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25 septiembre, 2014    /   IDEAS
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El antropólogo anarquista prefiere Madagascar

25 septiembre, 2014    /   IDEAS     por
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En los años 30 Keynes dijo que a estas alturas deberíamos trabajar como mucho tres horas al día —fines de semana libres—. David Graeber, uno de los cerebros de Occupy Wall Street, profesor en la London School of Economics, explica qué salió mal y por qué usted languidece en la oficina todas las tardes. La respuesta empieza en África.
David R. Graeber llegó al aeropuerto internacional de Ivato, en Madagascar, en 1989. Empezaba una estancia de 20 meses en el país africano que cristalizaría en la tesis doctoral Magia, historia y esclavitud en la Imerina rural. Tenía 28 años. De los casi dos que pasó allí recuerda uno de los primeros momentos en los que conducía por los suburbios de una ciudad pensando dos cosas: «La primera, wow: esta gente es muy pobre, mucho más de lo que imaginaba. Su ropa está rasgada, cargan agua en baldes y la acumulan en cisternas de cemento; todo tiene un aspecto miserable, destartalado… La segunda fue esta otra cuestión: ¿Por qué parecen entonces tan felices?».
Antropólogo anarquista, exprofesor en Yale y uno de los ideólogos del movimiento Occupy Wall Street, Graeber tardó un tiempo en entenderlo. Dice que en Norteamérica la gente no sonríe como en Madagascar, así que un día, de pronto, lo vio todo claro: los habitantes de los suburbios en el país africano sonríen porque son mayoritariamente autónomos, no tienen jefes. «Recuerdo una reunión en una ciudad pequeña con gente de clase media que hablaba de un viaje a un congreso de agronomía en Filipinas. Parecían deprimidos por la pobreza del otro país. Fui a internet para comprobar algo que imaginaba: la renta per cápita en Filipinas es tres veces mayor que en Madagascar. La diferencia es que en este país todos son más o menos igual de pobres, al menos entonces lo eran, todos tenían casa y comida, poco más, pero no había millonarios viviendo en mansiones y conduciendo coches grandes y, sobre todo, nadie tenía que ir de aquí para allá ganándose su favor o trabajando para ellos».
El profesor Graeber, de 53 años, enseña ahora antropología en la prestigiosa London School of Economics. En 2011 fue una de las cabezas pensantes de Zucotti Park, en Nueva York, sede de las protestas contra las malas artes del sistema financiero. La revista Rolling Stone dijo que Graeber había ideado la frase «we are the 99%», que luego se convertiría en el lema del movimiento en el país entero. Antes, en 2005, la Universidad de Yale había decidido no renovarle el contrato pese a las quejas de sus colegas. Graeber dijo que obviamente se trataba de una decisión política. Yale, dice, es parte de una élite que él ataca, la «casta» de los discursos de Pablo Iglesias, el sistema, pero de algo hay que vivir.
En agosto del año pasado la revista Strike! (Huelga) publicó un texto de David Graeber. Se llamaba On the phenomenon of bullshit jobs (Sobre el fenómenos de los trabajos de mierda). Se volvió viral. En el texto, Graeber escribe: «Las clases dominantes han averiguado que una población feliz y productiva con tiempo libre en sus manos es un peligro mortal (piensa en lo que empezó a pasar cuando esto comenzaba a ser así en los años 60). Además, el sentimiento de que el trabajo es un valor moral en sí mismo y que cualquiera que no se someta a una disciplina intensa de trabajo la mayor parte del tiempo no se merece nada es extraordinariamente conveniente para ellos». Este es uno de los puntales de su teoría.
En los años 30, J. M. Keynes pronosticó que la semana laboral se reduciría a 15 horas si la tecnología avanzaba lo suficiente para finales de siglo. Eso nunca ocurrió y Graeber dice que los que mandan prefieren tener a la gente ocupada aunque sea en trabajos basura, escritores de informes prosaicos que alimenten a otros escritores de informes prosaicos que traten la nada o algo parecido. Muchos abogados mercantiles y pocos poetas: «¿Qué se diría de una sociedad que parece generar una demanda extremadamente limitada de músicos y poetas talentosos y, a la vez, una demanda infinita de abogados mercantiles?». Respuesta: «Si el 1% de la población controla la mayor parte de la riqueza disponible, el mercado, lo que llamamos mercado, refleja lo que ellos creen que es útil e importante, nadie más».
Usted escribió: «Los trabajadores productivos son sistemáticamente exprimidos, explotados. El resto se divide entre el aterrorizado y universalmente denostado estrato de los desempleados y un estrato aún mayor a quien se le paga por hacer básicamente nada, en empleos diseñados para que se identifiquen con las perspectivas y sensibilidades de la clase dominante». ¿Qué hay del futuro? ¿Qué viene después si el sistema no cambia?
—El sistema acelera hacia un muro de ladrillos. Creo que gran parte de la élite se está dando cuenta y que las clases dominantes enfrentan un dilema (…). Ellos solían decir que, incluso aunque el capitalismo creaba una gran desigualdad, la mayoría pobre mejoraba sostenidamente. Ya nadie dice eso porque no es el caso. Solo les quedan argumentos morales del tipo ‘el trabajo en sí es una virtud’ e incluso más, que quien no trabaje duro en algo que no le gusta es una mala persona; que pagar tus deudas —vivir de acuerdo a tus posibilidades— es una responsabilidad moral y solo la mala gente no lo hace… Estos argumentos funcionan, pero el aumento continuo de la cantidad de trabajo que se realiza y el incremento constante de la deuda han creado un monstruo que está destruyendo el planeta. Nadie se imagina realmente  que el sistema aguante otra generación, pero se han pasado 30 años tratando de convencer al mundo de que solo su sistema es posible.
David Graeber contesta a las preguntas desde algún lugar del globo, por correo electrónico, mientras prepara un libro sobre la burocracia. De alguna manera, dice, el papeleo entorpece cada vez más nuestras vidas. «La burocracia de la administración y de la empresa privada se fusionan de tal manera que uno ya no sabe de dónde viene cada cosa». Entretanto le da vueltas a la mejor forma de convencer a la gente de la necesidad de un nuevo movimiento laborista, sindical, que se plantee lo que él tiene tan claro: trabajar por trabajar para tener cada vez más y más no pude ser el camino.
El niño que escuchaba historias de un padre que luchó como brigadista por la República Española, el anarquista que no se pierde una movilización antiglobalización —estuvo en Quebec y Génova y en las protestas contra el Foro Económico Mundial en 2002 en Nueva York—, el antropólogo que levanta miradas perplejas allá donde pasa encontró inspiración en un rincón pobre del mundo.
«El campesino de arroz medio en Madagascar entiende los puntos básicos de las relaciones globales de poder con bastante claridad, con más detalles, diría, que un representante sindical de Pennsylvania. Pero claro, eso es porque nadie se molesta en engañar al campesino. Resulta bastante obvio cómo funciona el mundo, es solo que la gente en los países ricos sufre constantes bombardeos propagandísticos».
 
Foto de portada: Elena Rostunova / Shutterstock.com

En los años 30 Keynes dijo que a estas alturas deberíamos trabajar como mucho tres horas al día —fines de semana libres—. David Graeber, uno de los cerebros de Occupy Wall Street, profesor en la London School of Economics, explica qué salió mal y por qué usted languidece en la oficina todas las tardes. La respuesta empieza en África.
David R. Graeber llegó al aeropuerto internacional de Ivato, en Madagascar, en 1989. Empezaba una estancia de 20 meses en el país africano que cristalizaría en la tesis doctoral Magia, historia y esclavitud en la Imerina rural. Tenía 28 años. De los casi dos que pasó allí recuerda uno de los primeros momentos en los que conducía por los suburbios de una ciudad pensando dos cosas: «La primera, wow: esta gente es muy pobre, mucho más de lo que imaginaba. Su ropa está rasgada, cargan agua en baldes y la acumulan en cisternas de cemento; todo tiene un aspecto miserable, destartalado… La segunda fue esta otra cuestión: ¿Por qué parecen entonces tan felices?».
Antropólogo anarquista, exprofesor en Yale y uno de los ideólogos del movimiento Occupy Wall Street, Graeber tardó un tiempo en entenderlo. Dice que en Norteamérica la gente no sonríe como en Madagascar, así que un día, de pronto, lo vio todo claro: los habitantes de los suburbios en el país africano sonríen porque son mayoritariamente autónomos, no tienen jefes. «Recuerdo una reunión en una ciudad pequeña con gente de clase media que hablaba de un viaje a un congreso de agronomía en Filipinas. Parecían deprimidos por la pobreza del otro país. Fui a internet para comprobar algo que imaginaba: la renta per cápita en Filipinas es tres veces mayor que en Madagascar. La diferencia es que en este país todos son más o menos igual de pobres, al menos entonces lo eran, todos tenían casa y comida, poco más, pero no había millonarios viviendo en mansiones y conduciendo coches grandes y, sobre todo, nadie tenía que ir de aquí para allá ganándose su favor o trabajando para ellos».
El profesor Graeber, de 53 años, enseña ahora antropología en la prestigiosa London School of Economics. En 2011 fue una de las cabezas pensantes de Zucotti Park, en Nueva York, sede de las protestas contra las malas artes del sistema financiero. La revista Rolling Stone dijo que Graeber había ideado la frase «we are the 99%», que luego se convertiría en el lema del movimiento en el país entero. Antes, en 2005, la Universidad de Yale había decidido no renovarle el contrato pese a las quejas de sus colegas. Graeber dijo que obviamente se trataba de una decisión política. Yale, dice, es parte de una élite que él ataca, la «casta» de los discursos de Pablo Iglesias, el sistema, pero de algo hay que vivir.
En agosto del año pasado la revista Strike! (Huelga) publicó un texto de David Graeber. Se llamaba On the phenomenon of bullshit jobs (Sobre el fenómenos de los trabajos de mierda). Se volvió viral. En el texto, Graeber escribe: «Las clases dominantes han averiguado que una población feliz y productiva con tiempo libre en sus manos es un peligro mortal (piensa en lo que empezó a pasar cuando esto comenzaba a ser así en los años 60). Además, el sentimiento de que el trabajo es un valor moral en sí mismo y que cualquiera que no se someta a una disciplina intensa de trabajo la mayor parte del tiempo no se merece nada es extraordinariamente conveniente para ellos». Este es uno de los puntales de su teoría.
En los años 30, J. M. Keynes pronosticó que la semana laboral se reduciría a 15 horas si la tecnología avanzaba lo suficiente para finales de siglo. Eso nunca ocurrió y Graeber dice que los que mandan prefieren tener a la gente ocupada aunque sea en trabajos basura, escritores de informes prosaicos que alimenten a otros escritores de informes prosaicos que traten la nada o algo parecido. Muchos abogados mercantiles y pocos poetas: «¿Qué se diría de una sociedad que parece generar una demanda extremadamente limitada de músicos y poetas talentosos y, a la vez, una demanda infinita de abogados mercantiles?». Respuesta: «Si el 1% de la población controla la mayor parte de la riqueza disponible, el mercado, lo que llamamos mercado, refleja lo que ellos creen que es útil e importante, nadie más».
Usted escribió: «Los trabajadores productivos son sistemáticamente exprimidos, explotados. El resto se divide entre el aterrorizado y universalmente denostado estrato de los desempleados y un estrato aún mayor a quien se le paga por hacer básicamente nada, en empleos diseñados para que se identifiquen con las perspectivas y sensibilidades de la clase dominante». ¿Qué hay del futuro? ¿Qué viene después si el sistema no cambia?
—El sistema acelera hacia un muro de ladrillos. Creo que gran parte de la élite se está dando cuenta y que las clases dominantes enfrentan un dilema (…). Ellos solían decir que, incluso aunque el capitalismo creaba una gran desigualdad, la mayoría pobre mejoraba sostenidamente. Ya nadie dice eso porque no es el caso. Solo les quedan argumentos morales del tipo ‘el trabajo en sí es una virtud’ e incluso más, que quien no trabaje duro en algo que no le gusta es una mala persona; que pagar tus deudas —vivir de acuerdo a tus posibilidades— es una responsabilidad moral y solo la mala gente no lo hace… Estos argumentos funcionan, pero el aumento continuo de la cantidad de trabajo que se realiza y el incremento constante de la deuda han creado un monstruo que está destruyendo el planeta. Nadie se imagina realmente  que el sistema aguante otra generación, pero se han pasado 30 años tratando de convencer al mundo de que solo su sistema es posible.
David Graeber contesta a las preguntas desde algún lugar del globo, por correo electrónico, mientras prepara un libro sobre la burocracia. De alguna manera, dice, el papeleo entorpece cada vez más nuestras vidas. «La burocracia de la administración y de la empresa privada se fusionan de tal manera que uno ya no sabe de dónde viene cada cosa». Entretanto le da vueltas a la mejor forma de convencer a la gente de la necesidad de un nuevo movimiento laborista, sindical, que se plantee lo que él tiene tan claro: trabajar por trabajar para tener cada vez más y más no pude ser el camino.
El niño que escuchaba historias de un padre que luchó como brigadista por la República Española, el anarquista que no se pierde una movilización antiglobalización —estuvo en Quebec y Génova y en las protestas contra el Foro Económico Mundial en 2002 en Nueva York—, el antropólogo que levanta miradas perplejas allá donde pasa encontró inspiración en un rincón pobre del mundo.
«El campesino de arroz medio en Madagascar entiende los puntos básicos de las relaciones globales de poder con bastante claridad, con más detalles, diría, que un representante sindical de Pennsylvania. Pero claro, eso es porque nadie se molesta en engañar al campesino. Resulta bastante obvio cómo funciona el mundo, es solo que la gente en los países ricos sufre constantes bombardeos propagandísticos».
 
Foto de portada: Elena Rostunova / Shutterstock.com

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Opiniones 2
  • Madagascar era el lugar secreto y maravilloso del que nadie hablaba 20 años atrás, al que soñaba con emigrar. Sin embargo su evolución ha sido muy mala desde el punto de vista de la conservación de su extraordinaria y única naturaleza. Dudo que sean tan felices ahora como en los 80, y como el resto del mundo lo serán cada vez menos en el futuro.

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