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26 de septiembre 2018    /   ENTRETENIMIENTO
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‘Esclavos del trabajo’: un libro que explica la explotación laboral y cómo combatirla

26 de septiembre 2018    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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La novela gráfica Esclavos del trabajo muestra en primera persona la situación de explotación laboral a la que se vio sometida su autora, la polaca Daria Bogdanska, cuando se trasladó a vivir a Suecia.

«Hay muchas leyes que facilitan que las personas de los países miembros de la Unión Europea se trasladen de un lugar a otro y trabajen dentro de la Unión Europea, pero si profundizas un poco más, verás que es más sencillo decirlo que hacerlo». Daria Bogdanska sabe de qué habla. Ella ha profundizado. Pero no como lo haría un observador externo sino como trabajadora.

En 2013, después de unos años sin saber cómo encauzar su vida profesional, Bogdanska abandonó su Polonia natal para establecerse en Suecia. Se había matriculado en una escuela de cómic en la ciudad de Malmö y pensó que sería buena idea compaginar sus estudios con un trabajo a tiempo parcial.

«Evidentemente, nadie te puede expulsar de un país de la UE si eres ciudadano comunitario, pero una vez que estás allí, son muchos los países que dificultan el acceso, por ejemplo, a la asistencia sanitaria. Por mi experiencia, estaba claro que en la práctica era casi imposible entrar en el sistema laboral legalmente».

Antes de darse de bruces con el sistema burocrático sueco a la hora de buscar empleo, Bogdanska se encontró con una desagradable sorpresa: la oferta laboral estaba claramente dividida por género. Había trabajos «para hombres» y «para mujeres». Si no se cumplía esa primera condición, era tontería interesarse por la vacante.

«La discriminación por género tiene mucho que ver con el sistema, la cultura de cada país o con cosas como los permisos de maternidad, que hacen que las mujeres estén más tiempo fuera del mercado laboral que los hombres. Esa diferencia también tiene efectos en los sueldos, y en muchas ocasiones, los de las mujeres son menores que los de los hombres. En todo caso y aunque se puedan analizar las causas, lo que es sorprendente es que siga ocurriendo en 2018».

Tras encontrar un trabajo adecuado a sus necesidades, compatible con sus horarios lectivos y en el que no fuera a ser rechazada por cuestiones de género, Daria Bogdanska se vio en la necesidad de regularizar su situación. Necesitaba un número de identificación de la Hacienda sueca para poder firmar el contrato de trabajo.

Sin embargo, la Administración del país le negaba el número porque no tenía un trabajo. Un círculo vicioso del que es imposible salir y que hace que muchos trabajadores opten por no legalizar su situación.

«No sé si ese tipo de actitudes se deben a políticas conscientes de la Administración o sencillamente a un mal funcionamiento. Creo que es un poco de las dos cosas. Muchas de las supuestas libertades ofertadas por la Unión Europea están pensadas para beneficiar a las empresas. El espacio común europeo, por ejemplo, beneficia a los países y las empresas porque abarata la mano de obra».

«Sin embargo, son esos países que se benefician de la situación los que luego les niegan la cobertura sanitaria a los trabajadores. En ocasiones, la combinación de leyes europeas y nacionales hace difícil ejercer los derechos como ciudadano de la Unión. Eso es un poco lo que se muestra en mi libro».

Aunque algunos políticos les cueste entenderlo, no tener permiso de trabajo no impedirá que la persona que llegue al país renuncie a buscarse la vida. Necesitado de dinero para subsistir, recurrirá a la economía sumergida donde sufrirá la explotación de unos empresarios que no siempre tienen el aspecto de ricachones con chistera y puro. En ocasiones también son tipos enrollados que van de amigos y que incluso se definen como simpatizantes de la izquierda.

«Por mi experiencia he aprendido que los jefes que intentan ser tus amigos son los peores. Si te paras a pensar, la ecuación es bien sencilla: los jefes ganan dinero por tu trabajo, así que, cuanto menos se gasten en ti más ganan ellos. Es una situación de conflicto, por lo que es bueno que nadie olvide esa dinámica».

«Lo más gracioso es que los jefes, sean de grandes o pequeñas empresas, han conseguido convencer a la población de que son ellos los que lo tienen difícil. Eso de «Oh, es que no puedo pagar tu seguro social” lo he escuchado infinidad de veces. En esos casos, mi respuesta es clara: “¿No puedes permitirte el lujo de dar al trabajador una seguridad mínima y un salario digno? Entonces no los emplees, haz el puto trabajo tú mismo”».

«Estoy harta de que a la gente le laven el cerebro para estar siempre del lado de los patrones, cuando son ellos los que se enriquecen cada vez más, mientras que nosotros nos quedamos sin seguros, con malos salarios y sin pensiones».

Ante los abusos y la dificultad de encontrar trabajo por los cauces legales, los trabajadores se ven en la necesidad de recurrir al apoyo de amigos, del entorno cercano y la familia, siempre y cuando esté también en el país. En el caso de Daria Bogdanska, fueron los amigos los que la ayudaron a encontrar algunos empleos y la apoyaron en sus reivindicaciones y enfrentamientos con el dueño del restaurante en el que trabajaba en negro.

«El apoyo del entorno cercano es muy importante, diría incluso que es crucial. A menudo, se acusa a los inmigrantes ​​de no integrarse, pero lo que sucede es que todo el mundo se apoya en sus redes sociales para salir adelante en el día a día».

«Cuando llegas a un nuevo país lo más normal es que entres en contacto con un miembro de una comunidad que conoces. Por ejemplo, una persona de tu país que te guiará a través de esa nueva situación y te dará ayudará con el trabajo. En mi caso no conocía a nadie de Polonia que me ayudara, pero formaba parte de una comunidad conectada a una subcultura que jugó el rol de comunidad de apoyo».

Daria Bogdanska llegó a Suecia haciendo autostop. Unos punks la recogieron en su furgoneta y la acercaron a Malmö. Formar parte de esa escena permitió que entrase en contacto con jóvenes suecos que le ayudaron con el idioma, el alojamiento y las cuestiones laborales como, por ejemplo, encontrar un sindicato que le asesorase a la hora de denunciar al empresario para que el trabajaba y que era famoso por explotar laboralmente sus empleados.

Una lucha que acabó con la regularización de su situación en el país, el cobro de salarios atrasados y con Daria Bogdanska contando su hazaña en la portada de uno de los periódicos de la ciudad.

«Cuando era adolescente, leyendo cómics o viendo series de televisión, recuerdo que los personajes siempre se quejaban de sus trabajos de mierda o usaban la ironía como arma contra sus jefes inútiles. Sin embargo, nunca hacen algo para mejorar su situación. Quería que mi historia diera un paso adelante y también hablara sobre soluciones. Necesitamos más educación sobre nuestros derechos como trabajadores en general y la cultura pop puede jugar un papel importante a la hora de transmitirla»

En la actualidad, cinco años después de los hechos que se narran en Esclavos del trabajo, Bogdanska trabaja como profesora y realiza cómics e ilustraciones para editoriales independientes. Aunque la situación laboral no siempre es perfecta, ahora sabe cómo luchar por sus derechos.

«Estamos organizados a través de un sindicato, así que no tenemos grandes conflictos con nuestros jefes. Es suficiente que sepan que no estamos solos y que no pueden obligarnos a hacer cualquier cosa que se les ocurra».

La novela gráfica Esclavos del trabajo muestra en primera persona la situación de explotación laboral a la que se vio sometida su autora, la polaca Daria Bogdanska, cuando se trasladó a vivir a Suecia.

«Hay muchas leyes que facilitan que las personas de los países miembros de la Unión Europea se trasladen de un lugar a otro y trabajen dentro de la Unión Europea, pero si profundizas un poco más, verás que es más sencillo decirlo que hacerlo». Daria Bogdanska sabe de qué habla. Ella ha profundizado. Pero no como lo haría un observador externo sino como trabajadora.

En 2013, después de unos años sin saber cómo encauzar su vida profesional, Bogdanska abandonó su Polonia natal para establecerse en Suecia. Se había matriculado en una escuela de cómic en la ciudad de Malmö y pensó que sería buena idea compaginar sus estudios con un trabajo a tiempo parcial.

«Evidentemente, nadie te puede expulsar de un país de la UE si eres ciudadano comunitario, pero una vez que estás allí, son muchos los países que dificultan el acceso, por ejemplo, a la asistencia sanitaria. Por mi experiencia, estaba claro que en la práctica era casi imposible entrar en el sistema laboral legalmente».

Antes de darse de bruces con el sistema burocrático sueco a la hora de buscar empleo, Bogdanska se encontró con una desagradable sorpresa: la oferta laboral estaba claramente dividida por género. Había trabajos «para hombres» y «para mujeres». Si no se cumplía esa primera condición, era tontería interesarse por la vacante.

«La discriminación por género tiene mucho que ver con el sistema, la cultura de cada país o con cosas como los permisos de maternidad, que hacen que las mujeres estén más tiempo fuera del mercado laboral que los hombres. Esa diferencia también tiene efectos en los sueldos, y en muchas ocasiones, los de las mujeres son menores que los de los hombres. En todo caso y aunque se puedan analizar las causas, lo que es sorprendente es que siga ocurriendo en 2018».

Tras encontrar un trabajo adecuado a sus necesidades, compatible con sus horarios lectivos y en el que no fuera a ser rechazada por cuestiones de género, Daria Bogdanska se vio en la necesidad de regularizar su situación. Necesitaba un número de identificación de la Hacienda sueca para poder firmar el contrato de trabajo.

Sin embargo, la Administración del país le negaba el número porque no tenía un trabajo. Un círculo vicioso del que es imposible salir y que hace que muchos trabajadores opten por no legalizar su situación.

«No sé si ese tipo de actitudes se deben a políticas conscientes de la Administración o sencillamente a un mal funcionamiento. Creo que es un poco de las dos cosas. Muchas de las supuestas libertades ofertadas por la Unión Europea están pensadas para beneficiar a las empresas. El espacio común europeo, por ejemplo, beneficia a los países y las empresas porque abarata la mano de obra».

«Sin embargo, son esos países que se benefician de la situación los que luego les niegan la cobertura sanitaria a los trabajadores. En ocasiones, la combinación de leyes europeas y nacionales hace difícil ejercer los derechos como ciudadano de la Unión. Eso es un poco lo que se muestra en mi libro».

Aunque algunos políticos les cueste entenderlo, no tener permiso de trabajo no impedirá que la persona que llegue al país renuncie a buscarse la vida. Necesitado de dinero para subsistir, recurrirá a la economía sumergida donde sufrirá la explotación de unos empresarios que no siempre tienen el aspecto de ricachones con chistera y puro. En ocasiones también son tipos enrollados que van de amigos y que incluso se definen como simpatizantes de la izquierda.

«Por mi experiencia he aprendido que los jefes que intentan ser tus amigos son los peores. Si te paras a pensar, la ecuación es bien sencilla: los jefes ganan dinero por tu trabajo, así que, cuanto menos se gasten en ti más ganan ellos. Es una situación de conflicto, por lo que es bueno que nadie olvide esa dinámica».

«Lo más gracioso es que los jefes, sean de grandes o pequeñas empresas, han conseguido convencer a la población de que son ellos los que lo tienen difícil. Eso de «Oh, es que no puedo pagar tu seguro social” lo he escuchado infinidad de veces. En esos casos, mi respuesta es clara: “¿No puedes permitirte el lujo de dar al trabajador una seguridad mínima y un salario digno? Entonces no los emplees, haz el puto trabajo tú mismo”».

«Estoy harta de que a la gente le laven el cerebro para estar siempre del lado de los patrones, cuando son ellos los que se enriquecen cada vez más, mientras que nosotros nos quedamos sin seguros, con malos salarios y sin pensiones».

Ante los abusos y la dificultad de encontrar trabajo por los cauces legales, los trabajadores se ven en la necesidad de recurrir al apoyo de amigos, del entorno cercano y la familia, siempre y cuando esté también en el país. En el caso de Daria Bogdanska, fueron los amigos los que la ayudaron a encontrar algunos empleos y la apoyaron en sus reivindicaciones y enfrentamientos con el dueño del restaurante en el que trabajaba en negro.

«El apoyo del entorno cercano es muy importante, diría incluso que es crucial. A menudo, se acusa a los inmigrantes ​​de no integrarse, pero lo que sucede es que todo el mundo se apoya en sus redes sociales para salir adelante en el día a día».

«Cuando llegas a un nuevo país lo más normal es que entres en contacto con un miembro de una comunidad que conoces. Por ejemplo, una persona de tu país que te guiará a través de esa nueva situación y te dará ayudará con el trabajo. En mi caso no conocía a nadie de Polonia que me ayudara, pero formaba parte de una comunidad conectada a una subcultura que jugó el rol de comunidad de apoyo».

Daria Bogdanska llegó a Suecia haciendo autostop. Unos punks la recogieron en su furgoneta y la acercaron a Malmö. Formar parte de esa escena permitió que entrase en contacto con jóvenes suecos que le ayudaron con el idioma, el alojamiento y las cuestiones laborales como, por ejemplo, encontrar un sindicato que le asesorase a la hora de denunciar al empresario para que el trabajaba y que era famoso por explotar laboralmente sus empleados.

Una lucha que acabó con la regularización de su situación en el país, el cobro de salarios atrasados y con Daria Bogdanska contando su hazaña en la portada de uno de los periódicos de la ciudad.

«Cuando era adolescente, leyendo cómics o viendo series de televisión, recuerdo que los personajes siempre se quejaban de sus trabajos de mierda o usaban la ironía como arma contra sus jefes inútiles. Sin embargo, nunca hacen algo para mejorar su situación. Quería que mi historia diera un paso adelante y también hablara sobre soluciones. Necesitamos más educación sobre nuestros derechos como trabajadores en general y la cultura pop puede jugar un papel importante a la hora de transmitirla»

En la actualidad, cinco años después de los hechos que se narran en Esclavos del trabajo, Bogdanska trabaja como profesora y realiza cómics e ilustraciones para editoriales independientes. Aunque la situación laboral no siempre es perfecta, ahora sabe cómo luchar por sus derechos.

«Estamos organizados a través de un sindicato, así que no tenemos grandes conflictos con nuestros jefes. Es suficiente que sepan que no estamos solos y que no pueden obligarnos a hacer cualquier cosa que se les ocurra».

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