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5 de julio 2011    /   CREATIVIDAD
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De la economía verde a la economía marrón

5 de julio 2011    /   CREATIVIDAD     por          
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“Nunca podremos hacer una transición con éxito a una economía regenerativa (restorative economy) hasta que los sistemas de pensamiento sean tan naturales, para millones de personas, como conducir una bici. La gran pregunta es: ¿Cómo nos movemos de aquí hasta allí?”.
Todos los años se presentan a The Buckminster Fuller Challenge decenas de proyectos destinados a ayudar a resolver los problemas más acuciantes de la humanidad, como la pobreza, y hacer de este planeta un lugar más habitable. El diseñador John Thackara formó parte del jurado en las dos últimas ediciones y, reflexionando sobre todo lo que vio, escribió un ensayo que ha publicado Change Observer en el que habla sobre el fin de la economía verde (basada en el reciclaje) y la evolución hacia la economía marrón (la regeneración de la tierra).
El jurado tenía como misión premiar una iniciativa atrevida, visionaria y, a la vez, tangible que fuera capaz de resolver alguno de los grandes problemas de la humanidad. Ese proyecto tendría que dejar atrás las “tres fantasías imposibles” de los negocios actuales, como Chris Seeley denomina en su obra The Fool and the Great Turning. “La fantasía del crecimiento ilimitado, la fantasía de que los actos no tienen consecuencias y la fantasía de que los humanos están separados de la naturaleza”, detalla Thackara.

“Estas fantasías no se producen solo en el diseño”, continúa el artículo del británico. “Representan el estado de conciencia de la economía basada en el crecimiento industrial [la economía que Adbusters ha descrito de forma memorable como la máquina doomsday (un personaje de ficción sin sentimientos que solo disfruta destruyendo y asesinando)]. Es una máquina doomsday porque todo el mundo se esfuerza por alcanzar un crecimiento infinito en un mundo cuya capacidad es finita. Cuanto mejor se comporta la economía (mayor crecimiento, mayor producto interior bruto…), más degradamos la biosfera (la única máquina que hace posible la vida)”.
“Es una locura y en todo el mundo muchas personas se están dando cuenta. Esta concienciación incluye a un amplio número de diseñadores, arquitectos y planificadores urbanos. Pero todavía son (somos) una minoría y se están (nos estamos) despertando muy despacio”, continúa Thackara.
El director de Doors of Perception habla también de este despertar entre los estudios de diseño. “Muchas firmas han añadido entre sus servicios diseño especializado en evitar el impacto social. El resultado es un enfoque de los temas sociales y ambientales del tipo “haz menos daño” (…). El emprendedor ecológico Gunther Pauli rechaza este aproximación a medio camino y dice: ‘No hay indulgencia para un ladrón que dice al juez que está robando menos que antes. Entonces, ¿por qué nos premiamos unos a otros por contaminar ‘menos’, a pesar de seguir contaminando?’”.

(Foto: Doors of perception)
Pero, para Thackara, hay un desvío en esta autopista hacia el desastre. En los márgenes de la economía imperante está surgiendo una nueva economía (la economía regenerativa) que se deja ver en millones de proyectos de base en todo el mundo. “Los ejemplos más conocidos tienen nombres como ciudades post-carbón o ciudades en transición (transition town) pero también están los bancos de semillas (seedbank: un banco que guarda semillas con el fin de proteger la biodiversidad en caso de que una especie desaparezca de su hábitat) o los iPhone doctors”.
“La economía regenerativa está emergiendo en los lugares donde las personas están cultivando alimentos en las ciudades o donde los patios de los colegios se están convirtiendo en jardines comestibles”, asegura el británico. “Este movimiento incluye a individuos que están restaurando ecosistemas y whatersheds (ecosistemas en los que todos sus seres vivos están unidos por el sistema hidrológico). (…) Muchas personas en este movimiento están reciclando edificios en el centro de la ciudad, barrios periféricos, favelas y barrios marginales”.
Este movimiento suele ir unido al uso de una moneda propia local. “En su versión de sistema de intercambio de economía verde, 70 millones de africanos no utilizan bancos ni la moneda del país y hacen sus intercambios mediante el sistema M-pesa (moneda virtual a través del móvil promovida por el Departamento para el Desarrollo Internacional y Vodafone). (…) Miles de grupos están llevando a cabo miles de experimentos de este tipo”.
“Lo que estos proyectos tienen en común es que están creando valor sin destrozar recursos sociales y naturales”, escribe el diseñador. “Y no estoy hablando aquí de replegarse en un estilo de vida idílico rural estilo 1960. Todo lo contrario. El diseño regenerativo más dinámico está ocurriendo en un contexto urbano, donde se está rediseñando el paisaje urbano como una ecología que tiene el potencial de apoyarnos”.
Thackara destaca el efecto positivo de las iniciativas de transición. Comenzaron hace seis años y, según indica, se están multiplicando a una velocidad extraordinaria. “Casi 800 comunidades en Europa y América del Norte han sido designadas oficialmente Iniciativas de Transición y hay, incluso, bosques de transición”.

(Foto: Totnes, Devon. Wikimedia Commons)
“El pensamiento de transición anima a las comunidades a mirar al petróleo y al cambio climático directamente a los ojos. (…) Los grupos de transición rompen el miedo y convierten el escenario de los sistemas grandes difíciles de cambiar en partes pequeñas. Las comunidades crean listas de actividades que hacer con un orden de preferencias y describen cosas como los recursos y las herramientas que tienen y los objetivos que necesitan alcanzar”.
Este modelo es “poderoso” porque, de acuerdo con el diseñador, “reúne a las personas de un área geográfica. Estos individuos tienen intereses y capacidades distintas, pero están unidos porque son interdependientes y están comprometidos con el contexto en el que viven en toda su complejidad”.
Thackara resalta otra cualidad del modelo de transición. Utiliza un proceso de establecer agendas y prioridades: “el método espacio abierto”, un sistema que “da voz a todos, no solo al que habla más fuerte”.
Estos nuevos métodos, “más allá de lo que dicta la academia”, están originando proyectos como el que ganó el año pasado el premio de The Buckminster Fuller Challange. Operation Hope (Operación Esperanza) se basaba en el uso del ganado para combatir la expansión de la desertización en todo el mundo. “Pero la historia detrás de todo esto”, continúa, “trataba sobre las formas en las que la energía y los nutrientes circulan en ecosistemas naturales y cómo los humanos podemos aprender de ellos”.
“Parece que hemos dado un paso más allá de la revolución verde, que, con su agricultura hiperindustrializada, necesita una cantidad inmensa de petroquímicos y herbicidas, monocultivos y métodos de alimentación animal en reclusión”, detalla. “Sí. La revolución verde aumentó la producción global de alimentos de forma tremenda, pero ha degradado su base ecológica en el proceso”.
“La Operation Hope, en cambio, promueve lo que su fundador, Allan Savory, denomina una nueva Revolución Marrón, basada en la regeneración de la tierra orgánicamente rica y ha devuelto a millones de personas a la tierra y al servicio intensivo de producción de alimentos”.
Este año el ganador ha sido Blue Ventures (una organización dedicada a la conservación marina, la educación y el desarrollo sostenible de las comunidades de las costas tropicales). Su fundador, Alasdair Harris, dijo al jurado: “La forma en la que afrontamos la conservación marina no se basa en establecer áreas protegidas. Trata de aliviar la pobreza, dar poder a las mujeres y reducir la desigualdad de sexos. Todos estos temas (sexualidad, salud reproductiva y educación) están directamente relacionados con la conservación. Trabajamos de forma multidisciplinar y holística”.

Este enfoque implica un diseño regenerativo para un complejo de ecologías interdependientes como la energía, el agua, los alimentos, la producción y la información.
“No es volver a la naturaleza”, insiste Thackara. “Es permitir que esas distintas ecologías, flujos y redes se ayuden unas a otras”.

(Foto: Blue Ventures)


“Nunca podremos hacer una transición con éxito a una economía regenerativa (restorative economy) hasta que los sistemas de pensamiento sean tan naturales, para millones de personas, como conducir una bici. La gran pregunta es: ¿Cómo nos movemos de aquí hasta allí?”.
Todos los años se presentan a The Buckminster Fuller Challenge decenas de proyectos destinados a ayudar a resolver los problemas más acuciantes de la humanidad, como la pobreza, y hacer de este planeta un lugar más habitable. El diseñador John Thackara formó parte del jurado en las dos últimas ediciones y, reflexionando sobre todo lo que vio, escribió un ensayo que ha publicado Change Observer en el que habla sobre el fin de la economía verde (basada en el reciclaje) y la evolución hacia la economía marrón (la regeneración de la tierra).
El jurado tenía como misión premiar una iniciativa atrevida, visionaria y, a la vez, tangible que fuera capaz de resolver alguno de los grandes problemas de la humanidad. Ese proyecto tendría que dejar atrás las “tres fantasías imposibles” de los negocios actuales, como Chris Seeley denomina en su obra The Fool and the Great Turning. “La fantasía del crecimiento ilimitado, la fantasía de que los actos no tienen consecuencias y la fantasía de que los humanos están separados de la naturaleza”, detalla Thackara.

“Estas fantasías no se producen solo en el diseño”, continúa el artículo del británico. “Representan el estado de conciencia de la economía basada en el crecimiento industrial [la economía que Adbusters ha descrito de forma memorable como la máquina doomsday (un personaje de ficción sin sentimientos que solo disfruta destruyendo y asesinando)]. Es una máquina doomsday porque todo el mundo se esfuerza por alcanzar un crecimiento infinito en un mundo cuya capacidad es finita. Cuanto mejor se comporta la economía (mayor crecimiento, mayor producto interior bruto…), más degradamos la biosfera (la única máquina que hace posible la vida)”.
“Es una locura y en todo el mundo muchas personas se están dando cuenta. Esta concienciación incluye a un amplio número de diseñadores, arquitectos y planificadores urbanos. Pero todavía son (somos) una minoría y se están (nos estamos) despertando muy despacio”, continúa Thackara.
El director de Doors of Perception habla también de este despertar entre los estudios de diseño. “Muchas firmas han añadido entre sus servicios diseño especializado en evitar el impacto social. El resultado es un enfoque de los temas sociales y ambientales del tipo “haz menos daño” (…). El emprendedor ecológico Gunther Pauli rechaza este aproximación a medio camino y dice: ‘No hay indulgencia para un ladrón que dice al juez que está robando menos que antes. Entonces, ¿por qué nos premiamos unos a otros por contaminar ‘menos’, a pesar de seguir contaminando?’”.

(Foto: Doors of perception)
Pero, para Thackara, hay un desvío en esta autopista hacia el desastre. En los márgenes de la economía imperante está surgiendo una nueva economía (la economía regenerativa) que se deja ver en millones de proyectos de base en todo el mundo. “Los ejemplos más conocidos tienen nombres como ciudades post-carbón o ciudades en transición (transition town) pero también están los bancos de semillas (seedbank: un banco que guarda semillas con el fin de proteger la biodiversidad en caso de que una especie desaparezca de su hábitat) o los iPhone doctors”.
“La economía regenerativa está emergiendo en los lugares donde las personas están cultivando alimentos en las ciudades o donde los patios de los colegios se están convirtiendo en jardines comestibles”, asegura el británico. “Este movimiento incluye a individuos que están restaurando ecosistemas y whatersheds (ecosistemas en los que todos sus seres vivos están unidos por el sistema hidrológico). (…) Muchas personas en este movimiento están reciclando edificios en el centro de la ciudad, barrios periféricos, favelas y barrios marginales”.
Este movimiento suele ir unido al uso de una moneda propia local. “En su versión de sistema de intercambio de economía verde, 70 millones de africanos no utilizan bancos ni la moneda del país y hacen sus intercambios mediante el sistema M-pesa (moneda virtual a través del móvil promovida por el Departamento para el Desarrollo Internacional y Vodafone). (…) Miles de grupos están llevando a cabo miles de experimentos de este tipo”.
“Lo que estos proyectos tienen en común es que están creando valor sin destrozar recursos sociales y naturales”, escribe el diseñador. “Y no estoy hablando aquí de replegarse en un estilo de vida idílico rural estilo 1960. Todo lo contrario. El diseño regenerativo más dinámico está ocurriendo en un contexto urbano, donde se está rediseñando el paisaje urbano como una ecología que tiene el potencial de apoyarnos”.
Thackara destaca el efecto positivo de las iniciativas de transición. Comenzaron hace seis años y, según indica, se están multiplicando a una velocidad extraordinaria. “Casi 800 comunidades en Europa y América del Norte han sido designadas oficialmente Iniciativas de Transición y hay, incluso, bosques de transición”.

(Foto: Totnes, Devon. Wikimedia Commons)
“El pensamiento de transición anima a las comunidades a mirar al petróleo y al cambio climático directamente a los ojos. (…) Los grupos de transición rompen el miedo y convierten el escenario de los sistemas grandes difíciles de cambiar en partes pequeñas. Las comunidades crean listas de actividades que hacer con un orden de preferencias y describen cosas como los recursos y las herramientas que tienen y los objetivos que necesitan alcanzar”.
Este modelo es “poderoso” porque, de acuerdo con el diseñador, “reúne a las personas de un área geográfica. Estos individuos tienen intereses y capacidades distintas, pero están unidos porque son interdependientes y están comprometidos con el contexto en el que viven en toda su complejidad”.
Thackara resalta otra cualidad del modelo de transición. Utiliza un proceso de establecer agendas y prioridades: “el método espacio abierto”, un sistema que “da voz a todos, no solo al que habla más fuerte”.
Estos nuevos métodos, “más allá de lo que dicta la academia”, están originando proyectos como el que ganó el año pasado el premio de The Buckminster Fuller Challange. Operation Hope (Operación Esperanza) se basaba en el uso del ganado para combatir la expansión de la desertización en todo el mundo. “Pero la historia detrás de todo esto”, continúa, “trataba sobre las formas en las que la energía y los nutrientes circulan en ecosistemas naturales y cómo los humanos podemos aprender de ellos”.
“Parece que hemos dado un paso más allá de la revolución verde, que, con su agricultura hiperindustrializada, necesita una cantidad inmensa de petroquímicos y herbicidas, monocultivos y métodos de alimentación animal en reclusión”, detalla. “Sí. La revolución verde aumentó la producción global de alimentos de forma tremenda, pero ha degradado su base ecológica en el proceso”.
“La Operation Hope, en cambio, promueve lo que su fundador, Allan Savory, denomina una nueva Revolución Marrón, basada en la regeneración de la tierra orgánicamente rica y ha devuelto a millones de personas a la tierra y al servicio intensivo de producción de alimentos”.
Este año el ganador ha sido Blue Ventures (una organización dedicada a la conservación marina, la educación y el desarrollo sostenible de las comunidades de las costas tropicales). Su fundador, Alasdair Harris, dijo al jurado: “La forma en la que afrontamos la conservación marina no se basa en establecer áreas protegidas. Trata de aliviar la pobreza, dar poder a las mujeres y reducir la desigualdad de sexos. Todos estos temas (sexualidad, salud reproductiva y educación) están directamente relacionados con la conservación. Trabajamos de forma multidisciplinar y holística”.

Este enfoque implica un diseño regenerativo para un complejo de ecologías interdependientes como la energía, el agua, los alimentos, la producción y la información.
“No es volver a la naturaleza”, insiste Thackara. “Es permitir que esas distintas ecologías, flujos y redes se ayuden unas a otras”.

(Foto: Blue Ventures)

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Opiniones 6
  • La concienciación de la gente deviene el argumento fundamental para que aquellas iniciativas regenerativas cuajen. Lo primero que hay que regenerar son los planteamientos vitales del mundo occidental. El consumidor tiene un poder que todavía no es capaz de evaluar adecuadamente, y se deja llevar por una comodidad ficticia comprando productos innecesarios inducido por una publicidad cuya única finalidad, no lo olvidemos, es conseguir un mayor número de ventas.
    A todos nos consta el altísimo precio que estamos pagando a costa de nuestra salud y de un futuro menos marrón. La responsabilidad empieza por uno mismo, cuidando la alimentación, leyendo las etiquetas, informándose adecuadamente sobre el origen de los productos que compra, el porqué de su precio de venta, su verdadero coste económico y humano. Hay que empezar a exigir RSC a las empresas. Algunas iniciaron hace algún tiempo ese compromiso de contribuir activamente a las mejoras sociales, medioambientales y económicas con su actividad. Pero queda todavía mucho camino por recorrer.
    Responsabilidad a todos los niveles, pero no nos engañemos. El peso de esa responsabilidad recae en la conducta de los consumidores. Lamentarse de las prácticas laborales de algunos países del tercer mundo para seguidamente adquirir productos cuyo coste social, humano y medioambiental indica hasta qué punto la acción se queda en la queja estéril.
    Hay que cambiar esos «sistemas de pensamiento» para que sean «tan naturales como conducir una bici». Va a ser complicado cambiar los automatismos tan integrados en la vida moderna de compra compulsiva de productos innecesarios con una idea equivocada de que lo barato sale mejor de precio. No. Lo barato, a la larga, se cobra su coste en salud, en dinero mal utilizado.
    Responsabilidad en búsqueda de un mundo mejor, siempre. El primer paso lo tenemos que dar todos en nuestra vida diaria. Sin eso, sin ese conjunto de caminos en una misma dirección, el mundo seguirá siendo de color marrón. «Verde, que te quiero Verde»…desde luego que sí, con una sonrisa y con determinación.

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