7 de noviembre 2018    /   IDEAS
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¿Y si tu curriculum no fuera tan importante como crees?

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Una vez, hace tiempo, un veterano periodista compartía en público una anécdota demasiado redonda para ser improvisada. Venía a explicar cómo alguien se indignó al saber lo que cobraba por un artículo que le había costado apenas media hora escribir. La moraleja estaba en su ingeniosa respuesta: «He tardado media hora en escribirlo, pero me ha costado 30 años de profesión saber escribir un artículo así en solo media hora».

En general, el valor de las cosas es bastante relativo. Un litro de agua es infinitamente más barato que un litro de tinta de impresora, y eso a pesar de que lo primero es básico para nuestra supervivencia y lo segundo es completamente accesorio.

Eso se debe a que en la configuración de los precios intervienen un sinfín de cuestiones, algunas objetivas y otras subjetivas, y no siempre responden a algo tan básico y primario como la necesidad. En ocasiones, y quizá esa sea una de las grandes paradojas de la modernidad, es justo al revés.

Por eso resulta difícil fijar el valor de un trabajo. Un cerrajero necesita dos minutos y una radiografía para abrirte la puerta de casa si has olvidado la llave dentro, pero eso no quita que un servicio como ese cueste lo que se gana por dos días enteros de trabajo. La alternativa –no poder entrar jamás a tu casa y perder para siempre todas tus cosas– parece mucho peor. O eso o llevar a partir de ese momento un recorte de radiografía en la cartera, por si acaso.

La expresión de la necesidad, inmortalizada en su máximo en ese célebre «Mi reino por un caballo», da que pensar acerca de la enorme descompensación entre valor y precio. Algo muy preciado puede ser barato, mientras algo totalmente accesorio se convierte en un objeto de lujo. La cuestión consiste en definir esa necesidad. Y en el mercado laboral hay muchas maneras de entender algo así.

La crisis económica trajo consigo un debate algo perverso. Afectó a casi todos, aunque de forma distinta. Los análisis hechos con el tiempo, sin embargo, fijaron el impacto en dos grupos sociales bien diferenciados: los jóvenes que se vieron arrastrados y que no pudieron incorporarse al mercado laboral, y los trabajadores de mediana edad que perdieron su trabajo y jamás pudieron reincorporarse.

Muchos de los primeros se vieron forzados a emigrar o a aceptar trabajos para los que estaban sobrecualificados. Muchos de los segundos acabaron renunciando a trabajar al ver que ni siquiera podían optar a empleos para los que estaban cualificados porque la mano de obra joven era más barata y entendía mejor las vicisitudes de la nueva realidad tecnológica. Sencillamente no podían competir.

Expectativas vs. realidad

De los escombros de tamaño impacto social el primer grupo ha ido poco a poco encontrando su sitio. Un sitio muy diferente al que esperaban encontrar, mucho más lejano de lo que deseaban y en general peor remunerado de lo que quisieran, pero acomodo en muchos casos. La mayoría de los segundos jamás ha tenido una nueva oportunidad.

Si la lógica de todo lo dicho antes es cierta, que muchos jóvenes hayan encontrado cierto acomodo (insuficiente, indeseado, lejano, pero acomodo) responde a que para ellos se ha aminorado la diferencia entre precio y valor.

Siguen sintiendo, eso sí, que la crisis les ha privado de su progresión natural porque muchos siguen proclamando que son parte de la generación más preparada de la historia. Otros, sin embargo, critican que, de ser eso cierto, habrían superado con menores daños las vicisitudes de la crisis.

En medio de esta sacudida, una de las críticas más compartidas es acerca del papel de la universidad en todo ese proceso. En el esquema trazado hasta la crisis una educación superior se identificaba con unas oportunidades superiores, así como con un volumen de ingresos y una capacitación superior.

La crisis puso en cuestión todo eso y, en consecuencia, se discutió el rol de la universidad como pasarela válida hacia el mundo laboral. Han pasado los años y se sigue discutiendo acerca de si su rol debe ser el de crear a futuros trabajadores o el de fomentar la capacidad crítica sin necesariamente buscar encaje en la realidad laboral.

Una visión economicista

Volvamos a la lógica del precio y el valor. Si un trabajador fuera un producto (cosa que por fortuna no es), su capacidad de ser comprado dependería de factores variados: en circunstancias racionales sería más valioso y demandado cuanto más necesario fuera, pero en circunstancias modernas, sería más valioso cuanto más encajaran sus capacidades –aunque fueran accesorias– con los valores del momento.

Por expresarlo de forma sencilla, un médico es racionalmente más necesario que un publicista, pero en la sociedad actual el publicista puede ser un activo económico mucho mayor que el médico.

Ahora bien, ¿qué es ser un médico o un publicista? Hay profesiones que requieren una titulación y una colegiación para ser ejercidas, como es el caso de las ramas sanitarias o algunas otras con responsabilidades civiles adheridas, como la arquitectura.

Otras, sin embargo, requieren de una titulación oficial… o ni siquiera. El exdirector de El País era químico de formación y no por eso dejó de ser un gran periodista. Alguien con capacidad de entender los deseos y pulsiones de la gente y con capacidad de plasmarlo en una idea sería un gran publicista, tuviera o no la titulación que lo acreditara como tal.

A la luz del discurso del valor y la necesidad, ¿acaso un título concreto implica directamente que uno es un buen profesional en esa rama? También la idea contraria: ¿sirve de algo tener un currículum lustroso si eso no implica necesariamente saber ejercer una profesión? ¿Basta acaso con una competencia laboral demostrable –aquello de la experiencia como capacitadora para hacer un artículo brillante en media hora– para suplir un curriculum quizá deficiente?

La crisis parece empezar a remitir y, como una marea alta que empieza a bajar, ha ido revelando los estragos de su acción. La desafección política y la forma en que muchos representantes públicos han actuado antes o durante la misma es uno de los efectos más perceptibles de la sacudida del oleaje.

La sobrecualificación artificial, por ejemplo, ha revelado que muchos cargos políticos consiguieron titulaciones oficiales de forma irregular o, cuanto menos, a través de tratos de favor. Y eso ha terminado de hacer visibles las contradicciones del sistema de valores y necesidades en el plano laboral.

El drama de la marca personal

Otra de las consecuencias de la crisis fue el advenimiento de quienes lo fiaron todo a algo tan vago como la marca personal. La lógica individualista del emprendimiento fue calando en el entramado profesional, de forma que uno tenía que conformarse su propio espacio, su propia imagen de marca, para ser competitivo por sí solo.

Daba igual qué dijera tu currículum, lo importante era cómo lo dijera o qué pudieras enseñar. Así, en plena zozobra social, la demanda de empleo se convirtió en un arte, y ocurrentes propuestas como el curriculum en una lista de Spotify, el currículum interactivo o el currículum en un brick de leche encontraron su momento de gloria.

¿Es mejor profesional alguien capaz de hacer un curriculum ingenioso? ¿Es más capaz un profesional por saber ser influyente a través de redes sociales? ¿Sirve de algo tener un curriculum si la lógica imperante es la de saber hacer las cosas, aunque no necesariamente tengas estudios que demuestren que sabes hacerlo?

Saber, comunicar o adaptar

Saber y demostrar que se sabe no es lo mismo. Quizá el ejemplo paradigmático sea el de los investigadores científicos: son profesionales con un profundo conocimiento sobre materias que se escapan al común de los mortales, pero en muchas ocasiones adolecen de la capacidad de explicar de forma accesible todo ese conocimiento.

Otros, usando la divulgación como palanca, resultan mucho más certeros a la hora de compartir conocimiento, aun cuando ese conocimiento sea manifiestamente inferior al de los científicos reales.

En esta modernidad, parece mucho más importante saber contar que se sabe que el saber realmente. Eso, complementado con un curriculum aparente y en un formato atractivo e innovador, parece poder garantizar la consecución de un empleo. Pero ¿qué pasaría si el curriculum dejara de entenderse como una carta de méritos y se empezara a prestar atención a otras cuestiones más tangibles, como la capacidad efectiva de desarrollar una labor concreta?

Tina Seelig, de la Universidad de Stanford, proponía en su día algo mucho más radical: que los currículums dejaran de ser una hoja de méritos para convertirse en una hoja de fracasos. Su lógica, centrada en la creación de proyectos y el emprendimiento, parte de una perspectiva mucho más moderna que práctica. Entiende que el sistema actual se encamina hacia la creación de gente exitosa que ve el fracaso como una mancha a evitar a toda costa. Y ese es el problema.

Precisamente por eso, y dándole más importancia a la capacidad de aprendizaje y la experiencia, abogó por la creación de un currículum negro o currículum de fracasos: pedir a la gente que cuente en qué fracasó, por qué y –sobre todo– qué aprendió de ello.

Siendo que el fracaso es inevitable, y asumiendo que la actual es una sociedad demasiado cambiante como para anclarla a valores universales, quizá el valor auténtico del profesional no resida solo en su conocimiento, en su experiencia, en lo necesario que sea o en su habilidad para comunicar. Quizá todo resida en la capacidad de adaptarse a las circunstancias y reinventarse de forma constante.

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Una vez, hace tiempo, un veterano periodista compartía en público una anécdota demasiado redonda para ser improvisada. Venía a explicar cómo alguien se indignó al saber lo que cobraba por un artículo que le había costado apenas media hora escribir. La moraleja estaba en su ingeniosa respuesta: «He tardado media hora en escribirlo, pero me ha costado 30 años de profesión saber escribir un artículo así en solo media hora».

En general, el valor de las cosas es bastante relativo. Un litro de agua es infinitamente más barato que un litro de tinta de impresora, y eso a pesar de que lo primero es básico para nuestra supervivencia y lo segundo es completamente accesorio.

Eso se debe a que en la configuración de los precios intervienen un sinfín de cuestiones, algunas objetivas y otras subjetivas, y no siempre responden a algo tan básico y primario como la necesidad. En ocasiones, y quizá esa sea una de las grandes paradojas de la modernidad, es justo al revés.

Por eso resulta difícil fijar el valor de un trabajo. Un cerrajero necesita dos minutos y una radiografía para abrirte la puerta de casa si has olvidado la llave dentro, pero eso no quita que un servicio como ese cueste lo que se gana por dos días enteros de trabajo. La alternativa –no poder entrar jamás a tu casa y perder para siempre todas tus cosas– parece mucho peor. O eso o llevar a partir de ese momento un recorte de radiografía en la cartera, por si acaso.

La expresión de la necesidad, inmortalizada en su máximo en ese célebre «Mi reino por un caballo», da que pensar acerca de la enorme descompensación entre valor y precio. Algo muy preciado puede ser barato, mientras algo totalmente accesorio se convierte en un objeto de lujo. La cuestión consiste en definir esa necesidad. Y en el mercado laboral hay muchas maneras de entender algo así.

La crisis económica trajo consigo un debate algo perverso. Afectó a casi todos, aunque de forma distinta. Los análisis hechos con el tiempo, sin embargo, fijaron el impacto en dos grupos sociales bien diferenciados: los jóvenes que se vieron arrastrados y que no pudieron incorporarse al mercado laboral, y los trabajadores de mediana edad que perdieron su trabajo y jamás pudieron reincorporarse.

Muchos de los primeros se vieron forzados a emigrar o a aceptar trabajos para los que estaban sobrecualificados. Muchos de los segundos acabaron renunciando a trabajar al ver que ni siquiera podían optar a empleos para los que estaban cualificados porque la mano de obra joven era más barata y entendía mejor las vicisitudes de la nueva realidad tecnológica. Sencillamente no podían competir.

Expectativas vs. realidad

De los escombros de tamaño impacto social el primer grupo ha ido poco a poco encontrando su sitio. Un sitio muy diferente al que esperaban encontrar, mucho más lejano de lo que deseaban y en general peor remunerado de lo que quisieran, pero acomodo en muchos casos. La mayoría de los segundos jamás ha tenido una nueva oportunidad.

Si la lógica de todo lo dicho antes es cierta, que muchos jóvenes hayan encontrado cierto acomodo (insuficiente, indeseado, lejano, pero acomodo) responde a que para ellos se ha aminorado la diferencia entre precio y valor.

Siguen sintiendo, eso sí, que la crisis les ha privado de su progresión natural porque muchos siguen proclamando que son parte de la generación más preparada de la historia. Otros, sin embargo, critican que, de ser eso cierto, habrían superado con menores daños las vicisitudes de la crisis.

En medio de esta sacudida, una de las críticas más compartidas es acerca del papel de la universidad en todo ese proceso. En el esquema trazado hasta la crisis una educación superior se identificaba con unas oportunidades superiores, así como con un volumen de ingresos y una capacitación superior.

La crisis puso en cuestión todo eso y, en consecuencia, se discutió el rol de la universidad como pasarela válida hacia el mundo laboral. Han pasado los años y se sigue discutiendo acerca de si su rol debe ser el de crear a futuros trabajadores o el de fomentar la capacidad crítica sin necesariamente buscar encaje en la realidad laboral.

Una visión economicista

Volvamos a la lógica del precio y el valor. Si un trabajador fuera un producto (cosa que por fortuna no es), su capacidad de ser comprado dependería de factores variados: en circunstancias racionales sería más valioso y demandado cuanto más necesario fuera, pero en circunstancias modernas, sería más valioso cuanto más encajaran sus capacidades –aunque fueran accesorias– con los valores del momento.

Por expresarlo de forma sencilla, un médico es racionalmente más necesario que un publicista, pero en la sociedad actual el publicista puede ser un activo económico mucho mayor que el médico.

Ahora bien, ¿qué es ser un médico o un publicista? Hay profesiones que requieren una titulación y una colegiación para ser ejercidas, como es el caso de las ramas sanitarias o algunas otras con responsabilidades civiles adheridas, como la arquitectura.

Otras, sin embargo, requieren de una titulación oficial… o ni siquiera. El exdirector de El País era químico de formación y no por eso dejó de ser un gran periodista. Alguien con capacidad de entender los deseos y pulsiones de la gente y con capacidad de plasmarlo en una idea sería un gran publicista, tuviera o no la titulación que lo acreditara como tal.

A la luz del discurso del valor y la necesidad, ¿acaso un título concreto implica directamente que uno es un buen profesional en esa rama? También la idea contraria: ¿sirve de algo tener un currículum lustroso si eso no implica necesariamente saber ejercer una profesión? ¿Basta acaso con una competencia laboral demostrable –aquello de la experiencia como capacitadora para hacer un artículo brillante en media hora– para suplir un curriculum quizá deficiente?

La crisis parece empezar a remitir y, como una marea alta que empieza a bajar, ha ido revelando los estragos de su acción. La desafección política y la forma en que muchos representantes públicos han actuado antes o durante la misma es uno de los efectos más perceptibles de la sacudida del oleaje.

La sobrecualificación artificial, por ejemplo, ha revelado que muchos cargos políticos consiguieron titulaciones oficiales de forma irregular o, cuanto menos, a través de tratos de favor. Y eso ha terminado de hacer visibles las contradicciones del sistema de valores y necesidades en el plano laboral.

El drama de la marca personal

Otra de las consecuencias de la crisis fue el advenimiento de quienes lo fiaron todo a algo tan vago como la marca personal. La lógica individualista del emprendimiento fue calando en el entramado profesional, de forma que uno tenía que conformarse su propio espacio, su propia imagen de marca, para ser competitivo por sí solo.

Daba igual qué dijera tu currículum, lo importante era cómo lo dijera o qué pudieras enseñar. Así, en plena zozobra social, la demanda de empleo se convirtió en un arte, y ocurrentes propuestas como el curriculum en una lista de Spotify, el currículum interactivo o el currículum en un brick de leche encontraron su momento de gloria.

¿Es mejor profesional alguien capaz de hacer un curriculum ingenioso? ¿Es más capaz un profesional por saber ser influyente a través de redes sociales? ¿Sirve de algo tener un curriculum si la lógica imperante es la de saber hacer las cosas, aunque no necesariamente tengas estudios que demuestren que sabes hacerlo?

Saber, comunicar o adaptar

Saber y demostrar que se sabe no es lo mismo. Quizá el ejemplo paradigmático sea el de los investigadores científicos: son profesionales con un profundo conocimiento sobre materias que se escapan al común de los mortales, pero en muchas ocasiones adolecen de la capacidad de explicar de forma accesible todo ese conocimiento.

Otros, usando la divulgación como palanca, resultan mucho más certeros a la hora de compartir conocimiento, aun cuando ese conocimiento sea manifiestamente inferior al de los científicos reales.

En esta modernidad, parece mucho más importante saber contar que se sabe que el saber realmente. Eso, complementado con un curriculum aparente y en un formato atractivo e innovador, parece poder garantizar la consecución de un empleo. Pero ¿qué pasaría si el curriculum dejara de entenderse como una carta de méritos y se empezara a prestar atención a otras cuestiones más tangibles, como la capacidad efectiva de desarrollar una labor concreta?

Tina Seelig, de la Universidad de Stanford, proponía en su día algo mucho más radical: que los currículums dejaran de ser una hoja de méritos para convertirse en una hoja de fracasos. Su lógica, centrada en la creación de proyectos y el emprendimiento, parte de una perspectiva mucho más moderna que práctica. Entiende que el sistema actual se encamina hacia la creación de gente exitosa que ve el fracaso como una mancha a evitar a toda costa. Y ese es el problema.

Precisamente por eso, y dándole más importancia a la capacidad de aprendizaje y la experiencia, abogó por la creación de un currículum negro o currículum de fracasos: pedir a la gente que cuente en qué fracasó, por qué y –sobre todo– qué aprendió de ello.

Siendo que el fracaso es inevitable, y asumiendo que la actual es una sociedad demasiado cambiante como para anclarla a valores universales, quizá el valor auténtico del profesional no resida solo en su conocimiento, en su experiencia, en lo necesario que sea o en su habilidad para comunicar. Quizá todo resida en la capacidad de adaptarse a las circunstancias y reinventarse de forma constante.

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Opiniones 7
    • Como estamos de enfadados Alfredo, ¿eh?. Es fácil criticar el trabajo ajeno pero, cuéntanos, ¿Tu qué has hecho? ¿Qué has creado? Se puede realizar una crítica constructiva pero, sin duda, con mucha más educación. La fin y al cabo, las palabras hay que utilizarlas bien y, siempre mucho mejor, desde un punto de vista positivo.

  • Yo pienso que el escrito está en lo cierto, es increíble que en un sexenio se haya perdido el respeto económico de las profesiones, bastaron solo 6 años y unas leyes mal propuestas para destruir el valor de la educación, el esfuerzo y la experiencia.
    En un mercado tan competitivo las empresas, socios y dueños tienen que invertir en plataformas como SAP, ISO, NOM y demás sistemas de cómputo, calidad y certificación para poder estar a la vanguardia, pero no quieren invertir en el personal competente, experimentado y preparado.
    Las nuevas generaciones salen de universidades patito, planes de estudios recortados y con titulaciones cortas, a excepción de carreras médicas, ingenierías y matemáticas, hay muchas carreras que se están haciendo en dos o tres años, titulaciones de derecho, psicología, administración, educación y demás que muchos de los que invertimos 5 años para titularnos, tesis, cursos, diplomados, maestrías y seguimos preparándonos, invirtiendo tiempo de calidad, dinero y esfuerzo para poder ganar un sueldo adecuado a nuestro talento, conocimiento y valor; este sea pisoteado por los 100 empresarios de México, queriendo pagar menos de 15 mil mensuales, reduciendo prestaciones y derechos, obligando a contratar por outsourcing.
    Solo hace falta navegar por sitios como indeed, Computrabajo, occ, jobmas, y otros para darnos cuenta de la realidad de este país, de la realidad laboral que Calderón y Peña Nieto nos heredaron con sus reformas al trabajo, la realidad de las personas que dirigen el Senado y los representantes sindicales, quienes ganan más que el resto de los mexicanos y tienen una preparación académica deficiente o nula, está capacidad intelectual que no les permite poder analizar lo que aprueban, solo borregos del gobernante en turno.
    De una generación de jóvenes que venden su preparación por un salario de porquería, un salario que cuando quieran evoluciónar o adquieran más compromisos como hipotecas, matrimonio e hijos, va a ser muy tarde, en ese momento estarán en donde estamos ahorita los veteranos entre 35-50 años.

  • Gracias por este artículo, me ha hecho reflexionar algunas cuestiones que volaban por mi cabeza y que ahora caen por su propio peso. Saludos y felicitaciones!

  • Muy interesante tu análisis. Fundamental me parece el papel de la educación, sólo formar para enfrentarse al mundo laboral o apostar por el pensamiento crítico. Supongo que ambas son posibles añadiendo algo de creatividad

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