23 de junio 2022    /   IDEAS
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Lo peor que puede pasarte no es la muerte, sino el no vivir por miedo a morir

23 de junio 2022    /   IDEAS     por          
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Tenemos una mala noticia para ti. No eres capaz de interpretar correctamente los riesgos de la vida cotidiana porque tu cerebro no está bien diseñado para tal tarea. Además, los medios de comunicación inciden en los riesgos menos probables en la actualidad, que son los que precisamente excitan esa parte de tu cerebro mal diseñada, a fin de captar tu atención.

La buena noticia, en cualquier caso, es que vivimos en un mundo donde hay menos riesgos que antes. Que lo más probable es que vivas sin morirte antes de tiempo. Que, a pesar del pesimismo imperante, hemos logrado reducir las causas de muertes a las consustanciales de hacerse viejo.

La mayoría no será asesinada, no será víctima de un ataque terrorista, no sufrirá un accidente aéreo, no descubrirá que su paracaídas no se abre, no será azotado por un tsunami o un terremoto, no será devorado por un tiburón, no será expuesto a niveles letales de radiactividad. La mayoría de nosotros sobrevivirá.

Precisamente por eso lo más probable es que nos vayamos de este mundo cuando seamos viejos, después de que nuestro corazón haya latido 2.800 millones de veces (75 veces por minuto, 4.500 veces por hora, 108.000 veces al día). El triple de lo que ha latido para cualquier persona la mayor parte de la historia.

LOS RIESGOS MÁS IMPROBABLES VS. LOS MÁS PROBABLES

Según explica Marc Siegel en False Alarm: The Truth About the Epidemic of Fear:

Estadísticamente, el mundo industrializado nunca ha sido más seguro que ahora. Muchos de nosotros vivimos más y con menos incidentes que nunca. Sin embargo, vivimos los miedos del peor de los casos […]. Los peligros naturales ya no están ahí, pero los mecanismos de respuesta siguen en su sitio, y hoy día están en funcionamiento la mayor parte del tiempo. Hemos convertido nuestro mecanismo adaptativo del miedo en un pánico injustificado.

Dicho esto, sin duda hay riesgos a los que debemos prestar más atención. Sobre todo, porque el tiempo y los recursos de que disponemos son finitos. Si hay unas 8.000 causas de muertes en el mundo, debemos establecer las que necesitan más tiempo, recursos y preocupación, porque si nos centramos en las más improbables, estaremos dejando morir a muchas personas que podríamos haber salvado.

Por ejemplo, en España es entre 10 y 13 veces más probable suicidarse que ser víctima de un homicidio. ¿Dedicamos entre 10 y 13 veces más preocupación y recursos al suicidio que al homicidio? En absoluto. Más bien al contrario. Y eso se traduce, precisamente, en que dentro de dos horas y media, de promedio, habrá un suicidio. Y luego otro. Y luego otro. Usemos números redondos. En España, en un año, hay 350 homicidios, 1.800 accidentes de tráfico, 3.500 suicidios. Ahora comprobemos de qué hablamos más, qué noticias aparecen más veces, qué inversión política y económica se realiza en cada una de estas causas de muerte.

Por consiguiente, los sucesos poco habituales atraen una atención desproporcionada de los medios, generándose lo que el Premio Nobel de Economía Daniel Kahneman describe como «cascadas de disponibilidad»: cadenas de acontecimientos aterradoras pero infrecuentes que aparecen en los medios en cascada y que acaban provocando un efecto bola de nieve.

Por el contrario, los eventos más comunes no son tan sorprendentes y es menos probable que se califiquen como «grandes noticias». Por ello, como ha calculado el estadístico británico David John Spiegelhalter, de promedio se necesitan más de 8.000 víctimas del tabaco para que aparezca una sola noticia sobre el tema en BBC News, más de 7.000 víctimas de la obesidad, más de 4.000 víctimas del alcohol…

Un caso más flagrante es el del terrorismo. A pesar de que España es el país que más víctimas registró por terrorismo en la UE entre 2000 y 2018 en total, sin embargo, la cifra solo ascendió a 268 víctimas. Casi cualquier otro factor provoca más muertes.

Si vamos un poco más atrás y ampliamos el foco a Estados Unidos, excepto en los años 1995 y 2001, se han registrado menos víctimas de terrorismo que por alergias a los cacahuetes (y la tendencia no deja de aumentar, pues en 1999 el 0,5 % de los niños tenían alergia a los cacahuetes, pero 20 años después la proporción se ha cuadruplicado). Y por picaduras de abeja. Y por ataques de ciervos.

El terrorismo es tan inocuo que incluso es más probable para un norteamericano morir a manos de un policía que de un terrorista. Concretamente, según datos del  National Safety Council, el National Center for Health Statistics y el Censo de Estados Unidos:

  • 8 veces mayor probabilidad de morir a manos de un policía que de un terrorista.
  • 575 veces mayor probabilidad de suicidarse.
  • 17.600 veces mayor probabilidad de morir de un ataque al corazón.

Por supuesto, los riesgos son dinámicos. Los porcentajes son como son porque los miedos son como son. Si dejamos de tener miedo a pasear de noche por callejones oscuros, probablemente aumentarán las víctimas. Pero no se trata de eso. Se trata de hacer pequeños ajustes hacia problemas más acuciantes y dejar de obsesionarnos tanto con problemas mucho más superficiales. Se trata de mirar el mundo con mayor claridad.

Es lo que he intentado escribiendo el libro De qué (no) te vas a morir, que consta de 15 capítulos (15 causas improbables de muerte, a pesar de que parecen muy probables a juzgar por la alarma social y los medios de comunicación). Al final de cada capítulo, se ha añadido una causa de muerte que sí que es probable pero que, a menudo, pasamos por alto y que, en la medida de lo posible, guarda cierta relación con la causa analizada en el capítulo. A veces, aunque solo sea una relación anecdótica: terremotos… caídas).

Un libro en el que se trata de verter ideas tan contraintuitivas como que hay que multiplicar todas las víctimas combinadas de accidentes de tráfico, homicidios y suicidios para alcanzar al número de víctimas por el consumo de alcohol. Que la bañera mata a mucha gente. Que una de las principales causas externas de muerte son los atragantamientos. Que bajar la escalera es muy peligroso. Que vivir junto a una central nuclear te proporciona menor dosis radiactiva que comer un plátano. Que los perros matan a más seres humanos que todas las arañas y tiburones juntos. Que la mitad de todos los seres humanos que han vivido en la historia han muerto por culpa de los mosquitos.

Para imprimirle al libro un tono más optimista, la parte de la improbabilidad ocupa la mayor parte del capítulo, y el resto se dedica a la contraparte más probable.

La idea es demostrar que vivimos en un mundo mucho mejor de lo que nos plantean los medios de comunicación y los alarmistas profesionales. Que nuestros miedos están mal ajustados, porque continúan estando sincronizados con una época prehistórica. Que, precisamente, las cosas a las que deberíamos tener más miedo son las que menos cobertura mediática reciben y, por consiguiente, menos recursos se aportan para combatirlas.

Vivimos en un mundo más seguro que antes. Vivimos más que antes. Hay que aprovechar ese plus y que la vida se mida tanto por las veces que respiras y tu corazón bombea como por las veces que te quedas sin respiración y tu corazón se acelera. Porque lo peor que puede pasarte es que te mueras. Pero eso es incluso mejor que no vivir la vida por miedo a morir.

Tenemos una mala noticia para ti. No eres capaz de interpretar correctamente los riesgos de la vida cotidiana porque tu cerebro no está bien diseñado para tal tarea. Además, los medios de comunicación inciden en los riesgos menos probables en la actualidad, que son los que precisamente excitan esa parte de tu cerebro mal diseñada, a fin de captar tu atención.

La buena noticia, en cualquier caso, es que vivimos en un mundo donde hay menos riesgos que antes. Que lo más probable es que vivas sin morirte antes de tiempo. Que, a pesar del pesimismo imperante, hemos logrado reducir las causas de muertes a las consustanciales de hacerse viejo.

La mayoría no será asesinada, no será víctima de un ataque terrorista, no sufrirá un accidente aéreo, no descubrirá que su paracaídas no se abre, no será azotado por un tsunami o un terremoto, no será devorado por un tiburón, no será expuesto a niveles letales de radiactividad. La mayoría de nosotros sobrevivirá.

Precisamente por eso lo más probable es que nos vayamos de este mundo cuando seamos viejos, después de que nuestro corazón haya latido 2.800 millones de veces (75 veces por minuto, 4.500 veces por hora, 108.000 veces al día). El triple de lo que ha latido para cualquier persona la mayor parte de la historia.

LOS RIESGOS MÁS IMPROBABLES VS. LOS MÁS PROBABLES

Según explica Marc Siegel en False Alarm: The Truth About the Epidemic of Fear:

Estadísticamente, el mundo industrializado nunca ha sido más seguro que ahora. Muchos de nosotros vivimos más y con menos incidentes que nunca. Sin embargo, vivimos los miedos del peor de los casos […]. Los peligros naturales ya no están ahí, pero los mecanismos de respuesta siguen en su sitio, y hoy día están en funcionamiento la mayor parte del tiempo. Hemos convertido nuestro mecanismo adaptativo del miedo en un pánico injustificado.

Dicho esto, sin duda hay riesgos a los que debemos prestar más atención. Sobre todo, porque el tiempo y los recursos de que disponemos son finitos. Si hay unas 8.000 causas de muertes en el mundo, debemos establecer las que necesitan más tiempo, recursos y preocupación, porque si nos centramos en las más improbables, estaremos dejando morir a muchas personas que podríamos haber salvado.

Por ejemplo, en España es entre 10 y 13 veces más probable suicidarse que ser víctima de un homicidio. ¿Dedicamos entre 10 y 13 veces más preocupación y recursos al suicidio que al homicidio? En absoluto. Más bien al contrario. Y eso se traduce, precisamente, en que dentro de dos horas y media, de promedio, habrá un suicidio. Y luego otro. Y luego otro. Usemos números redondos. En España, en un año, hay 350 homicidios, 1.800 accidentes de tráfico, 3.500 suicidios. Ahora comprobemos de qué hablamos más, qué noticias aparecen más veces, qué inversión política y económica se realiza en cada una de estas causas de muerte.

Por consiguiente, los sucesos poco habituales atraen una atención desproporcionada de los medios, generándose lo que el Premio Nobel de Economía Daniel Kahneman describe como «cascadas de disponibilidad»: cadenas de acontecimientos aterradoras pero infrecuentes que aparecen en los medios en cascada y que acaban provocando un efecto bola de nieve.

Por el contrario, los eventos más comunes no son tan sorprendentes y es menos probable que se califiquen como «grandes noticias». Por ello, como ha calculado el estadístico británico David John Spiegelhalter, de promedio se necesitan más de 8.000 víctimas del tabaco para que aparezca una sola noticia sobre el tema en BBC News, más de 7.000 víctimas de la obesidad, más de 4.000 víctimas del alcohol…

Un caso más flagrante es el del terrorismo. A pesar de que España es el país que más víctimas registró por terrorismo en la UE entre 2000 y 2018 en total, sin embargo, la cifra solo ascendió a 268 víctimas. Casi cualquier otro factor provoca más muertes.

Si vamos un poco más atrás y ampliamos el foco a Estados Unidos, excepto en los años 1995 y 2001, se han registrado menos víctimas de terrorismo que por alergias a los cacahuetes (y la tendencia no deja de aumentar, pues en 1999 el 0,5 % de los niños tenían alergia a los cacahuetes, pero 20 años después la proporción se ha cuadruplicado). Y por picaduras de abeja. Y por ataques de ciervos.

El terrorismo es tan inocuo que incluso es más probable para un norteamericano morir a manos de un policía que de un terrorista. Concretamente, según datos del  National Safety Council, el National Center for Health Statistics y el Censo de Estados Unidos:

  • 8 veces mayor probabilidad de morir a manos de un policía que de un terrorista.
  • 575 veces mayor probabilidad de suicidarse.
  • 17.600 veces mayor probabilidad de morir de un ataque al corazón.

Por supuesto, los riesgos son dinámicos. Los porcentajes son como son porque los miedos son como son. Si dejamos de tener miedo a pasear de noche por callejones oscuros, probablemente aumentarán las víctimas. Pero no se trata de eso. Se trata de hacer pequeños ajustes hacia problemas más acuciantes y dejar de obsesionarnos tanto con problemas mucho más superficiales. Se trata de mirar el mundo con mayor claridad.

Es lo que he intentado escribiendo el libro De qué (no) te vas a morir, que consta de 15 capítulos (15 causas improbables de muerte, a pesar de que parecen muy probables a juzgar por la alarma social y los medios de comunicación). Al final de cada capítulo, se ha añadido una causa de muerte que sí que es probable pero que, a menudo, pasamos por alto y que, en la medida de lo posible, guarda cierta relación con la causa analizada en el capítulo. A veces, aunque solo sea una relación anecdótica: terremotos… caídas).

Un libro en el que se trata de verter ideas tan contraintuitivas como que hay que multiplicar todas las víctimas combinadas de accidentes de tráfico, homicidios y suicidios para alcanzar al número de víctimas por el consumo de alcohol. Que la bañera mata a mucha gente. Que una de las principales causas externas de muerte son los atragantamientos. Que bajar la escalera es muy peligroso. Que vivir junto a una central nuclear te proporciona menor dosis radiactiva que comer un plátano. Que los perros matan a más seres humanos que todas las arañas y tiburones juntos. Que la mitad de todos los seres humanos que han vivido en la historia han muerto por culpa de los mosquitos.

Para imprimirle al libro un tono más optimista, la parte de la improbabilidad ocupa la mayor parte del capítulo, y el resto se dedica a la contraparte más probable.

La idea es demostrar que vivimos en un mundo mucho mejor de lo que nos plantean los medios de comunicación y los alarmistas profesionales. Que nuestros miedos están mal ajustados, porque continúan estando sincronizados con una época prehistórica. Que, precisamente, las cosas a las que deberíamos tener más miedo son las que menos cobertura mediática reciben y, por consiguiente, menos recursos se aportan para combatirlas.

Vivimos en un mundo más seguro que antes. Vivimos más que antes. Hay que aprovechar ese plus y que la vida se mida tanto por las veces que respiras y tu corazón bombea como por las veces que te quedas sin respiración y tu corazón se acelera. Porque lo peor que puede pasarte es que te mueras. Pero eso es incluso mejor que no vivir la vida por miedo a morir.

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