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19 de agosto 2015    /   BUSINESS
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Cultura emoji: lengua franca y reivindicación

19 de agosto 2015    /   BUSINESS     por          
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Nos llevó mil años entender Jötunvillur, uno de los lenguajes más oscuros jamás vistos. Se pudo ‘traducir’ gracias a unas inscripciones encontradas en una runa. ¿Una especie de piedra Rosetta? No, más bien el juego de un par de vikingos adolescentes que inventaron un idioma en el que no escribían lo que querían decir, sino la última letra del nombre de cada runa. Un galimatías que trajo de cabeza a los investigadores desde el año 1070.
Si ahora nos extinguimos como civilización quienes vengan detrás quizá necesiten otro tanto para entender el boom de los emojis. En realidad es un galimatías que ha degenerado en una especie de idioma propio. Una trampa, porque utiliza los sonidos y acepciones inglesas traduciéndolas con emoticonos, lo que deja una especie de jeroglífico para móviles.
Los publicitarios, que son muy vivos, han sido los primeros en intentar aprovechar esa especie de idioma adolescente y mayoritariamente anglófilo: lo hizo Chevrolet y lo hizo una organización antidrogas de EE UU en una campaña de concienciación dirigida a los jóvenes

Pero en realidad los emojis no van de eso. El contexto es el de una cultura cada vez más visual, donde el contenido interesante de cualquier producto es sólo una parte de la experiencia, siendo la otra el diseño o la apariencia. Los emojis han sido, desde el principio, una forma desnaturalizada y homogénea de expresar sentimientos.
Igual que la tipografía es una forma no natural de letra escrita, que todos entendemos y reconocemos y transmite unas sensaciones concretas, los emojis son una especie de tipografía de sentimientos. No es lo mismo hacer un informe con Comic Sans que con Helvetica, ni es lo mismo mandar un mensaje a tu jefe con una carita sonriente que con una caca con ojos.
Los emoticonos fueron en su inicio un idioma artificial que se construía combinando signos en un teclado: los dos puntos y el paréntesis, los dos puntos y la de mayúscula, la equis y la de… Con el tiempo se convirtieron en dibujos que, aun siendo muy sencillos, permitieron complicar la comunicación. Con el paso del tiempo se han vuelto una especie de lengua franca precisamente porque no están ligados a un idioma, sino a un contexto, a un sentimiento y a una intención.
Los signos, que son lo que al fin y al cabo son los emojis, pueden tener significado en sí mismos. Lo experimentó Víctor Hugo con su editor cuando le mandó un telegrama con un único signo de interrogación para preguntarle por cómo estaba recibiendo el público su obra Los miserables y recibió una única exclamación por respuesta. Además de ser la comunicación más corta de la historia de la telegrafía y una hermosa anécdota literaria, es la evidencia de que hay signos sencillos que comunican pensamientos complejos.
Pero los emoticonos han trascendido el ser una lengua franca. Ellos y su evolución, los ‘stickers’ que tanto aman en el mercado asiático (y que sirven de potente vía de monetización para empresas de mensajería allí) son todo un referente cultural. Allí, donde comunicar sentimientos puede ser una suerte de tabú, tener una amplia gama de posibilidades para hacerlo es una formidable herramienta comunicativa. Y, claro, una muy lucrativa vía de negocio.
Si los símbolos definen y acotan al idioma, entonces quien controle los signos controla la conversación. De ese razonamiento vino el siguiente paso, que es que los emojis se interpretaran como una forma de representar la realidad y, por tanto, una plataforma de reivindicación social. La presión de la gente hizo que se lanzaran recientemente los emojis raciales, multiplicando los que había con diferentes tonos de piel, y pueblos como el escocés ya han pedido que se introduzca también la figura del emoji pelirrojo.
Lo identitario es lo que ha dominado la oferta, pero no lo único: ya hay emoticonos con las banderas de todos los países, emoticonos corporativos y hasta emoticonos en defensa de los animales en peligro de extinción. Son, por tanto, una vía de reafirmación, de negocio y de reivindicación. Como esta campaña de concienciación del uso de armas en EE UU que pide retirar el emoji de la pistola de los iPhone

Con todo, las peticiones de inclusión de nuevos emojis se suceden: desde un arcoíris como muestra de reconocimiento a la comunidad homosexual a la campaña de una marca de arroz valenciana para que la paella tuviera su hueco en la colección o una iniciativa para que se hiciera lo propio con la tortilla de patatas. Y eso por no hablar de sexo.
Todo esto resulta muy simbólico y no necesariamente efectivo, aunque sí viral: la gente habla de ello porque la gente está usando esta vía de comunicación. Y al final se trata de eso.

Nos llevó mil años entender Jötunvillur, uno de los lenguajes más oscuros jamás vistos. Se pudo ‘traducir’ gracias a unas inscripciones encontradas en una runa. ¿Una especie de piedra Rosetta? No, más bien el juego de un par de vikingos adolescentes que inventaron un idioma en el que no escribían lo que querían decir, sino la última letra del nombre de cada runa. Un galimatías que trajo de cabeza a los investigadores desde el año 1070.
Si ahora nos extinguimos como civilización quienes vengan detrás quizá necesiten otro tanto para entender el boom de los emojis. En realidad es un galimatías que ha degenerado en una especie de idioma propio. Una trampa, porque utiliza los sonidos y acepciones inglesas traduciéndolas con emoticonos, lo que deja una especie de jeroglífico para móviles.
Los publicitarios, que son muy vivos, han sido los primeros en intentar aprovechar esa especie de idioma adolescente y mayoritariamente anglófilo: lo hizo Chevrolet y lo hizo una organización antidrogas de EE UU en una campaña de concienciación dirigida a los jóvenes

Pero en realidad los emojis no van de eso. El contexto es el de una cultura cada vez más visual, donde el contenido interesante de cualquier producto es sólo una parte de la experiencia, siendo la otra el diseño o la apariencia. Los emojis han sido, desde el principio, una forma desnaturalizada y homogénea de expresar sentimientos.
Igual que la tipografía es una forma no natural de letra escrita, que todos entendemos y reconocemos y transmite unas sensaciones concretas, los emojis son una especie de tipografía de sentimientos. No es lo mismo hacer un informe con Comic Sans que con Helvetica, ni es lo mismo mandar un mensaje a tu jefe con una carita sonriente que con una caca con ojos.
Los emoticonos fueron en su inicio un idioma artificial que se construía combinando signos en un teclado: los dos puntos y el paréntesis, los dos puntos y la de mayúscula, la equis y la de… Con el tiempo se convirtieron en dibujos que, aun siendo muy sencillos, permitieron complicar la comunicación. Con el paso del tiempo se han vuelto una especie de lengua franca precisamente porque no están ligados a un idioma, sino a un contexto, a un sentimiento y a una intención.
Los signos, que son lo que al fin y al cabo son los emojis, pueden tener significado en sí mismos. Lo experimentó Víctor Hugo con su editor cuando le mandó un telegrama con un único signo de interrogación para preguntarle por cómo estaba recibiendo el público su obra Los miserables y recibió una única exclamación por respuesta. Además de ser la comunicación más corta de la historia de la telegrafía y una hermosa anécdota literaria, es la evidencia de que hay signos sencillos que comunican pensamientos complejos.
Pero los emoticonos han trascendido el ser una lengua franca. Ellos y su evolución, los ‘stickers’ que tanto aman en el mercado asiático (y que sirven de potente vía de monetización para empresas de mensajería allí) son todo un referente cultural. Allí, donde comunicar sentimientos puede ser una suerte de tabú, tener una amplia gama de posibilidades para hacerlo es una formidable herramienta comunicativa. Y, claro, una muy lucrativa vía de negocio.
Si los símbolos definen y acotan al idioma, entonces quien controle los signos controla la conversación. De ese razonamiento vino el siguiente paso, que es que los emojis se interpretaran como una forma de representar la realidad y, por tanto, una plataforma de reivindicación social. La presión de la gente hizo que se lanzaran recientemente los emojis raciales, multiplicando los que había con diferentes tonos de piel, y pueblos como el escocés ya han pedido que se introduzca también la figura del emoji pelirrojo.
Lo identitario es lo que ha dominado la oferta, pero no lo único: ya hay emoticonos con las banderas de todos los países, emoticonos corporativos y hasta emoticonos en defensa de los animales en peligro de extinción. Son, por tanto, una vía de reafirmación, de negocio y de reivindicación. Como esta campaña de concienciación del uso de armas en EE UU que pide retirar el emoji de la pistola de los iPhone

Con todo, las peticiones de inclusión de nuevos emojis se suceden: desde un arcoíris como muestra de reconocimiento a la comunidad homosexual a la campaña de una marca de arroz valenciana para que la paella tuviera su hueco en la colección o una iniciativa para que se hiciera lo propio con la tortilla de patatas. Y eso por no hablar de sexo.
Todo esto resulta muy simbólico y no necesariamente efectivo, aunque sí viral: la gente habla de ello porque la gente está usando esta vía de comunicación. Y al final se trata de eso.

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