24 de abril 2018    /   CREATIVIDAD
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Danny Heller retrata el Mid-century Modern, la cara optimista y yanqui de la Bauhaus europea

24 de abril 2018    /   CREATIVIDAD     por          
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Era la época de Jacky Kennedy, de Marilyn Monroe, de Elvis y del rock and rol. La época de los Cadillacs y los Pontiac y los Studebaker. De las cazadoras universitarias, de las faldas con vuelo, corpiños ajustados y tupés. Eran los 50, una época que dejaba atrás la tragedia de la Segunda Guerra Mundial y traía el optimismo a la sociedad americana de mediados del siglo XX.

Todo reflejaba ese lado luminoso de la vida en la que la economía se despertaba y las cosas por fin parecían ir bien. La arquitectura tampoco era ajena a aquella manera de entender la realidad. Tenía cierto sabor a Bauhaus, pero la manera de construir estadounidense de los años 50 era más orgánica en cuanto a forma y menos formal que la escuela europea.

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Las pinturas de Danny Heller, artista californiano nacido en Los Ángeles, retratan aquellas casas que tanto se han visto en las películas y series americanas. Casas familiares con cierto aire futurista, pero con ese sabor clásico que atrapa la vista del espectador.

Es lo que se conoce como el Mid-century Modern (Modernismo de mediados de siglo), movimiento artístico y arquitectónico estadounidense que bebe de la Bauhaus europea, pero que tiene su propia idiosincrasia al otro lado del océano.

«El Mid-century Modern se caracteriza por una reducción total, una simplificación y un enfoque en una mejor forma de vida», explica Heller. «En todo el mundo, los arquitectos respondieron a la devastación de la Segunda Guerra Mundial al crear un vocabulario visual más optimista. Querían espacios abiertos, amplios y aireados, trayendo la naturaleza exterior al hogar, y diseñaron las casas pensando en las familias. Jugaron con colores y formas geométricas de una manera audaz y refrescante, y se adaptaron a un estilo de vida enfocado al ocio».

En las construcciones de aquel estilo que va de 1933 hasta 1965, las paredes opacas son sustituidas por ventanales que dejan pasar la luz y el exterior de las viviendas se llena de enormes jardines y piscinas. Todo transmite optimismo. La vida sonríe a sus propietarios. Hoy, la mayor representación de aquella forma de entender la arquitectura se encuentra en la ciudad californiana de Palm Springs.

Heller creció en los suburbios de Los Ángeles y no fue muy consciente de la belleza de aquellas construcciones hasta que salió de casa para ir a la universidad. «Siempre pensé que mi entorno era un poco soso y aburrido. Un montón de casas de la posguerra, muy planas, muy monótonas», rememora.

Pero al regresar después de acabar su etapa universitaria, empezó a reconocer cierta cultura del suburbio. «Me di cuenta de ello viendo películas como Edward Scissor Hands (Eduardo Manostijeras) y series de televisión como The Brady Bunch (La tribu de los Brady). Había una estética de grandes jardines verdes, piscinas y casas cuadradas que yo conocía muy bien».

Fue entonces cuando comenzó a pintar aquellas construcciones que antes le habían pasado inadvertidas.

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«Después de estudiar y pintar los suburbios durante un tiempo, comencé a aprender más sobre aquellas viviendas de mediados de siglo consideradas más “de alto diseño”. Me atrajo al instante el aspecto de aquellas casas: líneas elegantes, cristal desde eñ suelo al techo, planos de planta abiertos y una apariencia general simplificada», comenta. «Esta arquitectura fue excepcional en un ambiente de casas suburbanas como cajas de galletas. Fue algo muy dinámico y positivo, pero discreto».

Los cuadros de Danny Heller muestran la luz cálida que tiñe el paisaje del sur de California de colores pastel y una luz solar intensa. En sus obras siempre es de día, la noche pertenece a otros mundos, no al suyo. La vida parece cómoda y feliz en los lugares que retrata, pero las personas no aparecen nunca en sus cuadros.

«Siempre he evitado incorporar seres humanos porque descubrí que distraen la atención de la arquitectura y el diseño, y en su lugar, la pintura se centra en la persona», justifica el artista californiano.

Sin embargo, la huella humana no está del todo ausente en las pinturas de Heller. Siempre aparece un elemento que hable sin nombrarlas de la gente que podría habitar en aquellas casas que retrata: un coche de la época, una silla, una puerta… Quizá en esa ausencia del hombre hay quien considera que su obra tiene un tono triste y melancólico, de soledad, a pesar de la luz del sol que ilumina la escena. Teatros vacíos donde debería haber mucha gente. Días soleados en piscinas donde no hay nadie para disfrutarlo.

Pero para Heller eso tiene algo de premonitorio. «Por lo general, los lugares que pinto son históricos y están bajo la amenaza de demolición», afirma. «Quizás mis pinturas actúen como un tipo de advertencia de que, aunque son idílicas, estas casas y edificios pueden desaparecer a menos que sean apreciados y preservados».

La obra de Heller podría englobarse dentro de esa corriente nostálgica que parece haberse instalado en la estética actual. Ese gusto por lo antiguo, por lo que ahora llaman vintage y que amenaza con dejarnos clavados en un tiempo que creemos mejor, pero que nos engaña.

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El artista californiano cree que es, en cierto modo, una vía de escape en la que solo tendemos a recordar lo positivo. «Gravitamos alrededor de la moda, la música y el diseño innovador porque era (y sigue siendo) muy potente. Pero creo que debemos aprender de eso y construir sobre ello. Podemos incorporarlo a nuestra vida actual mientras innovamos y traemos la última tecnología para que la sociedad avance».

Con ese convencimiento de rescatar del olvido y la destrucción aquel estilo de vida y de arquitectura para crear algo nuevo desde su base, Heller explora las calles de esos suburbios de Palm Springs cámara en mano, algo que le permite salir del estudio y divertirse.

Recorre las calles y fotografía vecindarios, casas, edificios… Unas veces lleva alguna idea predeterminada en la cabeza de lo que está buscando y acude a lugares y zonas concretas. Otras, simplemente pasea, observa, fotografía y documenta.

Luego pasa esas fotos al ordenador y edita las imágenes que ha captado. Ajusta su composición, edita objetos superfluos, ajusta colores… Cuando da con la imagen perfecta, la proyecta sobre el lienzo y empieza a dibujarla. «Esto me da un cierto grado de precisión a la hora de captar las proporciones adecuadas (es especialmente útil cuando se renderizan coches)», explica.

Acabado ese proceso, empieza a pintar comenzando con una capa base de colores algo apagados, solo centrándose en los valores correctos. Capa a capa «llego a un punto en el que si voy más lejos solo estropearé el cuadro. Después de un tiempo, barnizo y enmarco la pieza, y ya está lista para su exhibición».

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Un día cualquiera de trabajo comienza con una taza de café y un paseo por el campo con sus tres perros. «Ellos me ayudan a despertarme y a abrir los ojos a cuanto me rodea», describe el comienzo de su jornada. Después de revisar sus e-mails, entra en modo creativo.

«Coloco el lienzo, dibujo algunas composiciones, pinto o barnizo trabajos ya finalizados. Muchas veces trabajo en varios cuadros a la vez», asegura. «Trato de encontrar un equilibrio entre la parte artística de mi pintura y la parte comercial (correos, pedido de materiales, etc.). Ambos aspectos son muy importantes. Es fácil dejarse llevar por la pintura e ignorar a la gente durante días y es fácil perderse en el mundo de la informática y no coger nunca un pincel. Pero creo que la vida consiste en encontrar un equilibrio. Ese es el verdadero desafío».

En la obra de Danny Heller puede verse algo de Edward Hopper y David Hockney. Del trabajo de Hopper dice que «es muy cerebral: una figura singular mirando por la ventana; un hombre y una mujer de espaldas; una habitación vacía con solo una franja de luz proyectada en la pared… Incluso cuando quita la figura humana de sus obras, los objetos se vuelven antropomórficos. Su trabajo posee bellas cualidades formales con composiciones fuertes y un fluido manejo de la pintura. Son cuadros realistas sin ser fotorrealistas: todas son construcciones de su mente, basadas en lugares de la vida real», analiza el trabajo del que considera una de sus mayores influencias artísticas.

«Supongo que parte de la tristeza o soledad que se ve en mis pinturas proviene de Edward Hopper. Estudié cómo usa los objetos que representa: una silla vacía en una habitación, un singular tubo flotante a lo largo de una piscina, un automóvil estacionado frente a una casa… Estas son cosas que no solo dan escala a la arquitectura que las rodea, sino que se vuelven representantes del ser humano o de la ausencia de elementos humanos».

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David Hockney es otro de sus referentes. «Su paleta audaz es un reflejo puro de la luz del sur de California. Al igual que Hopper, sus pinturas parecen reales, pero son muchas más las escenas que ha ideado en su cabeza, aun cuando incluye figuras humanas», explica Heller. «Incluso cuando las incluye hay una frialdad que está en desacuerdo con la viva calidez del entorno que las rodea», concluye. «El trabajo de David Hockney no solo ha influido en mi paleta de colores, sino que su uso del patrón y el espacio plano también han tenido un efecto en mis composiciones».

El acto de crear es el auténtico impulso que mueve la obra de Heller. «Tomar un lienzo en blanco y formar algo sobre él que hacer sentir cosas a la gente me excita», afirma con entusiasmo. La inspiración puede llegarle mientras recorre una casa, un edificio o pasea por un barrio. Quizá sea el diseño que duerma en ellos, la iluminación, pero sobre todo la historia que guardan.

«Normalmente tengo una sensación de historia. Cuando paseo por algún lugar histórico, sé que ha habido hechos que ocurrieron allí. Hace que mi mente empiece a crear una narración, como una película o un juego, y me lleva a capturar ese instante en forma de imagen».

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De la mano de sus pinceles viajamos nosotros también a esas imágenes y a esas historias mudas de un tiempo que quizá no fue mejor, pero sí más ilusionante que el que vivimos. Con una arquitectura que fue, en muchos sentidos, mejor que la actual. Al menos así lo cree Heller. Construcciones realizadas con materiales baratos y enormes urbanizaciones insulsas cuyo único objetivo es atraer al mayor grupo de compradores posible.

Los constructores de hoy «no asumen ningún riesgo y solo se centran en el resultado final», critica el artista californiano. «En los años 50 parecía que los constructores y arquitectos eran más imaginativos. Se centraron en desarrollar un nuevo vocabulario visual y adaptar nuevos métodos de edificación y tecnología para su trabajo. Los diseños fueron dinámicos, emocionantes, y se hicieron para el consumidor de a pie. Hoy existen algunas excepciones, pero esos proyectos tienden a ser proyectos comerciales monumentales y realmente caros», continúa explicando su punto de vista sobre la arquitectura actual.

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«Los arquitectos estrella internaciones como Frank Gehry, Zaha Hadid y Santiago Calatrava (uno de mis favoritos) han desarrollado proyectos realmente imaginativos en Estados Unidos y han utilizado nuevas tecnologías para lograr sus estructuras visionarias. Pero sería bueno verlos trabajar a menor escala desarrollando un vecindario de casas familiares».

Una selección de la obra de Danny Heller se expondrá del 27 de abril al 3 de junio en la galería madrileña La Fiambrera.

Era la época de Jacky Kennedy, de Marilyn Monroe, de Elvis y del rock and rol. La época de los Cadillacs y los Pontiac y los Studebaker. De las cazadoras universitarias, de las faldas con vuelo, corpiños ajustados y tupés. Eran los 50, una época que dejaba atrás la tragedia de la Segunda Guerra Mundial y traía el optimismo a la sociedad americana de mediados del siglo XX.

Todo reflejaba ese lado luminoso de la vida en la que la economía se despertaba y las cosas por fin parecían ir bien. La arquitectura tampoco era ajena a aquella manera de entender la realidad. Tenía cierto sabor a Bauhaus, pero la manera de construir estadounidense de los años 50 era más orgánica en cuanto a forma y menos formal que la escuela europea.

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Las pinturas de Danny Heller, artista californiano nacido en Los Ángeles, retratan aquellas casas que tanto se han visto en las películas y series americanas. Casas familiares con cierto aire futurista, pero con ese sabor clásico que atrapa la vista del espectador.

Es lo que se conoce como el Mid-century Modern (Modernismo de mediados de siglo), movimiento artístico y arquitectónico estadounidense que bebe de la Bauhaus europea, pero que tiene su propia idiosincrasia al otro lado del océano.

«El Mid-century Modern se caracteriza por una reducción total, una simplificación y un enfoque en una mejor forma de vida», explica Heller. «En todo el mundo, los arquitectos respondieron a la devastación de la Segunda Guerra Mundial al crear un vocabulario visual más optimista. Querían espacios abiertos, amplios y aireados, trayendo la naturaleza exterior al hogar, y diseñaron las casas pensando en las familias. Jugaron con colores y formas geométricas de una manera audaz y refrescante, y se adaptaron a un estilo de vida enfocado al ocio».

En las construcciones de aquel estilo que va de 1933 hasta 1965, las paredes opacas son sustituidas por ventanales que dejan pasar la luz y el exterior de las viviendas se llena de enormes jardines y piscinas. Todo transmite optimismo. La vida sonríe a sus propietarios. Hoy, la mayor representación de aquella forma de entender la arquitectura se encuentra en la ciudad californiana de Palm Springs.

Heller creció en los suburbios de Los Ángeles y no fue muy consciente de la belleza de aquellas construcciones hasta que salió de casa para ir a la universidad. «Siempre pensé que mi entorno era un poco soso y aburrido. Un montón de casas de la posguerra, muy planas, muy monótonas», rememora.

Pero al regresar después de acabar su etapa universitaria, empezó a reconocer cierta cultura del suburbio. «Me di cuenta de ello viendo películas como Edward Scissor Hands (Eduardo Manostijeras) y series de televisión como The Brady Bunch (La tribu de los Brady). Había una estética de grandes jardines verdes, piscinas y casas cuadradas que yo conocía muy bien».

Fue entonces cuando comenzó a pintar aquellas construcciones que antes le habían pasado inadvertidas.

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«Después de estudiar y pintar los suburbios durante un tiempo, comencé a aprender más sobre aquellas viviendas de mediados de siglo consideradas más “de alto diseño”. Me atrajo al instante el aspecto de aquellas casas: líneas elegantes, cristal desde eñ suelo al techo, planos de planta abiertos y una apariencia general simplificada», comenta. «Esta arquitectura fue excepcional en un ambiente de casas suburbanas como cajas de galletas. Fue algo muy dinámico y positivo, pero discreto».

Los cuadros de Danny Heller muestran la luz cálida que tiñe el paisaje del sur de California de colores pastel y una luz solar intensa. En sus obras siempre es de día, la noche pertenece a otros mundos, no al suyo. La vida parece cómoda y feliz en los lugares que retrata, pero las personas no aparecen nunca en sus cuadros.

«Siempre he evitado incorporar seres humanos porque descubrí que distraen la atención de la arquitectura y el diseño, y en su lugar, la pintura se centra en la persona», justifica el artista californiano.

Sin embargo, la huella humana no está del todo ausente en las pinturas de Heller. Siempre aparece un elemento que hable sin nombrarlas de la gente que podría habitar en aquellas casas que retrata: un coche de la época, una silla, una puerta… Quizá en esa ausencia del hombre hay quien considera que su obra tiene un tono triste y melancólico, de soledad, a pesar de la luz del sol que ilumina la escena. Teatros vacíos donde debería haber mucha gente. Días soleados en piscinas donde no hay nadie para disfrutarlo.

Pero para Heller eso tiene algo de premonitorio. «Por lo general, los lugares que pinto son históricos y están bajo la amenaza de demolición», afirma. «Quizás mis pinturas actúen como un tipo de advertencia de que, aunque son idílicas, estas casas y edificios pueden desaparecer a menos que sean apreciados y preservados».

La obra de Heller podría englobarse dentro de esa corriente nostálgica que parece haberse instalado en la estética actual. Ese gusto por lo antiguo, por lo que ahora llaman vintage y que amenaza con dejarnos clavados en un tiempo que creemos mejor, pero que nos engaña.

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El artista californiano cree que es, en cierto modo, una vía de escape en la que solo tendemos a recordar lo positivo. «Gravitamos alrededor de la moda, la música y el diseño innovador porque era (y sigue siendo) muy potente. Pero creo que debemos aprender de eso y construir sobre ello. Podemos incorporarlo a nuestra vida actual mientras innovamos y traemos la última tecnología para que la sociedad avance».

Con ese convencimiento de rescatar del olvido y la destrucción aquel estilo de vida y de arquitectura para crear algo nuevo desde su base, Heller explora las calles de esos suburbios de Palm Springs cámara en mano, algo que le permite salir del estudio y divertirse.

Recorre las calles y fotografía vecindarios, casas, edificios… Unas veces lleva alguna idea predeterminada en la cabeza de lo que está buscando y acude a lugares y zonas concretas. Otras, simplemente pasea, observa, fotografía y documenta.

Luego pasa esas fotos al ordenador y edita las imágenes que ha captado. Ajusta su composición, edita objetos superfluos, ajusta colores… Cuando da con la imagen perfecta, la proyecta sobre el lienzo y empieza a dibujarla. «Esto me da un cierto grado de precisión a la hora de captar las proporciones adecuadas (es especialmente útil cuando se renderizan coches)», explica.

Acabado ese proceso, empieza a pintar comenzando con una capa base de colores algo apagados, solo centrándose en los valores correctos. Capa a capa «llego a un punto en el que si voy más lejos solo estropearé el cuadro. Después de un tiempo, barnizo y enmarco la pieza, y ya está lista para su exhibición».

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Un día cualquiera de trabajo comienza con una taza de café y un paseo por el campo con sus tres perros. «Ellos me ayudan a despertarme y a abrir los ojos a cuanto me rodea», describe el comienzo de su jornada. Después de revisar sus e-mails, entra en modo creativo.

«Coloco el lienzo, dibujo algunas composiciones, pinto o barnizo trabajos ya finalizados. Muchas veces trabajo en varios cuadros a la vez», asegura. «Trato de encontrar un equilibrio entre la parte artística de mi pintura y la parte comercial (correos, pedido de materiales, etc.). Ambos aspectos son muy importantes. Es fácil dejarse llevar por la pintura e ignorar a la gente durante días y es fácil perderse en el mundo de la informática y no coger nunca un pincel. Pero creo que la vida consiste en encontrar un equilibrio. Ese es el verdadero desafío».

En la obra de Danny Heller puede verse algo de Edward Hopper y David Hockney. Del trabajo de Hopper dice que «es muy cerebral: una figura singular mirando por la ventana; un hombre y una mujer de espaldas; una habitación vacía con solo una franja de luz proyectada en la pared… Incluso cuando quita la figura humana de sus obras, los objetos se vuelven antropomórficos. Su trabajo posee bellas cualidades formales con composiciones fuertes y un fluido manejo de la pintura. Son cuadros realistas sin ser fotorrealistas: todas son construcciones de su mente, basadas en lugares de la vida real», analiza el trabajo del que considera una de sus mayores influencias artísticas.

«Supongo que parte de la tristeza o soledad que se ve en mis pinturas proviene de Edward Hopper. Estudié cómo usa los objetos que representa: una silla vacía en una habitación, un singular tubo flotante a lo largo de una piscina, un automóvil estacionado frente a una casa… Estas son cosas que no solo dan escala a la arquitectura que las rodea, sino que se vuelven representantes del ser humano o de la ausencia de elementos humanos».

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David Hockney es otro de sus referentes. «Su paleta audaz es un reflejo puro de la luz del sur de California. Al igual que Hopper, sus pinturas parecen reales, pero son muchas más las escenas que ha ideado en su cabeza, aun cuando incluye figuras humanas», explica Heller. «Incluso cuando las incluye hay una frialdad que está en desacuerdo con la viva calidez del entorno que las rodea», concluye. «El trabajo de David Hockney no solo ha influido en mi paleta de colores, sino que su uso del patrón y el espacio plano también han tenido un efecto en mis composiciones».

El acto de crear es el auténtico impulso que mueve la obra de Heller. «Tomar un lienzo en blanco y formar algo sobre él que hacer sentir cosas a la gente me excita», afirma con entusiasmo. La inspiración puede llegarle mientras recorre una casa, un edificio o pasea por un barrio. Quizá sea el diseño que duerma en ellos, la iluminación, pero sobre todo la historia que guardan.

«Normalmente tengo una sensación de historia. Cuando paseo por algún lugar histórico, sé que ha habido hechos que ocurrieron allí. Hace que mi mente empiece a crear una narración, como una película o un juego, y me lleva a capturar ese instante en forma de imagen».

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De la mano de sus pinceles viajamos nosotros también a esas imágenes y a esas historias mudas de un tiempo que quizá no fue mejor, pero sí más ilusionante que el que vivimos. Con una arquitectura que fue, en muchos sentidos, mejor que la actual. Al menos así lo cree Heller. Construcciones realizadas con materiales baratos y enormes urbanizaciones insulsas cuyo único objetivo es atraer al mayor grupo de compradores posible.

Los constructores de hoy «no asumen ningún riesgo y solo se centran en el resultado final», critica el artista californiano. «En los años 50 parecía que los constructores y arquitectos eran más imaginativos. Se centraron en desarrollar un nuevo vocabulario visual y adaptar nuevos métodos de edificación y tecnología para su trabajo. Los diseños fueron dinámicos, emocionantes, y se hicieron para el consumidor de a pie. Hoy existen algunas excepciones, pero esos proyectos tienden a ser proyectos comerciales monumentales y realmente caros», continúa explicando su punto de vista sobre la arquitectura actual.

danny-heller-racquet-club-estates-lounging-1500px

«Los arquitectos estrella internaciones como Frank Gehry, Zaha Hadid y Santiago Calatrava (uno de mis favoritos) han desarrollado proyectos realmente imaginativos en Estados Unidos y han utilizado nuevas tecnologías para lograr sus estructuras visionarias. Pero sería bueno verlos trabajar a menor escala desarrollando un vecindario de casas familiares».

Una selección de la obra de Danny Heller se expondrá del 27 de abril al 3 de junio en la galería madrileña La Fiambrera.

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