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29 de noviembre 2018    /   IDEAS
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Cuándo es conveniente ser sincero y, sobre todo, cuándo no

29 de noviembre 2018    /   IDEAS     por          
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Entre tantos normies, posers y mongers uno solo puede adoptar dos posturas cuando sale de casa: pasar de la gente o sonreír y tratar de fingir que todo está bien. Lo primero parece lo más coherente y honesto; lo segundo, la quintaesencia de la hipocresía.

Sin embargo, hay que hacer dos consideraciones previas. La primera: probablemente nosotros también parecemos normies, posers y mongers para los demás, al menos en determinados momentos. La segunda: amamos la hipocresía, aunque nos empecinemos en negarlo.

La hipocresía es una regla de etiqueta tan ubicua en todas las culturas porque permite hacer dos cosas fundamentales: engrasar las relaciones sociales y procurar que agrademos a las personas que nos rodean. Porque, a pesar de lo que suele decirse, a nadie le gusta que los demás sean completamente sinceros con uno todo el tiempo y en todas las situaciones.

Te lo digo a la cara

¿En qué momento estamos siendo más empáticos, respetuosos o buenas personas? ¿Cuando le decimos a alguien que está loco si nos confiesa que se cree Napoleón o, por el contrario, cuando nos reservamos nuestra opinión y le seguimos la corriente? Esta pregunta no tiene una respuesta única. De hecho, la respuesta depende del contexto y de la persona que se crea Napoleón.

Un contexto podría ser una clínica; la persona, nuestra abuela tras sufrir un diagnóstico de demencia. Otro contexto, un autobús; la persona, un desconocido que se ha sentado a nuestro lado.

Naturalmente, son ejemplos límite. Entre estos dos extremos, sin embargo, hay una infinita escala de grises. A veces es conveniente ser sinceros porque nos preocupa que esa persona viva engañada o confundida; otras veces preferimos seguirle la corriente para evitar un desengaño o que piense que no la queremos lo suficiente.

Normalmente compartimos nuestro tiempo con personas que tienen valores, hábitos y creencias similares a los nuestros. Pero lo importante es que, en las pocas ocasiones en los que hay disensión, no contradigamos de forma demasiado evidente al que nos contradice. Eso también se puede aplicar a los demás: casi nadie nos está informando continuamente de todas las veces que cree que proyectamos ideas erróneas. Si fuera así, las interacciones sociales serían muy peliagudas.

Es resumen, aunque nos autodefinamos como honestos, no solemos cuestionar abiertamente las convicciones de los demás; aunque nos definamos como personas que queremos que nos digan las cosas a la cara, no toleramos que nos cuestionen abiertamente cada dos por tres.

De hecho, la brutal sinceridad de los niños (mira, mamá, qué hombre tan gordo) es censurada en entornos sociales donde no hay la suficiente confianza, e incluso en muchos en los que sí la hay.

Gente solitaria y normas de etiqueta

Si le preguntamos a un conocido qué opina del nombre que le hemos puesto a nuestro hijo, lo más probable es que diga que le gusta. No importa que el nombre se le antoje horrible. No deberíamos protestar por su falta de sinceridad porque, si opina abiertamente acerca del nombre de nuestros hijos, es posible que esa persona nos caiga un poco peor. Pensaremos que no es como nosotros. Que no está en nuestra onda.

Es cierto: lo ideal sería que todo el mundo fuera brutalmente sincero para averiguar si de verdad está en nuestra onda. El problema es que encontrar gente así resulta altamente improbable.

En consecuencia, debemos, de algún modo, «soportarnos» entre nosotros: compartir los asuntos en los que estamos de acuerdo y omitir o escamotear con buenas palabras los que no. La razón principal de esta incompatibilidad es que ninguno de nosotros tenemos un patrón estable de conducta ni una personalidad perfectamente definida.

A veces estamos irritables. Otras veces mantenemos ideas solo por venganza, por miedo, por sentirnos diferentes o especiales, y un largo etcétera. Unas veces estamos felices porque nos hemos enamorado. Otras, cansados porque hemos dormido poco. También puede suceder que nuestros niveles neuroquímicos se alteren caprichosamente en función de lo que comamos o los cambios hormonales a los que estemos sometidos.

Somos volubles, caprichosos y amorfos en muchos aspectos psicológicos. Resulta utópico hallar personas que adopten justo las mismas formas que nosotros y en los mismos instantes. Frente a tamaña retahíla de pequeñas fricciones, se requiere algún tipo de vaselina social, como las normas de etiqueta. La hipocresía es una de ellas.

Pero, como hemos dicho, los extremos son malos. Un exceso de etiqueta también puede ser perjudicial porque impide que recibamos un feedback beneficioso para nosotros. Sin ese feedback, difícilmente progresaremos en el plano personal, por ejemplo siendo menos ariscos o más egoístas con los demás, porque los demás nos lo hacen notar directa o indirectamente.

Esto se puede comprobar fácilmente en las personas que viven solas, sobre todo viudas y viudos mayores: pueden desarrollar no pocos hábitos extraños porque nadie a su alrededor les advierte de su rareza o inoportunidad.

Y por eso no solo es importante que nos rodeemos de personas conocidas (gente, que diría Mafalda), que se suelen regir por las normas de etiqueta, sino también de parientes y amigos íntimos (personas), que son a los que les permitimos ser más sinceros en sus opiniones sobre nosotros. Sin llegar, de nuevo, al extremo.

Y por eso, también, existe el chismorreo

Las normas de etiqueta, pues, son tan necesarias como el control de armas o los reglamentos jurídicos: favorecen la paz social, y también la psicológica. Por eso no es extraño que el poeta Heinrich Heine escribiera que «Dios nos ha dado la palabra para que podamos decir cosas agradables a nuestros amigos».

O como abundaría una de las escritoras más importantes sobre etiqueta en Estados Unidos, Emily Post: «La persona de tacto se reserva sus prejuicios […], algunos temas deben rechazarse, incluso cuando estés muy seguro del terreno que pisas; como, por ejemplo, la crítica de un credo religioso o el desacuerdo con las convicciones políticas de otro».

Entonces, ¿por qué, en general, llegamos a ser tan críticos con los hipócritas? ¿Por qué condenamos a las personas falsas? ¿Por qué no solemos autodefinir como sinceros? ¿Por qué exigimos que queremos que nos digan a la verdad a la cara? Hay una única respuesta para todas estas preguntas: porque necesitamos información social. Porque queremos saber cómo ganar puntos sociales. Porque queremos averiguar en quién confiar y en quién no. Porque no queremos que nos engañen o nos hagan daño.

En otras palabras: queremos la información, pero nos duele que nos la confiesen si esta es muy poco halagüeña. Y los demás también quieren la información, pero nos resulta embarazoso ofrecerla porque podemos perder el aprecio del otro si lo que tenemos que decir no le gusta.

Todo podría resumirse en la siguiente analogía: sospechamos que tenemos una enfermedad mortal, pero nos da apuro acudir a un médico que nos diagnostique que, en efecto, tenemos razón, a la vez que no dejamos de prestar atención a todas las pistas y síntomas que puedan confirmar o refutar que sufrimos de dicha enfermedad.

Y entonces, ¡tachán!, surgió el chismorreo. Porque el chismorreo es una manera de aproximarnos a la verdad por la tangente (no nos la revelan directamente ni debemos exigir que nos la revelen directamente). Tanteamos la verdadera opinión de los demás sobre algunos asuntos o sobre nosotros mismos mediante una suerte de proceso de triangulación. Como en el Hundir la flota. B6: agua. B7: tocado.

Gracias al chismorreo, podemos acceder a información privilegiada de los demás (aunque nunca a toda), lo que nos permite reajustar nuestras opiniones, nuestros comportamientos y nuestras respuestas.

El chismorreo es una manera de contrarrestar los sesgos de nuestro propio conocimiento y los que procura las normas de etiqueta que evita que acabemos a hostia limpia. Descubrir las incoherencias entre lo que nos dicen las diferentes personas y compartirlas como si fuera un mensaje secreto en plena Segunda Guerra Mundial también nos permite trabar alianzas, reforzar amistades, soltar cable con otras… incluso mentir o que nos mientan para romper o reducir en intensidad determinadas relaciones.

Tal y como abunda en ello el impresionante libro De animales a Dioses, de Yuval Noah Harari:

La cantidad de información que se debe obtener y almacenar con el fin de seguir las relaciones siempre cambiantes de unas pocas decenas de individuos es apabullante. (Es una cuadrilla de 50 individuos, hay 1.225 relaciones de uno a uno, e incontables combinaciones sociales complejas más). Todos los simios muestran un fuerte interés por esta información social, pero tienen dificultades en chismorrear de forma efectiva. (…) Las nuevas capacidades lingüísticas que los sapiens modernos adquirieron hace unos 70.000 años les permitieron chismorrear durante horas.

Tal es la complejidad de la interacción social que ofrece el factor chismorreo que no es extraño que haya inspirado a diversos investigadores para afirmar que este y no otro es probablemente el más importante de los factores que incrementaron, generación tras generación, la inteligencia de nuestros antepasados.

A mayor inteligencia, mayor capacidad maquiavélica de recabar información mediante el chismorreo o de propagar bulos a través de su red. Solo los más inteligentes, pues, lograban prosperar más fácilmente en los entornos sociales.

Y para chismorrear, a pesar de que sea un verbo que solemos ver solo asociado a la prensa rosa, se requiere de una gran memoria, extraordinarias dotes psicoemocionales y unos cuantos billones de conexiones sinápticas trabajando a destajo.

Así que sed francos, sed hipócritas y chismorread. Es lo que nos hace humanos.

Entre tantos normies, posers y mongers uno solo puede adoptar dos posturas cuando sale de casa: pasar de la gente o sonreír y tratar de fingir que todo está bien. Lo primero parece lo más coherente y honesto; lo segundo, la quintaesencia de la hipocresía.

Sin embargo, hay que hacer dos consideraciones previas. La primera: probablemente nosotros también parecemos normies, posers y mongers para los demás, al menos en determinados momentos. La segunda: amamos la hipocresía, aunque nos empecinemos en negarlo.

La hipocresía es una regla de etiqueta tan ubicua en todas las culturas porque permite hacer dos cosas fundamentales: engrasar las relaciones sociales y procurar que agrademos a las personas que nos rodean. Porque, a pesar de lo que suele decirse, a nadie le gusta que los demás sean completamente sinceros con uno todo el tiempo y en todas las situaciones.

Te lo digo a la cara

¿En qué momento estamos siendo más empáticos, respetuosos o buenas personas? ¿Cuando le decimos a alguien que está loco si nos confiesa que se cree Napoleón o, por el contrario, cuando nos reservamos nuestra opinión y le seguimos la corriente? Esta pregunta no tiene una respuesta única. De hecho, la respuesta depende del contexto y de la persona que se crea Napoleón.

Un contexto podría ser una clínica; la persona, nuestra abuela tras sufrir un diagnóstico de demencia. Otro contexto, un autobús; la persona, un desconocido que se ha sentado a nuestro lado.

Naturalmente, son ejemplos límite. Entre estos dos extremos, sin embargo, hay una infinita escala de grises. A veces es conveniente ser sinceros porque nos preocupa que esa persona viva engañada o confundida; otras veces preferimos seguirle la corriente para evitar un desengaño o que piense que no la queremos lo suficiente.

Normalmente compartimos nuestro tiempo con personas que tienen valores, hábitos y creencias similares a los nuestros. Pero lo importante es que, en las pocas ocasiones en los que hay disensión, no contradigamos de forma demasiado evidente al que nos contradice. Eso también se puede aplicar a los demás: casi nadie nos está informando continuamente de todas las veces que cree que proyectamos ideas erróneas. Si fuera así, las interacciones sociales serían muy peliagudas.

Es resumen, aunque nos autodefinamos como honestos, no solemos cuestionar abiertamente las convicciones de los demás; aunque nos definamos como personas que queremos que nos digan las cosas a la cara, no toleramos que nos cuestionen abiertamente cada dos por tres.

De hecho, la brutal sinceridad de los niños (mira, mamá, qué hombre tan gordo) es censurada en entornos sociales donde no hay la suficiente confianza, e incluso en muchos en los que sí la hay.

Gente solitaria y normas de etiqueta

Si le preguntamos a un conocido qué opina del nombre que le hemos puesto a nuestro hijo, lo más probable es que diga que le gusta. No importa que el nombre se le antoje horrible. No deberíamos protestar por su falta de sinceridad porque, si opina abiertamente acerca del nombre de nuestros hijos, es posible que esa persona nos caiga un poco peor. Pensaremos que no es como nosotros. Que no está en nuestra onda.

Es cierto: lo ideal sería que todo el mundo fuera brutalmente sincero para averiguar si de verdad está en nuestra onda. El problema es que encontrar gente así resulta altamente improbable.

En consecuencia, debemos, de algún modo, «soportarnos» entre nosotros: compartir los asuntos en los que estamos de acuerdo y omitir o escamotear con buenas palabras los que no. La razón principal de esta incompatibilidad es que ninguno de nosotros tenemos un patrón estable de conducta ni una personalidad perfectamente definida.

A veces estamos irritables. Otras veces mantenemos ideas solo por venganza, por miedo, por sentirnos diferentes o especiales, y un largo etcétera. Unas veces estamos felices porque nos hemos enamorado. Otras, cansados porque hemos dormido poco. También puede suceder que nuestros niveles neuroquímicos se alteren caprichosamente en función de lo que comamos o los cambios hormonales a los que estemos sometidos.

Somos volubles, caprichosos y amorfos en muchos aspectos psicológicos. Resulta utópico hallar personas que adopten justo las mismas formas que nosotros y en los mismos instantes. Frente a tamaña retahíla de pequeñas fricciones, se requiere algún tipo de vaselina social, como las normas de etiqueta. La hipocresía es una de ellas.

Pero, como hemos dicho, los extremos son malos. Un exceso de etiqueta también puede ser perjudicial porque impide que recibamos un feedback beneficioso para nosotros. Sin ese feedback, difícilmente progresaremos en el plano personal, por ejemplo siendo menos ariscos o más egoístas con los demás, porque los demás nos lo hacen notar directa o indirectamente.

Esto se puede comprobar fácilmente en las personas que viven solas, sobre todo viudas y viudos mayores: pueden desarrollar no pocos hábitos extraños porque nadie a su alrededor les advierte de su rareza o inoportunidad.

Y por eso no solo es importante que nos rodeemos de personas conocidas (gente, que diría Mafalda), que se suelen regir por las normas de etiqueta, sino también de parientes y amigos íntimos (personas), que son a los que les permitimos ser más sinceros en sus opiniones sobre nosotros. Sin llegar, de nuevo, al extremo.

Y por eso, también, existe el chismorreo

Las normas de etiqueta, pues, son tan necesarias como el control de armas o los reglamentos jurídicos: favorecen la paz social, y también la psicológica. Por eso no es extraño que el poeta Heinrich Heine escribiera que «Dios nos ha dado la palabra para que podamos decir cosas agradables a nuestros amigos».

O como abundaría una de las escritoras más importantes sobre etiqueta en Estados Unidos, Emily Post: «La persona de tacto se reserva sus prejuicios […], algunos temas deben rechazarse, incluso cuando estés muy seguro del terreno que pisas; como, por ejemplo, la crítica de un credo religioso o el desacuerdo con las convicciones políticas de otro».

Entonces, ¿por qué, en general, llegamos a ser tan críticos con los hipócritas? ¿Por qué condenamos a las personas falsas? ¿Por qué no solemos autodefinir como sinceros? ¿Por qué exigimos que queremos que nos digan a la verdad a la cara? Hay una única respuesta para todas estas preguntas: porque necesitamos información social. Porque queremos saber cómo ganar puntos sociales. Porque queremos averiguar en quién confiar y en quién no. Porque no queremos que nos engañen o nos hagan daño.

En otras palabras: queremos la información, pero nos duele que nos la confiesen si esta es muy poco halagüeña. Y los demás también quieren la información, pero nos resulta embarazoso ofrecerla porque podemos perder el aprecio del otro si lo que tenemos que decir no le gusta.

Todo podría resumirse en la siguiente analogía: sospechamos que tenemos una enfermedad mortal, pero nos da apuro acudir a un médico que nos diagnostique que, en efecto, tenemos razón, a la vez que no dejamos de prestar atención a todas las pistas y síntomas que puedan confirmar o refutar que sufrimos de dicha enfermedad.

Y entonces, ¡tachán!, surgió el chismorreo. Porque el chismorreo es una manera de aproximarnos a la verdad por la tangente (no nos la revelan directamente ni debemos exigir que nos la revelen directamente). Tanteamos la verdadera opinión de los demás sobre algunos asuntos o sobre nosotros mismos mediante una suerte de proceso de triangulación. Como en el Hundir la flota. B6: agua. B7: tocado.

Gracias al chismorreo, podemos acceder a información privilegiada de los demás (aunque nunca a toda), lo que nos permite reajustar nuestras opiniones, nuestros comportamientos y nuestras respuestas.

El chismorreo es una manera de contrarrestar los sesgos de nuestro propio conocimiento y los que procura las normas de etiqueta que evita que acabemos a hostia limpia. Descubrir las incoherencias entre lo que nos dicen las diferentes personas y compartirlas como si fuera un mensaje secreto en plena Segunda Guerra Mundial también nos permite trabar alianzas, reforzar amistades, soltar cable con otras… incluso mentir o que nos mientan para romper o reducir en intensidad determinadas relaciones.

Tal y como abunda en ello el impresionante libro De animales a Dioses, de Yuval Noah Harari:

La cantidad de información que se debe obtener y almacenar con el fin de seguir las relaciones siempre cambiantes de unas pocas decenas de individuos es apabullante. (Es una cuadrilla de 50 individuos, hay 1.225 relaciones de uno a uno, e incontables combinaciones sociales complejas más). Todos los simios muestran un fuerte interés por esta información social, pero tienen dificultades en chismorrear de forma efectiva. (…) Las nuevas capacidades lingüísticas que los sapiens modernos adquirieron hace unos 70.000 años les permitieron chismorrear durante horas.

Tal es la complejidad de la interacción social que ofrece el factor chismorreo que no es extraño que haya inspirado a diversos investigadores para afirmar que este y no otro es probablemente el más importante de los factores que incrementaron, generación tras generación, la inteligencia de nuestros antepasados.

A mayor inteligencia, mayor capacidad maquiavélica de recabar información mediante el chismorreo o de propagar bulos a través de su red. Solo los más inteligentes, pues, lograban prosperar más fácilmente en los entornos sociales.

Y para chismorrear, a pesar de que sea un verbo que solemos ver solo asociado a la prensa rosa, se requiere de una gran memoria, extraordinarias dotes psicoemocionales y unos cuantos billones de conexiones sinápticas trabajando a destajo.

Así que sed francos, sed hipócritas y chismorread. Es lo que nos hace humanos.

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Opiniones 1
  • No ser sincero incita al narcisismo sicopatico, tbn es maniPPular, etc
    Hay que hacerlo con asertividad si es algo entre varias personas y si se trata de una evidencia que alguien no ve se puede plantear con tacto y como posibilidad

    el chismorreo puede inducir a la difamacion , que es delito
    y la deformacion d la realidad a conveniencia personal para incitar bajas pasiones

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