fbpx
14 de noviembre 2018    /   IDEAS
por
 

Te estoy escribiendo todo esto para que me quieras un poco más

14 de noviembre 2018    /   IDEAS     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

Hola, yo no te conozco, tú no me conoces, pero voy a ser honesto contigo. Estoy escribiendo estas palabras, desde la primera hasta la última, para que me quieras. De hecho, no importa el contenido de este texto: el objetivo siempre será inequívocamente el mismo: que me profeses amor.

Que profieras interjecciones del tipo «¡guau!», que le des al «me gusta» si lees esto en Facebook, que compartas en Twitter, que escribas una cascada de elogios en los comentarios, que digas mi nombre una y otra vez o que me distingas como ganador en el concurso de divulgación en curso.

Como puedes comprobar, pues, soy honesto contigo. Y también conmigo.

Pero ello no debe inclinarnos a pensar que estoy quitándole la magia a este texto y ni mucho menos al acto de documentación, esfuerzo y creatividad que subyace del mismo, de igual modo que conocer una receta de cocina o el proceso de la digestión a nivel enzimático no le resta ni un ápice de magia a una experiencia gastronómica.

Al contrario, conocer los entresijos de cualquier acto permite no solo ser más conscientes del juego al que estamos jugando, sino también desarrollar más facetas del mismo.

Cuando te digo, pues, que estoy escribiendo esto para que me quieras, solo estoy reflejando la capa más profunda de volición en el acto de escribir este texto. Sobre ella, naturalmente, hay otras, desde el placer mismo de aprender, al de ordenar ideas y comunicarlas.

El mero hecho de tantear cuál va a ser la próxima palabra suscita en mí una suerte de vértigo y excitación, como quien ejecuta un doble salto mortal y no sabe, hasta el último instante, si caerá correctamente o se romperá la crisma. Aquí el último instante lo marca el punto que concluye cada oración.

También siento placer cuando explico algo que los demás no saben o no se habían planteado y sus ojos se dilatan por la sorpresa y la curiosidad. Conozco ese sentimiento de maravilla, me recorre la espalda cada vez que leo algo especial, y naturalmente también me complace producirlo en ti. Me refocilo, también, en la cadencia, la musicalidad y el ritmo de las palabras, dejándome llevar por su melodía.

Pero también sé que, debajo de todos estos sustratos, a nivel freático, cuando te muestro lo que escribo me sitúo en el centro del relato, me convierto en el punto de foco, y por esa razón mi cerebro segrega dopamina, un mensajero químico del cerebro que fue identificado por Arvid Carlsson y Nils-Åke Hillarp en el Laboratorio de Farmacología Química del Instituto Nacional del Corazón en Suecia, en 1952.

Cuando una persona realiza una acción que satisface una necesidad o sacia un deseo, esta hormona produce una sensación de placer. La cosa iría así: te pica, te rascas, dopamina.

Y es adictiva. Por esa razón, la fama y la atención también lo son, y en mayor o menor medida, todos los actos que producen placer.

En ese sentido, escribir este texto no se diferencia demasiado de interpretar una canción frente a un público. O colgar una foto en Instagram. Incluso guarda una estrecha relación con el hecho de ponernos una pulsera de goma de determinado color que apoye una causa social o nos ajustemos un polo con un cocodrilo en la pechera.

Estos actos, adiciones y toques son llamadas de atención para recibir un feedback que finalmente nos haga segregar dopamina. Todo esos actos aparentemente libres se realizan en esencia para situarnos en el centro de un relato.

Porque al peinarnos de determinada manera o tatuarnos cualquier mensaje o dibujo no lo hacemos para gustarnos a nosotros mismos, sino porque hay una historia vinculada a esos actos que se somete al juicio externo. Proyectan lo que somos para encajar en determinados grupos de personas. Son balizas sutiles que parpadean para atraer cariño, atención, apoyo y camaradería.

Todas ellas, características fundamentales para la supervivencia porque nuestros antepasados tenían menor probabilidad de salir adelante si no formaban parte de algo más grande que ellos mismos.

Causas subterráneas

Cuando tratamos de descifrar una conducta, de poco sirve la propia intuición o los complejos razonamientos que somos capaces de elaborar en aras de justificar todo lo que hacemos. Por ejemplo, si se nos hace la boca agua frente a un filete de carne, nos quedamos en una explicación superficial del tipo: porque está delicioso, porque huele bien, porque tengo hambre.

Sin embargo, la razón que subyace a ese deseo es que un filete de carne nos proporciona calorías para sobrevivir. Por eso se nos hace la boca agua nada más oler cómo se fríe en la sartén, pero raramente ocurrirá lo mismo si nos exponemos a un trozo de madera o una piedra.

Del mismo modo, si es más habitual que un hombre tenga una erección ante la exhibición de los pechos de una mujer que de su codo o su rodilla, también guarda relación con la supervivencia: en realidad se está ejecutando un cálculo inconsciente, heredado de nuestros antepasados prehistóricos, a propósito de la viabilidad de esa mujer para amamantar a nuestros vástagos o de sus reservas de grasa para alimentarlos en el periodo de gestación.

Igualmente, no importa cuántas veces repitamos que nos ponemos esos vaqueros ajustados por nosotros o que nos teñimos las canas para vernos más jóvenes en el reflejo del espejo. Precisamente si nosotros nos sentimos bien sincronizando nuestros gustos sobre lo que es atractivo o desagradable para nuestros semejantes es porque anhelamos gustar a los demás.

Por eso resultará muy infrecuente que alguien aduzca que se ha puesto una plasta de vaca en la cabeza porque le gusta a él y le importa bien poco la opinión ajena. Lo que nos gusta a nosotros casualmente es lo mismo que gustará a quienes queremos gustar.

Estamos ante una motivación psicológica universal, descrita por el psicólogo William James, nacido en 1842, como «el deseo de ser aceptado por los otros». Y es algo que incluso se ha evidenciado con estudios de neuroimagen como el realizado en 2014 por Tom Farrow y sus colaboradores en la Universidad de Sheffield.

En él, se advirtió que la gestión de las impresiones ajenas produce cierta activación en el córtex prefrontal medial y en el córtex prefrontal ventrolateral izquierdo, así como en otras regiones, pero solo en los casos en que los sujetos estudiados intentaban dar una mala impresión de sí mismos a propósito.

Sin embargo, si no se escogían conductas con el ánimo de desagradar a las demás personas sino con el de proyectar una buena imagen de sí mismos, entonces no se apreciaba diferencia detectable alguna.

Es decir, que nuestro cerebro se activa particularmente cuando estamos dando una mala imagen, que es lo mismo que decir que nuestro cerebro se dedica constantemente a avisarnos de ese hecho. Por consiguiente, estamos diseñados para obtener la conformidad de otros individuos, mayormente semejantes. Como abunda en ello el neurocientífico Dean Burnett en su libro El cerebro idiota:

Quienes desprecian las «normas sociales» siempre terminan formando un grupo aparte y claramente reconocible. Desde los mods y los skinheads de mediados del siglo XX hasta los góticos y emos de la actualidad, lo primero que hace un individuo cuando no quiere conformarse a las convenciones normales es buscarse otra identidad grupal a la que ajustarse en lugar de aquellas.

 

Exposición pública

Exponerse al juicio público no solo es exponerse al halago sino también al ludibrio. Mientras estoy escribiendo estas palabras, por ejemplo, estoy evaluando continuamente si esto te gustará. Intento ponerme en tu pellejo. Busco tu aprobación.

Y, a menos que me sienta particularmente seguro de mis dotes, siempre habrá en este proceso un elemento de duda y cierta conciencia de la posibilidad de estar haciéndolo mal. O de que no le guste a nadie que, a efectos prácticos o efectos neurobiológicos, es esencialmente lo mismo.

También por ello voy a autoengañarme y pensar que, si este texto no complace al lector, tal vez sea porque no está preparado para él. O que no necesito en realidad los parabienes del vulgo. Incluso puede que, gracias a una cabriola emocional, acabe por pensar que aquí lo que hay es mucha envidia. Nuestra capacidad para levantar muros emocionales que nos protejan del rechazo es extraordinariamente creativa.

Ahora bien, ¿qué podemos decir de los creadores que jamás necesitan exponerse al juicio del público? ¿Acaso no hay escritores o pintores que crean solo para ellos mismos? Efectivamente, una de las razones intermedias por las que estoy aquí dándole a la tecla es porque siento placer al hacerlo, y ese placer lo desencadenan muchos factores distintos. No obstante, el propósito subyacente continúa siendo el mismo, aunque al final no tenga lugar. Un buen ejemplo de ello es la masturbación.

El orgasmo es el mecanismo por el cual la evolución nos ha seducido a fin de que ejecutemos a menudo y con gran dedicación un coito detrás de otro en aras de reproducirnos intercambiando segmentos de ADN. Pero el sexo también es placentero por sí mismo, y engañar a nuestro cerebro es relativamente fácil.

Podemos acceder a un portal de vídeos porno, reproducir uno y masturbarnos. Al final experimentaremos un orgasmo aunque no se produzca un coito orientado a la reproducción. Es algo que también sucederá aunque usemos algún tipo de profilaxis. Y si nuestra pareja nos informa de que está empleando un anticonceptivo, nuestra erección y nuestra capacidad de experimentar el orgasmo no se debilitarán.

Nuestro cerebro, sencillamente, no gasta energía discriminando de manera tan fina la viabilidad reproductiva del orgasmo: basta con acertar de vez en cuando para perpetuarnos como especie, y por eso siempre sentimos placer si hacemos algo vagamente parecido a un coito abierto a la reproducción.

Cuando escribimos aduciendo que no nos importa si gustamos o no o incluso guardamos el texto en un rincón de nuestro disco duro, ello no menoscaba el objetivo último del acto.

Un propósito que, a juicio de los psicólogos evolutivos, se ha dado en sociedades prehistóricas, donde se profesa mayor respeto a los mejores cazadores y, en general, a todos los que desplieguen comportamientos y habilidades que tendemos a copiar para sobrevivir o que por alguna razón son difíciles de alcanzar (lo que lanza el mensaje inconsciente de que disponemos de una excelente dotación genética).

Así, determinadas habilidades, como las artísticas, constituirían una forma de transmisión de genes indirecta, esto es, a través de memes (el equivalente cultural de los genes), tal y como sostienen autores como el psicólogo cognitivo de Harvard Steven Pinker o Susan Blackmore, en su libro La máquina de los memes:

En las primeras sociedades cazadoras-recolectoras, el hombre especialmente hábil para imitar habría sido capaz de copiar las habilidades cinegéticas más punteras o las últimas novedades en tecnología para fabricar instrumentos de piedra y, por ende, habría adquirido una ventaja biológica.

(…) Ello sugiere que la pareja más deseable sería aquella cuyo estilo de vida le permitiese transmitir un mayor número de memes, como por ejemplo, un escritor, un artista, un periodista, un presentador, un actor de cine y un músico. Sin lugar a dudas, algunas de estas profesiones representan una buena oportunidad para tener adeptos admiradores y para mantener relaciones sexuales con quien deseen.

Pero si osamos exponer nuestra obra, si evitamos la masturbación imaginando el coito y nos lanzamos al coito real, entonces la posibilidad de ser defenestrado es equivalente a la muerte (social).

Por esa razón la condena al ostracismo es una de las más crueles que existen a nivel psicológico. Y colocar a un preso en una celda de aislamiento durante un tiempo excesivo es una tortura psicológica de primer orden. Porque gran parte del cerebro humano está dedicada a (y formada por) las interacciones con los demás. Este texto es una de estas interacciones.

He sido honesto desde el principio. Ahora ya sabemos a qué estamos jugando y qué cosas valiosas podemos extraer del mero acto de estar jugando. Dicho lo cual, te agradecería que me quisieras un poco, emitiendo una interjección, dándole al «me gusta», votando a favor, alabando de algún modo este texto (y no hace falta que haya intercambio de ADN mediante).

Hola, yo no te conozco, tú no me conoces, pero voy a ser honesto contigo. Estoy escribiendo estas palabras, desde la primera hasta la última, para que me quieras. De hecho, no importa el contenido de este texto: el objetivo siempre será inequívocamente el mismo: que me profeses amor.

Que profieras interjecciones del tipo «¡guau!», que le des al «me gusta» si lees esto en Facebook, que compartas en Twitter, que escribas una cascada de elogios en los comentarios, que digas mi nombre una y otra vez o que me distingas como ganador en el concurso de divulgación en curso.

Como puedes comprobar, pues, soy honesto contigo. Y también conmigo.

Pero ello no debe inclinarnos a pensar que estoy quitándole la magia a este texto y ni mucho menos al acto de documentación, esfuerzo y creatividad que subyace del mismo, de igual modo que conocer una receta de cocina o el proceso de la digestión a nivel enzimático no le resta ni un ápice de magia a una experiencia gastronómica.

Al contrario, conocer los entresijos de cualquier acto permite no solo ser más conscientes del juego al que estamos jugando, sino también desarrollar más facetas del mismo.

Cuando te digo, pues, que estoy escribiendo esto para que me quieras, solo estoy reflejando la capa más profunda de volición en el acto de escribir este texto. Sobre ella, naturalmente, hay otras, desde el placer mismo de aprender, al de ordenar ideas y comunicarlas.

El mero hecho de tantear cuál va a ser la próxima palabra suscita en mí una suerte de vértigo y excitación, como quien ejecuta un doble salto mortal y no sabe, hasta el último instante, si caerá correctamente o se romperá la crisma. Aquí el último instante lo marca el punto que concluye cada oración.

También siento placer cuando explico algo que los demás no saben o no se habían planteado y sus ojos se dilatan por la sorpresa y la curiosidad. Conozco ese sentimiento de maravilla, me recorre la espalda cada vez que leo algo especial, y naturalmente también me complace producirlo en ti. Me refocilo, también, en la cadencia, la musicalidad y el ritmo de las palabras, dejándome llevar por su melodía.

Pero también sé que, debajo de todos estos sustratos, a nivel freático, cuando te muestro lo que escribo me sitúo en el centro del relato, me convierto en el punto de foco, y por esa razón mi cerebro segrega dopamina, un mensajero químico del cerebro que fue identificado por Arvid Carlsson y Nils-Åke Hillarp en el Laboratorio de Farmacología Química del Instituto Nacional del Corazón en Suecia, en 1952.

Cuando una persona realiza una acción que satisface una necesidad o sacia un deseo, esta hormona produce una sensación de placer. La cosa iría así: te pica, te rascas, dopamina.

Y es adictiva. Por esa razón, la fama y la atención también lo son, y en mayor o menor medida, todos los actos que producen placer.

En ese sentido, escribir este texto no se diferencia demasiado de interpretar una canción frente a un público. O colgar una foto en Instagram. Incluso guarda una estrecha relación con el hecho de ponernos una pulsera de goma de determinado color que apoye una causa social o nos ajustemos un polo con un cocodrilo en la pechera.

Estos actos, adiciones y toques son llamadas de atención para recibir un feedback que finalmente nos haga segregar dopamina. Todo esos actos aparentemente libres se realizan en esencia para situarnos en el centro de un relato.

Porque al peinarnos de determinada manera o tatuarnos cualquier mensaje o dibujo no lo hacemos para gustarnos a nosotros mismos, sino porque hay una historia vinculada a esos actos que se somete al juicio externo. Proyectan lo que somos para encajar en determinados grupos de personas. Son balizas sutiles que parpadean para atraer cariño, atención, apoyo y camaradería.

Todas ellas, características fundamentales para la supervivencia porque nuestros antepasados tenían menor probabilidad de salir adelante si no formaban parte de algo más grande que ellos mismos.

Causas subterráneas

Cuando tratamos de descifrar una conducta, de poco sirve la propia intuición o los complejos razonamientos que somos capaces de elaborar en aras de justificar todo lo que hacemos. Por ejemplo, si se nos hace la boca agua frente a un filete de carne, nos quedamos en una explicación superficial del tipo: porque está delicioso, porque huele bien, porque tengo hambre.

Sin embargo, la razón que subyace a ese deseo es que un filete de carne nos proporciona calorías para sobrevivir. Por eso se nos hace la boca agua nada más oler cómo se fríe en la sartén, pero raramente ocurrirá lo mismo si nos exponemos a un trozo de madera o una piedra.

Del mismo modo, si es más habitual que un hombre tenga una erección ante la exhibición de los pechos de una mujer que de su codo o su rodilla, también guarda relación con la supervivencia: en realidad se está ejecutando un cálculo inconsciente, heredado de nuestros antepasados prehistóricos, a propósito de la viabilidad de esa mujer para amamantar a nuestros vástagos o de sus reservas de grasa para alimentarlos en el periodo de gestación.

Igualmente, no importa cuántas veces repitamos que nos ponemos esos vaqueros ajustados por nosotros o que nos teñimos las canas para vernos más jóvenes en el reflejo del espejo. Precisamente si nosotros nos sentimos bien sincronizando nuestros gustos sobre lo que es atractivo o desagradable para nuestros semejantes es porque anhelamos gustar a los demás.

Por eso resultará muy infrecuente que alguien aduzca que se ha puesto una plasta de vaca en la cabeza porque le gusta a él y le importa bien poco la opinión ajena. Lo que nos gusta a nosotros casualmente es lo mismo que gustará a quienes queremos gustar.

Estamos ante una motivación psicológica universal, descrita por el psicólogo William James, nacido en 1842, como «el deseo de ser aceptado por los otros». Y es algo que incluso se ha evidenciado con estudios de neuroimagen como el realizado en 2014 por Tom Farrow y sus colaboradores en la Universidad de Sheffield.

En él, se advirtió que la gestión de las impresiones ajenas produce cierta activación en el córtex prefrontal medial y en el córtex prefrontal ventrolateral izquierdo, así como en otras regiones, pero solo en los casos en que los sujetos estudiados intentaban dar una mala impresión de sí mismos a propósito.

Sin embargo, si no se escogían conductas con el ánimo de desagradar a las demás personas sino con el de proyectar una buena imagen de sí mismos, entonces no se apreciaba diferencia detectable alguna.

Es decir, que nuestro cerebro se activa particularmente cuando estamos dando una mala imagen, que es lo mismo que decir que nuestro cerebro se dedica constantemente a avisarnos de ese hecho. Por consiguiente, estamos diseñados para obtener la conformidad de otros individuos, mayormente semejantes. Como abunda en ello el neurocientífico Dean Burnett en su libro El cerebro idiota:

Quienes desprecian las «normas sociales» siempre terminan formando un grupo aparte y claramente reconocible. Desde los mods y los skinheads de mediados del siglo XX hasta los góticos y emos de la actualidad, lo primero que hace un individuo cuando no quiere conformarse a las convenciones normales es buscarse otra identidad grupal a la que ajustarse en lugar de aquellas.

 

Exposición pública

Exponerse al juicio público no solo es exponerse al halago sino también al ludibrio. Mientras estoy escribiendo estas palabras, por ejemplo, estoy evaluando continuamente si esto te gustará. Intento ponerme en tu pellejo. Busco tu aprobación.

Y, a menos que me sienta particularmente seguro de mis dotes, siempre habrá en este proceso un elemento de duda y cierta conciencia de la posibilidad de estar haciéndolo mal. O de que no le guste a nadie que, a efectos prácticos o efectos neurobiológicos, es esencialmente lo mismo.

También por ello voy a autoengañarme y pensar que, si este texto no complace al lector, tal vez sea porque no está preparado para él. O que no necesito en realidad los parabienes del vulgo. Incluso puede que, gracias a una cabriola emocional, acabe por pensar que aquí lo que hay es mucha envidia. Nuestra capacidad para levantar muros emocionales que nos protejan del rechazo es extraordinariamente creativa.

Ahora bien, ¿qué podemos decir de los creadores que jamás necesitan exponerse al juicio del público? ¿Acaso no hay escritores o pintores que crean solo para ellos mismos? Efectivamente, una de las razones intermedias por las que estoy aquí dándole a la tecla es porque siento placer al hacerlo, y ese placer lo desencadenan muchos factores distintos. No obstante, el propósito subyacente continúa siendo el mismo, aunque al final no tenga lugar. Un buen ejemplo de ello es la masturbación.

El orgasmo es el mecanismo por el cual la evolución nos ha seducido a fin de que ejecutemos a menudo y con gran dedicación un coito detrás de otro en aras de reproducirnos intercambiando segmentos de ADN. Pero el sexo también es placentero por sí mismo, y engañar a nuestro cerebro es relativamente fácil.

Podemos acceder a un portal de vídeos porno, reproducir uno y masturbarnos. Al final experimentaremos un orgasmo aunque no se produzca un coito orientado a la reproducción. Es algo que también sucederá aunque usemos algún tipo de profilaxis. Y si nuestra pareja nos informa de que está empleando un anticonceptivo, nuestra erección y nuestra capacidad de experimentar el orgasmo no se debilitarán.

Nuestro cerebro, sencillamente, no gasta energía discriminando de manera tan fina la viabilidad reproductiva del orgasmo: basta con acertar de vez en cuando para perpetuarnos como especie, y por eso siempre sentimos placer si hacemos algo vagamente parecido a un coito abierto a la reproducción.

Cuando escribimos aduciendo que no nos importa si gustamos o no o incluso guardamos el texto en un rincón de nuestro disco duro, ello no menoscaba el objetivo último del acto.

Un propósito que, a juicio de los psicólogos evolutivos, se ha dado en sociedades prehistóricas, donde se profesa mayor respeto a los mejores cazadores y, en general, a todos los que desplieguen comportamientos y habilidades que tendemos a copiar para sobrevivir o que por alguna razón son difíciles de alcanzar (lo que lanza el mensaje inconsciente de que disponemos de una excelente dotación genética).

Así, determinadas habilidades, como las artísticas, constituirían una forma de transmisión de genes indirecta, esto es, a través de memes (el equivalente cultural de los genes), tal y como sostienen autores como el psicólogo cognitivo de Harvard Steven Pinker o Susan Blackmore, en su libro La máquina de los memes:

En las primeras sociedades cazadoras-recolectoras, el hombre especialmente hábil para imitar habría sido capaz de copiar las habilidades cinegéticas más punteras o las últimas novedades en tecnología para fabricar instrumentos de piedra y, por ende, habría adquirido una ventaja biológica.

(…) Ello sugiere que la pareja más deseable sería aquella cuyo estilo de vida le permitiese transmitir un mayor número de memes, como por ejemplo, un escritor, un artista, un periodista, un presentador, un actor de cine y un músico. Sin lugar a dudas, algunas de estas profesiones representan una buena oportunidad para tener adeptos admiradores y para mantener relaciones sexuales con quien deseen.

Pero si osamos exponer nuestra obra, si evitamos la masturbación imaginando el coito y nos lanzamos al coito real, entonces la posibilidad de ser defenestrado es equivalente a la muerte (social).

Por esa razón la condena al ostracismo es una de las más crueles que existen a nivel psicológico. Y colocar a un preso en una celda de aislamiento durante un tiempo excesivo es una tortura psicológica de primer orden. Porque gran parte del cerebro humano está dedicada a (y formada por) las interacciones con los demás. Este texto es una de estas interacciones.

He sido honesto desde el principio. Ahora ya sabemos a qué estamos jugando y qué cosas valiosas podemos extraer del mero acto de estar jugando. Dicho lo cual, te agradecería que me quisieras un poco, emitiendo una interjección, dándole al «me gusta», votando a favor, alabando de algún modo este texto (y no hace falta que haya intercambio de ADN mediante).

Compártelo twitter facebook whatsapp
Tú twitteas, yo pipio
El Ajedrecista: el antecesor español de Deep Blue
Disney presenta Touché, interacción táctil sobre el cuerpo humano, líquidos y casi cualquier superficie
Lo que los españoles no sabían decir en español
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp
Opiniones 9
  • Pues ya está todo dicho. Esto explica la inabarcable cantidad de información que se sube a Internet cada segundo…. Y la cantidad de amor que yo reparto leyéndolo (lo de los vídeos e imágenes lo consumo menos…)

  • Yo te quiero Sergio. Aunque no te conozca. Por ser lo que eres y a pesar de lo que seas. E independientemente de que este artículo que has escrito, que yo estoy leyendo en mi pantalla y que nos conecta en este momento, sea bueno o no (que lo es, rematadamente). Un abrazo y buen día Sergio!

  • La película Zelig de Woody Allen representa bien ese deseo (muy mamífero) de ser siempre aceptado por algún grupo de pertenencia. Pero yo dudo mucho que esa deba ser nuestra motivación esencial. También disponemos de un cerebro reptil y no nos conformamos con un irreflexivo ataque o huida.
    Como seres humanos tenemos (yo creo) la obligación de defender nuestros principios y de mostrarnos auténticos; incluso aunque ello pueda conducirnos al ostracismo o a una injusta crucifixión.

  • Quede fascinado, la redacción, los términos en ella y las referencias me hicieron llegar a una clase de “clímax” esa clase de sensacion cuando terminas el libro que te encanta o una pelicula.

  • Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *