24 de diciembre 2018    /   ENTRETENIMIENTO
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ilustracion  Buba Viedma

‘Ch-Ch-Ch-Changes’: la canción que Bowie dedicó a los críticos que le dijeron que no sería nadie

24 de diciembre 2018    /   ENTRETENIMIENTO     por        ilustracion  Buba Viedma
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Hunky Dory, editado a finales de 1971, fue el primer gran álbum de Bowie. Sería el siguiente disco, The rise and fall of Ziggy Stardust…, el que lo lanzaría al estrellato. Y serían los sucesivos trabajos los que mejores ventas y puestos en listas alcanzarían.

Pero Hunky Dory y su amalgama de sonidos pop fue el disco en el que encontró su plenitud como compositor tras finalizar su periodo de transición. Aquel álbum fue el punto de partida de todo lo que estaba por llegar.

Bowie era consciente de ello. Estaba a punto de cumplir los 25 años y sabía que su momento se acercaba. Llevaba montando grupos desde que tenía 15 primaveras, cuando todavía se llamaba David Jones y era un joven mod en los albores del Swingin’ London.

Su educación artística no fue solo musical; desde adolescente estudió arte dramático, mimo y teatro de vanguardia, aprendiendo el valor que posee la creación de un personaje. Se interesó por la danza y la poesía, pero también por el movimiento de los Art Labs que estaban surgiendo en Inglaterra, centros alternativos en donde se trabajaban nuevas formas de expresión.

A lo largo de los 60 había probado con el rhythm n’ blues, el Mersey beat, el folk o el dance hall, yendo de derrota en derrota, llorando sus continuos fracasos, pero sabedor de que algún día alcanzaría la victoria final. Consiguió un par de éxitos hablando de un risueño gnomo y una odisea en el espacio, y tras un flirteo con el rollo jipi y un disco de hard-rock, reunió todas las piezas que necesitaba para dar el golpe maestro. Solo había que atreverse a dar el paso.

No es casualidad que Hunky Dory se abra con una canción llamada Changes –cambios–. Por un lado había giros en su vida personal. Su esposa, Angela, estaba embarazada de su primer hijo. Pero en ese disco al bebé Duncan ya le dedicaba otra canción llamada Kooks.

Lo de Changes era una reflexión más personal, recordando a todos los críticos que le habían dicho que no iba a llegar a ningún sitio, y a los que había desafiado siguiendo su propio camino. Bowie se miraba al espejo, le gustaba lo que veía y sabía lo que había detrás. La canción exhalaba optimismo y profetizó lo que iba a ser su vida a partir de entonces. De hecho, le acompañó hasta el final. Changes fue la última canción que Bowie interpretó en directo cuando se retiró de los escenarios a finales de 2006.

Bowie personificó como pocos al artista con capacidad de adaptación al cambio. Durante una etapa clave de su trayectoria demostró tener un olfato inusual para adelantarse en cada paso a lo que estaba por llegar, y su obra fue testigo clarividente de los cambios que experimentaba la música, la estética e incluso la tecnología.

Quizá hoy le llamarían influencer, pero este término se quedaría muy corto para explicar la influencia y el impacto real que tuvieron sus mejores jugadas. Era Bowie quien cambiaba con los tiempos, sí, pero parecía que eran los tiempos los que cambiaban con él. No inventó el glam, pero lo abanderó. Creo y destruyó personajes a su antojo. Nos envió un emisario del espacio exterior acompañado de arañas marcianas y nos habló de un mundo posapocalítico con unos perros de diamantes.

Con Pin ups (1973) reivindicó sin complejos a bandas sixties como The Easybeats, The Mojos o The Merseys antes de que volviese a ser cool recordarlas. Con Young Americans (1975) se deslizó cual polizón en el soul estilo Filadelfia, colándose sin billete en el tren del funk y llegando airoso al destino sin que le pillase el revisor. Con Station to station (1976) ganó por la mano a Sex Pistols, Buzzcocks y otros chavales del punk a la hora de afirmar que el krautrock molaba.

Y prácticamente todo este recorrido lo hizo con una dieta estricta de cocaína y esos yogures que le obligaban a ingerir para que no bajase de los 40 kilos. Poco después montó en la cabina de su locomotora musical a Brian Eno y se fueron a Berlín para abrazar el avant-garde y la electrónica con una trilogía –Low (1977), Heroes (1977) y Lodger (1979)– que se adelantarían a todo el rollo de sintetizadores que llegó inmediatamente después.

A partir de ahí soltó el pie del acelerador y comenzó a notarse su desgaste, aunque siguiese cosechando éxitos astronómicos. ¿Que arrasaba la música disco a comienzos de los 80? Pues toma Let’s dance. ¿Que llegaba el drum’n’bass y la cultura industrial en los 90? Pues aquí tenéis el Earthling.

Más que cambios, lo suyo fue una continua reinvención, convirtiéndose en el gran maestro de la transformación. Su piel mudaba con los tiempos y se adaptaba al entorno. Pocos motes se han ganado tan a pulso como el que le pusieron de El Camaleón.

Ojo. No hay confundir cambio con evolución. La evolución implica cambio, el cambio no tiene por qué implicar evolución. Todas las artes han ido evolucionando desde su aparición. De las pinturas rupestres llegamos a las más modernas artes plásticas. De las percusiones y cantos del hombre primitivo llegaríamos a lo que sea hoy lo último de lo último en lo musical, que seguramente en algunos casos –y viendo algunos garitos nocturnos– no esté tan lejos de aquellas percusiones repetitivas y cantos tribales.

La evolución siempre mira hacia adelante, pero el cambio no tiene por qué avanzar hacia el futuro. Cualquier artista de largo recorrido se ha tenido que enfrentar al dilema del cambio en algún momento de su trayectoria y cada uno lo encaró a su manera.

Por supuesto que hay cambios en el legado de los Ramones a través de su discografía, pero son leves o muy sutiles, manteniendo el espíritu y la fórmula intacta, aunque se la vista con distintos ropajes. Algo similar se podría decir de las trayectorias de AC/DC, de Status Quo (si obviamos sus inicios psicodélicos) o, por citar a uno de los nuestros, de Rosendo.

Sus discos no son idénticos, pero no faltará quien diga que estuvieron 20 o 30 o 40 años haciendo lo mismo. Metatesiofobia. Ese es el nombre técnico para la fobia que describe el miedo irracional y enfermizo a los cambios. O en otras palabras, «si estoy bien así, ¿para qué cambiar?».

Pero en el ADN de la mayoría de los artistas gana el jugársela apostando por el cambio, y no son pocos los casos en los que han salido victoriosos. Algunos como Marc Bolan no tenían mucho que perder. Al líder de Tyrannosaurus Rex no le iba mal con el folk, pero tampoco le conducía a ninguna parte.

En 1970, pegó un volantazo, rehizo filas, recortó el nombre de la banda a T.Rex, enchufó la guitarra eléctrica, salió con purpurina en el programa Pop of the Tops y prácticamente inventó el glam. David Bowie se dio cuenta desde el primer momento, por supuesto. Y, sí, T.Rex también tienen una canción titulada Change.

Hay otros que se la jugaron cuando estaban en todo lo alto. Les iba estupendamente, pero el cuerpo les pedía acción. Es el caso de Sam Cooke. En 1957 estaba triunfando al frente de los Soul Stirrers y era una de las más grandes voces de la música gospel.

Pero ese año decidió dejar de lado los espirituales y probar con la música pagana, más conocida como rhythm n’ blues. Seguramente la mayoría de sus fans le borraron de sus oraciones, pero gracias a ese cambio, Sam Cooke se convirtió en uno de los creadores y una de las más grandes voces de lo que vino a conocerse como música soul. Ya en esa nueva etapa escribió A change is gonna come, refiriéndose a los grandes cambios sociales que vislumbraba en el horizonte, pero que nunca llegó a contemplar.

Bob Dylan sería otro ejemplo perfecto del «aposté por el cambio y gané». Cuando grabó The Times They Are A-Changin’ a finales de 1963 ya era el rey del folk moderno. Muchos entendieron el tema como otra de sus canciones protesta.

Pero Dylan afirmaría que esa pieza no era una declaración, sino un sentimiento, el de la necesidad de cambio. Posiblemente el mismo sentimiento que sintió apenas dos años después cuando colgó la guitarra acústica y enchufó la eléctrica para pesadilla de muchos de sus seguidores, los cuales se pasarían un tiempecito abucheando al «traidor» en cada actuación. Dylan no les hizo ni caso. Como puede verse, tampoco le fue mal.

«Y estos niños a los que escupes mientras intentan cambiar sus mundos son inmunes a tus mandatos, porque son conscientes de lo que están pasando. Cambios. Vuélvete y encara lo desconocido». Bowie explicó en una ocasión que la canción Changes comenzó como una parodia de una pieza de club nocturno.

Lo hacían para divertirse un rato, pero iba a ser un deshecho de estudio. Quién le iba a decir que Rick Wakeman iba a desplegar su magia al piano, que Mick Ronson iba a hacer ese fabuloso arreglo de cuerdas, que la línea descendente del bajo de Trevor Bolder iba a convertirse en seña de identidad del glam rock o que ese tontorrón «Ch-ch-ch-changes!» de la letra se convertiría en uno de sus estribillos más recordados y coreados.

Pero, sobre todo, quién le iba a decir a él que esta canción se convertiría en voz de su generación, de las siguientes y de todos aquellos individuos que en algún momento de su vida se han tenido que enfrentar al cambio.

Hunky Dory, editado a finales de 1971, fue el primer gran álbum de Bowie. Sería el siguiente disco, The rise and fall of Ziggy Stardust…, el que lo lanzaría al estrellato. Y serían los sucesivos trabajos los que mejores ventas y puestos en listas alcanzarían.

Pero Hunky Dory y su amalgama de sonidos pop fue el disco en el que encontró su plenitud como compositor tras finalizar su periodo de transición. Aquel álbum fue el punto de partida de todo lo que estaba por llegar.

Bowie era consciente de ello. Estaba a punto de cumplir los 25 años y sabía que su momento se acercaba. Llevaba montando grupos desde que tenía 15 primaveras, cuando todavía se llamaba David Jones y era un joven mod en los albores del Swingin’ London.

Su educación artística no fue solo musical; desde adolescente estudió arte dramático, mimo y teatro de vanguardia, aprendiendo el valor que posee la creación de un personaje. Se interesó por la danza y la poesía, pero también por el movimiento de los Art Labs que estaban surgiendo en Inglaterra, centros alternativos en donde se trabajaban nuevas formas de expresión.

A lo largo de los 60 había probado con el rhythm n’ blues, el Mersey beat, el folk o el dance hall, yendo de derrota en derrota, llorando sus continuos fracasos, pero sabedor de que algún día alcanzaría la victoria final. Consiguió un par de éxitos hablando de un risueño gnomo y una odisea en el espacio, y tras un flirteo con el rollo jipi y un disco de hard-rock, reunió todas las piezas que necesitaba para dar el golpe maestro. Solo había que atreverse a dar el paso.

No es casualidad que Hunky Dory se abra con una canción llamada Changes –cambios–. Por un lado había giros en su vida personal. Su esposa, Angela, estaba embarazada de su primer hijo. Pero en ese disco al bebé Duncan ya le dedicaba otra canción llamada Kooks.

Lo de Changes era una reflexión más personal, recordando a todos los críticos que le habían dicho que no iba a llegar a ningún sitio, y a los que había desafiado siguiendo su propio camino. Bowie se miraba al espejo, le gustaba lo que veía y sabía lo que había detrás. La canción exhalaba optimismo y profetizó lo que iba a ser su vida a partir de entonces. De hecho, le acompañó hasta el final. Changes fue la última canción que Bowie interpretó en directo cuando se retiró de los escenarios a finales de 2006.

Bowie personificó como pocos al artista con capacidad de adaptación al cambio. Durante una etapa clave de su trayectoria demostró tener un olfato inusual para adelantarse en cada paso a lo que estaba por llegar, y su obra fue testigo clarividente de los cambios que experimentaba la música, la estética e incluso la tecnología.

Quizá hoy le llamarían influencer, pero este término se quedaría muy corto para explicar la influencia y el impacto real que tuvieron sus mejores jugadas. Era Bowie quien cambiaba con los tiempos, sí, pero parecía que eran los tiempos los que cambiaban con él. No inventó el glam, pero lo abanderó. Creo y destruyó personajes a su antojo. Nos envió un emisario del espacio exterior acompañado de arañas marcianas y nos habló de un mundo posapocalítico con unos perros de diamantes.

Con Pin ups (1973) reivindicó sin complejos a bandas sixties como The Easybeats, The Mojos o The Merseys antes de que volviese a ser cool recordarlas. Con Young Americans (1975) se deslizó cual polizón en el soul estilo Filadelfia, colándose sin billete en el tren del funk y llegando airoso al destino sin que le pillase el revisor. Con Station to station (1976) ganó por la mano a Sex Pistols, Buzzcocks y otros chavales del punk a la hora de afirmar que el krautrock molaba.

Y prácticamente todo este recorrido lo hizo con una dieta estricta de cocaína y esos yogures que le obligaban a ingerir para que no bajase de los 40 kilos. Poco después montó en la cabina de su locomotora musical a Brian Eno y se fueron a Berlín para abrazar el avant-garde y la electrónica con una trilogía –Low (1977), Heroes (1977) y Lodger (1979)– que se adelantarían a todo el rollo de sintetizadores que llegó inmediatamente después.

A partir de ahí soltó el pie del acelerador y comenzó a notarse su desgaste, aunque siguiese cosechando éxitos astronómicos. ¿Que arrasaba la música disco a comienzos de los 80? Pues toma Let’s dance. ¿Que llegaba el drum’n’bass y la cultura industrial en los 90? Pues aquí tenéis el Earthling.

Más que cambios, lo suyo fue una continua reinvención, convirtiéndose en el gran maestro de la transformación. Su piel mudaba con los tiempos y se adaptaba al entorno. Pocos motes se han ganado tan a pulso como el que le pusieron de El Camaleón.

Ojo. No hay confundir cambio con evolución. La evolución implica cambio, el cambio no tiene por qué implicar evolución. Todas las artes han ido evolucionando desde su aparición. De las pinturas rupestres llegamos a las más modernas artes plásticas. De las percusiones y cantos del hombre primitivo llegaríamos a lo que sea hoy lo último de lo último en lo musical, que seguramente en algunos casos –y viendo algunos garitos nocturnos– no esté tan lejos de aquellas percusiones repetitivas y cantos tribales.

La evolución siempre mira hacia adelante, pero el cambio no tiene por qué avanzar hacia el futuro. Cualquier artista de largo recorrido se ha tenido que enfrentar al dilema del cambio en algún momento de su trayectoria y cada uno lo encaró a su manera.

Por supuesto que hay cambios en el legado de los Ramones a través de su discografía, pero son leves o muy sutiles, manteniendo el espíritu y la fórmula intacta, aunque se la vista con distintos ropajes. Algo similar se podría decir de las trayectorias de AC/DC, de Status Quo (si obviamos sus inicios psicodélicos) o, por citar a uno de los nuestros, de Rosendo.

Sus discos no son idénticos, pero no faltará quien diga que estuvieron 20 o 30 o 40 años haciendo lo mismo. Metatesiofobia. Ese es el nombre técnico para la fobia que describe el miedo irracional y enfermizo a los cambios. O en otras palabras, «si estoy bien así, ¿para qué cambiar?».

Pero en el ADN de la mayoría de los artistas gana el jugársela apostando por el cambio, y no son pocos los casos en los que han salido victoriosos. Algunos como Marc Bolan no tenían mucho que perder. Al líder de Tyrannosaurus Rex no le iba mal con el folk, pero tampoco le conducía a ninguna parte.

En 1970, pegó un volantazo, rehizo filas, recortó el nombre de la banda a T.Rex, enchufó la guitarra eléctrica, salió con purpurina en el programa Pop of the Tops y prácticamente inventó el glam. David Bowie se dio cuenta desde el primer momento, por supuesto. Y, sí, T.Rex también tienen una canción titulada Change.

Hay otros que se la jugaron cuando estaban en todo lo alto. Les iba estupendamente, pero el cuerpo les pedía acción. Es el caso de Sam Cooke. En 1957 estaba triunfando al frente de los Soul Stirrers y era una de las más grandes voces de la música gospel.

Pero ese año decidió dejar de lado los espirituales y probar con la música pagana, más conocida como rhythm n’ blues. Seguramente la mayoría de sus fans le borraron de sus oraciones, pero gracias a ese cambio, Sam Cooke se convirtió en uno de los creadores y una de las más grandes voces de lo que vino a conocerse como música soul. Ya en esa nueva etapa escribió A change is gonna come, refiriéndose a los grandes cambios sociales que vislumbraba en el horizonte, pero que nunca llegó a contemplar.

Bob Dylan sería otro ejemplo perfecto del «aposté por el cambio y gané». Cuando grabó The Times They Are A-Changin’ a finales de 1963 ya era el rey del folk moderno. Muchos entendieron el tema como otra de sus canciones protesta.

Pero Dylan afirmaría que esa pieza no era una declaración, sino un sentimiento, el de la necesidad de cambio. Posiblemente el mismo sentimiento que sintió apenas dos años después cuando colgó la guitarra acústica y enchufó la eléctrica para pesadilla de muchos de sus seguidores, los cuales se pasarían un tiempecito abucheando al «traidor» en cada actuación. Dylan no les hizo ni caso. Como puede verse, tampoco le fue mal.

«Y estos niños a los que escupes mientras intentan cambiar sus mundos son inmunes a tus mandatos, porque son conscientes de lo que están pasando. Cambios. Vuélvete y encara lo desconocido». Bowie explicó en una ocasión que la canción Changes comenzó como una parodia de una pieza de club nocturno.

Lo hacían para divertirse un rato, pero iba a ser un deshecho de estudio. Quién le iba a decir que Rick Wakeman iba a desplegar su magia al piano, que Mick Ronson iba a hacer ese fabuloso arreglo de cuerdas, que la línea descendente del bajo de Trevor Bolder iba a convertirse en seña de identidad del glam rock o que ese tontorrón «Ch-ch-ch-changes!» de la letra se convertiría en uno de sus estribillos más recordados y coreados.

Pero, sobre todo, quién le iba a decir a él que esta canción se convertiría en voz de su generación, de las siguientes y de todos aquellos individuos que en algún momento de su vida se han tenido que enfrentar al cambio.

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