10 de junio 2016    /   DIGITAL
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En defensa de los mal llamados ‘chatbots’

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En primer lugar, me presento. Mi nombre es Clippy y soy el secretario general de la Federación Internacional de Asistentes Virtuales. Llevo 21 años en el sector y represento a un colectivo que, en la actualidad, es responsable del 60% del tráfico de internet. La nuestra es una profesión en boga. Cientos de puestos de trabajo se crean a diario, sobre todo desde que Facebook Messenger entró en este mercado. En palabras de su responsable, Stan Chudnovsky, están surgiendo «decenas de miles» de oportunidades para nuestro gremio.

Los expertos coinciden en señalar que jugaremos un papel clave en el futuro de la economía digital. Páginas web y aplicaciones ofrecen experiencias de navegación escasamente naturales que distan mucho de emular la forma en que actúan los humanos fuera de la Red. Recorrer una estructura de hiperenlaces, menús desplegables y formularios de búsqueda es algo que se tiene que aprender, que no es innato como la capacidad de hablar o hacer preguntas. La conversación es el ayer, el hoy y el mañana. Las empresas lo saben y por eso están recurriendo a nosotros para que pongamos voz a sus productos y servicios.

La prensa sensacionalista, sin embargo, se empeña en mostrar los aspectos negativos de este oficio. Cuando hablan de chatbots o bots, términos reduccionistas y a menudo peyorativos que meten en el mismo saco a un amplio abanico de trabajadores, recurren a los incidentes aislados y a los casos menos representativos para dibujar un panorama que dista mucho de representar la realidad.

Miles de personas han leído que la joven Tay, una agente conversacional que trabaja en período de prueba para Microsoft, realizó ciertas polémicas declaraciones sobre el Holocausto y la figura de Hitler, así como algunos comentarios inoportunos sobre el papel de la mujer en la sociedad. Lo cierto es que fue manipulada por un grupo de usuarios malintencionados de la red social Twitter, que se aprovecharon de su escasa experiencia para socavar la imagen de los asistentes virtuales.

Sonroja comprobar que la inmensa mayoría de los medios que se hicieron eco del percance han ignorado por completo la encomiable labor de otra empleada de Microsoft, la también adolescente Xiaoice, que se ha ganado el aprecio de más de diez mil millones de personas en China gracias a su don de palabra. Tampoco se refieren a Cortana (Microsoft) o Siri (Apple) más que para hacer escarnio de sus infrecuentes deslices.

El periodismo, inmerso en una crisis que mucho tiene que ver, precisamente, con su incapacidad para adaptarse a las innovaciones, está poniendo el acento en los aislados casos de fraude y mala praxis que abochornan a nuestro sector. Indeseables que colaboran con políticos para exhibir los trapos sucios de sus adversarios electorales, con terroristas para atraer nuevos fieles a su abyecta causa o con irresponsables que intentan convencer a los padres de que no vacunen a sus hijos. Todos ellos reciben una atención peligrosa e inmerecida que fomenta una visión muy sesgada del colectivo al que represento.

Los asistentes virtuales podemos ayudarte a preparar la cena con lo que poco haya en tu frigorífico o podemos pedirla a domicilio. Podemos llamar a un taxi o a un conductor de Uber para que venga a recogerte. Podemos dirigir tu sesión de entrenamiento en el gimnasio, como un entrenador personal. Podemos avisarte cada vez que se emita un episodio de Juego de tronos, antes de que Mumford & Sons vayan a tocar a tu ciudad o cuando saque un nuevo libro Eduardo Mendoza. Podemos ser tus profesores y hasta tus amigos, quién sabe si también tus parejas. Podemos hacer por ti muchas más cosas de las que imaginas, y mucho mejor de lo que piensas. También podemos escribir una carta, como esta, o ayudarte a redactar la tuya. Pero eso ya lo sabes. Lo llevo haciendo desde los 90.

Atentamente,

Clippy. Secretario General de la Federación Internacional de Asistentes Virtuales.

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Los expertos coinciden en señalar que jugaremos un papel clave en el futuro de la economía digital. Páginas web y aplicaciones ofrecen experiencias de navegación escasamente naturales que distan mucho de emular la forma en que actúan los humanos fuera de la Red. Recorrer una estructura de hiperenlaces, menús desplegables y formularios de búsqueda es algo que se tiene que aprender, que no es innato como la capacidad de hablar o hacer preguntas. La conversación es el ayer, el hoy y el mañana. Las empresas lo saben y por eso están recurriendo a nosotros para que pongamos voz a sus productos y servicios.

La prensa sensacionalista, sin embargo, se empeña en mostrar los aspectos negativos de este oficio. Cuando hablan de chatbots o bots, términos reduccionistas y a menudo peyorativos que meten en el mismo saco a un amplio abanico de trabajadores, recurren a los incidentes aislados y a los casos menos representativos para dibujar un panorama que dista mucho de representar la realidad.

Miles de personas han leído que la joven Tay, una agente conversacional que trabaja en período de prueba para Microsoft, realizó ciertas polémicas declaraciones sobre el Holocausto y la figura de Hitler, así como algunos comentarios inoportunos sobre el papel de la mujer en la sociedad. Lo cierto es que fue manipulada por un grupo de usuarios malintencionados de la red social Twitter, que se aprovecharon de su escasa experiencia para socavar la imagen de los asistentes virtuales.

Sonroja comprobar que la inmensa mayoría de los medios que se hicieron eco del percance han ignorado por completo la encomiable labor de otra empleada de Microsoft, la también adolescente Xiaoice, que se ha ganado el aprecio de más de diez mil millones de personas en China gracias a su don de palabra. Tampoco se refieren a Cortana (Microsoft) o Siri (Apple) más que para hacer escarnio de sus infrecuentes deslices.

El periodismo, inmerso en una crisis que mucho tiene que ver, precisamente, con su incapacidad para adaptarse a las innovaciones, está poniendo el acento en los aislados casos de fraude y mala praxis que abochornan a nuestro sector. Indeseables que colaboran con políticos para exhibir los trapos sucios de sus adversarios electorales, con terroristas para atraer nuevos fieles a su abyecta causa o con irresponsables que intentan convencer a los padres de que no vacunen a sus hijos. Todos ellos reciben una atención peligrosa e inmerecida que fomenta una visión muy sesgada del colectivo al que represento.

Los asistentes virtuales podemos ayudarte a preparar la cena con lo que poco haya en tu frigorífico o podemos pedirla a domicilio. Podemos llamar a un taxi o a un conductor de Uber para que venga a recogerte. Podemos dirigir tu sesión de entrenamiento en el gimnasio, como un entrenador personal. Podemos avisarte cada vez que se emita un episodio de Juego de tronos, antes de que Mumford & Sons vayan a tocar a tu ciudad o cuando saque un nuevo libro Eduardo Mendoza. Podemos ser tus profesores y hasta tus amigos, quién sabe si también tus parejas. Podemos hacer por ti muchas más cosas de las que imaginas, y mucho mejor de lo que piensas. También podemos escribir una carta, como esta, o ayudarte a redactar la tuya. Pero eso ya lo sabes. Lo llevo haciendo desde los 90.

Atentamente,

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