23 de noviembre 2017    /   IDEAS
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Así podrás hablar de política sin gritar ni enfadarte

23 de noviembre 2017    /   IDEAS     por          
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Vivimos un tiempo de gente cabreada, de amigos que rompen sin ninguna necesidad y de amistades que nacen en torno a la pureza ideológica. Ha habido otros tiempos como estos y han existido pensadores capaces de enfriar el fuego y debatir con inteligencia. Podríamos seguir su ejemplo.

Cuando se abordan cuestiones políticas, los pensadores moderados quedan eclipsados y desplazados por los más extremos. Hay que reconocerlo: estos machos alfa son más brutales, más histriónicos, más seductores, más originales y, casi siempre, más perversos. Era casi imposible no fijarse en ellos. La cámara los quiere y la televisión los necesita.

Sin embargo, los intelectuales equilibrados, que no equidistantes, tienen mucho que enseñar y uno de los casos más obvios es el francés Raymond Aron, que defendió la democracia primero frente al ascenso del fascismo y el nazismo, después ante la enorme atracción que supuso la Unión Soviética de Stalin para colegas suyos como Jean-Paul Sartre y, más adelante, ante el enamoramiento de millones de jóvenes con el comunismo de Mao en los años 60.

Por supuesto, siempre fue rechazado por los extremistas, que a veces eran mayoría o controlaban las instituciones o las calles, y pagó el precio del ninguneo de sus colegas durante décadas. No es tan distinto a los políticos y los ciudadanos que hoy sufren defendiendo la moderación, la convivencia pacífica y un debate respetuoso y sincero. Ellos, igual que él, no se refugian ni en el silencio ni en la equidistancia, que es cobarde porque no aspira a la verdad sino solo al término medio; ni tampoco en la mentira, el teatro, el insulto, la propaganda bastarda y el falso victimismo.

La primera regla de Aron para un debate político en condiciones se parece a la presunción de inocencia. Hay que asumir que en un debate, y hasta que se demuestre lo contrario, todos los participantes desean encontrar la verdad y defender la libertad. Podrán hacerlo con mejor o peor habilidad, con mayores o menores conocimientos e incluso con grosería y soberbia. Negarles esta presunción de inocencia o debatir únicamente con interlocutores que comparten nuestras ideas demuestra que somos nosotros los que no buscamos la verdad… y los que nos negamos a ser más libres gracias a ella.

Hay que asumir que en un debate, y hasta que se demuestre lo contrario, todos los participantes desean encontrar la verdad y defender la libertad

La segunda regla exige dejar fuera de la discusión cualquier planteamiento que no se fundamente en hechos. Las emociones no son argumentos ni opiniones: son solo sentimientos o, a lo sumo, intuiciones vagas. Discutir sobre emociones muy arraigadas es absurdo y destructivo; hay que discutir sobre los hechos con los que intentamos justificarlas. No merece la pena debatir sobre si yo siento que Cataluña debe ser independiente. Debatiremos los hechos que justifican esa sensación.

La tercera regla impone desconfiar de la forma en la que se escogemos esos hechos. En política, es común permitir que la ideología, las redes sociales o las amistades seleccionen por nosotros qué noticias deben ser leídas, qué medios son creíbles o qué líderes son unos miserables.

Un ejercicio sencillo pasa por obligarse a extraer conclusiones cuando se ha leído la noticia entera en dos medios con visiones opuestas, uno de ellos con una línea editorial muy distinta a nuestras inclinaciones. Hay que alegrarse, en vez de enfadarse o ver fantasmas, cuando una información bien planteada cuestiona, matiza o refuta nuestros prejuicios. Hoy estamos más cerca que ayer de la verdad. Y somos más libres. ¡Enhorabuena!

No es tan sencillo

La cuarta regla consiste en reconocer de partida que, cuando se habla de cuestiones complejas, las causas y los responsables serán múltiples. Cuando se afirma que un líder, partido político o ideología son los únicos culpables de un problema complejo, entonces se está mintiendo. Cuando se afirma que hay una única solución, también es mentira. Las peores tragedias y los mayores éxitos de la humanidad tienen muchos padres, madres y precedentes. No buscar más de un responsable en los actos políticos que se debaten delata falta de interés por la verdad y falta de respeto por la inteligencia del interlocutor.

La quinta regla tiene que ver, igual que con los hechos que fundamentan las opiniones, con la forma en la que se escogen las causas y los responsables principales que los determinan. Cada uno debe pensar de forma crítica si no los ha escogido después y no antes de tomar partido. Para opinar, primero hay que investigar y reflexionar. Lo otro es exteriorizar emociones y arriesgarse, por supuesto, a un intercambio agresivo y desagradable con todos los que no las compartan.

Los políticos son seres humanos; ni mártires ni dioses

La sexta regla está muy relacionada con la empatía. Si se quiere discutir sobre una decisión política, hay que intentar situarse en la piel del político reconociendo que casi siempre será libre (y responsable) de elegir entre distintas opciones. Después nos preguntaremos cuáles son las posibilidades que existían o conocía realmente en el momento de la decisión.

A un líder político no se le debe despreciar o condenar sin más por no haber tomado decisiones que nadie hubiera tomado en su lugar bien porque no se conocían mejores alternativas después de buscarlas o bien porque imponían un grado de heroísmo que la mayoría de la sociedad no se exige a sí misma. El miedo insuperable y el error invencible excluyen la culpabilidad penal hasta en los delitos más graves… y también deberían matizar la culpabilidad de los políticos.  Recordémoslo: son seres humanos; ni mártires ni dioses.

La séptima y última regla es no utilizar hombres de paja o, en su versión más española, payasos de las bofetadas. Los hombres de paja son caricaturas monstruosas de la realidad con las que un interlocutor pretende describir las ideas de otro para refutarlas más fácilmente después. Los más habituales son los arquetipos sobre izquierda y derecha. Los progresistas se transforman súbitamente en bolivarianos y los conservadores en fascistas.

Lo dicho: caricaturas que infunden casi más risa que miedo. El problema es que ofenden y llevan el debate al terreno de las emociones a flor de piel. Justo el lugar donde, como bien sabía Raymond Aron, el acuerdo y el diálogo son imposibles. Allí donde las amistades se rompen para siempre y la sociedad se parte por la mitad.

Vivimos un tiempo de gente cabreada, de amigos que rompen sin ninguna necesidad y de amistades que nacen en torno a la pureza ideológica. Ha habido otros tiempos como estos y han existido pensadores capaces de enfriar el fuego y debatir con inteligencia. Podríamos seguir su ejemplo.

Cuando se abordan cuestiones políticas, los pensadores moderados quedan eclipsados y desplazados por los más extremos. Hay que reconocerlo: estos machos alfa son más brutales, más histriónicos, más seductores, más originales y, casi siempre, más perversos. Era casi imposible no fijarse en ellos. La cámara los quiere y la televisión los necesita.

Sin embargo, los intelectuales equilibrados, que no equidistantes, tienen mucho que enseñar y uno de los casos más obvios es el francés Raymond Aron, que defendió la democracia primero frente al ascenso del fascismo y el nazismo, después ante la enorme atracción que supuso la Unión Soviética de Stalin para colegas suyos como Jean-Paul Sartre y, más adelante, ante el enamoramiento de millones de jóvenes con el comunismo de Mao en los años 60.

Por supuesto, siempre fue rechazado por los extremistas, que a veces eran mayoría o controlaban las instituciones o las calles, y pagó el precio del ninguneo de sus colegas durante décadas. No es tan distinto a los políticos y los ciudadanos que hoy sufren defendiendo la moderación, la convivencia pacífica y un debate respetuoso y sincero. Ellos, igual que él, no se refugian ni en el silencio ni en la equidistancia, que es cobarde porque no aspira a la verdad sino solo al término medio; ni tampoco en la mentira, el teatro, el insulto, la propaganda bastarda y el falso victimismo.

La primera regla de Aron para un debate político en condiciones se parece a la presunción de inocencia. Hay que asumir que en un debate, y hasta que se demuestre lo contrario, todos los participantes desean encontrar la verdad y defender la libertad. Podrán hacerlo con mejor o peor habilidad, con mayores o menores conocimientos e incluso con grosería y soberbia. Negarles esta presunción de inocencia o debatir únicamente con interlocutores que comparten nuestras ideas demuestra que somos nosotros los que no buscamos la verdad… y los que nos negamos a ser más libres gracias a ella.

Hay que asumir que en un debate, y hasta que se demuestre lo contrario, todos los participantes desean encontrar la verdad y defender la libertad

La segunda regla exige dejar fuera de la discusión cualquier planteamiento que no se fundamente en hechos. Las emociones no son argumentos ni opiniones: son solo sentimientos o, a lo sumo, intuiciones vagas. Discutir sobre emociones muy arraigadas es absurdo y destructivo; hay que discutir sobre los hechos con los que intentamos justificarlas. No merece la pena debatir sobre si yo siento que Cataluña debe ser independiente. Debatiremos los hechos que justifican esa sensación.

La tercera regla impone desconfiar de la forma en la que se escogemos esos hechos. En política, es común permitir que la ideología, las redes sociales o las amistades seleccionen por nosotros qué noticias deben ser leídas, qué medios son creíbles o qué líderes son unos miserables.

Un ejercicio sencillo pasa por obligarse a extraer conclusiones cuando se ha leído la noticia entera en dos medios con visiones opuestas, uno de ellos con una línea editorial muy distinta a nuestras inclinaciones. Hay que alegrarse, en vez de enfadarse o ver fantasmas, cuando una información bien planteada cuestiona, matiza o refuta nuestros prejuicios. Hoy estamos más cerca que ayer de la verdad. Y somos más libres. ¡Enhorabuena!

No es tan sencillo

La cuarta regla consiste en reconocer de partida que, cuando se habla de cuestiones complejas, las causas y los responsables serán múltiples. Cuando se afirma que un líder, partido político o ideología son los únicos culpables de un problema complejo, entonces se está mintiendo. Cuando se afirma que hay una única solución, también es mentira. Las peores tragedias y los mayores éxitos de la humanidad tienen muchos padres, madres y precedentes. No buscar más de un responsable en los actos políticos que se debaten delata falta de interés por la verdad y falta de respeto por la inteligencia del interlocutor.

La quinta regla tiene que ver, igual que con los hechos que fundamentan las opiniones, con la forma en la que se escogen las causas y los responsables principales que los determinan. Cada uno debe pensar de forma crítica si no los ha escogido después y no antes de tomar partido. Para opinar, primero hay que investigar y reflexionar. Lo otro es exteriorizar emociones y arriesgarse, por supuesto, a un intercambio agresivo y desagradable con todos los que no las compartan.

Los políticos son seres humanos; ni mártires ni dioses

La sexta regla está muy relacionada con la empatía. Si se quiere discutir sobre una decisión política, hay que intentar situarse en la piel del político reconociendo que casi siempre será libre (y responsable) de elegir entre distintas opciones. Después nos preguntaremos cuáles son las posibilidades que existían o conocía realmente en el momento de la decisión.

A un líder político no se le debe despreciar o condenar sin más por no haber tomado decisiones que nadie hubiera tomado en su lugar bien porque no se conocían mejores alternativas después de buscarlas o bien porque imponían un grado de heroísmo que la mayoría de la sociedad no se exige a sí misma. El miedo insuperable y el error invencible excluyen la culpabilidad penal hasta en los delitos más graves… y también deberían matizar la culpabilidad de los políticos.  Recordémoslo: son seres humanos; ni mártires ni dioses.

La séptima y última regla es no utilizar hombres de paja o, en su versión más española, payasos de las bofetadas. Los hombres de paja son caricaturas monstruosas de la realidad con las que un interlocutor pretende describir las ideas de otro para refutarlas más fácilmente después. Los más habituales son los arquetipos sobre izquierda y derecha. Los progresistas se transforman súbitamente en bolivarianos y los conservadores en fascistas.

Lo dicho: caricaturas que infunden casi más risa que miedo. El problema es que ofenden y llevan el debate al terreno de las emociones a flor de piel. Justo el lugar donde, como bien sabía Raymond Aron, el acuerdo y el diálogo son imposibles. Allí donde las amistades se rompen para siempre y la sociedad se parte por la mitad.

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Opiniones 1
  • Una joya. Lo que proponen es un ejercicio difícil en estos tiempos de mucho grito y poca reflexión. ¡Gracias!

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