19 de marzo 2020    /   IDEAS
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¿Cuánto dura una cuarentena?

Un relato ortográfico

19 de marzo 2020    /   IDEAS     por          
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Del sótano subían de vez en cuando ciertos efluvios que ningún vecino era capaz de identificar. Olía como a fosa séptica atascada, aunque no duraba mucho aquella peste. Eran apenas unos minutos de mal olor, de una fetidez tan desagradable que se hacía eterna, para desaparecer como si nunca hubiera atentado contra las pituitarias de los propietarios.

El presidente de la comunidad había solicitado varias veces el servicio de un pocero para tratar de solventar el problema, pero cuando los profesionales venían a echar un ojo, jamás encontraron ningún atasco que pudiera explicar aquellos desagradables olores. Por no haber, no había ni toallitas higiénicas de esas que crean monstruos de alcantarilla y contaminan las aguas.

La peste, como empezaron a llamar todos a aquel tufo insoportable, se había convertido en tema de conversación general y en fenómeno en el barrio. Pronto empezaron las murmuraciones y las elucubraciones dañinas que acusaban a unos y a otros de alguna práctica indebida en las cañerías, y la delicada, de por sí, convivencia vecinal fue cada vez a peor. El presidente, harto de soportar, además de la peste inexplicable (aunque fugaz), la mala baba de sus vecinos, decidió organizar una reunión para tratar de calmar los ánimos y buscar soluciones.

Pero no les dio tiempo a realizarla. Un día antes de la fecha convenida, recibieron un aviso del Ayuntamiento anunciándoles que habían recibido una denuncia de un residente y que, no habiéndose descubierto el origen de tan malos olores y en prevención de que pudiera tratarse de algún ataque químico terrorista (la suya no era la única denuncia. Otras muchas comunidades de vecinos habían informado del mismo problema en sus edificios), desde ese día y hasta nuevo aviso todos debían permanecer recluidos en sus casas y en cuarentena preventiva hasta que los técnicos de medio ambiente dieran con la causa que provocaba tal fetidez.

En alguna parte del subsuelo, donde dicen que habitan los demonios, dos voces indefinidas discutían en voz alta. «¡Joder, Lucifer, qué pedo te has tirado!», se quejaba una. «¡Anda, abre la ventana a ver si se va la peste! Que el último que te tiraste se quedó aquí pegado más de cuarenta días». «Qué dices ahora, Belcebú», respondió la otra voz entre carcajadas, «¿soy o no soy el campeón del gas metano?».

Lo que estamos padeciendo ahora con el coronavirus no sabemos si es consecuencia de los gases incontrolados de algún demonio o al eructo de algún dios con mala leche y poca educación, pero nos tiene a todos sometidos a un encierro que hacemos bien en llamarlo cuarentena. Y aunque parezca algo ya sabido por todos, conviene recordar que, aunque la etimología de la palabra sí hace referencia al número 40, su duración de no tiene por qué ser literal.

El DLE en su séptima acepción dice que una cuarentena es el «aislamiento preventivo a que se somete durante un periodo de tiempo, por razones sanitarias, a personas o animales». El 40, ni está ni se le espera. ¿Por qué entonces ese número y no otro?

Sin entrar a rebuscar demasiado en la etimología de la palabra, hay varias teorías al respecto: la religiosa, ya que los libros sagrados judeocristianos hacen múltiples referencias al 40, desde los días que Moisés vagó por el desierto con su pueblo hasta los 40 que pasó Jesús de ayuno también en el mismo lugar (que ya es querencia por los parajes hostiles). Y teorías –¿científicas?, no sé, dejémoslo en médicas– derivadas de los años en que la peste bubónica asoló Europa y para cuya prevención se aislaba a los contagiados durante ese tiempo porque se creía que la enfermedad se desarrollaba durante los 40 días posteriores a la exposición.

Conviene, por tanto, no tomar demasiado literalmente la palabreja en cuestión en cuanto a duración. Lo de quedarte en casa sí. Y tranquilitos, que los demonios del cuento han prometido no peerse más mientras dure el coronavirus.

Del sótano subían de vez en cuando ciertos efluvios que ningún vecino era capaz de identificar. Olía como a fosa séptica atascada, aunque no duraba mucho aquella peste. Eran apenas unos minutos de mal olor, de una fetidez tan desagradable que se hacía eterna, para desaparecer como si nunca hubiera atentado contra las pituitarias de los propietarios.

El presidente de la comunidad había solicitado varias veces el servicio de un pocero para tratar de solventar el problema, pero cuando los profesionales venían a echar un ojo, jamás encontraron ningún atasco que pudiera explicar aquellos desagradables olores. Por no haber, no había ni toallitas higiénicas de esas que crean monstruos de alcantarilla y contaminan las aguas.

La peste, como empezaron a llamar todos a aquel tufo insoportable, se había convertido en tema de conversación general y en fenómeno en el barrio. Pronto empezaron las murmuraciones y las elucubraciones dañinas que acusaban a unos y a otros de alguna práctica indebida en las cañerías, y la delicada, de por sí, convivencia vecinal fue cada vez a peor. El presidente, harto de soportar, además de la peste inexplicable (aunque fugaz), la mala baba de sus vecinos, decidió organizar una reunión para tratar de calmar los ánimos y buscar soluciones.

Pero no les dio tiempo a realizarla. Un día antes de la fecha convenida, recibieron un aviso del Ayuntamiento anunciándoles que habían recibido una denuncia de un residente y que, no habiéndose descubierto el origen de tan malos olores y en prevención de que pudiera tratarse de algún ataque químico terrorista (la suya no era la única denuncia. Otras muchas comunidades de vecinos habían informado del mismo problema en sus edificios), desde ese día y hasta nuevo aviso todos debían permanecer recluidos en sus casas y en cuarentena preventiva hasta que los técnicos de medio ambiente dieran con la causa que provocaba tal fetidez.

En alguna parte del subsuelo, donde dicen que habitan los demonios, dos voces indefinidas discutían en voz alta. «¡Joder, Lucifer, qué pedo te has tirado!», se quejaba una. «¡Anda, abre la ventana a ver si se va la peste! Que el último que te tiraste se quedó aquí pegado más de cuarenta días». «Qué dices ahora, Belcebú», respondió la otra voz entre carcajadas, «¿soy o no soy el campeón del gas metano?».

Lo que estamos padeciendo ahora con el coronavirus no sabemos si es consecuencia de los gases incontrolados de algún demonio o al eructo de algún dios con mala leche y poca educación, pero nos tiene a todos sometidos a un encierro que hacemos bien en llamarlo cuarentena. Y aunque parezca algo ya sabido por todos, conviene recordar que, aunque la etimología de la palabra sí hace referencia al número 40, su duración de no tiene por qué ser literal.

El DLE en su séptima acepción dice que una cuarentena es el «aislamiento preventivo a que se somete durante un periodo de tiempo, por razones sanitarias, a personas o animales». El 40, ni está ni se le espera. ¿Por qué entonces ese número y no otro?

Sin entrar a rebuscar demasiado en la etimología de la palabra, hay varias teorías al respecto: la religiosa, ya que los libros sagrados judeocristianos hacen múltiples referencias al 40, desde los días que Moisés vagó por el desierto con su pueblo hasta los 40 que pasó Jesús de ayuno también en el mismo lugar (que ya es querencia por los parajes hostiles). Y teorías –¿científicas?, no sé, dejémoslo en médicas– derivadas de los años en que la peste bubónica asoló Europa y para cuya prevención se aislaba a los contagiados durante ese tiempo porque se creía que la enfermedad se desarrollaba durante los 40 días posteriores a la exposición.

Conviene, por tanto, no tomar demasiado literalmente la palabreja en cuestión en cuanto a duración. Lo de quedarte en casa sí. Y tranquilitos, que los demonios del cuento han prometido no peerse más mientras dure el coronavirus.

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