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16 de mayo 2017    /   IDEAS
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Cuatro lecciones geopolíticas de Eurovisión

16 de mayo 2017    /   IDEAS     por          
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Eurovisión es un divertimento peculiar. Desde la forma de elección del cantante que representa a cada país pasando por quiénes son los que acuden al festival. Todo para montar una cita anual que reúne a lo más kitsch del continente y cuyo mayor interés -con perdón de los eurofans- es reírse un rato de algunas propuestas alocadas.

En general el festival de Eurovisión no es una muestra de lo que es Europa, sino de lo que en cierto modo podría haber sido. Y lo es por muchas razones: esa combinación no siempre bien empastada entre lo nuevo y lo viejo, la idea de la unidad como elemento de disensión de conflictos y cierta apertura cultural -no por moderno, sino por tolerante-.

La cita da para muchas lecturas, y una inevitable es la política. No es que en el festival haya declaraciones políticas (están prohibidas, de hecho, como se vio este año con la camiseta en favor de los refugiados del ganador) pero, aunque se intente evitar, la cita rezuma política. De buen rollo, eso sí, pero sin paliativos.

La tolerancia a veces empieza en la tele

En España nos ha dado en este año 2017 por debatir acerca de la transexualidad gracias al autobús que los ultracatólicos de Hazte Oír han ido paseando por calles y platós. Pero cuando en 1998 Sharon Cohen ganó el festival de Eurovisión actuando como Dana International puso el debate en todos los países de un plumazo. A esta transexual que entonces contaba 26 años le habían amenazado varias veces de muerte en su Israel natal -ahí también tienen a sus ultras de cabecera, en este caso los ultraortodoxos-. La victoria le dio visibilidad y fama… a ella, y a lo que representa.

Ese punto kitsch de Eurovisión es precisamente lo que abre la puerta, en cierto tono festivo y en ocasiones ridiculizante, a algunas cuestiones sociales que quizá en este rincón de Europa no pasen a mayores pero que en muchos países hacen que se atragante la emisión a gran parte de los espectadores.

Más extremo -por lo visible- fue el caso de Thomas Neuwirth, que decidió ‘crear’ a Conchita Wurst, una mujer barbuda en el escenario. Y ganó también, en esta ocasión para Austria, en lo que más que un debate recurrente sobre la transexualidad venía a lanzar la idea de que era algo más que aceptado.

Ejemplos de casos así hay decenas en la historia de Eurovisión, y evidentemente que algo aparezca en una gala artística no lo convierte en inmediatamente aceptado por la sociedad… pero al menos ayuda a la visibilización, aunque sea por la vía del espectáculo. Aunque hay veces en la que precisamente el estereotipo se vuelve en contra, como ocurrió con las rusas de TaTu, supuestamente lesbianas pero que en realidad sólo interpretaban un rol con fines comerciales.

Quizá una forma de medir la normalidad social sea comprobar cuándo algo se vuelve una oportunidad de negocio. Y si no, que se lo digan a la gente de Wilkinson, precisamente con Conchita Wurst

El G5 se rompe (pero no es grave)

En el mundo real existen el G7, el G8 y el G20, que son las reuniones de las potencias más desarrolladas económicamente. En Eurovisión existe lo que se llama el ‘big five’, que son los cinco países que más dinero aportan al festival -a saber, España, Francia, Reino Unido, Alemania e Italia-. No es que sea un club mal avenido, pero tiene sus tensiones: no se suelen repartir muchos puntos y, además, tienen algunas ‘salidas’. Así, Italia se ha pasado una década sin participar en la gala, y ahora Reino Unido (el del mundo real) vota salirse de la Unión Europea.

Pero tranquilos, que no cunda el pánico: en Eurovisión hay países tan europeos como Azerbayán, Armenia, Israel o -más recientemente- Australia. De nuevo, Eurovisión es lo que Europa podría haber sido pero no llegó a ser (salvo por Australia, claro).

Sin embargo, aunque el festival no vaya a perder al Reino Unido, este país puede perder parte de Eurovisión. A saber, igual que pasa en la Unión Europea, el idioma dominante ha sido tradicionalmente el inglés… y podría acabarse. Como muestra el botón de este año: el ganador, Portugal, cantó en portugués.

De hecho, si se echa un vistazo a la historia reciente, la práctica totalidad de vencedores del festival en las últimas décadas cantaban -aunque fuera a trozos- en inglés, en una clara muestra de sumisión al idioma dominante en lo político.

Los que no lo hicieron, en muchos casos, fue por algún tipo de ‘concesión por simpatía’, como los ucranianos del año pasado -que tenían fragmentos en tártaro de Crimea, que suena mucho a troleo a Rusia por la invasión-, o la ya citada Dana International. Las únicas excepciones desde 1980 han sido los nórdicos (Noruega en 1995 y Suecia en 1991), los Italianos (en 1990) y los serbios (en 2007).

En cualquier caso, menos mal que el brexit no implica la salida del festival, porque nos perderíamos auténticos momentazos tuiteros

Sistemas de voto: de las primarias a la doble vuelta

Una de las cosas que más condiciona unas elecciones son las normas del juego. Los resultados en España, por ejemplo, serían bien distintos si no hubiera circunscripciones con reparto de escaño para representar a todas las provincias. Del mismo modo, tampoco tendría Francia ahora mismo el mismo presidente si no tuvieran un sistema a doble vuelta en plan ‘¿pero de verdad estáis seguros?’.

En Eurovisión los sistemas también condicionan el resultado. Memorable por ejemplo fue el año de las ‘primarias’ abiertas, cuando la gente decidió enviar a Rodolfo Chikilicuatre como representante, que no era otro que un humorista haciendo el canelo -pese a lo cual obtuvo mucho mejor resultado que muchos artistas serios-. La elección no fue lo peor del proceso, sino los ‘monstruos’ que se colaban en cuanto el voto no se controlaba: el papelón de Anne Igartiburu con John Cobra no tiene precio.

Los bloques y los vetos

Esta es, posiblemente, la parte más conocida de la geopolítica de Eurovisión: la de los bloques. Los votos dicen que hay al menos tres grandes ‘organizaciones supranacionales’, que aquí no son la UE, la OTAN y la ONU: son los nórdicos, los balcánicos y los exsoviéticos.

En este bloque nórdico Suecia es la reina: los vecinos le votan casi siempre. Pero la verdad es que -Lordi aparte-, si hablamos de música política, los nórdicos suelen llevar las propuestas menos infames ser el modelo a seguir de todos, así en general. Podría decirse que los nórdicos no sólo son la envidia de según qué partidos, sino también que encima parecen montárselo bien en lo musical: a fin de cuentas, le dan importancia a la cultura musical democracia.

El bloque balcánico es más intermitente: sólo en aquella victoria de 2007 Serbia recibió votos de Croacia, Bosnia Herzegovina y Eslovenia -lo cual es raro-, además de Montenegro -más común-. En realidad la ex Yugoslavia no es un bloque en sí, porque no se suelen votar entre vecinos… salvo a Serbia, que casi siempre recibe, a pesar de los pesares bélicos.

El tercer bloque también hace aguas: Rusia es cada vez menos querida por sus vecinos. No es sólo lo de la canción en tártaro de Ucrania cuando perdió Crimea, sino también aquella mítica ‘We don’t wanna put in’ (¿lo pillas?) con la que concurrió Georgia cuando estaban en guerra con su país vecino. Mira que el Kremlin se lo monta bien a la hora de instigar y costear los grupúsculos prorrusos en sus países fronterizos, pero igual tendría que reforzar esa infraestructura de cara a Eurovisión.

Además de los votos, también están los vetos. Los ‘cinco grandes’ rara vez se votan, igual que los países Mediterráneos: es la versión eurovisiva de tumbar los camiones de naranjas en la frontera. Grecia tampoco suele ser muy amiga de votar a Turquía (pero sí a Chipre) ni a Macedonia.

España también tiene sus bloqueos: nunca hemos votado a Holanda, Suiza, Bielorrusia, Macedonia, Montenegro o Albania. No hay patrón, pero había que decirlo.

Foto portada: Shutterstock

Eurovisión es un divertimento peculiar. Desde la forma de elección del cantante que representa a cada país pasando por quiénes son los que acuden al festival. Todo para montar una cita anual que reúne a lo más kitsch del continente y cuyo mayor interés -con perdón de los eurofans- es reírse un rato de algunas propuestas alocadas.

En general el festival de Eurovisión no es una muestra de lo que es Europa, sino de lo que en cierto modo podría haber sido. Y lo es por muchas razones: esa combinación no siempre bien empastada entre lo nuevo y lo viejo, la idea de la unidad como elemento de disensión de conflictos y cierta apertura cultural -no por moderno, sino por tolerante-.

La cita da para muchas lecturas, y una inevitable es la política. No es que en el festival haya declaraciones políticas (están prohibidas, de hecho, como se vio este año con la camiseta en favor de los refugiados del ganador) pero, aunque se intente evitar, la cita rezuma política. De buen rollo, eso sí, pero sin paliativos.

La tolerancia a veces empieza en la tele

En España nos ha dado en este año 2017 por debatir acerca de la transexualidad gracias al autobús que los ultracatólicos de Hazte Oír han ido paseando por calles y platós. Pero cuando en 1998 Sharon Cohen ganó el festival de Eurovisión actuando como Dana International puso el debate en todos los países de un plumazo. A esta transexual que entonces contaba 26 años le habían amenazado varias veces de muerte en su Israel natal -ahí también tienen a sus ultras de cabecera, en este caso los ultraortodoxos-. La victoria le dio visibilidad y fama… a ella, y a lo que representa.

Ese punto kitsch de Eurovisión es precisamente lo que abre la puerta, en cierto tono festivo y en ocasiones ridiculizante, a algunas cuestiones sociales que quizá en este rincón de Europa no pasen a mayores pero que en muchos países hacen que se atragante la emisión a gran parte de los espectadores.

Más extremo -por lo visible- fue el caso de Thomas Neuwirth, que decidió ‘crear’ a Conchita Wurst, una mujer barbuda en el escenario. Y ganó también, en esta ocasión para Austria, en lo que más que un debate recurrente sobre la transexualidad venía a lanzar la idea de que era algo más que aceptado.

Ejemplos de casos así hay decenas en la historia de Eurovisión, y evidentemente que algo aparezca en una gala artística no lo convierte en inmediatamente aceptado por la sociedad… pero al menos ayuda a la visibilización, aunque sea por la vía del espectáculo. Aunque hay veces en la que precisamente el estereotipo se vuelve en contra, como ocurrió con las rusas de TaTu, supuestamente lesbianas pero que en realidad sólo interpretaban un rol con fines comerciales.

Quizá una forma de medir la normalidad social sea comprobar cuándo algo se vuelve una oportunidad de negocio. Y si no, que se lo digan a la gente de Wilkinson, precisamente con Conchita Wurst

El G5 se rompe (pero no es grave)

En el mundo real existen el G7, el G8 y el G20, que son las reuniones de las potencias más desarrolladas económicamente. En Eurovisión existe lo que se llama el ‘big five’, que son los cinco países que más dinero aportan al festival -a saber, España, Francia, Reino Unido, Alemania e Italia-. No es que sea un club mal avenido, pero tiene sus tensiones: no se suelen repartir muchos puntos y, además, tienen algunas ‘salidas’. Así, Italia se ha pasado una década sin participar en la gala, y ahora Reino Unido (el del mundo real) vota salirse de la Unión Europea.

Pero tranquilos, que no cunda el pánico: en Eurovisión hay países tan europeos como Azerbayán, Armenia, Israel o -más recientemente- Australia. De nuevo, Eurovisión es lo que Europa podría haber sido pero no llegó a ser (salvo por Australia, claro).

Sin embargo, aunque el festival no vaya a perder al Reino Unido, este país puede perder parte de Eurovisión. A saber, igual que pasa en la Unión Europea, el idioma dominante ha sido tradicionalmente el inglés… y podría acabarse. Como muestra el botón de este año: el ganador, Portugal, cantó en portugués.

De hecho, si se echa un vistazo a la historia reciente, la práctica totalidad de vencedores del festival en las últimas décadas cantaban -aunque fuera a trozos- en inglés, en una clara muestra de sumisión al idioma dominante en lo político.

Los que no lo hicieron, en muchos casos, fue por algún tipo de ‘concesión por simpatía’, como los ucranianos del año pasado -que tenían fragmentos en tártaro de Crimea, que suena mucho a troleo a Rusia por la invasión-, o la ya citada Dana International. Las únicas excepciones desde 1980 han sido los nórdicos (Noruega en 1995 y Suecia en 1991), los Italianos (en 1990) y los serbios (en 2007).

En cualquier caso, menos mal que el brexit no implica la salida del festival, porque nos perderíamos auténticos momentazos tuiteros

Sistemas de voto: de las primarias a la doble vuelta

Una de las cosas que más condiciona unas elecciones son las normas del juego. Los resultados en España, por ejemplo, serían bien distintos si no hubiera circunscripciones con reparto de escaño para representar a todas las provincias. Del mismo modo, tampoco tendría Francia ahora mismo el mismo presidente si no tuvieran un sistema a doble vuelta en plan ‘¿pero de verdad estáis seguros?’.

En Eurovisión los sistemas también condicionan el resultado. Memorable por ejemplo fue el año de las ‘primarias’ abiertas, cuando la gente decidió enviar a Rodolfo Chikilicuatre como representante, que no era otro que un humorista haciendo el canelo -pese a lo cual obtuvo mucho mejor resultado que muchos artistas serios-. La elección no fue lo peor del proceso, sino los ‘monstruos’ que se colaban en cuanto el voto no se controlaba: el papelón de Anne Igartiburu con John Cobra no tiene precio.

Los bloques y los vetos

Esta es, posiblemente, la parte más conocida de la geopolítica de Eurovisión: la de los bloques. Los votos dicen que hay al menos tres grandes ‘organizaciones supranacionales’, que aquí no son la UE, la OTAN y la ONU: son los nórdicos, los balcánicos y los exsoviéticos.

En este bloque nórdico Suecia es la reina: los vecinos le votan casi siempre. Pero la verdad es que -Lordi aparte-, si hablamos de música política, los nórdicos suelen llevar las propuestas menos infames ser el modelo a seguir de todos, así en general. Podría decirse que los nórdicos no sólo son la envidia de según qué partidos, sino también que encima parecen montárselo bien en lo musical: a fin de cuentas, le dan importancia a la cultura musical democracia.

El bloque balcánico es más intermitente: sólo en aquella victoria de 2007 Serbia recibió votos de Croacia, Bosnia Herzegovina y Eslovenia -lo cual es raro-, además de Montenegro -más común-. En realidad la ex Yugoslavia no es un bloque en sí, porque no se suelen votar entre vecinos… salvo a Serbia, que casi siempre recibe, a pesar de los pesares bélicos.

El tercer bloque también hace aguas: Rusia es cada vez menos querida por sus vecinos. No es sólo lo de la canción en tártaro de Ucrania cuando perdió Crimea, sino también aquella mítica ‘We don’t wanna put in’ (¿lo pillas?) con la que concurrió Georgia cuando estaban en guerra con su país vecino. Mira que el Kremlin se lo monta bien a la hora de instigar y costear los grupúsculos prorrusos en sus países fronterizos, pero igual tendría que reforzar esa infraestructura de cara a Eurovisión.

Además de los votos, también están los vetos. Los ‘cinco grandes’ rara vez se votan, igual que los países Mediterráneos: es la versión eurovisiva de tumbar los camiones de naranjas en la frontera. Grecia tampoco suele ser muy amiga de votar a Turquía (pero sí a Chipre) ni a Macedonia.

España también tiene sus bloqueos: nunca hemos votado a Holanda, Suiza, Bielorrusia, Macedonia, Montenegro o Albania. No hay patrón, pero había que decirlo.

Foto portada: Shutterstock

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