22 de diciembre 2014    /   IDEAS
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Iconos pop: te dicen que molan pero no sabes por qué

22 de diciembre 2014    /   IDEAS     por          
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Hace unas semanas Stephen Hawking dio una charla en las Islas Canarias. Ni que decir tiene que se llenó el aforo, abrió los informativos y fue noticia de portada en varios medios, incluso con entrevistas exclusivas. Casi todos sabemos que Stephen Hawking es uno de los científicos más importantes de la actualidad, posiblemente de la historia. El problema es que casi nadie sabe explicar por qué.
Es la cultura pop, algo cuyo surgimiento tiene que ver con la forma en la que consumimos información, atendemos a los medios de comunicación o aprendemos. Hay personas, o lo que representan, que se convierten en símbolo de algo, muchas veces incluso por encima del mensaje. Hawking mola, aunque muchos no sepan qué demonios lo hace interesante.
Sin abandonar el campo científico hay muchos otros ejemplos en España: Eduard Punset, anciano divulgador, exministro y flamante personaje de ficción, es un icono pop de libro. Punset tiene tirón, aunque pocos saben que fue político y que, de hecho, no es científico.
En ese proceso de ‘iconización’ se suele precisar de un ‘algo’ diferencial, ya sea en lo físico o en lo intangible, algo que les identifique y distinga. Posiblemente pocos ciudadanos de a pie distinguirían a Carl Sagan de un señor de Valladolid, pero casi todo el mundo podría identificar a Stephen Hawking por las huellas de su enfermedad. O el pelo alocado, a lo Einstein pero cardado, de Punset. Y ese es el problema: en ocasiones esa ‘iconización’ llega producto de lo más tangencial de todo y hace que el mensaje en sí no llegue. A saber cuántos de los curiosos que se agolpan para recibir a los premios Príncipe de Asturias han seguido alguna vez sus investigaciones o han leído sus libros.
La culpa de los iconos pop no suele ser de ellos. Ellos no suelen querer serlo. Al menos aquellos que sí tienen algo que contar. Por ejemplo, ¿recuerdan al chaval con peinado ‘mohawk’ que se hizo famoso en la sala de operaciones de la NASA cuando Curiosity se posó sobre la superficie marciana? Se lama Bobak Ferdowsi, y hasta tiene entrada en la Wikipedia. ¿O al investigador de brazos tatuados y camisa con mujeres de tebeo a lo pin-up que saltó a la fama cuando Philae se posó sobre un cometa? Se llama Matt Taylor y (adivina) también tiene página en la Wikipedia.
El primero acabó en las portadas y el segundo disculpándose porque algunos espectadores hipersensibles calificaron de machistas los dibujos. Ambos, a pesar de su gran juventud, son eminencias en sus campos, con trayectorias intelectuales y profesionales a años luz del resto. Pero saltan a la fama no por lo que hicieron, sino por su peinado y apariencia.
Hay iconos pop que se convierten en ello sencillamente por ser como son. Pepe Reina, tercer portero de la selección durante años, apenas ha disputado minutos oficiales con La Roja, y ha ido pasando por varios equipos europeos tras sonar insistentemente para el Barça. Sin embargo, es uno de los jugadores más icónicos y valorados del vestuario sencillamente por su buen sentido del humor y sus dotes de showman durante las celebraciones.
Hay muchos nombres en esa lista de iconizados, y no por su talento: Sergio Ramos, más allá de sus dotes futbolísticas o amatorias, vive en el recuerdo de los aficionados por aquella foto desnudo y aceitado en un diario deportivo, por caérsele un trofeo bajo la rueda de un autobús o por algunos de sus lanzamientos de penalty. Si eres madridista y lees esto recordarás más el gol que forzó la prórroga para ganar la Décima, por ejemplo. Méritos no le faltan para pasar a la historia del club, pero su nombre evoca otras cosas.
Y hay, claro, personajes creados por sí mismos. Uno de los más paradigmáticos es posiblemente Risto Mejide. Hacía el papel de poli malo en el jurado de un relamido reality televisivo con cantantes en busca de su salto a la fama. Él siempre criticaba, pertrechado tras su ropa oscura, sus gafas de sol (en un plató de televisión y galas nocturnas) y labios contraídos. Sus columnas o libros van en esa misma línea: críticas descarnadas, arranques de argumentos brutales y cierto ánimo vengador. Ahora lleva un programa de entrevistas donde hasta sonríe.
Ahí fuera hay un montón de personajes, como Bill Gates. Su nombre pasó de ser sinónimo de millonario, dueño de uno de los grandes monopolios tecnológicos del mundo, a pasar a encabezar una de las fundaciones que más invierte en filantropía. Y, de paso, todo un personajazo con bastante sentido del humor


En política hay auténticos filones. El ejemplo más representativo de icono actual, al menos en un entorno reducido de países, es Pepe Mujica, presidente saliente de Uruguay. El hecho de vivir en una humilde casa con perros en lugar de en el Palacio presidencial, el vestir con ropas normales, dar limosna por la calle o hablar en un tono relajado y directo, diciendo cosas poco habituales para los personajes políticos, le definen.
Es, para muchos y por su austeridad y sencillez, el modelo de presidente ideal (no exento de sus salidas de madre)

Al otro lado, el de los iconos políticos, no cabe un alfiler. Desde el Ché Guevara -amado por unos, denostado por otros y explotado comercialmente por casi todos- hasta Mahatma Gandhi, pasando por Malcom X, Martin Luther King o Lech Walesa. Cada generación e ideología tiene a sus propios iconos.
Pero el icono de iconos de esta nueva era pop es Barack Obama, el rey del marketing. Su retórica emocional, el uso magistral de la imagen como herramienta de propaganda, el domino de los canales de comunicación modernos, su desenvoltura en los medios y su estudiadísimo perfil público han dejado a un presidente para la historia. Para la historia de la imagen política, que no para la historia de la política. Como muestra el botón del Nobel de la Paz que ganó sin haber hecho nada todavía.


Rey del marketing en política sólo hay uno, pero políticos que intentan copiar estilos hay un montón. Como muestra, las últimas primarias socialistas, con Pedro Sánchez dando la espalda al público para salir en la foto con el puño en alto y la gente detrás, o el equipo de Eduardo Madina moviendo iconos que eran la silueta de su peinado y sus gafas. Al final ganó el primero, y sale en Sálvame, escala montañas en Cuatro y ha montado un grupo de música pop (o algo parecido). Cosas de la imagen

Hace unas semanas Stephen Hawking dio una charla en las Islas Canarias. Ni que decir tiene que se llenó el aforo, abrió los informativos y fue noticia de portada en varios medios, incluso con entrevistas exclusivas. Casi todos sabemos que Stephen Hawking es uno de los científicos más importantes de la actualidad, posiblemente de la historia. El problema es que casi nadie sabe explicar por qué.
Es la cultura pop, algo cuyo surgimiento tiene que ver con la forma en la que consumimos información, atendemos a los medios de comunicación o aprendemos. Hay personas, o lo que representan, que se convierten en símbolo de algo, muchas veces incluso por encima del mensaje. Hawking mola, aunque muchos no sepan qué demonios lo hace interesante.
Sin abandonar el campo científico hay muchos otros ejemplos en España: Eduard Punset, anciano divulgador, exministro y flamante personaje de ficción, es un icono pop de libro. Punset tiene tirón, aunque pocos saben que fue político y que, de hecho, no es científico.
En ese proceso de ‘iconización’ se suele precisar de un ‘algo’ diferencial, ya sea en lo físico o en lo intangible, algo que les identifique y distinga. Posiblemente pocos ciudadanos de a pie distinguirían a Carl Sagan de un señor de Valladolid, pero casi todo el mundo podría identificar a Stephen Hawking por las huellas de su enfermedad. O el pelo alocado, a lo Einstein pero cardado, de Punset. Y ese es el problema: en ocasiones esa ‘iconización’ llega producto de lo más tangencial de todo y hace que el mensaje en sí no llegue. A saber cuántos de los curiosos que se agolpan para recibir a los premios Príncipe de Asturias han seguido alguna vez sus investigaciones o han leído sus libros.
La culpa de los iconos pop no suele ser de ellos. Ellos no suelen querer serlo. Al menos aquellos que sí tienen algo que contar. Por ejemplo, ¿recuerdan al chaval con peinado ‘mohawk’ que se hizo famoso en la sala de operaciones de la NASA cuando Curiosity se posó sobre la superficie marciana? Se lama Bobak Ferdowsi, y hasta tiene entrada en la Wikipedia. ¿O al investigador de brazos tatuados y camisa con mujeres de tebeo a lo pin-up que saltó a la fama cuando Philae se posó sobre un cometa? Se llama Matt Taylor y (adivina) también tiene página en la Wikipedia.
El primero acabó en las portadas y el segundo disculpándose porque algunos espectadores hipersensibles calificaron de machistas los dibujos. Ambos, a pesar de su gran juventud, son eminencias en sus campos, con trayectorias intelectuales y profesionales a años luz del resto. Pero saltan a la fama no por lo que hicieron, sino por su peinado y apariencia.
Hay iconos pop que se convierten en ello sencillamente por ser como son. Pepe Reina, tercer portero de la selección durante años, apenas ha disputado minutos oficiales con La Roja, y ha ido pasando por varios equipos europeos tras sonar insistentemente para el Barça. Sin embargo, es uno de los jugadores más icónicos y valorados del vestuario sencillamente por su buen sentido del humor y sus dotes de showman durante las celebraciones.
Hay muchos nombres en esa lista de iconizados, y no por su talento: Sergio Ramos, más allá de sus dotes futbolísticas o amatorias, vive en el recuerdo de los aficionados por aquella foto desnudo y aceitado en un diario deportivo, por caérsele un trofeo bajo la rueda de un autobús o por algunos de sus lanzamientos de penalty. Si eres madridista y lees esto recordarás más el gol que forzó la prórroga para ganar la Décima, por ejemplo. Méritos no le faltan para pasar a la historia del club, pero su nombre evoca otras cosas.
Y hay, claro, personajes creados por sí mismos. Uno de los más paradigmáticos es posiblemente Risto Mejide. Hacía el papel de poli malo en el jurado de un relamido reality televisivo con cantantes en busca de su salto a la fama. Él siempre criticaba, pertrechado tras su ropa oscura, sus gafas de sol (en un plató de televisión y galas nocturnas) y labios contraídos. Sus columnas o libros van en esa misma línea: críticas descarnadas, arranques de argumentos brutales y cierto ánimo vengador. Ahora lleva un programa de entrevistas donde hasta sonríe.
Ahí fuera hay un montón de personajes, como Bill Gates. Su nombre pasó de ser sinónimo de millonario, dueño de uno de los grandes monopolios tecnológicos del mundo, a pasar a encabezar una de las fundaciones que más invierte en filantropía. Y, de paso, todo un personajazo con bastante sentido del humor


En política hay auténticos filones. El ejemplo más representativo de icono actual, al menos en un entorno reducido de países, es Pepe Mujica, presidente saliente de Uruguay. El hecho de vivir en una humilde casa con perros en lugar de en el Palacio presidencial, el vestir con ropas normales, dar limosna por la calle o hablar en un tono relajado y directo, diciendo cosas poco habituales para los personajes políticos, le definen.
Es, para muchos y por su austeridad y sencillez, el modelo de presidente ideal (no exento de sus salidas de madre)

Al otro lado, el de los iconos políticos, no cabe un alfiler. Desde el Ché Guevara -amado por unos, denostado por otros y explotado comercialmente por casi todos- hasta Mahatma Gandhi, pasando por Malcom X, Martin Luther King o Lech Walesa. Cada generación e ideología tiene a sus propios iconos.
Pero el icono de iconos de esta nueva era pop es Barack Obama, el rey del marketing. Su retórica emocional, el uso magistral de la imagen como herramienta de propaganda, el domino de los canales de comunicación modernos, su desenvoltura en los medios y su estudiadísimo perfil público han dejado a un presidente para la historia. Para la historia de la imagen política, que no para la historia de la política. Como muestra el botón del Nobel de la Paz que ganó sin haber hecho nada todavía.


Rey del marketing en política sólo hay uno, pero políticos que intentan copiar estilos hay un montón. Como muestra, las últimas primarias socialistas, con Pedro Sánchez dando la espalda al público para salir en la foto con el puño en alto y la gente detrás, o el equipo de Eduardo Madina moviendo iconos que eran la silueta de su peinado y sus gafas. Al final ganó el primero, y sale en Sálvame, escala montañas en Cuatro y ha montado un grupo de música pop (o algo parecido). Cosas de la imagen

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Opiniones 2
  • Meter en el mismo saco a Stephen Hawking o al divulgador Carl Sagan y a Sergio Ramos o Risto Mejide habla del despropósito del artículo. Según él, cualquiera que salga en los medios de comunicación es un llamado ‘icono pop’. Intuyo, eso sí, que hay más gente que te sabrá explicar por qué Hawking es uno de los científicos más brillantes del siglo XX de la que entenderá el concepto del susodicho concepto de ‘icono pop’ después de la lectura. Ante la obligación de tener que escribir una entrada diaria, semanal o qué se yo, la responsabilidad de no hacerlo si no hay nada digo que contar.

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