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17 de octubre 2014    /   IDEAS
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El arte de deleitarse con uno mismo

17 de octubre 2014    /   IDEAS     por          
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¿Te consideras una persona que se deleita consigo misma? No me refiero a mirarte en el espejo y visualizarte como un bollo de crema y decirte ‘qué buena que estás’ mientras haces poses de culturismo. Tampoco me refiero a que saques culito, te des un cachete y te digas a ti mismo, eres un tigre, y salgas a comerte la jungla. Yo a veces hago esto y no está mal. Muy de vez en cuando. Pero eso cae más del lado del narcisismo y el deleitismo, como lo llamaré a partir de ahora, no tiene por qué ser narcisista. A mí me gusta pensar que es todo lo contrario, un acto de generosidad en el que compartes tu máxima expresión personal e identitaria en un espacio público. Porque, qué tiene de especial deleitarte contigo mismo si nadie puede disfrutar de ello

En realidad el deleitismo debería ser inherente a nuestro comportamiento humano. Sin embargo, en primer lugar, la convivencia en las grandes ciudades nos ha decolorado. Somos tantos y es tal la cantidad de estímulos que recibimos a diario que nos hemos vuelto seres más intelectuales que emocionales y en consecuencia, más introspectivos. Esto no lo digo yo porque sí, ya lo decía Georg Simmel en 1903. Internet ha sublimado este fenómeno, por cierto. ¿A dónde se ha ido la gracia del homosapiens occidental? De vacaciones a playa Ironía.

En segundo lugar, esta introspección metropolitana se ha convertido en convención, mientras que deleitarse con uno mismo y compartir ese deleite se ha vuelto una conducta irrespetuosa y poco considerada. ¿Por qué? ¿Por envidia? Asistir a una demostración de deleite del prójimo puede rechinar, sobre todo en espacios reducidos, sobre todo si reprimes tu propio deleite. Paradójicamente, para deleitarte contigo mismo es necesario distanciarte de la masa para luego compartir con ella tu deleite en una especie de parábola. A mí me encanta ver a las personas deleitarse consigo mismas.

1metro(Ilustración: Shutterstock)

Tomemos el metro. Sí, ese no-lugar que fascina a los pseudosociólogos. El metro debería llevar incorporado dispositivos sujeta-nucas para evitar la nucosis que provocan los malévolos smartphones. El metro es una realidad virtual de miradas cruzadas; un pantano de energías contenidas que pululan en el aire sin saber a donde ir. Cómo cambia el metro cuando vas con una amiga y compartes con todo el vagón tus intimidades. Por qué no sucede eso cuando te sientas junto a un desconocido/a. El metro sería estupendo si fuese un no-lugar de desinhibición, una realidad alternativa donde imperase la espontaneidad. Sigo soñando. En fin, la mayoría de las expresiones artísticas o vitales en el metro son premeditadas por músicos sin dinero o yonkis. Por eso es el lugar preferido de los artistas con ambiciones rupturistas para hacer perfomances.

Se acabó el soñar. El deleitismo, a pesar de ser un arte, lo puede hacer cualquiera. Solo hay que sacar a la calle el personaje que llevas dentro y compartirlo. Los deleitistas abogan por la autorrealización y la expresión personal constante, ya sea de forma consciente o inconsciente. No existe una asociación de esto o secta así que no la busques para hacerte socio, simplemente sal a la calle y deleítate contigo misma.

La chulería ibérica decimonónica sería algo así como el hiperónimo de este movimiento. Sin embargo, aunque a veces compartan conductas, no se debe confundir el deleitismo con sus hermanos vulgares, el cuñaismo y el chonismo.

El deleitismo es un fenómeno transversal, independiente de género, clase económica, educación o ideario político que surge como respuesta a la introspección metropolitana y que tiene lugar en el espacio público.

El cuñaismo es más de palillo de bar e incurre en la ignorancia y el machismo. Sus frases más míticas son: «Es broma, mujer» y «vosotros sois muy de izquierdas, pero bien que coméis gambas».

El chonismo es un fenómeno también muy bravucón –a veces violento– y hortera desarrollado por la juventud, sobre todo, que incurre en escenas como la siguiente: el típico que anda por la calle con las manos en los bolsillos de su pantalón de chandal cortez y que escupe sin miramientos su chicle y que antes de que toque el suelo le propina una patada de empeine que provoca una trayectoria similar a una folha seca, seguida de una sonrisa de satisfacción y un contoneo de hombros.

Ahora que ya está todo bien definido y contextualizado aquí van algunos ejemplos de deleitismo:

Bailar la música de tu MP3

workaholics

Bailar o cantar la música que escuchas por los cascos está mal visto. Las personas de tu alrededor tratarán de evitarte o te mirarán curiosas buscando la parte de ti que se ha averiado. De hecho, hacer muchas cosas porque sí en el espacio público está mal. Necesitamos de espacios señalizados donde la convención sea ver una obra de teatro o bailar para poder disfrutar de esas actividades. Antes, cuando el walkman no estaba inventado ni la portabilidad de la música extendida, la gente se proporcionaba su propia música cantando o silbando y no les miraban raro.

El arte de silbar

snappy

Silbar es uno de los deleitismos más representativos y que más ha sobrevivido a la introspección metropolitana generalizada. Qué gozada es ir a por el pan por la mañana silbando por la calle esa cantinela que ahuyenta los fantasmas y malestares y te introduce en la dimensión positiva del silbido, de la despreocupación. Silbar es meditar como un mirlo. A mucha gente le parecerá ridículo o hiperoptimista, pero qué va, es deleite con uno per se.

El arte de guiñar el ojo para saludar

El saludo es un ritual muy extendido en todo el género homosapiens. Es algo así como el reconocimiento o la señal para iniciar una conversación. Dentro de este ritual hay diferentes niveles de saludo, desde el abrazo hasta los choques inverosímiles a lo gangsta.. ¿Imaginas a tu padre chocando una secuencia de esas a lo 50 cents? Yeah homie. Guiñar el ojo para saludar denota cierta confianza y deleite con uno mismo desde tiempos inmemoriales. Es algo así como el saludo disparo. Te he dado. Me pregunto quién lo inventaría.

Hacer loopings con el llavero

Hacer loopings con el llavero en el dedo índice puede parecer un gesto insustancial, pero nada más lejos de la realidad. Cuando nos volvemos adultos, nuestra relación con los objetos se vuelve mayoritariamente funcional. Por eso, la persona que anda por la calle jugando con su llavero se deleita consigo misma de forma lúdica y despreocupada. Este ejemplo se hace todavía más evidente si dicha persona acompaña el looping de un maravilloso silbido. Qué deleite.

No apresurarse en los pasos de cebra

El estrés y la preocupación no forman parte de la vida de un deleitista. En este caso es muy importante no apresurarse al cruzar un paso de cebra. Cuando vea al muñeco verde parpadear, cualquier otro urbanita correrá a la seguridad de la otra orilla. Por contra, el verdadero deleitista cruzará tranquilo, silbando, con las manos en los bolsillos o haciendo loopings con el llavero. Los taxistas a veces querrán marcarte con el morro, pero don’t worry, be happy.

Sentarte en el asiento de atrás del bus

Los autobuses son cápsulas cinematográficas atemporales perfectas para poner en práctica nuestro deleitismo. La mayoría de los viajeros buscará un asiento corriente, pero un deleitista se sentará, siempre que este libre, en el asiento de atrás del todo, en el que da al pasillo. Esto puede parecer un poco choni, pero por qué no hacer uso del trono si está libre. Entiendo que las personas mayores no quieran desplazarse tanto, pero ya es hora de que la gente deje de lado la indiferencia y se siente en el mejor sitio para disfrutar de la película.

Hablar con desconocidos (como si los conocieras)

El anonimato que proporciona la ciudad es uno de sus alicientes, pero a veces resulta muy impersonal y fomenta la introspección. Para un deleitista no hay nada como transformar esa masa gris e indefinida en personas. Otra vez los tabúes que perpetúan el régimen de la introspección metropolitana. Deja el smartphone y habla con esa persona al lado tuyo, pregunta cómo está, cuéntale algo, haz algún comentario ridículo y sonríe como si le conocieses de toda la vida. Sonríe, que a esta vida hemos venido a deleitarnos.

¿Te consideras una persona que se deleita consigo misma? No me refiero a mirarte en el espejo y visualizarte como un bollo de crema y decirte ‘qué buena que estás’ mientras haces poses de culturismo. Tampoco me refiero a que saques culito, te des un cachete y te digas a ti mismo, eres un tigre, y salgas a comerte la jungla. Yo a veces hago esto y no está mal. Muy de vez en cuando. Pero eso cae más del lado del narcisismo y el deleitismo, como lo llamaré a partir de ahora, no tiene por qué ser narcisista. A mí me gusta pensar que es todo lo contrario, un acto de generosidad en el que compartes tu máxima expresión personal e identitaria en un espacio público. Porque, qué tiene de especial deleitarte contigo mismo si nadie puede disfrutar de ello

En realidad el deleitismo debería ser inherente a nuestro comportamiento humano. Sin embargo, en primer lugar, la convivencia en las grandes ciudades nos ha decolorado. Somos tantos y es tal la cantidad de estímulos que recibimos a diario que nos hemos vuelto seres más intelectuales que emocionales y en consecuencia, más introspectivos. Esto no lo digo yo porque sí, ya lo decía Georg Simmel en 1903. Internet ha sublimado este fenómeno, por cierto. ¿A dónde se ha ido la gracia del homosapiens occidental? De vacaciones a playa Ironía.

En segundo lugar, esta introspección metropolitana se ha convertido en convención, mientras que deleitarse con uno mismo y compartir ese deleite se ha vuelto una conducta irrespetuosa y poco considerada. ¿Por qué? ¿Por envidia? Asistir a una demostración de deleite del prójimo puede rechinar, sobre todo en espacios reducidos, sobre todo si reprimes tu propio deleite. Paradójicamente, para deleitarte contigo mismo es necesario distanciarte de la masa para luego compartir con ella tu deleite en una especie de parábola. A mí me encanta ver a las personas deleitarse consigo mismas.

1metro(Ilustración: Shutterstock)

Tomemos el metro. Sí, ese no-lugar que fascina a los pseudosociólogos. El metro debería llevar incorporado dispositivos sujeta-nucas para evitar la nucosis que provocan los malévolos smartphones. El metro es una realidad virtual de miradas cruzadas; un pantano de energías contenidas que pululan en el aire sin saber a donde ir. Cómo cambia el metro cuando vas con una amiga y compartes con todo el vagón tus intimidades. Por qué no sucede eso cuando te sientas junto a un desconocido/a. El metro sería estupendo si fuese un no-lugar de desinhibición, una realidad alternativa donde imperase la espontaneidad. Sigo soñando. En fin, la mayoría de las expresiones artísticas o vitales en el metro son premeditadas por músicos sin dinero o yonkis. Por eso es el lugar preferido de los artistas con ambiciones rupturistas para hacer perfomances.

Se acabó el soñar. El deleitismo, a pesar de ser un arte, lo puede hacer cualquiera. Solo hay que sacar a la calle el personaje que llevas dentro y compartirlo. Los deleitistas abogan por la autorrealización y la expresión personal constante, ya sea de forma consciente o inconsciente. No existe una asociación de esto o secta así que no la busques para hacerte socio, simplemente sal a la calle y deleítate contigo misma.

La chulería ibérica decimonónica sería algo así como el hiperónimo de este movimiento. Sin embargo, aunque a veces compartan conductas, no se debe confundir el deleitismo con sus hermanos vulgares, el cuñaismo y el chonismo.

El deleitismo es un fenómeno transversal, independiente de género, clase económica, educación o ideario político que surge como respuesta a la introspección metropolitana y que tiene lugar en el espacio público.

El cuñaismo es más de palillo de bar e incurre en la ignorancia y el machismo. Sus frases más míticas son: «Es broma, mujer» y «vosotros sois muy de izquierdas, pero bien que coméis gambas».

El chonismo es un fenómeno también muy bravucón –a veces violento– y hortera desarrollado por la juventud, sobre todo, que incurre en escenas como la siguiente: el típico que anda por la calle con las manos en los bolsillos de su pantalón de chandal cortez y que escupe sin miramientos su chicle y que antes de que toque el suelo le propina una patada de empeine que provoca una trayectoria similar a una folha seca, seguida de una sonrisa de satisfacción y un contoneo de hombros.

Ahora que ya está todo bien definido y contextualizado aquí van algunos ejemplos de deleitismo:

Bailar la música de tu MP3

workaholics

Bailar o cantar la música que escuchas por los cascos está mal visto. Las personas de tu alrededor tratarán de evitarte o te mirarán curiosas buscando la parte de ti que se ha averiado. De hecho, hacer muchas cosas porque sí en el espacio público está mal. Necesitamos de espacios señalizados donde la convención sea ver una obra de teatro o bailar para poder disfrutar de esas actividades. Antes, cuando el walkman no estaba inventado ni la portabilidad de la música extendida, la gente se proporcionaba su propia música cantando o silbando y no les miraban raro.

El arte de silbar

snappy

Silbar es uno de los deleitismos más representativos y que más ha sobrevivido a la introspección metropolitana generalizada. Qué gozada es ir a por el pan por la mañana silbando por la calle esa cantinela que ahuyenta los fantasmas y malestares y te introduce en la dimensión positiva del silbido, de la despreocupación. Silbar es meditar como un mirlo. A mucha gente le parecerá ridículo o hiperoptimista, pero qué va, es deleite con uno per se.

El arte de guiñar el ojo para saludar

El saludo es un ritual muy extendido en todo el género homosapiens. Es algo así como el reconocimiento o la señal para iniciar una conversación. Dentro de este ritual hay diferentes niveles de saludo, desde el abrazo hasta los choques inverosímiles a lo gangsta.. ¿Imaginas a tu padre chocando una secuencia de esas a lo 50 cents? Yeah homie. Guiñar el ojo para saludar denota cierta confianza y deleite con uno mismo desde tiempos inmemoriales. Es algo así como el saludo disparo. Te he dado. Me pregunto quién lo inventaría.

Hacer loopings con el llavero

Hacer loopings con el llavero en el dedo índice puede parecer un gesto insustancial, pero nada más lejos de la realidad. Cuando nos volvemos adultos, nuestra relación con los objetos se vuelve mayoritariamente funcional. Por eso, la persona que anda por la calle jugando con su llavero se deleita consigo misma de forma lúdica y despreocupada. Este ejemplo se hace todavía más evidente si dicha persona acompaña el looping de un maravilloso silbido. Qué deleite.

No apresurarse en los pasos de cebra

El estrés y la preocupación no forman parte de la vida de un deleitista. En este caso es muy importante no apresurarse al cruzar un paso de cebra. Cuando vea al muñeco verde parpadear, cualquier otro urbanita correrá a la seguridad de la otra orilla. Por contra, el verdadero deleitista cruzará tranquilo, silbando, con las manos en los bolsillos o haciendo loopings con el llavero. Los taxistas a veces querrán marcarte con el morro, pero don’t worry, be happy.

Sentarte en el asiento de atrás del bus

Los autobuses son cápsulas cinematográficas atemporales perfectas para poner en práctica nuestro deleitismo. La mayoría de los viajeros buscará un asiento corriente, pero un deleitista se sentará, siempre que este libre, en el asiento de atrás del todo, en el que da al pasillo. Esto puede parecer un poco choni, pero por qué no hacer uso del trono si está libre. Entiendo que las personas mayores no quieran desplazarse tanto, pero ya es hora de que la gente deje de lado la indiferencia y se siente en el mejor sitio para disfrutar de la película.

Hablar con desconocidos (como si los conocieras)

El anonimato que proporciona la ciudad es uno de sus alicientes, pero a veces resulta muy impersonal y fomenta la introspección. Para un deleitista no hay nada como transformar esa masa gris e indefinida en personas. Otra vez los tabúes que perpetúan el régimen de la introspección metropolitana. Deja el smartphone y habla con esa persona al lado tuyo, pregunta cómo está, cuéntale algo, haz algún comentario ridículo y sonríe como si le conocieses de toda la vida. Sonríe, que a esta vida hemos venido a deleitarnos.

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