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17 de noviembre 2014    /   CREATIVIDAD
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«¿De qué sirve comprar el mismo souvenir en cualquier lugar del mundo?»

17 de noviembre 2014    /   CREATIVIDAD     por          
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Hacía falta que la ideóloga de esta empresa fuera uruguaya para que pudiera ofrecer una visión del souvenir español desde fuera. Carolina Comas, una expublicista residente en Madrid hace casi una década, tenía un disgusto concreto: «¿Por qué, si compro un recuerdo en Barcelona, en Londres o en París resulta ser el mismo bolso, la misma taza o el mismo vaso pero con la inscripción de una ciudad diferente grabada? ¿No se puede comprar un souvenir que solo sea de allí, de ese lugar en concreto?».
De aquel desazón surgió una idea. La ha llamado Guiri Stuff. «Hago souvenires para turistas y objetos de recuerdo para museos», simplifica. En realidad se refiere a que ha creado una línea de recuerdos para «guiris» -u otros visitantes extranjeros- que contenga, por encima de todo, la esencia de lo que hace único el país para el que compró el rubio su billete de ida y vuelta.
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Por poner un ejemplo, digamos que Comas tiene intención de vender como souvenir un vaso. Ella opina que uno elegido en fábrica, sin más ni más, con apenas «el detalle del nombre de una ciudad escrito», no tiene enjundia suficiente para ser un objeto inspirador de recuerdos. «Hace falta que recuerde a cosas de la calle, de lo que uno vive allí», esgrime. Por eso la jarra que ella oferta tiene inscrito en su cuerpo la manera «perfecta» de tirar una caña.
Sus castañuelas explican cómo han de resonarse; la peineta con su firma detalla los modos de encajarse en el moño; y para recuerdo de Velázquez: Las Meninas. «Pero huyo de esa manera de vender Velázquez que siempre es una representación de ese cuadro en un imán, una lámina o en lo que sea». Lo que ella vende de este pintor, o de otros colosos del gremio, es un pack de jeringuillas con «los colores de la paleta de tu cuadro preferido». «Tienes a tu disposición los tonos que usó Picasso para el Guernica, los del Hotel Room de Edward Hopper o las tonalidades que Miró dejaba en sus obras», detalla. «Las jeringuillas son para que las conserves, para que uses los colores o para que te los inyectes si quieres», da fe del carácter transgresor de su marca. También ofrece Meninas en versión figurita para pintar.
Poco a poco, entre su venta a través de la página, su presencia en museos como el Reina Sofía, Caixa Forum o la Fundación March y la presencia en tiendas especializadas como Central Callao, va propagando su nuevo estilo de vender la marca España. Dice que le cuesta encajar en las tiendas de los museos su colección de pins con el diccionario de tacos ibéricos, aunque ella, desde su experiencia, opina que se trata de un recuerdo de lo más cañí y duradero.
Según Comas saber decir «coño, joder y hostias», colocarse un tocado andaluz con propiedad o tener la espuma justa de jarabe de cebada en el vaso es un recuerdo mucho más digno del país que «el típico vaso, millones de veces replicado», de cualquier lado indeterminado.
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Hacía falta que la ideóloga de esta empresa fuera uruguaya para que pudiera ofrecer una visión del souvenir español desde fuera. Carolina Comas, una expublicista residente en Madrid hace casi una década, tenía un disgusto concreto: «¿Por qué, si compro un recuerdo en Barcelona, en Londres o en París resulta ser el mismo bolso, la misma taza o el mismo vaso pero con la inscripción de una ciudad diferente grabada? ¿No se puede comprar un souvenir que solo sea de allí, de ese lugar en concreto?».
De aquel desazón surgió una idea. La ha llamado Guiri Stuff. «Hago souvenires para turistas y objetos de recuerdo para museos», simplifica. En realidad se refiere a que ha creado una línea de recuerdos para «guiris» -u otros visitantes extranjeros- que contenga, por encima de todo, la esencia de lo que hace único el país para el que compró el rubio su billete de ida y vuelta.
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Por poner un ejemplo, digamos que Comas tiene intención de vender como souvenir un vaso. Ella opina que uno elegido en fábrica, sin más ni más, con apenas «el detalle del nombre de una ciudad escrito», no tiene enjundia suficiente para ser un objeto inspirador de recuerdos. «Hace falta que recuerde a cosas de la calle, de lo que uno vive allí», esgrime. Por eso la jarra que ella oferta tiene inscrito en su cuerpo la manera «perfecta» de tirar una caña.
Sus castañuelas explican cómo han de resonarse; la peineta con su firma detalla los modos de encajarse en el moño; y para recuerdo de Velázquez: Las Meninas. «Pero huyo de esa manera de vender Velázquez que siempre es una representación de ese cuadro en un imán, una lámina o en lo que sea». Lo que ella vende de este pintor, o de otros colosos del gremio, es un pack de jeringuillas con «los colores de la paleta de tu cuadro preferido». «Tienes a tu disposición los tonos que usó Picasso para el Guernica, los del Hotel Room de Edward Hopper o las tonalidades que Miró dejaba en sus obras», detalla. «Las jeringuillas son para que las conserves, para que uses los colores o para que te los inyectes si quieres», da fe del carácter transgresor de su marca. También ofrece Meninas en versión figurita para pintar.
Poco a poco, entre su venta a través de la página, su presencia en museos como el Reina Sofía, Caixa Forum o la Fundación March y la presencia en tiendas especializadas como Central Callao, va propagando su nuevo estilo de vender la marca España. Dice que le cuesta encajar en las tiendas de los museos su colección de pins con el diccionario de tacos ibéricos, aunque ella, desde su experiencia, opina que se trata de un recuerdo de lo más cañí y duradero.
Según Comas saber decir «coño, joder y hostias», colocarse un tocado andaluz con propiedad o tener la espuma justa de jarabe de cebada en el vaso es un recuerdo mucho más digno del país que «el típico vaso, millones de veces replicado», de cualquier lado indeterminado.
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