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11 de julio 2017    /   CINE/TV
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‘The handmaid’s tale’: cómo se construye una distopía

11 de julio 2017    /   CINE/TV     por          
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¿Sería posible una dictadura similar a la descrita en El cuento de la criada (The handmaid’s tale)? Respuesta corta: sí. La historia tiene ejemplos de pueblos que se han plegado a regímenes tan extravagantes como aberrantes.

En el epílogo de El cuento de la criada, que desarrolla conferencias ficticias siglos después de los hechos, la ponente anuncia: «Irán y Gilead: dos monoteocracias de finales del siglo XX vistas a través de los diarios». Y de esta manera compara el paso del occidentalizado Irán de los años 70 (corrupción monárquica incluida) al fundamentalismo del presente (por supuesto, mucho más triste).

¿Y sería factible en los Estados Unidos del presente? Buscando posibles respuestas planteo un ejercicio de política ficción que confronta la ficción (novela y serie) con la realidad actual.

UNA LEGIÓN DE DESCONTENTOS

FICCIÓN

La organización fundamentalista cristiana Los hijos de Jacob detenta el poder en El cuento de la criada tras un golpe de estado. Ni la novela ni la serie entran en detalles, aunque Margaret Atwood incluye como epílogo falsas conferencias sobre distintos aspectos de la República de Gilead. No obstante, imaginamos la sucesión de acontecimientos que llevan a Los hijos de Jacob al poder (los veremos en el apartado correspondiente).

En todo caso, la posesión de las armas no es suficiente para someter a la totalidad de los Estados Unidos. En un país con una población civil fuertemente armada, cada barrio se convierte en un escenario de guerra.

Se precisa la complicidad de militares de alta graduación con hombres leales. Aun así, para que los hijos de Jacob lleguen al poder y se mantengan en el mismo necesitan a una parte de la población descontenta a la que dirigir un mensaje de «esperanza» y un enemigo como chivo expiatorio de los problemas. Así, los nazis eligen a los judíos. Los hijos de Jacob, a las mujeres. Una vez tomado el poder, esta parte descontenta, encumbrada o satisfecha con la situación cohesiona el régimen.

En el flashback de Defred, dos escenas sugieren que el movimiento fundamentalista cala en el ciudadano medio (al menos, en los hombres) antes de que cristalice la dictadura:

1. El camarero de la cafetería insulta a June (Defred) y Moira.

2. El jefe de la editorial pide a las mujeres que abandonen los trabajos porque «ha salido una ley». Los hombres que habían sido compañeros de oficina hasta un momento antes se muestran ausentes.

El camarero, como ferviente admirador del nuevo régimen. Los compañeros de June y Moira, como espectadores pasivos.

El comandante se justifica (en la novela) así en un momento etílico: «El problema no solo lo tenían las mujeres. El problema principal era el de los hombres. Ya no había nada para ellos. (…) No tenían nada que hacer con las mujeres».

REALIDAD

Con las palabras del comandante, Margaret Atwood refleja en 1985 el miedo del hombre moderno —el hombre educado en el machismo— a la cada vez mayor independencia emocional y económica de las mujeres. Un miedo que ha terminado por convertirse en un manifiesto desprecio en el siglo XXI.

En Estados Unidos proliferan publicaciones que ensalzan la figura del macho como mgtow o Return of kings. Llevan campañas contra películas con heroínas de acción y publican artículos como Ritos de iniciación para que los niños sean hombres de verdad, Todas las mujeres mienten y Por qué las mujeres no quieren casarse. Justo lo último era una de las preocupaciones de Los hijos de Jacob previas al golpe.

A esto se une lo que se conoce como la depresión del macho americano que ha perdido su trabajo debido a que la tecnología hace prescindible la fuerza y la resistencia. Esto explicaría en parte por qué la recuperación del orgullo masculino —volver a cosas de hombres— ha sido uno de los guiños de Donald Trump al machismo.

En el mundo real, una organización como los hijos de Jacob contaría con una bolsa importante de descontento machista de la que extraer los primeros soldados y la posibilidad de no encontrar oposición en el resto de los hombres.

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PASIVIDAD

FICCIÓN

«Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío. Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar».

El poema del pastor luterano alemán Martin Niemöller, atribuido a Bertolt Brecht, forma parte de una reflexión un año después de la finalización de la Segunda Guerra Mundial.

Niemöller, que fue prisionero en un campo de concentración, refleja que el ascenso del nazismo se debió en gran parte al desinterés del pueblo alemán por lo que estaba pasando. Es el ‘mirar a otra parte porque no va conmigo’ que acaba estallando en la cara y que obliga a guardar silencio o a huir o luchar en la clandestinidad para no formar parte de la barbarie.

La adaptación de Hulu recrea el poema de Niemöller en un monólogo interior que condensa la novela en favor de la economía narrativa audiovisual: «Cuando masacraron el Congreso, no despertamos. Cuando culparon a los terroristas y anularon la Constitución tampoco despertamos. Dijeron que sería temporal. Nada cambia de golpe. Si estuvieras en una bañera que se calienta poco a poco, morirías hervida sin darte cuenta».

La pasividad ciudadana es palpable en la escena antes mencionada de la editorial. Incluso las propias mujeres tardan en reaccionar. Tras el ataque terrorista, la población acepta la censura de la prensa y la coacción a la libre circulación de personas. Son los primeros pasos para preparar el golpe.

La imagen de la bañera es clara. Esta indiferencia no se gesta de repente. Para cuando el agua hierve, las manifestaciones carecen de poder de presión: se convierten en masacres.

REALIDAD

En la novela, Atwood pone en boca de Defred: «En los periódicos aparecían noticias: cadáveres en las zanjas o en el bosque, mujeres asesinadas a palos o mutiladas, mancilladas, solían decir; pero eran noticias sobre otras mujeres, y los hombres que hacían semejantes cosas eran otros hombres».

El texto es de 1985 pero parece describirnos a nosotros: nuestro presente, nuestra España (hablaremos de ello más abajo).

Atwood expone cómo con frecuencia dejamos la cosa pública en manos ajenas. En los fanáticos, en los mediocres. Y cómo en muchas ocasiones actuamos cuando no hay remedio. La dejadez ciudadana es patente en cuanto la política trata «temas de mujeres». No solo por parte de los hombres. También hay mujeres que miran hacia otro lado.

La desatención de lo público ha llevado a distintos grupos de mujeres a adoptar, en los últimos meses, el hábito de las criadas de The Handmaid’s tale para captar la atención de la prensa respecto a leyes que regulan el derecho a la reproducción.

Estas criadas irrumpieron en el Senado de Texas durante el debate, a puerta cerrada, de una norma que autoriza a los ginecólogos a ocultar malformaciones del feto para evitar que la gestante se plantee el aborto.

Recientemente, otras criadas protestaron en el senado de Missouri contra la ley que permite a los empresarios despedir a mujeres que aborten legalmente, usen anticonceptivos o sean madres solteras. La misma ley permite a los caseros desahuciar a las inquilinas. Los legisladores argumentan que defienden la libertad religiosa de empresarios y caseros.

La realidad se acerca aquí a la ficción de El cuento de la criada. En el epílogo se menciona cómo entre las primeras medias de los golpistas está el arresto de las madres solteras y declarar adúlteros los segundos matrimonios. Por supuesto, prohíbe el aborto y fomenta «el uso de “madres de alquiler” contratadas para este propósito».

GOLPE DE ESTADO

FICCIÓN

Los hijos de Jacob alcanzan el poder tras orquestar la masacre del Congreso de los Estados Unidos con el presidente dentro. Acusa a los musulmanes. Ante la situación de caos creada, los hijos de Jacob suspenden los derechos constitucionales con la promesa de nuevas elecciones.

Aquí convendría recurrir a la serie Sucesor designado que ofrece un camino más probable. Tras la destrucción del Congreso mediante bombas, el FBI acusa al terrorismo musulmán, se producen disturbios y el gobernador de Michigan ordena la Ley marcial con apoyo de la Guardia Nacional. El gobernador desafía la autoridad de un presidente no electo. Se considera la máxima autoridad de su estado ante la falta de órgano ejecutivo electo en el país.

REALIDAD

El precedente histórico más conocido se encuentra en el incendio del Reichstag perpetrado por los nazis. Después de esto, Hitler recortó libertades civiles y se deshizo de los partidos políticos. Tras unas nuevas elecciones, que ganó sin oposición, el parlamento concedió a Hitler plenos poderes «temporalmente».

Especulemos. Un escenario similar al expuesto en Sucesor Designado podría darse en Texas y Missouri, cuyos movimientos independentistas han reclamado separarse de la Unión. Cabría imaginar que, de hacerlo, podría exacerbar las leyes contra las mujeres.

ACABANDO

¿Sería posible un movimiento similar a los hijos de Jacob en Europa? ¿Y en España?

Cuesta imaginar en Europa un escenario similar a pesar de que la derecha fascista ha aumentado su influencia en los últimos años.

En España hay actitudes cercanas a la distopía descrita por Margaret Atwood. Como en El Cuento, los hombres miramos para otro lado ante los casos de violencia machista. Unos por machismo; otros por dejadez. La idea de «ese asunto no me atañe». En las fotografías que muestran a personas reclamando justicia por las víctimas presentes y futuras apenas hay hombres.

El prime time de televisión tiene a estrellas que valoran más la belleza de las mujeres que sus actitudes profesionales. El entrenador merece más honores que la atleta. Chicas menores de edad entregan sus contraseñas a sus novios. Siguen a charlatanes de YouTube que, entre risas, las llaman putas. Escuchan música en las que ellas son los objetos. Vasijas para rellenar, como en El cuento de la criada.

En la calle y las redes hay una ruidosa bolsa de machistas descontentos que emplea violencia física y/o verbal contra las mujeres y las leyes que las protegen. Que exigen el día del derecho heterosexual, el día del macho con la cerveza. Y lo peor es que en el Congreso de los Diputados hay quienes bailan el agua del machismo.

Podría ser peor. Sería un pensamiento. Missouri. Texas, donde además está permitido portar armas a la vista. Irán. Quizá podría ser mejor. Como dice Defred (antes conocida como June): hay que percatarse de cuándo el agua de la bañera hierve y puede quemarte.

También puedes leer: ‘El cuento de la criada’ es fascinante, feminista y aterradoramente plausible.

¿Sería posible una dictadura similar a la descrita en El cuento de la criada (The handmaid’s tale)? Respuesta corta: sí. La historia tiene ejemplos de pueblos que se han plegado a regímenes tan extravagantes como aberrantes.

En el epílogo de El cuento de la criada, que desarrolla conferencias ficticias siglos después de los hechos, la ponente anuncia: «Irán y Gilead: dos monoteocracias de finales del siglo XX vistas a través de los diarios». Y de esta manera compara el paso del occidentalizado Irán de los años 70 (corrupción monárquica incluida) al fundamentalismo del presente (por supuesto, mucho más triste).

¿Y sería factible en los Estados Unidos del presente? Buscando posibles respuestas planteo un ejercicio de política ficción que confronta la ficción (novela y serie) con la realidad actual.

UNA LEGIÓN DE DESCONTENTOS

FICCIÓN

La organización fundamentalista cristiana Los hijos de Jacob detenta el poder en El cuento de la criada tras un golpe de estado. Ni la novela ni la serie entran en detalles, aunque Margaret Atwood incluye como epílogo falsas conferencias sobre distintos aspectos de la República de Gilead. No obstante, imaginamos la sucesión de acontecimientos que llevan a Los hijos de Jacob al poder (los veremos en el apartado correspondiente).

En todo caso, la posesión de las armas no es suficiente para someter a la totalidad de los Estados Unidos. En un país con una población civil fuertemente armada, cada barrio se convierte en un escenario de guerra.

Se precisa la complicidad de militares de alta graduación con hombres leales. Aun así, para que los hijos de Jacob lleguen al poder y se mantengan en el mismo necesitan a una parte de la población descontenta a la que dirigir un mensaje de «esperanza» y un enemigo como chivo expiatorio de los problemas. Así, los nazis eligen a los judíos. Los hijos de Jacob, a las mujeres. Una vez tomado el poder, esta parte descontenta, encumbrada o satisfecha con la situación cohesiona el régimen.

En el flashback de Defred, dos escenas sugieren que el movimiento fundamentalista cala en el ciudadano medio (al menos, en los hombres) antes de que cristalice la dictadura:

1. El camarero de la cafetería insulta a June (Defred) y Moira.

2. El jefe de la editorial pide a las mujeres que abandonen los trabajos porque «ha salido una ley». Los hombres que habían sido compañeros de oficina hasta un momento antes se muestran ausentes.

El camarero, como ferviente admirador del nuevo régimen. Los compañeros de June y Moira, como espectadores pasivos.

El comandante se justifica (en la novela) así en un momento etílico: «El problema no solo lo tenían las mujeres. El problema principal era el de los hombres. Ya no había nada para ellos. (…) No tenían nada que hacer con las mujeres».

REALIDAD

Con las palabras del comandante, Margaret Atwood refleja en 1985 el miedo del hombre moderno —el hombre educado en el machismo— a la cada vez mayor independencia emocional y económica de las mujeres. Un miedo que ha terminado por convertirse en un manifiesto desprecio en el siglo XXI.

En Estados Unidos proliferan publicaciones que ensalzan la figura del macho como mgtow o Return of kings. Llevan campañas contra películas con heroínas de acción y publican artículos como Ritos de iniciación para que los niños sean hombres de verdad, Todas las mujeres mienten y Por qué las mujeres no quieren casarse. Justo lo último era una de las preocupaciones de Los hijos de Jacob previas al golpe.

A esto se une lo que se conoce como la depresión del macho americano que ha perdido su trabajo debido a que la tecnología hace prescindible la fuerza y la resistencia. Esto explicaría en parte por qué la recuperación del orgullo masculino —volver a cosas de hombres— ha sido uno de los guiños de Donald Trump al machismo.

En el mundo real, una organización como los hijos de Jacob contaría con una bolsa importante de descontento machista de la que extraer los primeros soldados y la posibilidad de no encontrar oposición en el resto de los hombres.

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PASIVIDAD

FICCIÓN

«Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío. Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar».

El poema del pastor luterano alemán Martin Niemöller, atribuido a Bertolt Brecht, forma parte de una reflexión un año después de la finalización de la Segunda Guerra Mundial.

Niemöller, que fue prisionero en un campo de concentración, refleja que el ascenso del nazismo se debió en gran parte al desinterés del pueblo alemán por lo que estaba pasando. Es el ‘mirar a otra parte porque no va conmigo’ que acaba estallando en la cara y que obliga a guardar silencio o a huir o luchar en la clandestinidad para no formar parte de la barbarie.

La adaptación de Hulu recrea el poema de Niemöller en un monólogo interior que condensa la novela en favor de la economía narrativa audiovisual: «Cuando masacraron el Congreso, no despertamos. Cuando culparon a los terroristas y anularon la Constitución tampoco despertamos. Dijeron que sería temporal. Nada cambia de golpe. Si estuvieras en una bañera que se calienta poco a poco, morirías hervida sin darte cuenta».

La pasividad ciudadana es palpable en la escena antes mencionada de la editorial. Incluso las propias mujeres tardan en reaccionar. Tras el ataque terrorista, la población acepta la censura de la prensa y la coacción a la libre circulación de personas. Son los primeros pasos para preparar el golpe.

La imagen de la bañera es clara. Esta indiferencia no se gesta de repente. Para cuando el agua hierve, las manifestaciones carecen de poder de presión: se convierten en masacres.

REALIDAD

En la novela, Atwood pone en boca de Defred: «En los periódicos aparecían noticias: cadáveres en las zanjas o en el bosque, mujeres asesinadas a palos o mutiladas, mancilladas, solían decir; pero eran noticias sobre otras mujeres, y los hombres que hacían semejantes cosas eran otros hombres».

El texto es de 1985 pero parece describirnos a nosotros: nuestro presente, nuestra España (hablaremos de ello más abajo).

Atwood expone cómo con frecuencia dejamos la cosa pública en manos ajenas. En los fanáticos, en los mediocres. Y cómo en muchas ocasiones actuamos cuando no hay remedio. La dejadez ciudadana es patente en cuanto la política trata «temas de mujeres». No solo por parte de los hombres. También hay mujeres que miran hacia otro lado.

La desatención de lo público ha llevado a distintos grupos de mujeres a adoptar, en los últimos meses, el hábito de las criadas de The Handmaid’s tale para captar la atención de la prensa respecto a leyes que regulan el derecho a la reproducción.

Estas criadas irrumpieron en el Senado de Texas durante el debate, a puerta cerrada, de una norma que autoriza a los ginecólogos a ocultar malformaciones del feto para evitar que la gestante se plantee el aborto.

Recientemente, otras criadas protestaron en el senado de Missouri contra la ley que permite a los empresarios despedir a mujeres que aborten legalmente, usen anticonceptivos o sean madres solteras. La misma ley permite a los caseros desahuciar a las inquilinas. Los legisladores argumentan que defienden la libertad religiosa de empresarios y caseros.

La realidad se acerca aquí a la ficción de El cuento de la criada. En el epílogo se menciona cómo entre las primeras medias de los golpistas está el arresto de las madres solteras y declarar adúlteros los segundos matrimonios. Por supuesto, prohíbe el aborto y fomenta «el uso de “madres de alquiler” contratadas para este propósito».

GOLPE DE ESTADO

FICCIÓN

Los hijos de Jacob alcanzan el poder tras orquestar la masacre del Congreso de los Estados Unidos con el presidente dentro. Acusa a los musulmanes. Ante la situación de caos creada, los hijos de Jacob suspenden los derechos constitucionales con la promesa de nuevas elecciones.

Aquí convendría recurrir a la serie Sucesor designado que ofrece un camino más probable. Tras la destrucción del Congreso mediante bombas, el FBI acusa al terrorismo musulmán, se producen disturbios y el gobernador de Michigan ordena la Ley marcial con apoyo de la Guardia Nacional. El gobernador desafía la autoridad de un presidente no electo. Se considera la máxima autoridad de su estado ante la falta de órgano ejecutivo electo en el país.

REALIDAD

El precedente histórico más conocido se encuentra en el incendio del Reichstag perpetrado por los nazis. Después de esto, Hitler recortó libertades civiles y se deshizo de los partidos políticos. Tras unas nuevas elecciones, que ganó sin oposición, el parlamento concedió a Hitler plenos poderes «temporalmente».

Especulemos. Un escenario similar al expuesto en Sucesor Designado podría darse en Texas y Missouri, cuyos movimientos independentistas han reclamado separarse de la Unión. Cabría imaginar que, de hacerlo, podría exacerbar las leyes contra las mujeres.

ACABANDO

¿Sería posible un movimiento similar a los hijos de Jacob en Europa? ¿Y en España?

Cuesta imaginar en Europa un escenario similar a pesar de que la derecha fascista ha aumentado su influencia en los últimos años.

En España hay actitudes cercanas a la distopía descrita por Margaret Atwood. Como en El Cuento, los hombres miramos para otro lado ante los casos de violencia machista. Unos por machismo; otros por dejadez. La idea de «ese asunto no me atañe». En las fotografías que muestran a personas reclamando justicia por las víctimas presentes y futuras apenas hay hombres.

El prime time de televisión tiene a estrellas que valoran más la belleza de las mujeres que sus actitudes profesionales. El entrenador merece más honores que la atleta. Chicas menores de edad entregan sus contraseñas a sus novios. Siguen a charlatanes de YouTube que, entre risas, las llaman putas. Escuchan música en las que ellas son los objetos. Vasijas para rellenar, como en El cuento de la criada.

En la calle y las redes hay una ruidosa bolsa de machistas descontentos que emplea violencia física y/o verbal contra las mujeres y las leyes que las protegen. Que exigen el día del derecho heterosexual, el día del macho con la cerveza. Y lo peor es que en el Congreso de los Diputados hay quienes bailan el agua del machismo.

Podría ser peor. Sería un pensamiento. Missouri. Texas, donde además está permitido portar armas a la vista. Irán. Quizá podría ser mejor. Como dice Defred (antes conocida como June): hay que percatarse de cuándo el agua de la bañera hierve y puede quemarte.

También puedes leer: ‘El cuento de la criada’ es fascinante, feminista y aterradoramente plausible.

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Opiniones 9
  • Un gran artículo. La realidad es francamente aterradora, y no olvidemos que lo que cuenta la pelicula ya ha pasado en sitios como Afganistan o Irán.

  • Camboya me parece un ejemplo más significativo que Irán. En este país, entre 1973 y 1978 durante la época de Pol Pot, se vivió un infierno total, con resultado la desaparición de entre un millón y medio y dos millones de personas asesinadas en campos de concentración.
    Actualmente Corea del Norte me parece ser lo más cercano a «The handmaid’s tale».

  • Muy acertado.La propia autora comentó en una entrevista que todo lo que pasaba en el libro había sido cierto en uno u otro momento de la historia y lugar: regímenes islámicos, el control de la reproducción de la mujer por la Rumanía de Ceaucescu. ..

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