22 octubre, 2014    /   CIENCIA
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¿A cuánta gente te has tirado?

22 octubre, 2014    /   CIENCIA     por
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A pesar de que nos gusta ahondar en las intimidades sexuales de los demás a través de análisis y encuestas, tal acto voyeurístico tiene algo de estéril.
Diversos estudios sugieren que resulta imposible averiguar lo que realmente hace la gente en la intimidad (ni siquiera la gente es muy consciente de lo que hace, de lo que quiere hacer ni de lo que sería capaz de hacer en lo tocante a la sexualidad). Algo así como el gato de Schrödinger venéreo. Y, además, lo poco que sabemos contradice la intuición: los que menos nos imaginamos son los que más sexo tienen.
¿Grito de placer?
La incapacidad para conocer los secretos de alcoba nos retrotrae a una anécdota que ocurrió el 12 de febrero de 2007, a primeras horas de la mañana, en la calle South Main, en el suburbio de Milwaukee de Oconomowoc. Cuando un tipo llamado James Van Iveren, de 39 años, oyó unos gritos femeninos desgarradores que procedían del piso de arriba.
No tenía teléfono para llamar a la policía, de modo que enarboló una espada que había comprado como reliquia, subió la escalera como un samurái y tiró abajo la puerta de su vecino. Y encontró a su vecino, Bret Stieghors, un estudiante de 33 años, viendo una película a todo volumen llamada Casa de culo. El problema es que la película era latina, y el vecino no entendía ni una palabra: solo los alaridos, que no interpretó como ruidos de placer, sino como una elocuente llamada de auxilio.
Van Iveren fue acusado de allanamiento de morada y mucha gente se río a su costa cuando la noticia apareció en los medios. La mayoría de nosotros no solemos cometer esos errores, ¿verdad? No tan deprisa. Al fin y al cabo, la diferencia entre un alarido de terror y otro de placer reside esencialmente en el contexto. Tanto es así que, en el contexto claramente lúbrico, hay mujeres que fingen placer cuando en realidad no lo sienten y los hombres lo asumen como fidedigno, marcando una muesca ilegítima en su autoestima sexual.
Por si fuera poco, aunque nuestra pareja sexual no dé muestras de haber disfrutado con nuestro baile de caderas, puede que reconstruyamos la historia a medida que transcurra el tiempo a fin de que favorezca, de nuevo, nuestra autoestima. La contaremos a los demás como si fuera verdadera, y nosotros mismos creemos que es verdadera. Pero no lo será. Frente a la encuesta, ¿disfruta su pareja del sexo con usted?, responderemos que sí. Este efecto psicológico del autoengaño se denomina sesgo a posteriori y nadie está exento de padecerlo.
Incluso los historiadores profesionales son proclives a cometer este error cognitivo: por ejemplo, tras analizar un hecho histórico importante, como el bombardeo de Pearl Harbour, se distinguirán los factores relevantes de los irrelevantes con mayor facilidad, y se creerá que lo ocurrido, dadas las circunstancias, era inevitable. Esta clase de narrativa nos suena bien, pero no refleja los hechos tal y como sucedieron.
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¿Con cuántos?
Imaginemos que alguien nos interpela sin cataplasmas: ¿con cuántas personas has cohabitado? Según Norman Brown y Robert Sinclair, en Journal of Sex Research, nuestra respuesta no será sincera. O si es sincera, no será realista. Las respuestas, además, serán distintas si somos del sexo femenino o del masculino.
En las encuestas, los hombres suelen afirmar haber tenido cuatro veces más parejas del sexo opuesto que las mujeres. En Estados Unidos, por ejemplo, la cantidad media de parejas sexuales femeninas de un hombre es de siete, mientras que la cantidad media de parejas masculinas para las mujeres es de cuatro. Algo que no encaja si tenemos en cuenta que los hombres se acuestan con las mujeres.
Esta divergencia parece darse también en otras actividades relativas al sexo, como si se ha practicado sexo anal, la duración media de un coito o la frecuencia de estos. Así pues, no parece posible que todos mientan deliberadamente: más bien tienden a recordar selectivamente lo que se espera de ellos, lo más estereotipado, esto es: los hombres son más sexuales, las mujeres son menos sexuales.
Estas cifras también varían en función de la riqueza del propio país: en los países ricos, la media de parejas sexuales es diez; en los pobres, seis, según un estudio de Miguel Fontes y Peter Roach.
Y finalmente, los estudios sobre las costumbres sexuales desafían nuestras intuiciones más arraigas: son los bajitos y los que destacan menos físicamente los que porcentualmente tienen más sexo. Es al menos lo que sugiere un estudio realizado por investigadores húngaros y publicado en la revista The Journal of Sexual Medicine. Tras analizar a 531 participantes heterosexuales con edades comprendidas entre los 20 y los 54 años, los que tenían más encuentros sexuales eran los que medían menos de 1.75 m, pesar menos de 78 kilogramos y con una circunferencia de cintura normal. La razón podría ser que los bajitos compensan su falta de atractivo físico empleando señales que denoten estatus social elevado. ¿Ahora empezamos a entender a Tom Cruise o Sarkozy?
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¿Te acostarías con ella?
Diversos experimentos sugieren que si se pregunta a un hombre si estaría dispuesto a tener sexo con una mujer que no conoce, así, de repente, pero que resulta agradable para la vista, un gran porcentaje aceptará. Si se formula la misma pregunta a una mujer, la mayoría declinará la oferta. Pero eso no nos está informando acerca del deseo sexual de ambos sexos, ni de lo que piensan realmente. Como se ha dicho antes, ambos sexos responden socialmente lo que se espera de ellos. Por eso cuando Diane Keaton afirma que el sexo sin amor es una experiencia vacía, Woody Allen le replica: «Sí, pero como experiencia vacía es de las mejores».
Además, frente a preguntas hipotéticas, no sabemos prever realmente lo que haremos en el futuro. Los que afirman que nunca se acostarían con una menor pueden responder justo lo contrario, si la misma pregunta se formula tras haberles excitado sexualmente con una película pornográfica. Dan Ariely nos explica este experimento en su libro Las trampas del deseo: Cómo controlar los impulsos irracionales que nos llevan al error: sobre si tendrían sexo con una chica de doce años, los hombres excitados respondían que sí en un 46 % de los casos; los no excitados, en un 23 %.
Incluso fatigando el ego se obtienen respuestas distintas, pues la fuerza de voluntad no siempre es igualmente sólida. En un estudio realizado por Gailliot y Baumeister publicado en Personality & Social Psychology Bulletin, se evaluó lo emocionalmente cerca que un participante debía sentirse de otra persona antes de tener sexo con ella. La mitad de los participantes estaban realizando una tarea debilitadora del ego (tachar letras según unas reglas cambiantes).
Tras hacerles imaginar una infidelidad en una habitación de hotel, los que consideraban que el sexo informal era una experiencia vacía no cedían tanto a la tentación como los que consideraban el sexo informal como algo divertido y deseable. Sin embargo, este segundo grupo, cuando el ego estaba fatigado, cedían más fácilmente a la tentación. Lo más llamativo es que si la fuerza de voluntad no estaba debilitada, ambos sexos respondían casi igual. Pero en caso de tener el ego fatigado o concentrado en otros asuntos, los hombres se imaginaban cediendo más fácilmente que las mujeres.
Es decir, liberados del autocontrol, parece que los hombres se dejan llevar más fácilmente por lo que pronostica la psicología evolutiva: fecundar al máximo de hembras posible, y ellas ya se encargarán de criar a los futuros vástagos, ya sea solas o en compañía de otro hombre que seduzcan. Las mujeres, sin embargo, tienen un programa evolutivo distinto: no puedo permitir que me fecunde cualquiera, porque luego no puedo garantizar que me apoye con recursos suficientes para criar a nuestro hijo. Estamos hablando, claro está, de que estos instintos se fraguaron en la Edad de Piedra, pero sobreviven en las capas más antiguas de nuestro cerebro a pesar de que las circunstancias hayan cambiado.
Los mismos investigadores, de hecho, repitieron otro experimento real, no imaginado, entre parejas reales que ya llevaban juntas mucho tiempo y parejas que hacía poco que salían. Tras agotar cognitivamente a las parejas por separado, las reunían en una habitación y las invitaban a darse pruebas de cariño durante tres minutos (a solas). Finalmente, la pareja debía describir en un párrafo lo que habían hecho. Las parejas más experimentadas, al parecer, eran menos físicas y apasionadas; las poco experimentadas: «Se besaban con la boca abierta durante un buen rato, se toqueteaban y se acariciaban el uno al otro (por ejemplo, las nalgas y el pecho de la mujer) e incluso se quitaban prendas de ropa para exhibirse más».
En otras palabras, son tantos los engaños, los autoengaños, las influencias y demás factores que actúan al unísono, como una telaraña de micromotivos, que afirmar categóricamente cuál es el comportamiento sexual del ser humano es, a efectos prácticos, como la cuadratura del círculo.

A pesar de que nos gusta ahondar en las intimidades sexuales de los demás a través de análisis y encuestas, tal acto voyeurístico tiene algo de estéril.
Diversos estudios sugieren que resulta imposible averiguar lo que realmente hace la gente en la intimidad (ni siquiera la gente es muy consciente de lo que hace, de lo que quiere hacer ni de lo que sería capaz de hacer en lo tocante a la sexualidad). Algo así como el gato de Schrödinger venéreo. Y, además, lo poco que sabemos contradice la intuición: los que menos nos imaginamos son los que más sexo tienen.
¿Grito de placer?
La incapacidad para conocer los secretos de alcoba nos retrotrae a una anécdota que ocurrió el 12 de febrero de 2007, a primeras horas de la mañana, en la calle South Main, en el suburbio de Milwaukee de Oconomowoc. Cuando un tipo llamado James Van Iveren, de 39 años, oyó unos gritos femeninos desgarradores que procedían del piso de arriba.
No tenía teléfono para llamar a la policía, de modo que enarboló una espada que había comprado como reliquia, subió la escalera como un samurái y tiró abajo la puerta de su vecino. Y encontró a su vecino, Bret Stieghors, un estudiante de 33 años, viendo una película a todo volumen llamada Casa de culo. El problema es que la película era latina, y el vecino no entendía ni una palabra: solo los alaridos, que no interpretó como ruidos de placer, sino como una elocuente llamada de auxilio.
Van Iveren fue acusado de allanamiento de morada y mucha gente se río a su costa cuando la noticia apareció en los medios. La mayoría de nosotros no solemos cometer esos errores, ¿verdad? No tan deprisa. Al fin y al cabo, la diferencia entre un alarido de terror y otro de placer reside esencialmente en el contexto. Tanto es así que, en el contexto claramente lúbrico, hay mujeres que fingen placer cuando en realidad no lo sienten y los hombres lo asumen como fidedigno, marcando una muesca ilegítima en su autoestima sexual.
Por si fuera poco, aunque nuestra pareja sexual no dé muestras de haber disfrutado con nuestro baile de caderas, puede que reconstruyamos la historia a medida que transcurra el tiempo a fin de que favorezca, de nuevo, nuestra autoestima. La contaremos a los demás como si fuera verdadera, y nosotros mismos creemos que es verdadera. Pero no lo será. Frente a la encuesta, ¿disfruta su pareja del sexo con usted?, responderemos que sí. Este efecto psicológico del autoengaño se denomina sesgo a posteriori y nadie está exento de padecerlo.
Incluso los historiadores profesionales son proclives a cometer este error cognitivo: por ejemplo, tras analizar un hecho histórico importante, como el bombardeo de Pearl Harbour, se distinguirán los factores relevantes de los irrelevantes con mayor facilidad, y se creerá que lo ocurrido, dadas las circunstancias, era inevitable. Esta clase de narrativa nos suena bien, pero no refleja los hechos tal y como sucedieron.
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¿Con cuántos?
Imaginemos que alguien nos interpela sin cataplasmas: ¿con cuántas personas has cohabitado? Según Norman Brown y Robert Sinclair, en Journal of Sex Research, nuestra respuesta no será sincera. O si es sincera, no será realista. Las respuestas, además, serán distintas si somos del sexo femenino o del masculino.
En las encuestas, los hombres suelen afirmar haber tenido cuatro veces más parejas del sexo opuesto que las mujeres. En Estados Unidos, por ejemplo, la cantidad media de parejas sexuales femeninas de un hombre es de siete, mientras que la cantidad media de parejas masculinas para las mujeres es de cuatro. Algo que no encaja si tenemos en cuenta que los hombres se acuestan con las mujeres.
Esta divergencia parece darse también en otras actividades relativas al sexo, como si se ha practicado sexo anal, la duración media de un coito o la frecuencia de estos. Así pues, no parece posible que todos mientan deliberadamente: más bien tienden a recordar selectivamente lo que se espera de ellos, lo más estereotipado, esto es: los hombres son más sexuales, las mujeres son menos sexuales.
Estas cifras también varían en función de la riqueza del propio país: en los países ricos, la media de parejas sexuales es diez; en los pobres, seis, según un estudio de Miguel Fontes y Peter Roach.
Y finalmente, los estudios sobre las costumbres sexuales desafían nuestras intuiciones más arraigas: son los bajitos y los que destacan menos físicamente los que porcentualmente tienen más sexo. Es al menos lo que sugiere un estudio realizado por investigadores húngaros y publicado en la revista The Journal of Sexual Medicine. Tras analizar a 531 participantes heterosexuales con edades comprendidas entre los 20 y los 54 años, los que tenían más encuentros sexuales eran los que medían menos de 1.75 m, pesar menos de 78 kilogramos y con una circunferencia de cintura normal. La razón podría ser que los bajitos compensan su falta de atractivo físico empleando señales que denoten estatus social elevado. ¿Ahora empezamos a entender a Tom Cruise o Sarkozy?
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¿Te acostarías con ella?
Diversos experimentos sugieren que si se pregunta a un hombre si estaría dispuesto a tener sexo con una mujer que no conoce, así, de repente, pero que resulta agradable para la vista, un gran porcentaje aceptará. Si se formula la misma pregunta a una mujer, la mayoría declinará la oferta. Pero eso no nos está informando acerca del deseo sexual de ambos sexos, ni de lo que piensan realmente. Como se ha dicho antes, ambos sexos responden socialmente lo que se espera de ellos. Por eso cuando Diane Keaton afirma que el sexo sin amor es una experiencia vacía, Woody Allen le replica: «Sí, pero como experiencia vacía es de las mejores».
Además, frente a preguntas hipotéticas, no sabemos prever realmente lo que haremos en el futuro. Los que afirman que nunca se acostarían con una menor pueden responder justo lo contrario, si la misma pregunta se formula tras haberles excitado sexualmente con una película pornográfica. Dan Ariely nos explica este experimento en su libro Las trampas del deseo: Cómo controlar los impulsos irracionales que nos llevan al error: sobre si tendrían sexo con una chica de doce años, los hombres excitados respondían que sí en un 46 % de los casos; los no excitados, en un 23 %.
Incluso fatigando el ego se obtienen respuestas distintas, pues la fuerza de voluntad no siempre es igualmente sólida. En un estudio realizado por Gailliot y Baumeister publicado en Personality & Social Psychology Bulletin, se evaluó lo emocionalmente cerca que un participante debía sentirse de otra persona antes de tener sexo con ella. La mitad de los participantes estaban realizando una tarea debilitadora del ego (tachar letras según unas reglas cambiantes).
Tras hacerles imaginar una infidelidad en una habitación de hotel, los que consideraban que el sexo informal era una experiencia vacía no cedían tanto a la tentación como los que consideraban el sexo informal como algo divertido y deseable. Sin embargo, este segundo grupo, cuando el ego estaba fatigado, cedían más fácilmente a la tentación. Lo más llamativo es que si la fuerza de voluntad no estaba debilitada, ambos sexos respondían casi igual. Pero en caso de tener el ego fatigado o concentrado en otros asuntos, los hombres se imaginaban cediendo más fácilmente que las mujeres.
Es decir, liberados del autocontrol, parece que los hombres se dejan llevar más fácilmente por lo que pronostica la psicología evolutiva: fecundar al máximo de hembras posible, y ellas ya se encargarán de criar a los futuros vástagos, ya sea solas o en compañía de otro hombre que seduzcan. Las mujeres, sin embargo, tienen un programa evolutivo distinto: no puedo permitir que me fecunde cualquiera, porque luego no puedo garantizar que me apoye con recursos suficientes para criar a nuestro hijo. Estamos hablando, claro está, de que estos instintos se fraguaron en la Edad de Piedra, pero sobreviven en las capas más antiguas de nuestro cerebro a pesar de que las circunstancias hayan cambiado.
Los mismos investigadores, de hecho, repitieron otro experimento real, no imaginado, entre parejas reales que ya llevaban juntas mucho tiempo y parejas que hacía poco que salían. Tras agotar cognitivamente a las parejas por separado, las reunían en una habitación y las invitaban a darse pruebas de cariño durante tres minutos (a solas). Finalmente, la pareja debía describir en un párrafo lo que habían hecho. Las parejas más experimentadas, al parecer, eran menos físicas y apasionadas; las poco experimentadas: «Se besaban con la boca abierta durante un buen rato, se toqueteaban y se acariciaban el uno al otro (por ejemplo, las nalgas y el pecho de la mujer) e incluso se quitaban prendas de ropa para exhibirse más».
En otras palabras, son tantos los engaños, los autoengaños, las influencias y demás factores que actúan al unísono, como una telaraña de micromotivos, que afirmar categóricamente cuál es el comportamiento sexual del ser humano es, a efectos prácticos, como la cuadratura del círculo.

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Opiniones 4
  • Esto es como discutir sobre el sexo de los ángeles, un sinsentido.
    Por otro lado, relacionas a “los bajitos” (midiendo menos de 1,75) con la carencia de atractivo físico (!!) y la muestra, por lo tanto y para compensarlo, de un “estatus social elevado”. Si hay ironía, no la encuentro. Menos de 1,75 y falta de autoestima? Más bien es una estupidez de altura.

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