10 de mayo 2016    /   CIENCIA
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Miles de USB guardan secretos en las paredes de tu ciudad

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Mi peli favorita de espías es Charada. Seguramente porque en ella sale Audrey Hepburn y porque es de las pocas cuyo argumento recuerdo. También me gustan la saga de Bourne. Y Top Secret, claro, y El Tercer Hombre. En fin, que me gustan las pelis de espías. Y me gustan por la misma razón por la que me gustan los cuentos y el teatro: por las sorpresas (los críticos de cine modernos las llaman «giros de guion») encajadas en una serie de clichés que siempre son los mismos pero nunca iguales.

Los secretísimos secretos que se van desvelando según avanza la trama, el amor que está a punto de echarlo todo al traste, o que se va al traste él solito para que los espías sobrevivan. Malos que no lo son tanto, buenos que lo parecían. Tensión, ya sea contenida o alocada. Ganas de que no les descubran, de que no les atrapen, de que no les maten, pero que parezca que sí, que lo van a hacer en cualquier momento. Y sobre todo, entre todo y ante todo, el tráfico de información, la transferencia de documentos, de tesoros, materiales o inmateriales, de archivos de incalculable valor. En carpetas, en microfilms, en sellos, en valijas diplomáticas, en chips o en llaves USB. He sabido hace poco que cuando los espías quedan citados en un mismo sitio y allí se pasan el maletín o lo que sea, se produce un Live Drop, pero si el maletín lo dejan en un lugar establecido de antemano y los espías hacen la entrega y recogida sin verse, entonces se produce un Dead Drop.

A quién no le gustaría sentir una vez en la vida la emoción de realizar una de esas entregas clandestinas, una Dead Drop de algún documento, cualquier cosa, qué más da, una foto vieja, tu último poema que es horroroso pero quieres que alguien lo lea, y si no te conoce mejor. Algún secreto. Un documento con consejos que crees importantes. Una canción.

A quién no le gustaría sentir una vez en la vida la emoción de realizar una de esas entregas clandestinas, una Dead Drop de algún documento

En 2010, el artista alemán Aram Bartholl inició una de sus intervenciones, casi siempre marcadas por la relación con la tecnología, que llamó Dead Drops. Sí, como lo de los espías. Colocó varias llaves USB en diferentes lugares de Nueva York. Las dejó fijas, adheridas con cemento a varias paredes, en huecos entre los ladrillos o en pequeñas grietas. Y en ellas cualquiera puede conectar su ordenador y obtener o depositar archivos.

Al principio sólo eran cinco, pero ahora más de mil quinientas se alojan en paredes de todo el mundo, esperando a que alguien recoja los archivos que contienen o deje los suyos propios. Hay incluso una en una botella a la deriva en el océano. La última vez que fue vista navegaba con su colección de bits entre el golfo de Bizkaia y el mar Celta.

El pasado marzo pusieron uno en Cuenca. Estoy pensando en ir allá y meter en esa memoria USB una copia de Charada, lo cual es posible que sea ilegal o peligroso, o al menos clandestino, o eso que hacen los espías. Ya me imagino a mí mismo metiendo impúdicamente el conector de ese Bus Universal en Serie (eso es lo que significa USB) en mi ordenador, probablemente de noche, y transferir a una velocidad de 480 Megabytes por segundo (si el de Cuenca es un USB 2.0) o a 5 Gigabytes por segundo (si es USB 3.0) todos los bits que conforman mi película favorita de espías. Correría después a contárselo a Audrey Hepburn, que me abrazaría y me besaría entre risas, admirándome, incapaz de creer mi loca hazaña.

 

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Los secretísimos secretos que se van desvelando según avanza la trama, el amor que está a punto de echarlo todo al traste, o que se va al traste él solito para que los espías sobrevivan. Malos que no lo son tanto, buenos que lo parecían. Tensión, ya sea contenida o alocada. Ganas de que no les descubran, de que no les atrapen, de que no les maten, pero que parezca que sí, que lo van a hacer en cualquier momento. Y sobre todo, entre todo y ante todo, el tráfico de información, la transferencia de documentos, de tesoros, materiales o inmateriales, de archivos de incalculable valor. En carpetas, en microfilms, en sellos, en valijas diplomáticas, en chips o en llaves USB. He sabido hace poco que cuando los espías quedan citados en un mismo sitio y allí se pasan el maletín o lo que sea, se produce un Live Drop, pero si el maletín lo dejan en un lugar establecido de antemano y los espías hacen la entrega y recogida sin verse, entonces se produce un Dead Drop.

A quién no le gustaría sentir una vez en la vida la emoción de realizar una de esas entregas clandestinas, una Dead Drop de algún documento, cualquier cosa, qué más da, una foto vieja, tu último poema que es horroroso pero quieres que alguien lo lea, y si no te conoce mejor. Algún secreto. Un documento con consejos que crees importantes. Una canción.

A quién no le gustaría sentir una vez en la vida la emoción de realizar una de esas entregas clandestinas, una Dead Drop de algún documento

En 2010, el artista alemán Aram Bartholl inició una de sus intervenciones, casi siempre marcadas por la relación con la tecnología, que llamó Dead Drops. Sí, como lo de los espías. Colocó varias llaves USB en diferentes lugares de Nueva York. Las dejó fijas, adheridas con cemento a varias paredes, en huecos entre los ladrillos o en pequeñas grietas. Y en ellas cualquiera puede conectar su ordenador y obtener o depositar archivos.

Al principio sólo eran cinco, pero ahora más de mil quinientas se alojan en paredes de todo el mundo, esperando a que alguien recoja los archivos que contienen o deje los suyos propios. Hay incluso una en una botella a la deriva en el océano. La última vez que fue vista navegaba con su colección de bits entre el golfo de Bizkaia y el mar Celta.

El pasado marzo pusieron uno en Cuenca. Estoy pensando en ir allá y meter en esa memoria USB una copia de Charada, lo cual es posible que sea ilegal o peligroso, o al menos clandestino, o eso que hacen los espías. Ya me imagino a mí mismo metiendo impúdicamente el conector de ese Bus Universal en Serie (eso es lo que significa USB) en mi ordenador, probablemente de noche, y transferir a una velocidad de 480 Megabytes por segundo (si el de Cuenca es un USB 2.0) o a 5 Gigabytes por segundo (si es USB 3.0) todos los bits que conforman mi película favorita de espías. Correría después a contárselo a Audrey Hepburn, que me abrazaría y me besaría entre risas, admirándome, incapaz de creer mi loca hazaña.

 

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