6 de junio 2018    /   CINE/TV
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‘Dear White People’: replanteando nuestro privilegio blanco

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¿Qué papel representamos en la sociedad? ¿Cuáles son nuestros privilegios? ¿Puede una serie de Netflix plantearnos esas preguntas? Pues sí. Dear White People lo hace a través del día a día universitario de un elenco de jóvenes negros: pone de relieve las carencias de nuestra convivencia, la necesidad de tomar consciencia de nuestra posición.

Quizá, si la historia de nuestro planeta fuese otra, la única peculiaridad de la serie recaería sobre la elección de protagonistas predominantemente de color. Pero eso es ingenuidad.

De lo que Dear White People habla es de lo que implica ser negro hoy. Lo hace tomando la Universidad de Winchester como escenario, donde la tensión racial va creciendo por capítulos.

Cada día, Sam White denuncia en su programa de radio –titulado Queridos blancos, como la serie– los comportamientos racistas de la población blanca, convirtiendo las emisiones en puntos de encuentro y coraje para sus compañeros negros.

El propio personaje de Sam encarna la confrontación entre sí misma, la población negra y la blanca. En una búsqueda identitaria permanente, sus orígenes –padre blanco y madre negra– sirven a unos y a otros para poner en entredicho su papel como activista.

«¿Crees que puedo salir al mundo la mitad del tiempo como blanca y la otra mitad como negra? Soy negra. En esta sociedad es lo que soy. Y punto. Me he sentido y me siento muchas otras cosas que no caben en una puta casilla censal. La culpabilidad es simple para lo que siente una chica como yo en un mundo como este», dice en la serie.

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Mientras, Troy Fairbanks, primer presidente estudiantil negro, es visto por los estudiantes como una marioneta de su padre, el decano. Coco Conners, sueña con ser una líder del futuro sin depender de un hombre. Joelle Brooks no quiere ser una segundona; ella también quiere alzar la voz. Lionel Higgins lucha por llegar a ser un gran periodista mientras se debate con su sexualidad.

A Reggie Green le apuntan con una pistola en una fiesta del campus. Un policía blanco. No hace falta entrar demasiado en los motivos para entender que la acción del policía está totalmente fuera de lugar. La realidad es, claro, que no se trata de ficción: esta y el resto de críticas que cursa Dear White People no nacen precisamente en los guiones de la serie.

La proeza de la serie no es recordarnos una a una las gilipolleces racistas que seguimos promoviendo los blancos –que también–, sino reflejar con normalidad y humor cómo esas actitudes merman la vida estudiantil de chicos y chicas corrientes. Dear White People, lejos de ser un decálogo antiblancos, es una oportunidad. La oportunidad de comprender que el color de tu piel te convierte o no en privilegiado.

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Y no hay (casi) nada de malo en ser privilegiado. Lo que la serie promueve es que hagamos un uso responsable de él. Que, poco a poco, nadie tenga por qué sentirse inferior por el color de su piel. Empezando por no negar ese privilegio y mirar a nuestro alrededor. Dear White People se sitúa en pleno 2018 para sacar a la palestra a trolls en redes sociales, racismo encubierto y la acción de la corriente alt-right de extrema derecha.

«Nadie te pide que te sientas culpable. Lo único que eso aporta son tópicos. Palabras amables. Y una recaudación millonaria de pelis sobre tristes negros desfavorecidos. No. Lo que necesito de ti y de todos los que se benefician de eso a lo que llaman condición blanca es que admitáis que es una invención», dice Sam.

Las dos temporadas de la serie –la segunda estrenada hace tan solo unas semanas–, profundicen más o menos en nuestros problemas sociales y políticos, suponen un jarrón de agua fría para la ignorancia. Es ciertamente sonrojante que una serie más próxima a la comedia universitaria que a otros géneros nos ponga frente a frente con una realidad que, a veces, no queremos ver.

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Probablemente eso sea lo que convierte a Dear White People en una buena producción. Al final, se trata de otra de esas series. Ríes y lloras con los personajes, te identificas con ellos y con sus frustraciones académicas y de futuro, con sus amores y sus desamores, con sus relaciones familiares. Disfrutas; ante todo, es una serie divertida. Y eres incapaz de dejar de verla, ¡te mantiene en vilo!

Pero, inevitablemente, acabas pensando en nuestro mundo, el que pisamos. Un mundo donde prolifera el racismo institucional, donde se persigue la inmigración, donde las oportunidades no son las mismas para todos. Un mundo donde Trump es presidente. Un mundo donde series como Dear White People continúan siendo necesarias.

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Quizá, si la historia de nuestro planeta fuese otra, la única peculiaridad de la serie recaería sobre la elección de protagonistas predominantemente de color. Pero eso es ingenuidad.

De lo que Dear White People habla es de lo que implica ser negro hoy. Lo hace tomando la Universidad de Winchester como escenario, donde la tensión racial va creciendo por capítulos.

Cada día, Sam White denuncia en su programa de radio –titulado Queridos blancos, como la serie– los comportamientos racistas de la población blanca, convirtiendo las emisiones en puntos de encuentro y coraje para sus compañeros negros.

El propio personaje de Sam encarna la confrontación entre sí misma, la población negra y la blanca. En una búsqueda identitaria permanente, sus orígenes –padre blanco y madre negra– sirven a unos y a otros para poner en entredicho su papel como activista.

«¿Crees que puedo salir al mundo la mitad del tiempo como blanca y la otra mitad como negra? Soy negra. En esta sociedad es lo que soy. Y punto. Me he sentido y me siento muchas otras cosas que no caben en una puta casilla censal. La culpabilidad es simple para lo que siente una chica como yo en un mundo como este», dice en la serie.

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Mientras, Troy Fairbanks, primer presidente estudiantil negro, es visto por los estudiantes como una marioneta de su padre, el decano. Coco Conners, sueña con ser una líder del futuro sin depender de un hombre. Joelle Brooks no quiere ser una segundona; ella también quiere alzar la voz. Lionel Higgins lucha por llegar a ser un gran periodista mientras se debate con su sexualidad.

A Reggie Green le apuntan con una pistola en una fiesta del campus. Un policía blanco. No hace falta entrar demasiado en los motivos para entender que la acción del policía está totalmente fuera de lugar. La realidad es, claro, que no se trata de ficción: esta y el resto de críticas que cursa Dear White People no nacen precisamente en los guiones de la serie.

La proeza de la serie no es recordarnos una a una las gilipolleces racistas que seguimos promoviendo los blancos –que también–, sino reflejar con normalidad y humor cómo esas actitudes merman la vida estudiantil de chicos y chicas corrientes. Dear White People, lejos de ser un decálogo antiblancos, es una oportunidad. La oportunidad de comprender que el color de tu piel te convierte o no en privilegiado.

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Y no hay (casi) nada de malo en ser privilegiado. Lo que la serie promueve es que hagamos un uso responsable de él. Que, poco a poco, nadie tenga por qué sentirse inferior por el color de su piel. Empezando por no negar ese privilegio y mirar a nuestro alrededor. Dear White People se sitúa en pleno 2018 para sacar a la palestra a trolls en redes sociales, racismo encubierto y la acción de la corriente alt-right de extrema derecha.

«Nadie te pide que te sientas culpable. Lo único que eso aporta son tópicos. Palabras amables. Y una recaudación millonaria de pelis sobre tristes negros desfavorecidos. No. Lo que necesito de ti y de todos los que se benefician de eso a lo que llaman condición blanca es que admitáis que es una invención», dice Sam.

Las dos temporadas de la serie –la segunda estrenada hace tan solo unas semanas–, profundicen más o menos en nuestros problemas sociales y políticos, suponen un jarrón de agua fría para la ignorancia. Es ciertamente sonrojante que una serie más próxima a la comedia universitaria que a otros géneros nos ponga frente a frente con una realidad que, a veces, no queremos ver.

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Probablemente eso sea lo que convierte a Dear White People en una buena producción. Al final, se trata de otra de esas series. Ríes y lloras con los personajes, te identificas con ellos y con sus frustraciones académicas y de futuro, con sus amores y sus desamores, con sus relaciones familiares. Disfrutas; ante todo, es una serie divertida. Y eres incapaz de dejar de verla, ¡te mantiene en vilo!

Pero, inevitablemente, acabas pensando en nuestro mundo, el que pisamos. Un mundo donde prolifera el racismo institucional, donde se persigue la inmigración, donde las oportunidades no son las mismas para todos. Un mundo donde Trump es presidente. Un mundo donde series como Dear White People continúan siendo necesarias.

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Opiniones 2
  • soy gordo pobre y blanco tengo privilegio por eso ?? acaso el negro basquetbolista lleno de chicas no esta mejor que yo ?? incluso haciendo uso de su discriminacion positiva que a veces se transforma en impunidad??? hasta cuando mostrarse ellos mismos como que negro fuese una discapacidad??? una palabra mas para hacer sentir culpable a alguien por su color de piel cuando no has hecho nada solo nacer…..

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