7 de noviembre 2022    /   CREATIVIDAD
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‘Cultish’: las dinámicas lingüísticas que nos hacen asociarnos a sectas

7 de noviembre 2022    /   CREATIVIDAD     por          
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Mantengo una broma recurrente con mis amistades en la que afirmo que toda película, historia o anécdota mejora si introduces un culto de por medio. Sea lo que sea que me estés contando, si termina en una pequeña sociedad secreta venerando a su nuevo líder, dios o creencia atípica, existe el 99% de probabilidades de que me vaya a encantar.

De esta manera, Hereditary (2018) de Ari Aster, La semilla del diablo (1968) de Roman Polanski, o Lo que esconde Silver Lake (2018) de David Robert Mitchell, sin olvidar citar la increíble novela Nuestra parte de noche, de Mariana Enríquez, se han ido convirtiendo en algunas de mis obras favoritas y de las que siempre saco a relucir en casi cualquier conversación.

En mi inconsciente, atañía este gradual interés que fui desarrollando por los cultos a la infinidad de morbosos documentales sobre sectas que han ido poblando las diferentes plataformas de streaming durante los últimos años y que, como en su mayoría acaban realizando auténticas atrocidades, tocan muy de cerca el thriller adictivo y el true crime.

Desde Wild Wild Country (C. y M. Way, 2018) hasta Heaven’s Gate: The Cult of Cults (J. Clay Tweel, 2020), pasando por El Palmar de Troya (I. Del Santo, 2020), la película Spaceship Earth (M. Wolf, 2020) u otras ficciones televisivas que circunvalan el tema como Desde otro lugar (J. Segel, 2020) o El Pentavirato (M. Myers, T. Kirkby, 2022), suponen un estimulante bombardeo de contenidos que hacen sacar a la luz mi placer visual más conspirador y paranoico.

Me interesaba mucho conocer las convicciones que llevaban a un grupo de personas a pensar diferente y a cometer determinados actos o delitos, algunos demasiado sangrientos, otros demasiado mediáticos, por el bien de su comunidad. Hasta que llegó la escritora y lingüista estadounidense Amanda Montell, cocreadora del pódcast Sounds like a cult, con su historia de cómo la cienciología trató de seducirla.

SUENA A SECTA

En su libro Cultos. El lenguaje del fanatismo (editado en España por Tendencias, 2022), reflexiona de manera objetiva pero mordaz, casi divertida, acerca de las herramientas verbales y la influencia de los cultos en nuestra sociedad mucho más allá de sus casos más extremos: desde tu nuevo gurú sobre alimentación saludable hasta el grupo de crossfit de tu vecina, cualquier comunidad online, los fans de Taylor Swift o los sectores negacionistas del COVID-19. Todo es susceptible de estar estructurado como un culto, y no por ello debe ser necesariamente negativo.

Montell divide su estudio según las variantes que definen los cultos modernos que pueblan hoy en día en Norteamérica y que tocan necesidades vitales como la fe, la vida laboral o la salud: los grupos de religión alternativa como la Healthy, Happy, Holly Organization (3HO), las estafas piramidales (renombradas como marketing multinivel) o las clases de spinning de SoulCycle, respectivamente.

Pero también ahonda en las estructuras lingüísticas que se utilizaban en sociedades más turbulentas como la de Heaven’s Gate —un grupo de fanáticos religiosos y ufólogos norteamericanos que a finales de los 90 organizaron un suicidio conjunto esperando que sus cuerpos trascendiesen al plano espiritual en una nave espacial—, o las que todavía siguen vigentes en la iglesia ciencióloga.

«Mi historia favorita es la de cómo me secuestraron los cienciólogos», afirma Montell al inicio de uno de sus capítulos, en el que narra cómo a sus diecinueve años se adentró en la propia sede de la cienciología en Los Ángeles, acompañando a su interesada amiga Mani, bajo la inocente invitación de realizar un «test de personalidad».

La autora y su acompañante acabaron pasando más de tres horas en el edificio, conducidas por diferentes tácticas de persuasión. Atravesaron una exposición sobre el fundador de la Iglesia L. Ron Hubbard, fueron sometidas a una evaluación de la personalidad donde se advertía que la cienciología podía ayudarles con las pequeñas carencias vitales y, por último, les llevaron a una sala donde vendían libros, DVD y cursos de superación personal por unos 35 dólares.

«Te atrapan con los cursos pequeños y básicos. Ese es el cebo y el cambio de todo», le comenta a la autora Cathy, una mujer que abandonó la institución después de pasar 20 años en ella.

LAS COSAS POR SU NOMBRE 

Según Montell, hay indicios lingüísticos que evidencian que nos encontramos ante un culto. Uno de ellos sería el «nosotros contra ellos», una manera de aislar al individuo en una comunidad incomprendida, apartada de la esfera pública y autoproclamada superior por estar cargada de motivos espirituales y «reveladores».

Las normas de la cienciología prohíben consultar información sobre la institución por otros medios. Las sesiones de asesoramiento de Cathy incluían preguntas como «¿Has mirado en internet?», «¿Te ha dicho alguien algo malo sobre la cienciología?», o «¿Has hablado con algún periodista?».

Los cultos, además, se definen lingüísticamente por manejar un vocabulario propio que únicamente captas si formas parte del colectivo, y que, de alguna manera, diferencia al hablante del resto de personas que no lo integran. En una medida menos tóxica, en nuestro día a día es muy sencillo escuchar frases como «Esta barrita de chocolate forma parte de mi 10% de ultraprocesados» o «el WOD de hoy consiste en 100 burpees, 200 squats y otros tantos de V-ups».

Las iglesias del fitness o de la alimentación saludable, por poner un ejemplo, no dejan de utilizar un lenguaje exclusivo, aunque resulten socialmente menos nocivas. Por su parte, la cienciología comienza abreviando ciertas palabras en sus primeros talleres de captación, como ack (de acknowledgment, conocimiento en inglés), o sec (security, seguridad), hasta que poco a poco se va sustituyendo el lenguaje habitual por siglas y conceptos metafísicos imposibles.

La Dianética consta de diccionarios que explican cada nuevo término que aparece en sus escrituras, y no se puede escalar en el organigrama de la institución hasta que no se haya entendido cada palabra. Si hay un concepto dentro de la definición que tampoco se entiende, también se debe consultar su significado.

No contentos con un cambio lingüístico, en Heaven’s Gate, cuyo motivo principal era prescindir de todo tipo de ataduras familiares y terrenales, también decidieron rebautizar a sus miembros. Fans de la película Sonrisas y lágrimas (R. Wise, 1965), sus líderes Bonnie Nettles y Marshall Applewhite pasaron a denominarse como Ti y Do (notas musicales en inglés), mientras que el resto de seguidores adoptaban nombres como Swyody o Crlody, al más puro estilo El cuento de la criada, con la finalidad de ser reducidos a la mínima expresión y aislados de cualquier otra comunidad.

En el idioma del culto, o cultish, reside gran parte del poder de atracción, pero también de su peligrosidad. Las palabras que no llegan a entenderse por completo pueden ser malinterpretadas e incluso empleadas bajo el llamado «luz de gas», con la confianza de confundir al interlocutor. Esto, acompañada de lo denominado por Montell «clichés que terminan con el pensamiento», trabaja en el sentido de la manipulación, la convicción y el fin del cuestionamiento racional.

«El lenguaje cargado y los clichés que terminan con el pensamiento (como la frase “¿Por qué no estás de acuerdo con eso?” de Shambhala) pueden hacer que los seguidores hagan caso omiso de sus propios instintos», afirma la escritora. Las respuestas simples o que culpabilizan factores externos como «todo es culpa de los medios de comunicación» son puramente clichés que zanjan todo tipo de debate, echando balones afuera o poniendo en duda tu interés en el progreso personal.

FIRMA AQUÍ ABAJO Y VERÁS 

Pero existe otro factor importante que me atrevería a introducir, que traspasa el lenguaje aunque está muy vinculado a él, como hemos visto en la visita de Montell a la sede de la cienciología, y que es una parte indivisible de los procesos de lavado de cerebro. Es el tiempo prolongado: a más horas, mayor atención, mayor separación del mundo exterior y mayor debilitación del cerebro frente al cansancio.

Era 2014. Hacía un año que había terminado la carrera y como muchos jóvenes en aquel momento vital, me encontraba sin trabajo y bastante perdido sobre el enfoque que deseaba darle a mi futuro.

Por aquél entonces tenía en mente desarrollarme como guionista, pero las posibilidades económicas y laborales en mi ciudad no soplaban a favor. Mi hermana mayor trabajaba en una tienda de ropa dirigida por una empresaria, y consiguió que uno de los colegas de la mujer me hiciese una entrevista de trabajo como auxiliar administrativo de su propio marido.

Acudí al despacho, situado en uno de los edificios más altos y cercanos al mar. La masiva extensión de agua era todo lo que se apreciaba desde el gran ventanal de la oficina, y recuerdo que de una de sus paredes colgaba una foto de un astronauta enmarcada y firmada con agradecimientos.

Me recibió un hombre de mediana edad, que me sentó al otro lado de su mesa, y lo que siguieron durante las siguientes tres o cuatro horas fue un monólogo incesante sobre la empresa de software personalizado que él dirigía, y que era vendido como servicio empaquetado a otras compañías. Mis intervenciones se limitaron a asentir, aunque por dentro me preguntaba qué tendría que ver toda aquella explicación con mis supuestas funciones de secretario del marido de la jefa de mi hermana.

Se hizo tarde y me dio cita para una segunda reunión, a la que todavía a día de hoy no entiendo por qué acepté asistir. Esperaba que por fin hablase de las condiciones laborales del puesto, pero la dinámica fue exactamente la misma, con distinas variantes.

Primero me explicó que debía conocer el sistema de software que comercializaban, aunque mi trabajo finalmente se limitase a realizar unos cuantos recados y hacer de chófer. Después, me informó de que era necesario pagar una pequeña licencia anual para poder utilizar aquel software. Es decir, que debía pagar para trabajar.

Y por último me preguntó si conocía la sociedad internacional a la que él y los jefes de mi hermana estaban inscritos —y que aquí no diré cuál es pero, si no os ha pasado desapercibido, podréis encontrar su logo en las rotondas de entrada de muchas muchas ciudades—.

Conocía la existencia de aquel adinerado colectivo porque mi hermana ya me había hablado de él. No era algo que ocultasen. En realidad, es motivo de orgullo de cada miembro, que tiene como finalidad establecer unas redes de ayuda comunitaria al prójimo.

Mi entrevistador (por llamarlo de algún modo, porque realmente solo hablaba él), incidió mucho en la idea de todo este proceso de aprendizaje —el software y los recados para aquel empresario— sería un feliz proceso para conseguir lo que más deseaba en el mundo: ejercer de guionista.

¿Cuál era la relación entre una causa y otra? La desconozco, pero ahí residía el cebo: un deseo de progresión personal, y él era plenamente consciente de ello.

Para más inri, sugirió amenizar la charla con «algo» de música. Eligió reproducir Julio Iglesias en su Mac. Quiero creer que se trataba de la canción La vida sigue igual, pero lo cierto es que no lo recuerdo con exactitud. El caso es que la canción no dejó de sonar en bucle mientras seguía hablándome de los servicios que ofrecía su empresa y las bondades de su colectivo, lo que le llevó aproximadamente dos horas más.

Mi cerebro estaba colapsando por completo cuando al fin sugirió zanjar la reunión. Me acompañó al ascensor —la bajada se me hizo eterna— y prosiguió con el mismo discurso alentador. Una vez en la calle me preguntó dónde vivía e insistió en acompañarme caminando, en lugar de coger el tranvía, ya que vivía en la misma dirección que yo.

En este punto ya estaba convencido de que bajo ningún concepto quería trabajar con esta persona ni en aquel ambiente enrarecido. Podría haberme negado a que me acompañase, haber inventado cualquier excusa e incluso haber salido corriendo. Pero era joven, inseguro y cero asertivo.

No deseaba defraudar a la persona que me estaba ofreciendo un puesto de trabajo, así que acepté y el hombre todavía tuvo la oportunidad de asegurarse, durante media hora más, cuán importante era que yo pagase aquella licencia.

Llegué de noche a casa y me derrumbé. Al día siguiente ni siquiera me atrevía a darle la oportunidad de que siguiese hablándome por teléfono, así que le envié un email mostrando mi desinterés en el puesto y no lo volví a ver nunca más.

MÁS CERCA DE LO QUE PIENSAS 

Desconozco si aquello fue una puesta de gala para recibirme en el seno de aquella sociedad no-tan-secreta, o si simplemente me consideraba como la siguiente pieza de su empresa multinivel. Lo cierto es que no había reflexionado demasiado en todo aquel asunto desde que sucedió.

Quise pasar página y asumir que yo no me había encontrado ante tal situación de manipulación. Entonces reconocí cada una de las fases lingüísticas descritas por Montell en los fragmentos de palabrería que a día de hoy recuerdo. El «nosotros contra ellos», la luz de gas —dando por sentado que entendía todo lo que explicaba—, el vocabulario técnico y las promesas de superación personal. Nada de todo aquello me resultaba ajeno.

Quizás mi sumo interés por las películas de cultos viniese de aquella experiencia cercana. O quizás es demasiado sencillo reconocer la omnipresencia de comunidades cerradas y, en definitiva, el reflejo de la vida cotidiana en la cultura popular.

Tampoco es cuestión de demonizar cada gesto cultish: nuestra sociedad está plagada de ellos y nos hace conectar unos o con otros en busca de un sentido de la pertenencia.

El relativismo lingüístico laxo indica que el lenguaje puede influir en nuestra manera de concebir el mundo, pero no determinarla. Para ello existen otras herramientas, y como dice Montell, «el cultish solo es una pastilla de placebo» que eliges digerir.

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Mantengo una broma recurrente con mis amistades en la que afirmo que toda película, historia o anécdota mejora si introduces un culto de por medio. Sea lo que sea que me estés contando, si termina en una pequeña sociedad secreta venerando a su nuevo líder, dios o creencia atípica, existe el 99% de probabilidades de que me vaya a encantar.

De esta manera, Hereditary (2018) de Ari Aster, La semilla del diablo (1968) de Roman Polanski, o Lo que esconde Silver Lake (2018) de David Robert Mitchell, sin olvidar citar la increíble novela Nuestra parte de noche, de Mariana Enríquez, se han ido convirtiendo en algunas de mis obras favoritas y de las que siempre saco a relucir en casi cualquier conversación.

En mi inconsciente, atañía este gradual interés que fui desarrollando por los cultos a la infinidad de morbosos documentales sobre sectas que han ido poblando las diferentes plataformas de streaming durante los últimos años y que, como en su mayoría acaban realizando auténticas atrocidades, tocan muy de cerca el thriller adictivo y el true crime.

Desde Wild Wild Country (C. y M. Way, 2018) hasta Heaven’s Gate: The Cult of Cults (J. Clay Tweel, 2020), pasando por El Palmar de Troya (I. Del Santo, 2020), la película Spaceship Earth (M. Wolf, 2020) u otras ficciones televisivas que circunvalan el tema como Desde otro lugar (J. Segel, 2020) o El Pentavirato (M. Myers, T. Kirkby, 2022), suponen un estimulante bombardeo de contenidos que hacen sacar a la luz mi placer visual más conspirador y paranoico.

Me interesaba mucho conocer las convicciones que llevaban a un grupo de personas a pensar diferente y a cometer determinados actos o delitos, algunos demasiado sangrientos, otros demasiado mediáticos, por el bien de su comunidad. Hasta que llegó la escritora y lingüista estadounidense Amanda Montell, cocreadora del pódcast Sounds like a cult, con su historia de cómo la cienciología trató de seducirla.

SUENA A SECTA

En su libro Cultos. El lenguaje del fanatismo (editado en España por Tendencias, 2022), reflexiona de manera objetiva pero mordaz, casi divertida, acerca de las herramientas verbales y la influencia de los cultos en nuestra sociedad mucho más allá de sus casos más extremos: desde tu nuevo gurú sobre alimentación saludable hasta el grupo de crossfit de tu vecina, cualquier comunidad online, los fans de Taylor Swift o los sectores negacionistas del COVID-19. Todo es susceptible de estar estructurado como un culto, y no por ello debe ser necesariamente negativo.

Montell divide su estudio según las variantes que definen los cultos modernos que pueblan hoy en día en Norteamérica y que tocan necesidades vitales como la fe, la vida laboral o la salud: los grupos de religión alternativa como la Healthy, Happy, Holly Organization (3HO), las estafas piramidales (renombradas como marketing multinivel) o las clases de spinning de SoulCycle, respectivamente.

Pero también ahonda en las estructuras lingüísticas que se utilizaban en sociedades más turbulentas como la de Heaven’s Gate —un grupo de fanáticos religiosos y ufólogos norteamericanos que a finales de los 90 organizaron un suicidio conjunto esperando que sus cuerpos trascendiesen al plano espiritual en una nave espacial—, o las que todavía siguen vigentes en la iglesia ciencióloga.

«Mi historia favorita es la de cómo me secuestraron los cienciólogos», afirma Montell al inicio de uno de sus capítulos, en el que narra cómo a sus diecinueve años se adentró en la propia sede de la cienciología en Los Ángeles, acompañando a su interesada amiga Mani, bajo la inocente invitación de realizar un «test de personalidad».

La autora y su acompañante acabaron pasando más de tres horas en el edificio, conducidas por diferentes tácticas de persuasión. Atravesaron una exposición sobre el fundador de la Iglesia L. Ron Hubbard, fueron sometidas a una evaluación de la personalidad donde se advertía que la cienciología podía ayudarles con las pequeñas carencias vitales y, por último, les llevaron a una sala donde vendían libros, DVD y cursos de superación personal por unos 35 dólares.

«Te atrapan con los cursos pequeños y básicos. Ese es el cebo y el cambio de todo», le comenta a la autora Cathy, una mujer que abandonó la institución después de pasar 20 años en ella.

LAS COSAS POR SU NOMBRE 

Según Montell, hay indicios lingüísticos que evidencian que nos encontramos ante un culto. Uno de ellos sería el «nosotros contra ellos», una manera de aislar al individuo en una comunidad incomprendida, apartada de la esfera pública y autoproclamada superior por estar cargada de motivos espirituales y «reveladores».

Las normas de la cienciología prohíben consultar información sobre la institución por otros medios. Las sesiones de asesoramiento de Cathy incluían preguntas como «¿Has mirado en internet?», «¿Te ha dicho alguien algo malo sobre la cienciología?», o «¿Has hablado con algún periodista?».

Los cultos, además, se definen lingüísticamente por manejar un vocabulario propio que únicamente captas si formas parte del colectivo, y que, de alguna manera, diferencia al hablante del resto de personas que no lo integran. En una medida menos tóxica, en nuestro día a día es muy sencillo escuchar frases como «Esta barrita de chocolate forma parte de mi 10% de ultraprocesados» o «el WOD de hoy consiste en 100 burpees, 200 squats y otros tantos de V-ups».

Las iglesias del fitness o de la alimentación saludable, por poner un ejemplo, no dejan de utilizar un lenguaje exclusivo, aunque resulten socialmente menos nocivas. Por su parte, la cienciología comienza abreviando ciertas palabras en sus primeros talleres de captación, como ack (de acknowledgment, conocimiento en inglés), o sec (security, seguridad), hasta que poco a poco se va sustituyendo el lenguaje habitual por siglas y conceptos metafísicos imposibles.

La Dianética consta de diccionarios que explican cada nuevo término que aparece en sus escrituras, y no se puede escalar en el organigrama de la institución hasta que no se haya entendido cada palabra. Si hay un concepto dentro de la definición que tampoco se entiende, también se debe consultar su significado.

No contentos con un cambio lingüístico, en Heaven’s Gate, cuyo motivo principal era prescindir de todo tipo de ataduras familiares y terrenales, también decidieron rebautizar a sus miembros. Fans de la película Sonrisas y lágrimas (R. Wise, 1965), sus líderes Bonnie Nettles y Marshall Applewhite pasaron a denominarse como Ti y Do (notas musicales en inglés), mientras que el resto de seguidores adoptaban nombres como Swyody o Crlody, al más puro estilo El cuento de la criada, con la finalidad de ser reducidos a la mínima expresión y aislados de cualquier otra comunidad.

En el idioma del culto, o cultish, reside gran parte del poder de atracción, pero también de su peligrosidad. Las palabras que no llegan a entenderse por completo pueden ser malinterpretadas e incluso empleadas bajo el llamado «luz de gas», con la confianza de confundir al interlocutor. Esto, acompañada de lo denominado por Montell «clichés que terminan con el pensamiento», trabaja en el sentido de la manipulación, la convicción y el fin del cuestionamiento racional.

«El lenguaje cargado y los clichés que terminan con el pensamiento (como la frase “¿Por qué no estás de acuerdo con eso?” de Shambhala) pueden hacer que los seguidores hagan caso omiso de sus propios instintos», afirma la escritora. Las respuestas simples o que culpabilizan factores externos como «todo es culpa de los medios de comunicación» son puramente clichés que zanjan todo tipo de debate, echando balones afuera o poniendo en duda tu interés en el progreso personal.

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Pero existe otro factor importante que me atrevería a introducir, que traspasa el lenguaje aunque está muy vinculado a él, como hemos visto en la visita de Montell a la sede de la cienciología, y que es una parte indivisible de los procesos de lavado de cerebro. Es el tiempo prolongado: a más horas, mayor atención, mayor separación del mundo exterior y mayor debilitación del cerebro frente al cansancio.

Era 2014. Hacía un año que había terminado la carrera y como muchos jóvenes en aquel momento vital, me encontraba sin trabajo y bastante perdido sobre el enfoque que deseaba darle a mi futuro.

Por aquél entonces tenía en mente desarrollarme como guionista, pero las posibilidades económicas y laborales en mi ciudad no soplaban a favor. Mi hermana mayor trabajaba en una tienda de ropa dirigida por una empresaria, y consiguió que uno de los colegas de la mujer me hiciese una entrevista de trabajo como auxiliar administrativo de su propio marido.

Acudí al despacho, situado en uno de los edificios más altos y cercanos al mar. La masiva extensión de agua era todo lo que se apreciaba desde el gran ventanal de la oficina, y recuerdo que de una de sus paredes colgaba una foto de un astronauta enmarcada y firmada con agradecimientos.

Me recibió un hombre de mediana edad, que me sentó al otro lado de su mesa, y lo que siguieron durante las siguientes tres o cuatro horas fue un monólogo incesante sobre la empresa de software personalizado que él dirigía, y que era vendido como servicio empaquetado a otras compañías. Mis intervenciones se limitaron a asentir, aunque por dentro me preguntaba qué tendría que ver toda aquella explicación con mis supuestas funciones de secretario del marido de la jefa de mi hermana.

Se hizo tarde y me dio cita para una segunda reunión, a la que todavía a día de hoy no entiendo por qué acepté asistir. Esperaba que por fin hablase de las condiciones laborales del puesto, pero la dinámica fue exactamente la misma, con distinas variantes.

Primero me explicó que debía conocer el sistema de software que comercializaban, aunque mi trabajo finalmente se limitase a realizar unos cuantos recados y hacer de chófer. Después, me informó de que era necesario pagar una pequeña licencia anual para poder utilizar aquel software. Es decir, que debía pagar para trabajar.

Y por último me preguntó si conocía la sociedad internacional a la que él y los jefes de mi hermana estaban inscritos —y que aquí no diré cuál es pero, si no os ha pasado desapercibido, podréis encontrar su logo en las rotondas de entrada de muchas muchas ciudades—.

Conocía la existencia de aquel adinerado colectivo porque mi hermana ya me había hablado de él. No era algo que ocultasen. En realidad, es motivo de orgullo de cada miembro, que tiene como finalidad establecer unas redes de ayuda comunitaria al prójimo.

Mi entrevistador (por llamarlo de algún modo, porque realmente solo hablaba él), incidió mucho en la idea de todo este proceso de aprendizaje —el software y los recados para aquel empresario— sería un feliz proceso para conseguir lo que más deseaba en el mundo: ejercer de guionista.

¿Cuál era la relación entre una causa y otra? La desconozco, pero ahí residía el cebo: un deseo de progresión personal, y él era plenamente consciente de ello.

Para más inri, sugirió amenizar la charla con «algo» de música. Eligió reproducir Julio Iglesias en su Mac. Quiero creer que se trataba de la canción La vida sigue igual, pero lo cierto es que no lo recuerdo con exactitud. El caso es que la canción no dejó de sonar en bucle mientras seguía hablándome de los servicios que ofrecía su empresa y las bondades de su colectivo, lo que le llevó aproximadamente dos horas más.

Mi cerebro estaba colapsando por completo cuando al fin sugirió zanjar la reunión. Me acompañó al ascensor —la bajada se me hizo eterna— y prosiguió con el mismo discurso alentador. Una vez en la calle me preguntó dónde vivía e insistió en acompañarme caminando, en lugar de coger el tranvía, ya que vivía en la misma dirección que yo.

En este punto ya estaba convencido de que bajo ningún concepto quería trabajar con esta persona ni en aquel ambiente enrarecido. Podría haberme negado a que me acompañase, haber inventado cualquier excusa e incluso haber salido corriendo. Pero era joven, inseguro y cero asertivo.

No deseaba defraudar a la persona que me estaba ofreciendo un puesto de trabajo, así que acepté y el hombre todavía tuvo la oportunidad de asegurarse, durante media hora más, cuán importante era que yo pagase aquella licencia.

Llegué de noche a casa y me derrumbé. Al día siguiente ni siquiera me atrevía a darle la oportunidad de que siguiese hablándome por teléfono, así que le envié un email mostrando mi desinterés en el puesto y no lo volví a ver nunca más.

MÁS CERCA DE LO QUE PIENSAS 

Desconozco si aquello fue una puesta de gala para recibirme en el seno de aquella sociedad no-tan-secreta, o si simplemente me consideraba como la siguiente pieza de su empresa multinivel. Lo cierto es que no había reflexionado demasiado en todo aquel asunto desde que sucedió.

Quise pasar página y asumir que yo no me había encontrado ante tal situación de manipulación. Entonces reconocí cada una de las fases lingüísticas descritas por Montell en los fragmentos de palabrería que a día de hoy recuerdo. El «nosotros contra ellos», la luz de gas —dando por sentado que entendía todo lo que explicaba—, el vocabulario técnico y las promesas de superación personal. Nada de todo aquello me resultaba ajeno.

Quizás mi sumo interés por las películas de cultos viniese de aquella experiencia cercana. O quizás es demasiado sencillo reconocer la omnipresencia de comunidades cerradas y, en definitiva, el reflejo de la vida cotidiana en la cultura popular.

Tampoco es cuestión de demonizar cada gesto cultish: nuestra sociedad está plagada de ellos y nos hace conectar unos o con otros en busca de un sentido de la pertenencia.

El relativismo lingüístico laxo indica que el lenguaje puede influir en nuestra manera de concebir el mundo, pero no determinarla. Para ello existen otras herramientas, y como dice Montell, «el cultish solo es una pastilla de placebo» que eliges digerir.

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