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28 de diciembre 2015    /   CIENCIA
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Esta científica ‘datapunk’ es la mujer más monitorizada del mundo

28 de diciembre 2015    /   CIENCIA     por          
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En los antebrazos, en las piernas, colgados del cuello o pendidos de un cinturón. Los wearables han conquistado el cuerpo de Rachel Kalmar. Ha llegado a llevar 38 encima para monitorizar sus pasos, su actividad física, la calidad de su sueño, su respiración, su estado de ánimo o sus hábitos alimentarios.

Esta neurocientífica californiana no lleva semejante cantidad de acelerómetros y sensores encima porque esté obsesionada con transformar cada detalle de su existencia en bits, números y gráficos. Sus metas son diferentes a las del movimiento Quantified Self, el grupo de apasionados de la monitorización que fundaron dos editores de la revista Wired y del que ya forman parte más de 20.000 personas en 188 ciudades del globo.

Kalmar utiliza los dispositivos que la vigilan como parte de un experimento para mejorarlos. «No los llevo para descubrir cosas sobre mí sino para descubrir cosas sobre los datos, cómo se guardan en el dispositivo y en los servidores, cómo llegan a los usuarios o cómo pueden interactuar con otras apps», cuenta a Yorokobu.

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Kalmar ha trabajado como data scientist, esa novedosa profesión que las empresas cada vez demandan más para analizar la ingente cantidad de datos que la tecnología obtiene de nosotros, en la compañía de wearables Misfit.

Después de tres años analizando su propio comportamiento y de autoproclamarse como la mujer que más se ha monitorizado de forma continuada en el mundo (un título por el que ella misma confiesa que la han invitado a conferencias en no pocas ocasiones), recalca que los dispositivos que saben todo de nosotros son solo una herramienta que nos puede ayudar a lograr un objetivo que primero tenemos que fijarnos.

«Si quieres aprender un poco más sobre ti y sobre tus patrones de comportamiento, pueden darte un conocimiento sobre lo que deberías hacer sin la expectativa de que van a resolver ningún problema por ti», defiende. Así que si  habías pedido a sus Majestades de Oriente una pulsera Fitbit para monitorizar tu actividad física pensando que te poseería cual Anillo Único y te obligaría a salir a correr, desengáñate. La persona que dice haber llevado más wearables del planeta asegura que la pulsera no te va a cambiar la vida, si tú no pones de tu parte.

Por eso, Kalmar trabaja en un nuevo proyecto del que todavía no quiere dar demasiados detalles, para lograr que la cuantificación no solo sirva para que los usuarios se conozcan mejor a sí mismos individualmente. Pretende que esos datos ayuden a los investigadores a estudiar enfermedades o a los médicos a saber qué les ocurre a sus pacientes cuando están fuera de la consulta.

Lleva tiempo pensando desarrollar un anillo que mida nuestro estado de ánimo y lo relacione con la luz para descubrir si padecemos un trastorno afectivo estacional. «Todo lo que estamos aprendiendo ahora es importante para ser capaces de desarrollar una nueva generación de wearables, porque habrá wearables en el futuro que serán capaces de ayudar a salvar vidas».

Compañías como Apple piensan lo mismo que Kalmar: hace unos meses la firma de la manzana mordida lanzó ResearchKit, una plataforma para que aquellos usuarios de iPhone o Apple Watch que den su consentimiento compartan sus datos. De esta forma, los investigadores podrán estudiar enfermedades del corazón, el Parkinson o la diabetes e incluso analizar nuestro ADN.

Esta neurocientífica datapunk, un sobrenombre con el que ella misma se presenta en Twitter para dejar patente que sus pulseras se han adaptado a la moda del siglo XXI almacenando datos digitalmente en lugar de exhibir analógicos pinchos, no pretende solo cuantificar su cuerpo para cuantificar mejor el de los demás. 

También está embarcada en otro monstruoso proyecto para evangelizar sobre las bondades de la neurociencia. Junto con otros artistas, ingenieros y neurocientíficos ha construido Dr. Brainlove, una estructura en forma de cerebro gigante que ha circulado sobre cuatro ruedas en el multitudinario festival artístico Burning Man que se celebra anualmente en Nevada. Un evento al que acuden los magnates de la tecnología, desde el excéntrico Elon Musk al polémico Jeff Bezos.

Tanto el año pasado como este, Kalmar y el resto del equipo han logrado recaudar 20.000 dólares (18.000 euros) en Indiegogo para levantar este peculiar homenaje a nuestra mente. Eso sí, no te pienses que se trata de una simple y estrambótica carroza. La instalación es una recreación exacta del escáner cerebral de una de las neurocientíficas del grupo y cuenta con una pista de baile amenizada por luces de colores y sonidos controlados por los cascos de ondas cerebrales que portan los visitantes.

Kalmar pretende que este cerebro de acero amante de las juergas no solo se desplace al desierto de Nevada. Quiere viajar con él a otros festivales de ciencia y tecnología o incluso organizar exposiciones en las que Dr. Brainlove sea el protagonista. Por el momento, el equipo está buscando cómo lograr que sea un proyecto sostenible para no depender del micromecenazgo.

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«Creo que los wearables, la internet de las cosas y los dispositivos conectados serán indudablemente el futuro pero quizá tengan una forma distinta a como la tienen ahora, quizá no estén en tu muñeca midiendo el número de pasos, quizá estén embebidos… pero los  wearables no van a desaparecer», sentencia Kalmar.

Después de más de 1.000 días portando esas pulseras que vigilan su organismo, esta datapunk es consciente de que dentro de unos años no necesitará llevar la decena de dispositivos que la estaban monitorizando mientras nos contaba sus hazañas. Probablemente, estarán debajo de su piel.

—————————

Las imágenes son propiedad de Cory Doctorow y Leonore Adman

En los antebrazos, en las piernas, colgados del cuello o pendidos de un cinturón. Los wearables han conquistado el cuerpo de Rachel Kalmar. Ha llegado a llevar 38 encima para monitorizar sus pasos, su actividad física, la calidad de su sueño, su respiración, su estado de ánimo o sus hábitos alimentarios.

Esta neurocientífica californiana no lleva semejante cantidad de acelerómetros y sensores encima porque esté obsesionada con transformar cada detalle de su existencia en bits, números y gráficos. Sus metas son diferentes a las del movimiento Quantified Self, el grupo de apasionados de la monitorización que fundaron dos editores de la revista Wired y del que ya forman parte más de 20.000 personas en 188 ciudades del globo.

Kalmar utiliza los dispositivos que la vigilan como parte de un experimento para mejorarlos. «No los llevo para descubrir cosas sobre mí sino para descubrir cosas sobre los datos, cómo se guardan en el dispositivo y en los servidores, cómo llegan a los usuarios o cómo pueden interactuar con otras apps», cuenta a Yorokobu.

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Kalmar ha trabajado como data scientist, esa novedosa profesión que las empresas cada vez demandan más para analizar la ingente cantidad de datos que la tecnología obtiene de nosotros, en la compañía de wearables Misfit.

Después de tres años analizando su propio comportamiento y de autoproclamarse como la mujer que más se ha monitorizado de forma continuada en el mundo (un título por el que ella misma confiesa que la han invitado a conferencias en no pocas ocasiones), recalca que los dispositivos que saben todo de nosotros son solo una herramienta que nos puede ayudar a lograr un objetivo que primero tenemos que fijarnos.

«Si quieres aprender un poco más sobre ti y sobre tus patrones de comportamiento, pueden darte un conocimiento sobre lo que deberías hacer sin la expectativa de que van a resolver ningún problema por ti», defiende. Así que si  habías pedido a sus Majestades de Oriente una pulsera Fitbit para monitorizar tu actividad física pensando que te poseería cual Anillo Único y te obligaría a salir a correr, desengáñate. La persona que dice haber llevado más wearables del planeta asegura que la pulsera no te va a cambiar la vida, si tú no pones de tu parte.

Por eso, Kalmar trabaja en un nuevo proyecto del que todavía no quiere dar demasiados detalles, para lograr que la cuantificación no solo sirva para que los usuarios se conozcan mejor a sí mismos individualmente. Pretende que esos datos ayuden a los investigadores a estudiar enfermedades o a los médicos a saber qué les ocurre a sus pacientes cuando están fuera de la consulta.

Lleva tiempo pensando desarrollar un anillo que mida nuestro estado de ánimo y lo relacione con la luz para descubrir si padecemos un trastorno afectivo estacional. «Todo lo que estamos aprendiendo ahora es importante para ser capaces de desarrollar una nueva generación de wearables, porque habrá wearables en el futuro que serán capaces de ayudar a salvar vidas».

Compañías como Apple piensan lo mismo que Kalmar: hace unos meses la firma de la manzana mordida lanzó ResearchKit, una plataforma para que aquellos usuarios de iPhone o Apple Watch que den su consentimiento compartan sus datos. De esta forma, los investigadores podrán estudiar enfermedades del corazón, el Parkinson o la diabetes e incluso analizar nuestro ADN.

Esta neurocientífica datapunk, un sobrenombre con el que ella misma se presenta en Twitter para dejar patente que sus pulseras se han adaptado a la moda del siglo XXI almacenando datos digitalmente en lugar de exhibir analógicos pinchos, no pretende solo cuantificar su cuerpo para cuantificar mejor el de los demás. 

También está embarcada en otro monstruoso proyecto para evangelizar sobre las bondades de la neurociencia. Junto con otros artistas, ingenieros y neurocientíficos ha construido Dr. Brainlove, una estructura en forma de cerebro gigante que ha circulado sobre cuatro ruedas en el multitudinario festival artístico Burning Man que se celebra anualmente en Nevada. Un evento al que acuden los magnates de la tecnología, desde el excéntrico Elon Musk al polémico Jeff Bezos.

Tanto el año pasado como este, Kalmar y el resto del equipo han logrado recaudar 20.000 dólares (18.000 euros) en Indiegogo para levantar este peculiar homenaje a nuestra mente. Eso sí, no te pienses que se trata de una simple y estrambótica carroza. La instalación es una recreación exacta del escáner cerebral de una de las neurocientíficas del grupo y cuenta con una pista de baile amenizada por luces de colores y sonidos controlados por los cascos de ondas cerebrales que portan los visitantes.

Kalmar pretende que este cerebro de acero amante de las juergas no solo se desplace al desierto de Nevada. Quiere viajar con él a otros festivales de ciencia y tecnología o incluso organizar exposiciones en las que Dr. Brainlove sea el protagonista. Por el momento, el equipo está buscando cómo lograr que sea un proyecto sostenible para no depender del micromecenazgo.

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«Creo que los wearables, la internet de las cosas y los dispositivos conectados serán indudablemente el futuro pero quizá tengan una forma distinta a como la tienen ahora, quizá no estén en tu muñeca midiendo el número de pasos, quizá estén embebidos… pero los  wearables no van a desaparecer», sentencia Kalmar.

Después de más de 1.000 días portando esas pulseras que vigilan su organismo, esta datapunk es consciente de que dentro de unos años no necesitará llevar la decena de dispositivos que la estaban monitorizando mientras nos contaba sus hazañas. Probablemente, estarán debajo de su piel.

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Las imágenes son propiedad de Cory Doctorow y Leonore Adman

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