistema rastrea la actividad para verificar si corresponde con el objeto que se está utilizando. […] Para mejorar la exactitud del seguimiento, Lei contempla agregar una cámara térmica especial que podría identificar las manos del usuario gracias a su temperatura corporal.

Realidad aumentada

Otro proyecto de similares características es el presentado por un grupo de investigadores en el ámbito de la computación de la universidad japonesa de Kyoto Sangyo. A través de la realidad aumentada, un sistema de cámaras y proyectores en el techo de la cocina harán aparecer instrucciones sobre los ingredientes, así como flechas y bocadillos de diálogo para guiar al cocinero en todos los pasos. Nada de iniciativa humana, sólo algoritmos perfectamente ajustados para la obtención de la receta.

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Por ejemplo, si debemos dar un tajo a un pescado, un cuchillo virtual aparecerá e indicará en qué punto concreto debe ejecutarse el corte. Una vez hemos terminado, el sistema detectará que el cocinero ya no está manipulando el alimento en cuestión, y preguntará si se desea continuar con el siguiente paso de la receta.

Enormes bases de datos cribarán los detalles de las recetas para obtener el mejor resultado de cada una de ellas (al menos el mejor resultado según la mayoría de comensales o chefs).

Una asistencia Big Data que también se empleará en el siguiente paso de la automatización culinaria: las impresoras 3D. La NASA ya ha invertido 125.000 dólares en el desarrollo de un prototipo de una impresora en 3D para imprimir comida. Una máquina que funciona con cartuchos de diferentes polvos alimenticios que, una vez mezclados e impresos, forman alimentos. Gracias a una pantalla táctil en la que pueden escoger parámetros como el contenido de carbohidratos y grasas. Y, por supuesto, contabilizar las calorías.

Zymatic, diseñada por PicoBrew, la start-up con sede en Seattle, es también impresora 3D que permite elaborar diferentes cervezas a partir de unos sobres bautizados como PicoPaks. El mosto resultante se introduce en el tanque de fermentación, donde se añade el PicoPak con los ingredientes de la receta.

Incluso ya ha abierto el primer restaurante en el que no sólo el mobiliario y los cubiertos han sido impresos en 3D, sino todos los platos del menú. Su nombre es Food Ink y es un restaurante pop-up (temporal e itinerante), pasará en los próximos meses por las principales ciudades del mundo, como Berlín, Roma, Barcelona, Nueva York o París.

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Efectos inesperados

Este nivel de asistencia culinaria llevará aparejados no pocos efectos secundarios inesperados. Por ejemplo, las marcas comerciales podrán acceder a la información de esos sistemas para averiguar cómo usamos sus productos y mejorar sus prestaciones. Los anunciantes usarán la información para sugerirnos productos que deberíamos comprar.

Incluso una compañía de seguros podría ajustar el precio de nuestra póliza en función del consumo de grasas saturadas de nuestras recetas. Como ocurre con la mayoría de soluciones tecnológicas actuales, además de facilitarnos la vida obran como una suerte de caballo de Troya por el que se cuelan otros intereses.

Otro efecto aún menos evidente es que se pierda cierta espontaneidad o diversidad, adoptándose una estandarización tan poco estimulante como una franquicia de comida rápida, como denuncia Morozov:

Se descarta por caprichoso e impertinente el que la cocina se nutra del error y la experimentación, que desviarse de las recetas sea lo que crea innovaciones culinarias e impulsa el desarrollo de determinado tipo de cocina. Para muchos de estos innovadores bienintencionados, no importa el contexto de la práctica que pretenden mejorar en tanto pueda aumentarse su eficacia. Por ello, no se concibe a los chefs como virtuosos sujetos autónomos o artesanos talentosos, sino como robots esclavizados que jamás deben desafiar las órdenes de sus sistemas operativos.

Los algoritmos que finalmente nos asistan en una actividad tan diversa como la cocina deberán, pues, ser lo suficientemente flexibles para no crear miles de platos perfectamente deliciosos pero montónos, reduccionistas y aburridos. Lo cual es aplicable incluso a las bravas del bar de la esquina que saben a rayos.

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