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20 de febrero 2018    /   BUSINESS
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La curiosidad mató al gato (si quieres saber lo que otros piensan de verdad sobre ti)

20 de febrero 2018    /   BUSINESS     por          
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Las afirmaciones «dímelo a la cara» o «yo siempre voy de frente» deben de ser dos de las sentencias más repetidas a la vez que más desconectadas de la realidad. En primer lugar, porque si dijéramos siempre las cosas a la cara nos la partirían cada semana. En segundo lugar, porque la educación, la convivencia, la amabilidad y la empatía se basan en no ir siempre de frente (sí, amigos, la hipocresía engrasa las relaciones sociales).

Pensemos por un momento en cómo reaccionamos cuando recibimos una crítica. Lo habitual es ponerse a la defensiva. Si bien somos expertos a la hora de identificar patrones negativos en otras personas («es muy arrogante, habla demasiado, es un machista»), cuando esas críticas se vierten sobre nosotros obramos como si nos cayera encima una lluvia torrencial: abriendo el paraguas de la suspicacia («¿cuándo hago yo eso?, ¡dime una sola vez!»).

Resulta también irónico que determinados defectos los podamos admitir en nosotros mismos si sacamos el tema motu proprio o el objeto de la conversación no se centra en una crítica directa. Pero si alguien «nos viene de frente», instintivamente negamos la mayor. Porque somos animales sociales, vivimos rodeados de personas y sentimos un temor ancestral hacia la exclusión. Así pues, sospechar que nuestros semejantes han identificado alguna debilidad importante en nosotros resulta de todo punto perturbador.

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Dímelo a la cara

A pesar de que espolear la curiosidad ha sido el principal motor del progreso social e intelectual, lo cierto es que hay un tipo de curiosidad incluso más peligrosa que la relativa a despejar un spoiler: la curiosidad por conocer la opinión sincera de los demás sobre nuestra persona.

Pero ¿por qué? ¿Acaso no deberíamos saber lo que de verdad piensan las personas que nos rodean para saber a qué atenernos? Lo cierto es que no. Al menos no del todo. A pesar de que sentimos una enorme curiosidad, una curiosidad malsana, por lo que los demás piensan de nosotros, saberlo no nos conviene.

Es sencillo establecer de dónde nace esta curiosidad: la forma eficaz de saber si estamos en riesgo de exclusión del clan al que pertenecemos es conocer la opinión fidedigna que los miembros del mismo tienen sobre nosotros. Hemos de recordar que estos rasgos instintivos en nuestro comportamiento indagador provienen de hace miles de años, cuando el cerebro se configuró en un contexto en el que ser excluido del grupo te condenaba a malvivir, pasar hambre y probablemente morir.

El grupo de antepasados que nunca se preocuparon demasiado de lo que pensaban sus semejantes («no me importa lo que los demás piensen de mí», otro gran mantra falaz), sencillamente se extinguieron porque no fueron capaces de transmitir sus genes (y su pasotismo social) a sus vástagos. Solo sobrevivieron los que trataban de encajar sin demasiadas disonancias en un grupo, logrando así que tal grupo le proporcionara apoyo en momentos críticos.

Sin embargo, si tratamos de saciar demasiado a menudo esta curiosidad, entonces podemos ahogarnos. Como decía Séneca: «El que averigua todo lo que se dice de él, el que va a desenterrar las palabras malévolas, hasta las más secretas, se persigue a sí mismo».

Ser consciente de la impresión que causamos en los demás nos permite convivir en sociedad. Tener toda la información, punto por punto, de lo que incluso las personas no se atreven a verbalizar sobre ti, probablemente te condenará a una tristeza insondable. Hay sobre este tema una capítulo de una extinta serie de televisión de la que, lamentablemente, he olvidado el nombre. La sinopsis podría resumirse en: un tipo adquiere un ídolo que le permite conocer los pensamientos secretos de la gente sobre él, sus verdaderas opiniones despojadas de hasta la última gota de hipocresía. Al poco de obtener este poder, el personaje se acaba suicidando, incapaz de asumir el verse con los ojos de los demás. (Si a alguien le suena el argumento de este capítulo y quiere referirnos el título de la serie, se lo agradeceré infinito).

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Yo siempre voy de frente

Algunas personas confunden la honestidad con la falta de educación. Verbalizar lo que piensas a los demás sin ningún tipo de filtro empático no es propio de alérgicos a la hipocresía, sino de sociópatas. Obviamente, quienes se preocupan de afirmar constantemente que siempre van de frente y dicen las cosas a la cara en realidad no lo hacen, aunque no son conscientes de ello.

No solo hay información que nadie quiere oír (como el spoiler final de una serie de cien capítulos), sino que nuestra opinión es voluble, errática y parcial, de modo que informar al punto de ella a nuestros interlocutores solo puede causar un trastorno innecesario. Por ejemplo, si alguien nos cae mal, solemos incurrir en el llamado sesgo de confirmación y fijarnos más en sus defectos que en sus virtudes.

De modo contrario, si alguien nos cae bien, nos fijamos más en sus virtudes, sobrestimando sus defectos. Es decir, que las opiniones ajenas sobre nosotros son necesariamente caprichosas y no sirven para hacernos un juicio realista de cómo somos. Eso sin contar que la mayor parte de lo que opinamos de los demás no nace de un análisis racional, sino de la competencia social, la envidia, el rencor o incluso el ánimo de reforzar otros lazos sociales: el chismorreo, por ejemplo, se sustenta generalmente en esa dinámica.

Un ejemplo práctico de lo que sucede cuando vamos de frente queda reflejado a menudo en Twitter. Gracias a esta red social, podemos dirigir nuestra opinión personal a cualquier persona del mundo, incluso a famosos, políticos y artistas. Lo más relevante es que también podemos verter tales opiniones amparados en el anonimato. Es decir, sin sufrir los efectos secundarios adversos de «ir de frente», como son resultar desagradable ante nuestros semejantes.

Si una celebridad con varios cientos de miles de seguidores comete un desliz (o el número suficiente de personas se confabula para determinar que ha cometido un desliz), de repente la celebridad recibirá un aluvión de opiniones crudas y descaradas, cuando no injurias y amenazas. Muchos famosos disponen de temple y sangre fría para obviar una decena, quizá un centenar de trols, pero cuando millones de personas deciden ponerte en la picota, poco más se puede hacer que clausurar tu cuenta o silenciar uno a uno a todos los detractores. O esperar la muerte, como en Black Mirror.

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En la vida cotidiana, por más que sintamos curiosidad, es difícil conocer la verdadera opinión del prójimo. En internet no lo es. Cualquiera puede escribir un comentario, un post o una reseña sobre nuestro trabajo o sobre nosotros amparándose en el anonimato. Incluso si esa persona no pertenece a nuestro grupo social, tiene el poder de hacernos sentir mal.

Imaginemos lo que sucedería si las personas más allegadas pudieran hablar sin ningún filtro sobre nosotros. Después de experimentar una súbita sensación de traición, nos trataríamos de defender, ciegos a nuestros propios defectos o quizá con razón dada la tendencia subjetiva de la formación de opiniones y, finalmente, puede que todo acabara en una desagradable discusión y la ruptura de la confianza o la amistad.

En internet, la gente puede ir de frente impunemente, tal y como lo haría un sociópata en la vida real. La única forma de evitarlo es exigir que el anonimato se persiga en las plataformas de opinión o las redes sociales. Hasta que eso llegue, lo más eficaz es leer las opiniones con cierto distanciamiento irónico o, en caso de ser muy cruentas, evitar leerlas, combatir la curiosidad natural por saber qué hay debajo del cráneo de los demás, tal y como resume a propósito de este tema Derren Brown en su libro Érase una vez… una historia alternativa de la felicidad:

«El acto de escuchar subrepticiamente acarrea una serie de reacciones fisiológicas adecuadas que nos recuerdan que estamos haciendo algo indebido. El ritmo cardíaco se acelera, es posible que la respiración se agite en nuestro pecho y nos suden las palmas de las manos. Nuestro cuerpo dice que huyamos: deberíamos estar en cualquier sitio menos ahí haciendo eso».

Y en lo tocante a opinar sobre los demás, nunca olvidemos que el otro no necesita tanto nuestra opinión como nuestra comprensión y nuestro cariño. Eso no significa que nunca digamos la verdad, tampoco significa que mantengamos a nuestras amistades al margen de cualquier tipo de opinión desfavorable sobre ellos. El tacto, y quizá también lo que puede definirse como ser una buena persona, reside precisamente en saber cómo dosificar lo que decimos y hasta dónde llegar. Por convivencia. Por eficacia. Y porque somos poco menos que monos sin pelo.

Las afirmaciones «dímelo a la cara» o «yo siempre voy de frente» deben de ser dos de las sentencias más repetidas a la vez que más desconectadas de la realidad. En primer lugar, porque si dijéramos siempre las cosas a la cara nos la partirían cada semana. En segundo lugar, porque la educación, la convivencia, la amabilidad y la empatía se basan en no ir siempre de frente (sí, amigos, la hipocresía engrasa las relaciones sociales).

Pensemos por un momento en cómo reaccionamos cuando recibimos una crítica. Lo habitual es ponerse a la defensiva. Si bien somos expertos a la hora de identificar patrones negativos en otras personas («es muy arrogante, habla demasiado, es un machista»), cuando esas críticas se vierten sobre nosotros obramos como si nos cayera encima una lluvia torrencial: abriendo el paraguas de la suspicacia («¿cuándo hago yo eso?, ¡dime una sola vez!»).

Resulta también irónico que determinados defectos los podamos admitir en nosotros mismos si sacamos el tema motu proprio o el objeto de la conversación no se centra en una crítica directa. Pero si alguien «nos viene de frente», instintivamente negamos la mayor. Porque somos animales sociales, vivimos rodeados de personas y sentimos un temor ancestral hacia la exclusión. Así pues, sospechar que nuestros semejantes han identificado alguna debilidad importante en nosotros resulta de todo punto perturbador.

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Dímelo a la cara

A pesar de que espolear la curiosidad ha sido el principal motor del progreso social e intelectual, lo cierto es que hay un tipo de curiosidad incluso más peligrosa que la relativa a despejar un spoiler: la curiosidad por conocer la opinión sincera de los demás sobre nuestra persona.

Pero ¿por qué? ¿Acaso no deberíamos saber lo que de verdad piensan las personas que nos rodean para saber a qué atenernos? Lo cierto es que no. Al menos no del todo. A pesar de que sentimos una enorme curiosidad, una curiosidad malsana, por lo que los demás piensan de nosotros, saberlo no nos conviene.

Es sencillo establecer de dónde nace esta curiosidad: la forma eficaz de saber si estamos en riesgo de exclusión del clan al que pertenecemos es conocer la opinión fidedigna que los miembros del mismo tienen sobre nosotros. Hemos de recordar que estos rasgos instintivos en nuestro comportamiento indagador provienen de hace miles de años, cuando el cerebro se configuró en un contexto en el que ser excluido del grupo te condenaba a malvivir, pasar hambre y probablemente morir.

El grupo de antepasados que nunca se preocuparon demasiado de lo que pensaban sus semejantes («no me importa lo que los demás piensen de mí», otro gran mantra falaz), sencillamente se extinguieron porque no fueron capaces de transmitir sus genes (y su pasotismo social) a sus vástagos. Solo sobrevivieron los que trataban de encajar sin demasiadas disonancias en un grupo, logrando así que tal grupo le proporcionara apoyo en momentos críticos.

Sin embargo, si tratamos de saciar demasiado a menudo esta curiosidad, entonces podemos ahogarnos. Como decía Séneca: «El que averigua todo lo que se dice de él, el que va a desenterrar las palabras malévolas, hasta las más secretas, se persigue a sí mismo».

Ser consciente de la impresión que causamos en los demás nos permite convivir en sociedad. Tener toda la información, punto por punto, de lo que incluso las personas no se atreven a verbalizar sobre ti, probablemente te condenará a una tristeza insondable. Hay sobre este tema una capítulo de una extinta serie de televisión de la que, lamentablemente, he olvidado el nombre. La sinopsis podría resumirse en: un tipo adquiere un ídolo que le permite conocer los pensamientos secretos de la gente sobre él, sus verdaderas opiniones despojadas de hasta la última gota de hipocresía. Al poco de obtener este poder, el personaje se acaba suicidando, incapaz de asumir el verse con los ojos de los demás. (Si a alguien le suena el argumento de este capítulo y quiere referirnos el título de la serie, se lo agradeceré infinito).

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Yo siempre voy de frente

Algunas personas confunden la honestidad con la falta de educación. Verbalizar lo que piensas a los demás sin ningún tipo de filtro empático no es propio de alérgicos a la hipocresía, sino de sociópatas. Obviamente, quienes se preocupan de afirmar constantemente que siempre van de frente y dicen las cosas a la cara en realidad no lo hacen, aunque no son conscientes de ello.

No solo hay información que nadie quiere oír (como el spoiler final de una serie de cien capítulos), sino que nuestra opinión es voluble, errática y parcial, de modo que informar al punto de ella a nuestros interlocutores solo puede causar un trastorno innecesario. Por ejemplo, si alguien nos cae mal, solemos incurrir en el llamado sesgo de confirmación y fijarnos más en sus defectos que en sus virtudes.

De modo contrario, si alguien nos cae bien, nos fijamos más en sus virtudes, sobrestimando sus defectos. Es decir, que las opiniones ajenas sobre nosotros son necesariamente caprichosas y no sirven para hacernos un juicio realista de cómo somos. Eso sin contar que la mayor parte de lo que opinamos de los demás no nace de un análisis racional, sino de la competencia social, la envidia, el rencor o incluso el ánimo de reforzar otros lazos sociales: el chismorreo, por ejemplo, se sustenta generalmente en esa dinámica.

Un ejemplo práctico de lo que sucede cuando vamos de frente queda reflejado a menudo en Twitter. Gracias a esta red social, podemos dirigir nuestra opinión personal a cualquier persona del mundo, incluso a famosos, políticos y artistas. Lo más relevante es que también podemos verter tales opiniones amparados en el anonimato. Es decir, sin sufrir los efectos secundarios adversos de «ir de frente», como son resultar desagradable ante nuestros semejantes.

Si una celebridad con varios cientos de miles de seguidores comete un desliz (o el número suficiente de personas se confabula para determinar que ha cometido un desliz), de repente la celebridad recibirá un aluvión de opiniones crudas y descaradas, cuando no injurias y amenazas. Muchos famosos disponen de temple y sangre fría para obviar una decena, quizá un centenar de trols, pero cuando millones de personas deciden ponerte en la picota, poco más se puede hacer que clausurar tu cuenta o silenciar uno a uno a todos los detractores. O esperar la muerte, como en Black Mirror.

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En la vida cotidiana, por más que sintamos curiosidad, es difícil conocer la verdadera opinión del prójimo. En internet no lo es. Cualquiera puede escribir un comentario, un post o una reseña sobre nuestro trabajo o sobre nosotros amparándose en el anonimato. Incluso si esa persona no pertenece a nuestro grupo social, tiene el poder de hacernos sentir mal.

Imaginemos lo que sucedería si las personas más allegadas pudieran hablar sin ningún filtro sobre nosotros. Después de experimentar una súbita sensación de traición, nos trataríamos de defender, ciegos a nuestros propios defectos o quizá con razón dada la tendencia subjetiva de la formación de opiniones y, finalmente, puede que todo acabara en una desagradable discusión y la ruptura de la confianza o la amistad.

En internet, la gente puede ir de frente impunemente, tal y como lo haría un sociópata en la vida real. La única forma de evitarlo es exigir que el anonimato se persiga en las plataformas de opinión o las redes sociales. Hasta que eso llegue, lo más eficaz es leer las opiniones con cierto distanciamiento irónico o, en caso de ser muy cruentas, evitar leerlas, combatir la curiosidad natural por saber qué hay debajo del cráneo de los demás, tal y como resume a propósito de este tema Derren Brown en su libro Érase una vez… una historia alternativa de la felicidad:

«El acto de escuchar subrepticiamente acarrea una serie de reacciones fisiológicas adecuadas que nos recuerdan que estamos haciendo algo indebido. El ritmo cardíaco se acelera, es posible que la respiración se agite en nuestro pecho y nos suden las palmas de las manos. Nuestro cuerpo dice que huyamos: deberíamos estar en cualquier sitio menos ahí haciendo eso».

Y en lo tocante a opinar sobre los demás, nunca olvidemos que el otro no necesita tanto nuestra opinión como nuestra comprensión y nuestro cariño. Eso no significa que nunca digamos la verdad, tampoco significa que mantengamos a nuestras amistades al margen de cualquier tipo de opinión desfavorable sobre ellos. El tacto, y quizá también lo que puede definirse como ser una buena persona, reside precisamente en saber cómo dosificar lo que decimos y hasta dónde llegar. Por convivencia. Por eficacia. Y porque somos poco menos que monos sin pelo.

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Opiniones 6
  • ¿Quiénes somos realmente? ¿Esa persona que ven otros? ¿Cómo nos vemos nosotros mismos? Al final no dejan de ser opiniones y una opinión tiene mucho de quien la emite.
    Yo tuve que «sufrir» durante años sesiones de «feedback» en mi anterior empresa y fue muy duro descubrir como te veían desde fuera (aunque fuera con buenas palabras) y lo distinto que era de la imagen que yo me había hecho de mi mismo.

  • Me ha gustado mucho tu artículo, Sergio. Compraré el libro de Brown que citas.
    Debería perseguirse el anonimato en las rede, tienes toda la razón.

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