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16 de febrero 2015    /   IDEAS
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¿Da el dinero la felicidad?

16 de febrero 2015    /   IDEAS     por          
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Si el título del artículo comienza con una pregunta, lo lógico es que el artículo contenga la respuesta y comience, si es posible, con ella o con, al menos, una posible resolución.
Si me preguntan a mí, la respuesta es un rotundo NO. No es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita, y esa afirmación, en mi opinión, supone una autovía sin peajes camino hacia la felicidad.
Si analizamos la sociedad detenidamente, la cosa cambia, y mucho.
Hace unos meses la revista Time publicó un estudio sobre los salarios en los Estados Unidos de América y su relación con la felicidad y con ciertos parámetros terrenalmente relacionados con la misma (segunda semana septiembre 2014). Y los resultados se pueden clasificar entre decepcionantes, preocupantes y hasta sorprendentes, aunque para muchos de los lectores seguro que sus expectativas no cambiarían ni un ápice.
La felicidad es subjetiva, no cabe duda. La Tierra gira sobre ese eje fundamental, inclinado y básico; la Tierra como planeta, me refiero; pero el ser humano también. Sin embargo, en esa perspectiva subjetiva y personal, el dinero, la riqueza actúan como un barniz que maquilla ese sentimiento personal modificando los ángulos de observación.
La distribución de la población por salarios está enormemente desproporcionada (figura 1). El porcentaje de personas que se consideran a sí mismas muy felices es directamente proporcional con su salario, yendo del 26% en el grupo del salario más bajo al 41% en el más alto; casi un 60% más de personas, variando progresivamente en los grupos intermedios (figura 2). Este dato basta para certificar que un mayor número de personas es más feliz cuanto más dinero gana.
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Pero quiero llamar la atención de que un 26% de las personas son muy felices en la escala más baja de esa clasificación a pesar de vivir en riesgo de exclusión social o con muy pocos recursos. Uno de cada cuatro. ¿Por qué ellos sí son muy felices y el resto no? Igual ocurre en la escala más alta; más de la mitad no se consideran felices a pesar de vivir muy por encima de la media ganando más de 200.000 dólares al año. ¿Qué ocurre con ellos?
Con estas observaciones quizá tendríamos una primera respuesta a la pregunta que titula este artículo. El dinero no da la felicidad pero contribuye a alcanzarla. Quizás ya lo sabíamos.
¿Y en qué parte principal el dinero contribuye a alcanzar la felicidad sin paliativos? ¿Viajar más? ¿Comer mejor? ¿Tener servicios diferenciales en la vida diaria como gimnasios o parking?¿No tener que planchar ni fregar el suelo? ¿Dormir con la tranquilidad de un futuro asegurado?… Solo uno: la SALUD.
En ese aspecto, los Estados Unidos de América se diferencian muchísimo de nuestro país. El acceso al servicio de salud es limitado en el país del sueño americano. Cincuenta millones de personas no tienen acceso a un seguro sanitario hasta la llegada de Obama, y veremos si el primer presidente negro de la historia es capaz de cambiar la misma.
Porque la salud es el tema que más preocupa al ser humano; la propia y la de las personas cercanas. Y en esa pirámide de salarios, el 5% de los agraciados que cobran más de 200.000 dólares tienen acceso a un servicio de salud integral y de excelente calidad. Y esa razón, y no la genética, hace que la esperanza de vida de los distintos grupos también varíe o disminuya conforme los salarios se reducen.
Así la esperanza de vida media del grupo «rico» se sitúa en los 89 años, diez años más que en el grupo más bajo donde la media es 79. Esta es una realidad; el dinero afecta enormemente a la esperanza de vida. Conclusión: si eres rico, no solo vas a vivir mejor sino además más años.
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Creo que para este grupo la afirmación católica de que la vida es un valle de lágrimas no va con ellos. La pregunta sería si vivir más años nos acerca o nos aleja de la felicidad o es un parámetro inmiscible y equidistante. De los niños nacidos en Europa y Estados Unidos este año, la mitad, alcanzarán los 100 años. ¿Serán más felices que nosotros? Mi valoración personal sobre ese dato es ¡qué necesidad!
¿Qué otros datos interesantes muestra este análisis de la sociedad norteamericana? El primero es que a menor riqueza hay un mayor consumo de tabaco. Ahí lo dejo. En principio no tiene sentido porque el tabaco cuesta dinero y no es barato. Daría para una tesis doctoral en Antropología moderna sobre tabaco, frustración, estrés y, sobre todo, actividad laboral.
Otro dato que arroja es que la probabilidad de que tu hijo delinca antes de los 24 años casi se duplica, pasando del 11% en el grupo de salario alto al 21% en el más bajo; y también se duplica el número de adolescentes que tienen sexo antes de los 16, siendo el 61% en el grupo pobre y del 32% en el de alta sociedad.
Se pueden analizar muchas cosas en este tipo de estudios pero a mí, particularmente, me hubiera gustado conocer otros datos, como por ejemplo, qué número de personas permanecen en el mismo estatus que sus padres, el número de hijos en cada grupo, de suicidios, de abortos voluntarios, la edad de maternidad, el número de desamores antes de los 25 o de adictos al altruismo.
El número diferencial de personas que sucumben a la pobreza de espíritu, de creyentes, de insobornables, de vegetarianos o de los que consideran la venganza una justa actitud. El número de lectores compulsivos, de zurdos o pelirrojos o infieles. Cuántos se casaron por amor, cuántos por dinero o cuántos por no estar solos. Y cómo no, cuántos se quedaron solteros y solteras.
Me hubiera gustado saber el porcentaje de humanidad en cada grupo y el número de horas que duermen en espera de un trabajo que les lleva a ganar unos pocos de miles de dólares o millones de ellos.
Quisiera saber si la felicidad está de acuerdo con estas estadísticas o se siente vilipendiada por su relación directa con el vil metal, como muchos políticos de carrera. O si el dinero, protagonista de este análisis, conoce el significado de la palabra Felicidad.

Si el título del artículo comienza con una pregunta, lo lógico es que el artículo contenga la respuesta y comience, si es posible, con ella o con, al menos, una posible resolución.
Si me preguntan a mí, la respuesta es un rotundo NO. No es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita, y esa afirmación, en mi opinión, supone una autovía sin peajes camino hacia la felicidad.
Si analizamos la sociedad detenidamente, la cosa cambia, y mucho.
Hace unos meses la revista Time publicó un estudio sobre los salarios en los Estados Unidos de América y su relación con la felicidad y con ciertos parámetros terrenalmente relacionados con la misma (segunda semana septiembre 2014). Y los resultados se pueden clasificar entre decepcionantes, preocupantes y hasta sorprendentes, aunque para muchos de los lectores seguro que sus expectativas no cambiarían ni un ápice.
La felicidad es subjetiva, no cabe duda. La Tierra gira sobre ese eje fundamental, inclinado y básico; la Tierra como planeta, me refiero; pero el ser humano también. Sin embargo, en esa perspectiva subjetiva y personal, el dinero, la riqueza actúan como un barniz que maquilla ese sentimiento personal modificando los ángulos de observación.
La distribución de la población por salarios está enormemente desproporcionada (figura 1). El porcentaje de personas que se consideran a sí mismas muy felices es directamente proporcional con su salario, yendo del 26% en el grupo del salario más bajo al 41% en el más alto; casi un 60% más de personas, variando progresivamente en los grupos intermedios (figura 2). Este dato basta para certificar que un mayor número de personas es más feliz cuanto más dinero gana.
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Pero quiero llamar la atención de que un 26% de las personas son muy felices en la escala más baja de esa clasificación a pesar de vivir en riesgo de exclusión social o con muy pocos recursos. Uno de cada cuatro. ¿Por qué ellos sí son muy felices y el resto no? Igual ocurre en la escala más alta; más de la mitad no se consideran felices a pesar de vivir muy por encima de la media ganando más de 200.000 dólares al año. ¿Qué ocurre con ellos?
Con estas observaciones quizá tendríamos una primera respuesta a la pregunta que titula este artículo. El dinero no da la felicidad pero contribuye a alcanzarla. Quizás ya lo sabíamos.
¿Y en qué parte principal el dinero contribuye a alcanzar la felicidad sin paliativos? ¿Viajar más? ¿Comer mejor? ¿Tener servicios diferenciales en la vida diaria como gimnasios o parking?¿No tener que planchar ni fregar el suelo? ¿Dormir con la tranquilidad de un futuro asegurado?… Solo uno: la SALUD.
En ese aspecto, los Estados Unidos de América se diferencian muchísimo de nuestro país. El acceso al servicio de salud es limitado en el país del sueño americano. Cincuenta millones de personas no tienen acceso a un seguro sanitario hasta la llegada de Obama, y veremos si el primer presidente negro de la historia es capaz de cambiar la misma.
Porque la salud es el tema que más preocupa al ser humano; la propia y la de las personas cercanas. Y en esa pirámide de salarios, el 5% de los agraciados que cobran más de 200.000 dólares tienen acceso a un servicio de salud integral y de excelente calidad. Y esa razón, y no la genética, hace que la esperanza de vida de los distintos grupos también varíe o disminuya conforme los salarios se reducen.
Así la esperanza de vida media del grupo «rico» se sitúa en los 89 años, diez años más que en el grupo más bajo donde la media es 79. Esta es una realidad; el dinero afecta enormemente a la esperanza de vida. Conclusión: si eres rico, no solo vas a vivir mejor sino además más años.
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Creo que para este grupo la afirmación católica de que la vida es un valle de lágrimas no va con ellos. La pregunta sería si vivir más años nos acerca o nos aleja de la felicidad o es un parámetro inmiscible y equidistante. De los niños nacidos en Europa y Estados Unidos este año, la mitad, alcanzarán los 100 años. ¿Serán más felices que nosotros? Mi valoración personal sobre ese dato es ¡qué necesidad!
¿Qué otros datos interesantes muestra este análisis de la sociedad norteamericana? El primero es que a menor riqueza hay un mayor consumo de tabaco. Ahí lo dejo. En principio no tiene sentido porque el tabaco cuesta dinero y no es barato. Daría para una tesis doctoral en Antropología moderna sobre tabaco, frustración, estrés y, sobre todo, actividad laboral.
Otro dato que arroja es que la probabilidad de que tu hijo delinca antes de los 24 años casi se duplica, pasando del 11% en el grupo de salario alto al 21% en el más bajo; y también se duplica el número de adolescentes que tienen sexo antes de los 16, siendo el 61% en el grupo pobre y del 32% en el de alta sociedad.
Se pueden analizar muchas cosas en este tipo de estudios pero a mí, particularmente, me hubiera gustado conocer otros datos, como por ejemplo, qué número de personas permanecen en el mismo estatus que sus padres, el número de hijos en cada grupo, de suicidios, de abortos voluntarios, la edad de maternidad, el número de desamores antes de los 25 o de adictos al altruismo.
El número diferencial de personas que sucumben a la pobreza de espíritu, de creyentes, de insobornables, de vegetarianos o de los que consideran la venganza una justa actitud. El número de lectores compulsivos, de zurdos o pelirrojos o infieles. Cuántos se casaron por amor, cuántos por dinero o cuántos por no estar solos. Y cómo no, cuántos se quedaron solteros y solteras.
Me hubiera gustado saber el porcentaje de humanidad en cada grupo y el número de horas que duermen en espera de un trabajo que les lleva a ganar unos pocos de miles de dólares o millones de ellos.
Quisiera saber si la felicidad está de acuerdo con estas estadísticas o se siente vilipendiada por su relación directa con el vil metal, como muchos políticos de carrera. O si el dinero, protagonista de este análisis, conoce el significado de la palabra Felicidad.

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