24 de abril 2018    /   BUSINESS
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Ecología aplicada al periodismo: no se trata de producir más, sino de seleccionar mejor

24 de abril 2018    /   BUSINESS     por          
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Imagina la escena: es domingo por la mañana, te has levantado temprano, no tienes mucho que hacer y te preparas un buen café. Recoges el periódico o la revista que alguien ha comprado y llevado a casa, y te sumerges en su lectura tranquila y reposada, disfrutando de una soleada mañana. Es una especie de homenaje editorial, tan envidiable como irreal. Más allá de lo ajetreado de la vida, la irrealidad de la escena se debe a algo mucho más terrenal: si quisieras leer todo lo que hay escrito en ese periódico o revista necesitarías mucho más que una mañana despejada de tareas, ya que posiblemente te llevaría unas cuantas horas de lectura ininterrumpida.

El papel, entre otras muchas peculiaridades, tiene una muy marcada y distintiva: un espacio limitado. No todo cabe. Eso implica muchas cosas importantes, como que hay que elegir qué se publica y qué se deja fuera, o que hay que jugar con los espacios, decidiendo a qué se le da más y a qué se le da menos.

La longitud del periódico o la revista, sin embargo, nunca venía determinada por la cantidad de cosas que pasaran ese día. En realidad, dependía del número de anuncios que llevaran: a más anuncios, más páginas que lanzar para que quepan todos y, a la vez, más espacio que rellenar. Y eso sin entrar en que también habría mayores ingresos (por publicidad), que permitían costear más páginas impresas, tiradas mayores y distribuciones de mayores pesos.

Se tiende a pensar que con el cambio al modelo digital la cosa ha ido a peor, y en realidad es cierto: ahora el espacio es ilimitado. No hay que encajar titulares, ni textos, a espacios delimitados por columnas y cintillos. De hecho, ahora es al revés: cuantas más cosas publiques, más probabilidades hay de que un lector caiga en tus páginas, más ventanas de visibilidad para los anuncios que te han contratado y mejor captación por SEO podrás tener.

Lo primero, lo del papel, sonaba feo, pero lo segundo es en realidad mucho peor. En internet no hay costes de impresión, ni de tirada, ni de distribución o almacenaje. No hay excedentes no vendidos cuyo coste acabe perdiéndose. Cuanto más se publique, mejor; y, encima, es (prácticamente) gratis. Antes el contenido se limitaba por culpa de factores no necesariamente periodísticos, pero es que ahora cualquier cosa, por indecente que sea, puede tener cabida si ayuda a sumar audiencia.

En general, podría decirse que en la conversión digital sobra el contenido –que no necesariamente la información–. Hay tanto alrededor que no solo es imposible leerlo y verlo todo, sino que al final la sobreinformación acaba haciendo que uno se entere menos de lo que sucede. Como aquel dicho de que alguien con dos relojes nunca sabe bien la hora que es.

La ‘curación’

Las noticias no son el único –digamos– producto que ha padecido algo así. Hace más de una década, cuando el contenido en internet empezó a crecer de forma exponencial, un pequeño grupo de ingenieros dieron con una solución: había que ayudar al usuario a orientarse ante esa avalancha de contenido. Ya existía el concepto de buscador, pero en realidad ninguno ofrecía una solución sencilla, rápida y –sobre todo– monetizable. Más o menos así nació Google.

La idea era sencilla, aunque peligrosa: un algoritmo ordenaría internet para cada usuario. Según lo que alguien buscara, el algoritmo le devolvería una organización distinta. Eso tiene muchos peligros, especialmente cuando se ha demostrado que Google apenas indexa una parte de lo que hay (el resto, directamente, no existe): estamos dejando en manos de una empresa que decida qué conocemos del mundo y qué no. Pero, como pasaría después con cualquier invento social, en el momento hay masa crítica suficiente; el resto está hecho.

Los sectores industriales, y el editorial es uno más, tienden con frecuencia a intentar aplicar soluciones que otros sectores aplicaron antes con éxito. Si Google triunfó monetizando el ordenar la realidad para la gente, por qué no hacer lo mismo con las noticias. El concepto de curación de contenido, una traducción quizá demasiado literal del inglés, va en esa línea: ante la sobreabundancia de contenido, que alguien seleccione qué es lo realmente importante y lo ordene para mí.

La lógica no solo funciona, claro está, con el periodismo. De hecho, funciona mucho mejor –y de forma muy parecida a como lo hace Google con su modelo de negocio– en los llamados influencers. Sigo a alguien porque me gusta lo que hace o enseña, confío en sus recomendaciones y hasta consumo las cosas que me recomienda. Google cobra por destacar unos resultados sobre otros, y los influencers hacen lo propio por publicitar ciertas cosas sobre otras. Un negocio viejo como el sol para un entorno algo más nuevo.

Blendle

¿Quién debe ser el selector?

Lo de la curación de contenido se ha hecho hasta ahora, sin embargo, de forma bastante amateur. La industria editorial es bastante restrictiva con sus productos, y unos y otros no dejan que se use su contenido para que un tercero saque beneficio. Si le cerraron las puertas a Google para que no se lucrara moviendo el contenido que ellos hacían, a santo de qué van a dejar en manos de un tercero que recomiende o no a uno u otro medio de la competencia.

De un tiempo a esta parte la curación se ha hecho un hueco en varias cabeceras, sobre todo a través de las newsletters. La idea es recibir con cierta periodicidad un correo electrónico con contenido que alguien selecciona, comenta y contextualiza, en ocasiones añadiendo enlaces a varios medios para ofrecer distintas visiones sobre un mismo hecho. El objetivo, por tanto, es limpiar la selección, al tiempo que se ofrece una visión más completa de un hecho concreto. Y se destaca también el contenido propio, claro está.

Muchas apps han funcionado en ese sentido, variándose quién es el que cura el contenido. Están los tradicionales agregadores de RSS (Feedly es uno de los mejores que quedan), siendo el propio usuario el que elige cuáles son las fuentes de las que informarse. Están también los lectores, que ofrecen diseños de visualizaciones atractivas y algunas opciones para crear revistas temáticas propias (Flipboard sigue siendo la opción más conocida aquí).

La disyuntiva, sin embargo, sigue estando presente: ¿en quién confío para que cribe por mí las noticias? Una empresa siempre va a responder a sus propios intereses –editoriales, ideológicos o económicos–. Pero si soy yo quien hace el trabajo de selección, al final acabo leyendo siempre las mismas fuentes, de forma que en realidad corro el peligro de perderme mucho de lo que sucede fuera de las paredes de mi burbuja de opinión.

Sin salir de dicha cámara de resonancia hay propuestas interesantes, como la aparecida un par de años atrás de la mano de Nuzzel: es un servicio que destaca informaciones que mis contactos en redes sociales hayan compartido, jerarquizando por popularidad entre mi comunidad. La idea es que si a los míos les interesa, a mí también me interesará.

Movimientos en el sector

Del lado de los medios han ido apareciendo algunas propuestas interesantes, de nuevo copiando a otras industrias. Así por ejemplo Blendle o Texture intentaron crear un Spotify de las noticias, trayendo al mercado periodístico la idea de que los usuarios paguen una suscripción para tener acceso a un amplio catálogo de medios de pago, y que puedan elegir qué leen. En el caso de Blendle, además, con el añadido de que solo se paga por lo que se lee –pero no la revista, sino el artículo en concreto, igual que hace iTunes con la compra de canciones sueltas en lugar de discos completos–.

Pero como casi todo en el ecosistema digital, toda buena idea necesita a un padrino poderoso. Apple, que ha metido la cuchara ya en casi todos los sectores, puso sus ojos en el mercado de las noticias hace un par de años. Lo hizo cuando lanzó News, una app de agregación de noticias con un diseño impecable –uno de los grandes fallos que suelen tener esas apps–. El problema, además de que su uso vaya a estar restringido a los usuarios de su sistema operativo, es que no se puede usar fuera de EEUU.

Ha habido, sin embargo, un cambio de tercio. Apple ha comprado Texture y –dicen– la intención es pivotar News hacia un servicio de suscripción para leer noticias. Hacer pagar al usuario para acceder a un catálogo amplio, con un diseño a prueba de dudas, y con una experiencia de usuario difícil de mejorar.

De una u otra forma, el mercado necesita cambiar. Cada vez hay más usuarios online, pero cada vez se lee menos. Cada vez hay más medios haciendo prácticamente lo mismo. La superpoblación informativa es, cada vez más, un problema para un usuario que, agobiado, acaba recurriendo a fuentes limitadas y, en ocasiones, viciadas. Quizá la forma de salvar el sector no esté solo en hacer un mejor –digamos– producto, sino en elegir mejor qué se lee. Quizá la curación sea la cura para un enfermo muy maltrecho.

Imagina la escena: es domingo por la mañana, te has levantado temprano, no tienes mucho que hacer y te preparas un buen café. Recoges el periódico o la revista que alguien ha comprado y llevado a casa, y te sumerges en su lectura tranquila y reposada, disfrutando de una soleada mañana. Es una especie de homenaje editorial, tan envidiable como irreal. Más allá de lo ajetreado de la vida, la irrealidad de la escena se debe a algo mucho más terrenal: si quisieras leer todo lo que hay escrito en ese periódico o revista necesitarías mucho más que una mañana despejada de tareas, ya que posiblemente te llevaría unas cuantas horas de lectura ininterrumpida.

El papel, entre otras muchas peculiaridades, tiene una muy marcada y distintiva: un espacio limitado. No todo cabe. Eso implica muchas cosas importantes, como que hay que elegir qué se publica y qué se deja fuera, o que hay que jugar con los espacios, decidiendo a qué se le da más y a qué se le da menos.

La longitud del periódico o la revista, sin embargo, nunca venía determinada por la cantidad de cosas que pasaran ese día. En realidad, dependía del número de anuncios que llevaran: a más anuncios, más páginas que lanzar para que quepan todos y, a la vez, más espacio que rellenar. Y eso sin entrar en que también habría mayores ingresos (por publicidad), que permitían costear más páginas impresas, tiradas mayores y distribuciones de mayores pesos.

Se tiende a pensar que con el cambio al modelo digital la cosa ha ido a peor, y en realidad es cierto: ahora el espacio es ilimitado. No hay que encajar titulares, ni textos, a espacios delimitados por columnas y cintillos. De hecho, ahora es al revés: cuantas más cosas publiques, más probabilidades hay de que un lector caiga en tus páginas, más ventanas de visibilidad para los anuncios que te han contratado y mejor captación por SEO podrás tener.

Lo primero, lo del papel, sonaba feo, pero lo segundo es en realidad mucho peor. En internet no hay costes de impresión, ni de tirada, ni de distribución o almacenaje. No hay excedentes no vendidos cuyo coste acabe perdiéndose. Cuanto más se publique, mejor; y, encima, es (prácticamente) gratis. Antes el contenido se limitaba por culpa de factores no necesariamente periodísticos, pero es que ahora cualquier cosa, por indecente que sea, puede tener cabida si ayuda a sumar audiencia.

En general, podría decirse que en la conversión digital sobra el contenido –que no necesariamente la información–. Hay tanto alrededor que no solo es imposible leerlo y verlo todo, sino que al final la sobreinformación acaba haciendo que uno se entere menos de lo que sucede. Como aquel dicho de que alguien con dos relojes nunca sabe bien la hora que es.

La ‘curación’

Las noticias no son el único –digamos– producto que ha padecido algo así. Hace más de una década, cuando el contenido en internet empezó a crecer de forma exponencial, un pequeño grupo de ingenieros dieron con una solución: había que ayudar al usuario a orientarse ante esa avalancha de contenido. Ya existía el concepto de buscador, pero en realidad ninguno ofrecía una solución sencilla, rápida y –sobre todo– monetizable. Más o menos así nació Google.

La idea era sencilla, aunque peligrosa: un algoritmo ordenaría internet para cada usuario. Según lo que alguien buscara, el algoritmo le devolvería una organización distinta. Eso tiene muchos peligros, especialmente cuando se ha demostrado que Google apenas indexa una parte de lo que hay (el resto, directamente, no existe): estamos dejando en manos de una empresa que decida qué conocemos del mundo y qué no. Pero, como pasaría después con cualquier invento social, en el momento hay masa crítica suficiente; el resto está hecho.

Los sectores industriales, y el editorial es uno más, tienden con frecuencia a intentar aplicar soluciones que otros sectores aplicaron antes con éxito. Si Google triunfó monetizando el ordenar la realidad para la gente, por qué no hacer lo mismo con las noticias. El concepto de curación de contenido, una traducción quizá demasiado literal del inglés, va en esa línea: ante la sobreabundancia de contenido, que alguien seleccione qué es lo realmente importante y lo ordene para mí.

La lógica no solo funciona, claro está, con el periodismo. De hecho, funciona mucho mejor –y de forma muy parecida a como lo hace Google con su modelo de negocio– en los llamados influencers. Sigo a alguien porque me gusta lo que hace o enseña, confío en sus recomendaciones y hasta consumo las cosas que me recomienda. Google cobra por destacar unos resultados sobre otros, y los influencers hacen lo propio por publicitar ciertas cosas sobre otras. Un negocio viejo como el sol para un entorno algo más nuevo.

Blendle

¿Quién debe ser el selector?

Lo de la curación de contenido se ha hecho hasta ahora, sin embargo, de forma bastante amateur. La industria editorial es bastante restrictiva con sus productos, y unos y otros no dejan que se use su contenido para que un tercero saque beneficio. Si le cerraron las puertas a Google para que no se lucrara moviendo el contenido que ellos hacían, a santo de qué van a dejar en manos de un tercero que recomiende o no a uno u otro medio de la competencia.

De un tiempo a esta parte la curación se ha hecho un hueco en varias cabeceras, sobre todo a través de las newsletters. La idea es recibir con cierta periodicidad un correo electrónico con contenido que alguien selecciona, comenta y contextualiza, en ocasiones añadiendo enlaces a varios medios para ofrecer distintas visiones sobre un mismo hecho. El objetivo, por tanto, es limpiar la selección, al tiempo que se ofrece una visión más completa de un hecho concreto. Y se destaca también el contenido propio, claro está.

Muchas apps han funcionado en ese sentido, variándose quién es el que cura el contenido. Están los tradicionales agregadores de RSS (Feedly es uno de los mejores que quedan), siendo el propio usuario el que elige cuáles son las fuentes de las que informarse. Están también los lectores, que ofrecen diseños de visualizaciones atractivas y algunas opciones para crear revistas temáticas propias (Flipboard sigue siendo la opción más conocida aquí).

La disyuntiva, sin embargo, sigue estando presente: ¿en quién confío para que cribe por mí las noticias? Una empresa siempre va a responder a sus propios intereses –editoriales, ideológicos o económicos–. Pero si soy yo quien hace el trabajo de selección, al final acabo leyendo siempre las mismas fuentes, de forma que en realidad corro el peligro de perderme mucho de lo que sucede fuera de las paredes de mi burbuja de opinión.

Sin salir de dicha cámara de resonancia hay propuestas interesantes, como la aparecida un par de años atrás de la mano de Nuzzel: es un servicio que destaca informaciones que mis contactos en redes sociales hayan compartido, jerarquizando por popularidad entre mi comunidad. La idea es que si a los míos les interesa, a mí también me interesará.

Movimientos en el sector

Del lado de los medios han ido apareciendo algunas propuestas interesantes, de nuevo copiando a otras industrias. Así por ejemplo Blendle o Texture intentaron crear un Spotify de las noticias, trayendo al mercado periodístico la idea de que los usuarios paguen una suscripción para tener acceso a un amplio catálogo de medios de pago, y que puedan elegir qué leen. En el caso de Blendle, además, con el añadido de que solo se paga por lo que se lee –pero no la revista, sino el artículo en concreto, igual que hace iTunes con la compra de canciones sueltas en lugar de discos completos–.

Pero como casi todo en el ecosistema digital, toda buena idea necesita a un padrino poderoso. Apple, que ha metido la cuchara ya en casi todos los sectores, puso sus ojos en el mercado de las noticias hace un par de años. Lo hizo cuando lanzó News, una app de agregación de noticias con un diseño impecable –uno de los grandes fallos que suelen tener esas apps–. El problema, además de que su uso vaya a estar restringido a los usuarios de su sistema operativo, es que no se puede usar fuera de EEUU.

Ha habido, sin embargo, un cambio de tercio. Apple ha comprado Texture y –dicen– la intención es pivotar News hacia un servicio de suscripción para leer noticias. Hacer pagar al usuario para acceder a un catálogo amplio, con un diseño a prueba de dudas, y con una experiencia de usuario difícil de mejorar.

De una u otra forma, el mercado necesita cambiar. Cada vez hay más usuarios online, pero cada vez se lee menos. Cada vez hay más medios haciendo prácticamente lo mismo. La superpoblación informativa es, cada vez más, un problema para un usuario que, agobiado, acaba recurriendo a fuentes limitadas y, en ocasiones, viciadas. Quizá la forma de salvar el sector no esté solo en hacer un mejor –digamos– producto, sino en elegir mejor qué se lee. Quizá la curación sea la cura para un enfermo muy maltrecho.

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