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4 de mayo 2016    /   CREATIVIDAD
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La historia del cromañón que apareció en Yorokobu

4 de mayo 2016    /   CREATIVIDAD     por          
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Un hombre abrió la puerta de su casa y encontró a un cromañón. Estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas en una postura para la que ya apenas queda elasticidad en el siglo XXI. Tenía los dedos afilados porque los usaba para arañar, cavar en la tierra y romper objetos. Sus pulgares eran hábiles y delgados. Muy distintos a los dedos musculosos y pasapantallas de hoy. El tipo tenía pelo en la cabeza. Mucho más del que queda al homo sapiens actual.

El hombre cerró la puerta de su casa y desapareció el cromañón. Miró a su alrededor y todo estaba como siempre. No lograba entender qué había pasado. No sabía si, al abrir el portón, había visto un espejo, un túnel del tiempo o una aparición.

Permanecía de pie. No se atrevía a dar un paso hacia delante o hacia atrás por si ese movimiento le llevaba a dimensiones extratemporales. No era por temor a encontrar a otro cromañón. Todavía quedaban muchos en el siglo XXI. Lo que le asustaba era entrar en una época para la que no estaba entrenado y no poder escapar jamás.

david sánchez ilustrador

De pronto, recordó que la noche anterior se tumbó en el sofá y vio, por octava vez, En busca del fuego. Es el mismo film que David Sánchez, el autor de la portada del número de mayo de Yorokobu, ha visto unas cuantas veces a lo largo de su vida. «Siempre que me acuerdo de la película, la vuelvo a ver», explica. «Esa época aparece de forma recurrente en mis dibujos».

El ilustrador piensa que pudo ser eso lo que le llevó a trazar «unos huesitos» cuando se sentó a dibujar. «No sé bien por qué hice esta ilustración. Es algo que va saliendo cuando empiezas a trabajar. Comencé por las letras y luego apareció el cavernícola».

Al autor de Tú me has matado, No cambies nunca, La muerte en los ojos y Videojuegos no le gustan las historias con un final cerrado. Prefiere que el lector sienta que está mirando por un agujero. Tampoco desentraña a sus personajes al dedillo. En sus novelas gráficas, nunca aparecen «personalidades claras», indica. «No hay que explicar más de lo necesario. Me enfrento a mis relatos como si fuera un pintor abstracto más que si fuera un guionista. El personaje tiene una poesía que quiero respetar. Me da igual si el lector lo entiende o no».

Sánchez se justifica: «En la vida no todo tiene una explicación racional». Por eso tampoco la tiene el cavernícola que asomó por detrás de la puerta. Y el caso es que eso hizo que el hombre decidiera no volver a abrir la entrada de su casa. Temía que si partía por ahí podría quedarse en esa escena de piedras y tierra para siempre. Entonces, se ajustó la corbata, cogió el maletín y salió por la ventana.

Un hombre abrió la puerta de su casa y encontró a un cromañón. Estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas en una postura para la que ya apenas queda elasticidad en el siglo XXI. Tenía los dedos afilados porque los usaba para arañar, cavar en la tierra y romper objetos. Sus pulgares eran hábiles y delgados. Muy distintos a los dedos musculosos y pasapantallas de hoy. El tipo tenía pelo en la cabeza. Mucho más del que queda al homo sapiens actual.

El hombre cerró la puerta de su casa y desapareció el cromañón. Miró a su alrededor y todo estaba como siempre. No lograba entender qué había pasado. No sabía si, al abrir el portón, había visto un espejo, un túnel del tiempo o una aparición.

Permanecía de pie. No se atrevía a dar un paso hacia delante o hacia atrás por si ese movimiento le llevaba a dimensiones extratemporales. No era por temor a encontrar a otro cromañón. Todavía quedaban muchos en el siglo XXI. Lo que le asustaba era entrar en una época para la que no estaba entrenado y no poder escapar jamás.

david sánchez ilustrador

De pronto, recordó que la noche anterior se tumbó en el sofá y vio, por octava vez, En busca del fuego. Es el mismo film que David Sánchez, el autor de la portada del número de mayo de Yorokobu, ha visto unas cuantas veces a lo largo de su vida. «Siempre que me acuerdo de la película, la vuelvo a ver», explica. «Esa época aparece de forma recurrente en mis dibujos».

El ilustrador piensa que pudo ser eso lo que le llevó a trazar «unos huesitos» cuando se sentó a dibujar. «No sé bien por qué hice esta ilustración. Es algo que va saliendo cuando empiezas a trabajar. Comencé por las letras y luego apareció el cavernícola».

Al autor de Tú me has matado, No cambies nunca, La muerte en los ojos y Videojuegos no le gustan las historias con un final cerrado. Prefiere que el lector sienta que está mirando por un agujero. Tampoco desentraña a sus personajes al dedillo. En sus novelas gráficas, nunca aparecen «personalidades claras», indica. «No hay que explicar más de lo necesario. Me enfrento a mis relatos como si fuera un pintor abstracto más que si fuera un guionista. El personaje tiene una poesía que quiero respetar. Me da igual si el lector lo entiende o no».

Sánchez se justifica: «En la vida no todo tiene una explicación racional». Por eso tampoco la tiene el cavernícola que asomó por detrás de la puerta. Y el caso es que eso hizo que el hombre decidiera no volver a abrir la entrada de su casa. Temía que si partía por ahí podría quedarse en esa escena de piedras y tierra para siempre. Entonces, se ajustó la corbata, cogió el maletín y salió por la ventana.

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