25 de agosto 2013    /   IDEAS
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¡Cuidado con el ficus!

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Todo comenzó de un modo inocente, como las grandes tragedias griegas. Unos amigos me pidieron que les regara las plantas una vez por semana mientras ellos emprendían un largo viaje de verano. Me entregaron las llaves y algunas instrucciones, pero quiso el azar que descubriera algo terrible, que nos afecta a todos y que desde luego ha cambiado mi vida…

Siempre me he burlado de aquellos que se sienten tan importantes como para que la NSA o el programa PRISMA, o cualquier otro organismo opaco de espionaje internacional husmee en sus correos anodinos. Creo que solo un ego hipertrofiado puede abrigar la sospecha de que EEUU está escudriñando sus mails, sus llamadas… pero todo eso ha cambiado. Como muchas otras cosas. La nanotecnología botánica es una ciencia casi clandestina, mucho más que la famosa Area 54, recientemente desclasificada.

– Son solo siete tiestos – me aseguraron.

Y en efecto, el recuento era preciso y sin sorpresas. Ya saben, ficus, potos, una araucaria… vegetales de interior que requieren poca atención y que parecen de plástico, pero que llevan su propia vida. No se imaginan hasta qué punto.

Yo regaba las macetas mientras escuchaba música con unos auriculares conectados al iPhone, y entonces sucedió. Las Variaciones Goldberg de Bach se interrumpieron, y durante unos segundos de fluctuación en la red recibí una ráfaga de datos codificados. ¿Que cómo lo sé? He trabajado en criptointeligencia muchos años, y sé reconocer el sonido de la información.

Regresé con unos gadgets y medidores que no están al alcance de los civiles, me puse manos a la obra, y descubrí que las siete plantas estaban interconectadas con transmisores de datos que después fluían por la red WiFi para ser analizados en remotos destinos. No cabe duda de que mis amigos estaban siendo objeto de espionaje masivo.

Sé que todo esto suena paranoico, y que probablemente más de un lector piense que es una patraña, pero el sistema funciona en cualquier espacio que disponga de WiFi. Los nano robots que circulan por la savia de los ficus modificados se organizan en pequeños emisores y receptores. Básicamente trabajan como micrófonos ambientales que aprovechan la red inalámbrica para transmitir paquetes de datos. Ahora sé que el programa, aunque parezca ciencia ficción, ha sido desarrollado por laboratorios del MIT (Massaschusetts Institute of Technology) por encargo del Pentágono, y con el soporte informático del Mossad israelí. El proyecto se gestó a finales de los ochenta, cuando la nanotecnología aun era casi una quimera, y contribuyó a la caída del muro de Berlín.

Hace ya años que las plantas que compramos inocentemente en la tienda de la esquina, pueden estar equipadas con nanotecnología capaz de escuchar, vigilar y procesar todo lo que sucede a su alrededor, y unos algoritmos internos, programados en Tel Aviv, disciernen lo que es relevante o no, y emiten sus informes.

El escándalo Snowden o el caso Wikileaks son totalmente insignificantes si los comparamos con las dimensiones globales de esta intromisión porque, fíjense bien, en cada despacho de un presidente, en cada sala de juntas, en cada lugar aparentemente seguro… hay una planta. Esa planta escucha, y su clorofila modificada es capaz de cambiar el rumbo de los países. El potos (Epiprenum aurum) es ideal, por su capacidad de crecer y extenderse por las diversas estancias de una casa… o de una embajada.

Pero la clave está en el ficus. En todas las oficinas de La Caixa hay uno o dos. Y en las compañías de seguros. Y en el Congreso de los Diputados. Y en la Moncloa. Incluso en los más distinguidos prostíbulos, o en los pasillos del Vaticano siempre hallamos algún ejemplar de Ficus lingua. Vigilando.

Volviendo a la casa de mis amigos. Sus siete plantas sabían que yo sé su secreto, y cada vez que iba a regarlas me sentía más incómodo… hasta que una de ellas me traicionó.

Por eso escribo estas líneas apresuradas desde el sanatorio psiquiátrico de Badalona, donde he sido internado por una denuncia anónima (creo que fue la araucaria). Mis compañeros de pabellón me han apodado “El hombre que susurra a las macetas”, y no les culpo. Hay un ficus en la recepción, desde donde estoy enviando esta crónica.

Si usted está leyendo esto es que he logrado revertir el proceso, y utilizar las plantas para enviar esta información a Yorokobu, y darla a conocer al mundo.

Voy a pedir asilo político a Ecuador.

Todo comenzó de un modo inocente, como las grandes tragedias griegas. Unos amigos me pidieron que les regara las plantas una vez por semana mientras ellos emprendían un largo viaje de verano. Me entregaron las llaves y algunas instrucciones, pero quiso el azar que descubriera algo terrible, que nos afecta a todos y que desde luego ha cambiado mi vida…

Siempre me he burlado de aquellos que se sienten tan importantes como para que la NSA o el programa PRISMA, o cualquier otro organismo opaco de espionaje internacional husmee en sus correos anodinos. Creo que solo un ego hipertrofiado puede abrigar la sospecha de que EEUU está escudriñando sus mails, sus llamadas… pero todo eso ha cambiado. Como muchas otras cosas. La nanotecnología botánica es una ciencia casi clandestina, mucho más que la famosa Area 54, recientemente desclasificada.

– Son solo siete tiestos – me aseguraron.

Y en efecto, el recuento era preciso y sin sorpresas. Ya saben, ficus, potos, una araucaria… vegetales de interior que requieren poca atención y que parecen de plástico, pero que llevan su propia vida. No se imaginan hasta qué punto.

Yo regaba las macetas mientras escuchaba música con unos auriculares conectados al iPhone, y entonces sucedió. Las Variaciones Goldberg de Bach se interrumpieron, y durante unos segundos de fluctuación en la red recibí una ráfaga de datos codificados. ¿Que cómo lo sé? He trabajado en criptointeligencia muchos años, y sé reconocer el sonido de la información.

Regresé con unos gadgets y medidores que no están al alcance de los civiles, me puse manos a la obra, y descubrí que las siete plantas estaban interconectadas con transmisores de datos que después fluían por la red WiFi para ser analizados en remotos destinos. No cabe duda de que mis amigos estaban siendo objeto de espionaje masivo.

Sé que todo esto suena paranoico, y que probablemente más de un lector piense que es una patraña, pero el sistema funciona en cualquier espacio que disponga de WiFi. Los nano robots que circulan por la savia de los ficus modificados se organizan en pequeños emisores y receptores. Básicamente trabajan como micrófonos ambientales que aprovechan la red inalámbrica para transmitir paquetes de datos. Ahora sé que el programa, aunque parezca ciencia ficción, ha sido desarrollado por laboratorios del MIT (Massaschusetts Institute of Technology) por encargo del Pentágono, y con el soporte informático del Mossad israelí. El proyecto se gestó a finales de los ochenta, cuando la nanotecnología aun era casi una quimera, y contribuyó a la caída del muro de Berlín.

Hace ya años que las plantas que compramos inocentemente en la tienda de la esquina, pueden estar equipadas con nanotecnología capaz de escuchar, vigilar y procesar todo lo que sucede a su alrededor, y unos algoritmos internos, programados en Tel Aviv, disciernen lo que es relevante o no, y emiten sus informes.

El escándalo Snowden o el caso Wikileaks son totalmente insignificantes si los comparamos con las dimensiones globales de esta intromisión porque, fíjense bien, en cada despacho de un presidente, en cada sala de juntas, en cada lugar aparentemente seguro… hay una planta. Esa planta escucha, y su clorofila modificada es capaz de cambiar el rumbo de los países. El potos (Epiprenum aurum) es ideal, por su capacidad de crecer y extenderse por las diversas estancias de una casa… o de una embajada.

Pero la clave está en el ficus. En todas las oficinas de La Caixa hay uno o dos. Y en las compañías de seguros. Y en el Congreso de los Diputados. Y en la Moncloa. Incluso en los más distinguidos prostíbulos, o en los pasillos del Vaticano siempre hallamos algún ejemplar de Ficus lingua. Vigilando.

Volviendo a la casa de mis amigos. Sus siete plantas sabían que yo sé su secreto, y cada vez que iba a regarlas me sentía más incómodo… hasta que una de ellas me traicionó.

Por eso escribo estas líneas apresuradas desde el sanatorio psiquiátrico de Badalona, donde he sido internado por una denuncia anónima (creo que fue la araucaria). Mis compañeros de pabellón me han apodado “El hombre que susurra a las macetas”, y no les culpo. Hay un ficus en la recepción, desde donde estoy enviando esta crónica.

Si usted está leyendo esto es que he logrado revertir el proceso, y utilizar las plantas para enviar esta información a Yorokobu, y darla a conocer al mundo.

Voy a pedir asilo político a Ecuador.

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