6 de noviembre 2012    /   CINE/TV
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Darwinismo encerrado en una lata de comida

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Jamás una lata de comida encerró tanto contenido. Katja Gauriloff aún no había cumplido la mayoría de edad cuando ya viajaba a través de su país en busca de un empleo, a principios de la década de los 90. En una de sus paradas consiguió un contrato, empaquetando salchichas en Helsinki. Fue la primera y última vez que trabajó en una fábrica una experiencia que le sirvió para idear Canned Dreams, un documental centrado en un bote de raviolis.

La directora aún recuerda la monotonía y las exigencias físicas de las largas jornadas laborales en aquella factoría, aliviadas por pausas de siete minutos cada hora, lo suficiente para tomar un café o fumar un cigarro. En esa sala de descanso escuchaba los relatos y anhelos de otras mujeres que habían pasado en ese lugar la mayor parte de su vida adulta.

A partir de esos recuerdos despertó en ella la necesidad de rodar esta película. Es un viaje de miles de kilómetros a través de la producción de comida masiva con una lata de raviolis de supermercado como hilo conductor. Así, la mirada del espectador se fija durante unos minutos en una minas de Brasil, una granja de cerdos de Dinamarca y mataderos en Rumanía y Polonia. También vemos recoger tomates portugueses, trigo en Ucrania, olivas italianas y huevos de cientos de gallinas, cruelmente hacinadas en Francia hasta el punto de no poder moverse. Lo que ocurre en torno a esos lugares no es tan conocido.

“Esta lata de comida podía haber sido cualquier otro producto manufacturado, pero la verdad que intento contar es mucho más sorprendente y brutal de lo que aparece en la película“, dice Katja Gauriloff.

“Canned Dreams“ recuerda escenas de maltrato animal (a las que parece que nos hemos acostumbrado), pero también descubre a las personas en torno a esta gigantesca cadena de producción, cuyas vidas son tan invisibles como las de los animales condenados desde el nacimiento en favor de nuestro bienestar. Y así es como este relato darwinista amplia sus miras hacia las desigualdades sociales y nos presenta a aquellos que habitan los puestos más bajos de la pirámide de poder.

La directora rodó escenas durante cuatro años hasta dar con el montaje final, que condensa en 90 minutos una decena de breves e impactantes testimonios, contado con naturalidad o resignación. Un parto prematuro, ser huérfano antes de tiempo o pertenecer a una raza o a un entorno familiar determinados han delimitado la vida de los protagonistas de este documental. Unos viven rodeados de animales, otros del reiterativo y deshumanizado sonido de las máquinas, que anestesia cada uno de sus dramas personales y enlata sus sueños. Muchos de ellos terminan en las estanterías de nuestros supermercados.

Imagen portada: Oktober Oy.

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Jamás una lata de comida encerró tanto contenido. Katja Gauriloff aún no había cumplido la mayoría de edad cuando ya viajaba a través de su país en busca de un empleo, a principios de la década de los 90. En una de sus paradas consiguió un contrato, empaquetando salchichas en Helsinki. Fue la primera y última vez que trabajó en una fábrica una experiencia que le sirvió para idear Canned Dreams, un documental centrado en un bote de raviolis.

La directora aún recuerda la monotonía y las exigencias físicas de las largas jornadas laborales en aquella factoría, aliviadas por pausas de siete minutos cada hora, lo suficiente para tomar un café o fumar un cigarro. En esa sala de descanso escuchaba los relatos y anhelos de otras mujeres que habían pasado en ese lugar la mayor parte de su vida adulta.

A partir de esos recuerdos despertó en ella la necesidad de rodar esta película. Es un viaje de miles de kilómetros a través de la producción de comida masiva con una lata de raviolis de supermercado como hilo conductor. Así, la mirada del espectador se fija durante unos minutos en una minas de Brasil, una granja de cerdos de Dinamarca y mataderos en Rumanía y Polonia. También vemos recoger tomates portugueses, trigo en Ucrania, olivas italianas y huevos de cientos de gallinas, cruelmente hacinadas en Francia hasta el punto de no poder moverse. Lo que ocurre en torno a esos lugares no es tan conocido.

“Esta lata de comida podía haber sido cualquier otro producto manufacturado, pero la verdad que intento contar es mucho más sorprendente y brutal de lo que aparece en la película“, dice Katja Gauriloff.

“Canned Dreams“ recuerda escenas de maltrato animal (a las que parece que nos hemos acostumbrado), pero también descubre a las personas en torno a esta gigantesca cadena de producción, cuyas vidas son tan invisibles como las de los animales condenados desde el nacimiento en favor de nuestro bienestar. Y así es como este relato darwinista amplia sus miras hacia las desigualdades sociales y nos presenta a aquellos que habitan los puestos más bajos de la pirámide de poder.

La directora rodó escenas durante cuatro años hasta dar con el montaje final, que condensa en 90 minutos una decena de breves e impactantes testimonios, contado con naturalidad o resignación. Un parto prematuro, ser huérfano antes de tiempo o pertenecer a una raza o a un entorno familiar determinados han delimitado la vida de los protagonistas de este documental. Unos viven rodeados de animales, otros del reiterativo y deshumanizado sonido de las máquinas, que anestesia cada uno de sus dramas personales y enlata sus sueños. Muchos de ellos terminan en las estanterías de nuestros supermercados.

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