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10 de diciembre 2015    /   BUSINESS
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¿Cuánto hay de estafa y cuánto de realidad en la economía colaborativa?

10 de diciembre 2015    /   BUSINESS     por          
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Es la penúltima demostración de que el marketing de Silicon Valley funciona como la seda. Dentro del enorme globo de aire caliente de la economía colaborativa, que es a lo que se dedica una minoría de emprendedores valientes en todo el mundo, conviven grandes empresas que no colaboran con nadie, usuarios que solo buscan productos y servicios más baratos, expertos que anuncian el fin del capitalismo mientras lo ordeñan frenéticamente y unos medios que han absorbido el mensaje de las grandes empresas del sector.

Es verdad que cientos de personas en España y Latinoamérica se estrujan el cerebro y los bolsillos buscando formas de crear comunidades donde antes había, según ellas, únicamente materialismo y soledad. Desean que los usuarios se miren a los ojos virtualmente con la intención de compartir una porción de sus vidas, su tiempo y sus casas sin las ansias de hacerse millonarios o de rentabilizar un producto que tenían muerto de risa en el garaje. Quieren que sus negocios les permitan vivir de su trabajo —¡por supuesto!—, pero también que el fruto de tanto sudor sea un mundo mejor, con mejores sentimientos y con una sociedad más vertebrada.

La principal motivación de los usuarios es acceder a productos y servicios que ya estaban en el mercado, pero a precios más competitivos o a productos y servicios que antes no estaban en el mercado

Merece la pena preguntarse cuáles son las características que asociamos intuitivamente con la economía colaborativa para diferenciar de una vez a estos emprendedores de lo que hacen grandes multinacionales como Airbnb, Blablacar o Uber, que indudablemente prestan un servicio importante a la sociedad —y ganan cientos de millones de dólares en comisiones— allí donde las leyes y los lobbies de hoteleros y taxistas les permiten servir a sus clientes.

Los cuatro rasgos claves que distinguen a esta nueva economía de sus predecesoras es que las empresas crean comunidades con sus plataformas, que poseen unos usuarios cuya principal motivación es compartir, que suponen la aparición de un modelo que cuestiona los viejos principios capitalistas y que utilizan las tecnologías de la información para multiplicar las posibilidades de colaborar y compartir de sus usuarios.     

Aquí te pillo, aquí te mato

Giana Eckhardt, profesora de marketing de la Universidad de Londres, ha estudiado durante años las supuestas redes estables de afecto o intereses comunes de las que presumen las mayores empresas que se dedican a la economía colaborativa. Su conclusión es que «no es cierto que se construyan amplias comunidades entre los que, por ejemplo, alquilan su casa o una habitación y los que la ocupan», porque en la mayoría de los casos solo tienen contacto mientras conviven y muchas veces ni siquiera eso, pues las viviendas se alquilan enteras y no llegan a comer o dormir bajo el mismo techo.

Al igual que en tantos intercambios comerciales, la relación se extingue en cuanto sus protagonistas han conseguido lo que querían. Son relaciones mucho menos firmes que las que establecemos con el camarero o el dueño de nuestra cafetería habitual, y estas últimas nunca las llamaríamos colaborativas.

La segunda característica consistía en que la principal motivación de los usuarios era compartir y que esto, obviamente, no descartaba cobrar por ello (aquí se diferenciaban del mundo de las entidades sin ánimo de lucro). Según esa filosofía, la clave de Blablacar no era que el conductor hiciera un gran negocio, sino que ayudase a otras personas que quizás no dispusiesen de sus propios vehículos y compartiese con ellos los gastos del viaje. En ese esquema, resultaba imprescindible que la multinacional ganase dinero para mantener la plataforma y mejorar cada vez más el servicio.

Puede que las principales plataformas de economía colaborativa no nos hagan más solidarios, pero desde luego sí más capitalistas. Por eso no cuestionan ni mucho menos los viejos principios del sistema

Giana Eckhardt también tiene algo que decir sobre esto: «La principal motivación de los usuarios es acceder a productos y servicios que ya estaban en el mercado, pero a precios más competitivos o a productos y servicios que antes no estaban en el mercado». Dicho de otra forma, los clientes de Blablacar no viajan para colaborar, sino que comparten para viajar más barato o para que les faciliten trayectos que antes no cubrían otros medios de transporte como, por ejemplo, el que va desde la puerta de su casa a la oficina.

¿Y qué hay de los conductores o de la gente que comparte sus hogares? Aunque todavía existen muchos casos de particulares que ofrecen directamente estos servicios, el caso de eBay —que expertos como Miguel Ferrer, consultor de políticas digitales, considera gran pionera de la economía colaborativa— muestra que las corporaciones terminan desplazando a los particulares del centro de la escena. Pablo Valerio, editor de la revista Cities of the Future, recuerda que esto ya está empezando a ocurrir: «Cada vez son más las empresas que utilizan Airbnb, Uber o Blablacar como canales para comercializar sus productos». La Asociación Nacional de Promotores Inmobiliarios de Estados Unidos firmó en junio un acuerdo con Airbnb para que sus clientes puedan probar los barrios donde quieren comprar sus viviendas alquilando por pocos días o semanas un piso cerca de allí.

De todos modos, uno de los elementos más interesantes de estos nuevos modelos de negocio es que, muchas veces, son los propios particulares los que se convierten en empresas para hacer de ello su modo de vida, competir con otros particulares y superar a otras empresas. Miguel Ferrer apunta en este sentido algo que ha ocurrido recientemente en Barcelona: «Una señora que cocinaba paellas por placer ha tenido mucho éxito y ha acabado abriendo un negocio de paellas a domicilio». Empezó compartiendo algo que se le daba bien, pero es difícil sostener que la venta de comida a domicilio, que es a lo que se dedica actualmente, sea una manera de compartir o de crear comunidad.

La dama de las paellas

Lo que sí es fácil de sostener es que esta señora se ha transformado en emprendedora y que lo que antes, quizás, hacía por placer y para cubrir costes ahora lo utiliza, probablemente, para ganarse la vida. Ejemplos como este son los que le permiten pensar a Giana Eckhardt que «la economía colaborativa que conocemos es aún más capitalista que el capitalismo al que estamos acostumbrados, porque convierte a los particulares en emprendedores y vuelve lucrativas actividades que antes eran casi gratuitas».

Los economistas liberales también creen que mejora el capitalismo porque aumenta la competencia y la eficiencia, espolea la innovación de productos y servicios, y tiende a reducir sus precios. En síntesis, puede que las principales plataformas de economía colaborativa no nos hagan más solidarios, pero desde luego sí más capitalistas. Por eso no cuestionan ni mucho menos los viejos principios del sistema.

El humilde caso de la cocinera de paellas también pone sobre la pista de otro aspecto interesante de la presunta economía colaborativa que aparece una y otra vez en los grandes medios de comunicación: el excesivo protagonismo de las nuevas tecnologías. Una vez que la cocinera se ha transformado en vendedora de comida a domicilio, los que afirman que aquello sigue siendo economía colaborativa lo hacen con el argumento de que ella comercializa sus productos a través de una determinada plataforma tecnológica y que su negocio nació originalmente gracias a ella.

La economía colaborativa que conocemos es aún más capitalista que el capitalismo al que estamos acostumbrados, porque convierte a los particulares en emprendedores y vuelve lucrativas actividades que antes eran casi gratuitas

Alguien tendrá que explicar por qué enviar un plato de paella casera a una casa con un motorista no es lo mismo que enviar con el motorista de un restaurante chino un buen plato de arroz tres delicias a nuestras casas. Puede que lo primero lo cocine con más mimo una señora, pero es bueno recordar que detrás del segundo hay una familia entera que también lucha por sobrevivir.

Merece la pena tener en cuenta que el cuarto rasgo con el que la mayoría identificamos la economía colaborativa es que las tecnologías de la información son un instrumento imprescindible, pero no un fin en sí mismas. Cuando las consideramos un fin en sí mismas, podemos llegar a extrañas conclusiones. Una de ellas es que somos más colaborativos  cuando comemos paella a domicilio gracias a una determinada plataforma de internet que cuando compartimos y fomentamos el consumo comunitario de energías renovables, que es a lo que se dedica, por ejemplo, la cooperativa barcelonesa Som Energia.

Som Energia ha dependido de la Red para intensificar enormemente su impacto, anunciar su servicio y facilitar su contratación masiva, pero internet o las tecnologías de la información no son ni su origen ni la principal característica de su negocio. Su origen es una comunidad estable de individuos que comparten la aspiración de hacer del mundo un lugar mejor, más limpio, al mismo tiempo que pagan menos por su energía que si fueran en solitario. Su principal característica es que sin la colaboración no sería posible. Ellos sí cuestionan algunos de los viejos principios del capitalismo.

A las empresas que se suman a la economía colaborativa hay que exigirles que empoderen al usuario mediante una plataforma abierta que permita el intercambio de bienes y servicios de forma eficiente mediante las tecnologías de la información

¿Podemos decir lo mismo de Airbnb, eBay, Blablacar y Uber? ¿Quién es y quién no es entonces colaborativo?

Miguel Ferrer, consultor de políticas digitales, admite que «se ha abusado de la etiqueta ‘colaborativa’», pero matiza que eso no significa que el fenómeno no exista a gran escala. Además, considera que es muy positivo que muchas compañías hayan querido apuntarse al fenómeno para vender más siempre que cumplan determinados requisitos y que no sea un engaño. Solo hay que exigirles que «empoderen al usuario mediante una plataforma abierta que permita el intercambio de bienes y servicios de forma eficiente mediante las tecnologías de la información».

Porque la realidad, apunta, es que los «intercambios con este nuevo modelo son mucho más eficientes». Al fin y al cabo, millones de personas pueden acceder ahora a bienes y servicios que antes o no podían permitirse o, directamente, no existían en el mercado, se están creando (y destruyendo) miles de empleos y oportunidades y se reducen las barreras de entrada para personas talentosas que carecen de suficiente infraestructura, medios o contactos para fundar un negocio tradicional desde el principio. También es probable que, al ampliar las posibilidades de alquilar por ejemplo un vehículo, se construyan y vendan menos coches y el medio ambiente salga beneficiado.

La economía colaborativa, incluyamos o no a grandes multinacionales como Uber, arroja tantas preguntas como respuestas. Es el precio de las grandes transformaciones sociales. Es verdad lo que dice el anuncio: no tenemos sueños baratos.

 

Imagen de portada: MikeDotta / Shutterstock.com

Es la penúltima demostración de que el marketing de Silicon Valley funciona como la seda. Dentro del enorme globo de aire caliente de la economía colaborativa, que es a lo que se dedica una minoría de emprendedores valientes en todo el mundo, conviven grandes empresas que no colaboran con nadie, usuarios que solo buscan productos y servicios más baratos, expertos que anuncian el fin del capitalismo mientras lo ordeñan frenéticamente y unos medios que han absorbido el mensaje de las grandes empresas del sector.

Es verdad que cientos de personas en España y Latinoamérica se estrujan el cerebro y los bolsillos buscando formas de crear comunidades donde antes había, según ellas, únicamente materialismo y soledad. Desean que los usuarios se miren a los ojos virtualmente con la intención de compartir una porción de sus vidas, su tiempo y sus casas sin las ansias de hacerse millonarios o de rentabilizar un producto que tenían muerto de risa en el garaje. Quieren que sus negocios les permitan vivir de su trabajo —¡por supuesto!—, pero también que el fruto de tanto sudor sea un mundo mejor, con mejores sentimientos y con una sociedad más vertebrada.

La principal motivación de los usuarios es acceder a productos y servicios que ya estaban en el mercado, pero a precios más competitivos o a productos y servicios que antes no estaban en el mercado

Merece la pena preguntarse cuáles son las características que asociamos intuitivamente con la economía colaborativa para diferenciar de una vez a estos emprendedores de lo que hacen grandes multinacionales como Airbnb, Blablacar o Uber, que indudablemente prestan un servicio importante a la sociedad —y ganan cientos de millones de dólares en comisiones— allí donde las leyes y los lobbies de hoteleros y taxistas les permiten servir a sus clientes.

Los cuatro rasgos claves que distinguen a esta nueva economía de sus predecesoras es que las empresas crean comunidades con sus plataformas, que poseen unos usuarios cuya principal motivación es compartir, que suponen la aparición de un modelo que cuestiona los viejos principios capitalistas y que utilizan las tecnologías de la información para multiplicar las posibilidades de colaborar y compartir de sus usuarios.     

Aquí te pillo, aquí te mato

Giana Eckhardt, profesora de marketing de la Universidad de Londres, ha estudiado durante años las supuestas redes estables de afecto o intereses comunes de las que presumen las mayores empresas que se dedican a la economía colaborativa. Su conclusión es que «no es cierto que se construyan amplias comunidades entre los que, por ejemplo, alquilan su casa o una habitación y los que la ocupan», porque en la mayoría de los casos solo tienen contacto mientras conviven y muchas veces ni siquiera eso, pues las viviendas se alquilan enteras y no llegan a comer o dormir bajo el mismo techo.

Al igual que en tantos intercambios comerciales, la relación se extingue en cuanto sus protagonistas han conseguido lo que querían. Son relaciones mucho menos firmes que las que establecemos con el camarero o el dueño de nuestra cafetería habitual, y estas últimas nunca las llamaríamos colaborativas.

La segunda característica consistía en que la principal motivación de los usuarios era compartir y que esto, obviamente, no descartaba cobrar por ello (aquí se diferenciaban del mundo de las entidades sin ánimo de lucro). Según esa filosofía, la clave de Blablacar no era que el conductor hiciera un gran negocio, sino que ayudase a otras personas que quizás no dispusiesen de sus propios vehículos y compartiese con ellos los gastos del viaje. En ese esquema, resultaba imprescindible que la multinacional ganase dinero para mantener la plataforma y mejorar cada vez más el servicio.

Puede que las principales plataformas de economía colaborativa no nos hagan más solidarios, pero desde luego sí más capitalistas. Por eso no cuestionan ni mucho menos los viejos principios del sistema

Giana Eckhardt también tiene algo que decir sobre esto: «La principal motivación de los usuarios es acceder a productos y servicios que ya estaban en el mercado, pero a precios más competitivos o a productos y servicios que antes no estaban en el mercado». Dicho de otra forma, los clientes de Blablacar no viajan para colaborar, sino que comparten para viajar más barato o para que les faciliten trayectos que antes no cubrían otros medios de transporte como, por ejemplo, el que va desde la puerta de su casa a la oficina.

¿Y qué hay de los conductores o de la gente que comparte sus hogares? Aunque todavía existen muchos casos de particulares que ofrecen directamente estos servicios, el caso de eBay —que expertos como Miguel Ferrer, consultor de políticas digitales, considera gran pionera de la economía colaborativa— muestra que las corporaciones terminan desplazando a los particulares del centro de la escena. Pablo Valerio, editor de la revista Cities of the Future, recuerda que esto ya está empezando a ocurrir: «Cada vez son más las empresas que utilizan Airbnb, Uber o Blablacar como canales para comercializar sus productos». La Asociación Nacional de Promotores Inmobiliarios de Estados Unidos firmó en junio un acuerdo con Airbnb para que sus clientes puedan probar los barrios donde quieren comprar sus viviendas alquilando por pocos días o semanas un piso cerca de allí.

De todos modos, uno de los elementos más interesantes de estos nuevos modelos de negocio es que, muchas veces, son los propios particulares los que se convierten en empresas para hacer de ello su modo de vida, competir con otros particulares y superar a otras empresas. Miguel Ferrer apunta en este sentido algo que ha ocurrido recientemente en Barcelona: «Una señora que cocinaba paellas por placer ha tenido mucho éxito y ha acabado abriendo un negocio de paellas a domicilio». Empezó compartiendo algo que se le daba bien, pero es difícil sostener que la venta de comida a domicilio, que es a lo que se dedica actualmente, sea una manera de compartir o de crear comunidad.

La dama de las paellas

Lo que sí es fácil de sostener es que esta señora se ha transformado en emprendedora y que lo que antes, quizás, hacía por placer y para cubrir costes ahora lo utiliza, probablemente, para ganarse la vida. Ejemplos como este son los que le permiten pensar a Giana Eckhardt que «la economía colaborativa que conocemos es aún más capitalista que el capitalismo al que estamos acostumbrados, porque convierte a los particulares en emprendedores y vuelve lucrativas actividades que antes eran casi gratuitas».

Los economistas liberales también creen que mejora el capitalismo porque aumenta la competencia y la eficiencia, espolea la innovación de productos y servicios, y tiende a reducir sus precios. En síntesis, puede que las principales plataformas de economía colaborativa no nos hagan más solidarios, pero desde luego sí más capitalistas. Por eso no cuestionan ni mucho menos los viejos principios del sistema.

El humilde caso de la cocinera de paellas también pone sobre la pista de otro aspecto interesante de la presunta economía colaborativa que aparece una y otra vez en los grandes medios de comunicación: el excesivo protagonismo de las nuevas tecnologías. Una vez que la cocinera se ha transformado en vendedora de comida a domicilio, los que afirman que aquello sigue siendo economía colaborativa lo hacen con el argumento de que ella comercializa sus productos a través de una determinada plataforma tecnológica y que su negocio nació originalmente gracias a ella.

La economía colaborativa que conocemos es aún más capitalista que el capitalismo al que estamos acostumbrados, porque convierte a los particulares en emprendedores y vuelve lucrativas actividades que antes eran casi gratuitas

Alguien tendrá que explicar por qué enviar un plato de paella casera a una casa con un motorista no es lo mismo que enviar con el motorista de un restaurante chino un buen plato de arroz tres delicias a nuestras casas. Puede que lo primero lo cocine con más mimo una señora, pero es bueno recordar que detrás del segundo hay una familia entera que también lucha por sobrevivir.

Merece la pena tener en cuenta que el cuarto rasgo con el que la mayoría identificamos la economía colaborativa es que las tecnologías de la información son un instrumento imprescindible, pero no un fin en sí mismas. Cuando las consideramos un fin en sí mismas, podemos llegar a extrañas conclusiones. Una de ellas es que somos más colaborativos  cuando comemos paella a domicilio gracias a una determinada plataforma de internet que cuando compartimos y fomentamos el consumo comunitario de energías renovables, que es a lo que se dedica, por ejemplo, la cooperativa barcelonesa Som Energia.

Som Energia ha dependido de la Red para intensificar enormemente su impacto, anunciar su servicio y facilitar su contratación masiva, pero internet o las tecnologías de la información no son ni su origen ni la principal característica de su negocio. Su origen es una comunidad estable de individuos que comparten la aspiración de hacer del mundo un lugar mejor, más limpio, al mismo tiempo que pagan menos por su energía que si fueran en solitario. Su principal característica es que sin la colaboración no sería posible. Ellos sí cuestionan algunos de los viejos principios del capitalismo.

A las empresas que se suman a la economía colaborativa hay que exigirles que empoderen al usuario mediante una plataforma abierta que permita el intercambio de bienes y servicios de forma eficiente mediante las tecnologías de la información

¿Podemos decir lo mismo de Airbnb, eBay, Blablacar y Uber? ¿Quién es y quién no es entonces colaborativo?

Miguel Ferrer, consultor de políticas digitales, admite que «se ha abusado de la etiqueta ‘colaborativa’», pero matiza que eso no significa que el fenómeno no exista a gran escala. Además, considera que es muy positivo que muchas compañías hayan querido apuntarse al fenómeno para vender más siempre que cumplan determinados requisitos y que no sea un engaño. Solo hay que exigirles que «empoderen al usuario mediante una plataforma abierta que permita el intercambio de bienes y servicios de forma eficiente mediante las tecnologías de la información».

Porque la realidad, apunta, es que los «intercambios con este nuevo modelo son mucho más eficientes». Al fin y al cabo, millones de personas pueden acceder ahora a bienes y servicios que antes o no podían permitirse o, directamente, no existían en el mercado, se están creando (y destruyendo) miles de empleos y oportunidades y se reducen las barreras de entrada para personas talentosas que carecen de suficiente infraestructura, medios o contactos para fundar un negocio tradicional desde el principio. También es probable que, al ampliar las posibilidades de alquilar por ejemplo un vehículo, se construyan y vendan menos coches y el medio ambiente salga beneficiado.

La economía colaborativa, incluyamos o no a grandes multinacionales como Uber, arroja tantas preguntas como respuestas. Es el precio de las grandes transformaciones sociales. Es verdad lo que dice el anuncio: no tenemos sueños baratos.

 

Imagen de portada: MikeDotta / Shutterstock.com

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Opiniones 3
  • Nosotros, los millenials como nos llaman, somos como los viejos campesinos. Si nos das una oveja, le sacamos leche, nos comemos la carne y utilizamos la piel. Buscamos la eficiencia porque (por suerte) ya no tenemos la posibilidad de desgastar mucho. Y esto lo agradece la economia y la naturaleza.

    Ademas ser un «homo economicus» no es tan malo si piensas que vives los efectos y las consecuencias de tu trabajo. No somos «personas con responsabilidad limitada» y no lo queremos ser.

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