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19 de septiembre 2014    /   CINE/TV
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Érase una vez un tipo malo en Fargo

19 de septiembre 2014    /   CINE/TV     por          
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Fargo es una ciudad de Dakota del Norte (Estados Unidos) y también un lugar fronterizo con el lejano país de los cuentos de hadas: cuentos oscuros en los que hay inocentes, tontos y malos, y malos tontos y un depredador que ha leído a Darwin. Quiero hablaros de este monstruo.
(Si no has visto la serie, lee bajo tu responsabilidad)

La serie Fargo creada por Noah Hawley no es una adaptación de la película Fargo de los hermanos Coen. Los Coen pusieron la semilla de un universo imaginario de la misma manera que Lovecraft puso los cimientos de los Mitos de Cthulhu que después fueron ampliados por escritores amigos.
Fargo es un universo realista y absurdo: un tipo arrastra por la corbata a un contable ante la mirada de cientos de compañeros de trabajo y nadie hace ni dice nada. Los primogénitos varones son tarados y los jefes de policía están más tiempo en el water vomitando o cagando que en los despachos. Aquí nadie tiene la inteligencia suficiente para ser villano. Los hombres malos son abusones que destacan entre cobardes y perdedores, y viven rodeados por secuaces de pocas luces. También hay lugar para adultos inteligentes y honestos como Molly Solverson, ayudante del sheriff, pero nadie la escucha.
LESTER, EL TONTO
Lester Nygaard es el ejemplo del ciudadano tipo de Fargo: sin inteligencia, sin aspiraciones y sin sangre en las venas, con un trabajo insatisfactorio y una esposa gruñona. (Los cuadros con mensajes de autoayuda que cuelgan en la casa de Lester no sirven más que para atormentarlo). Su anodina vida cambia cuando recibe un puñetazo de Hess, un abusón, y acaba en el hospital con la nariz rota. Allí conoce a Lorne Malvo. El espectador ya ha visto a Malvo en los primeros minutos: es un asesino, pero se desconocen sus motivos. Lester cuenta a Malvo cómo acabó con la nariz rota.
—Ha abusado de ti delante de sus hijos —dice Malvo—. Ese hombre no se merece ni respirar.
—¿Qué se supone que tengo que hacer? —dice Lester.
Tienes que matarlo, dice Malvo con la mirada.
—Maldita sea —dice Lester—, si tan claro lo tienes, quizás deberías matarlo por mí.
MALVO, EL MALO
Y Malvo va a ver a Hess… Y pensamos que Malvo es el forastero del viejo western que llega a la ciudad para imponer la paz. Y nos equivocamos. En la siguiente aparición de Malvo este revela qué guarda en el corazón: llega a un hotel, ve cómo la dueña reprende a un joven empleado y habla al joven aparte.
—Hijo, te ha comparado con una almeja —dice Malvo.
—Bueno, ¿y qué debería hacer?
—Un tipo me insultó una vez. Le meé en el tanque de gasolina. El coche no volvió a funcionar bien nunca.
Malvo entra en su habitación y descuelga el teléfono:
—¿Motel «Leroy’s Motor»? Señora, estoy mirando por mi ventana, hay un joven meando en el tanque de gasolina de su coche.
La dueña del hotel golpea con una escoba al joven empleado. Malvo ríe. Malvo no ha venido para restablecer el orden entre los abusones y las víctimas. Siente placer haciendo daño o viendo cómo otros se lo hacen. Y no tiene reparos en escoger como víctimas a tarados ni en traicionar a su jefe y a sus clientes. Malvo no tiene más obligaciones que Malvo.
FARGO Y KUROSAWA
Fargo parece reescribir el western con Malvo: resuena de alguna manera el samurai de Yojimbo de Kurosawa o la adaptación no confesa de Por un puñado de dólares de Leone. (Los tribunales dieron la razón a Kurosawa). El samurai y el pistolero son asesinos a sueldo, venden sus brazos armados al mejor postor, pero no atentan contra inocentes. Hay matices: el samurai no está orgulloso de lo que hace, pero el pistolero acepta que digan de él que asesina por dinero. Malvo es un asesino a sueldo que está por encima de ellos; está orgulloso de lo que hace y cómo lo hace: se considera un depredador en la escala superior de la escala alimenticia.
FARGO Y FAUSTO
No solo el western resuena en Fargo. El Fausto de Goethe se asoma con Malvo como Mefistófeles de un Lester como aprendiz de hombre malo. «Tienes los ojos negros», dice un hombre a Malvo. Los ojos del diablo. Quienes le obedecen coinciden: ese hombre tiene algo en la mirada… La realización acrecienta el aura de maldad de Malvo apenas mostrando cómo camina. Un guiño a Hitchcock que consideraba que ver caminar a un villano lo humaniza. Si vemos a Malvo caminando es porque arrastra a una persona, como al contable, ante la mirada atónita de cientos de personas. Malvo siempre está donde tiene que estar.
Sin personajes como Molly y Gus y la hija de este, Fargo sería difícil de digerir. Es desoladora por la nieve, por crueldad que unos personajes muestran con otros, por la estupidez ajena y por Malvo. El conjunto resulta demasiado atractivo, adictivo, y convierte a Fargo en una serie que «hay que ver».

Fargo es una ciudad de Dakota del Norte (Estados Unidos) y también un lugar fronterizo con el lejano país de los cuentos de hadas: cuentos oscuros en los que hay inocentes, tontos y malos, y malos tontos y un depredador que ha leído a Darwin. Quiero hablaros de este monstruo.
(Si no has visto la serie, lee bajo tu responsabilidad)

La serie Fargo creada por Noah Hawley no es una adaptación de la película Fargo de los hermanos Coen. Los Coen pusieron la semilla de un universo imaginario de la misma manera que Lovecraft puso los cimientos de los Mitos de Cthulhu que después fueron ampliados por escritores amigos.
Fargo es un universo realista y absurdo: un tipo arrastra por la corbata a un contable ante la mirada de cientos de compañeros de trabajo y nadie hace ni dice nada. Los primogénitos varones son tarados y los jefes de policía están más tiempo en el water vomitando o cagando que en los despachos. Aquí nadie tiene la inteligencia suficiente para ser villano. Los hombres malos son abusones que destacan entre cobardes y perdedores, y viven rodeados por secuaces de pocas luces. También hay lugar para adultos inteligentes y honestos como Molly Solverson, ayudante del sheriff, pero nadie la escucha.
LESTER, EL TONTO
Lester Nygaard es el ejemplo del ciudadano tipo de Fargo: sin inteligencia, sin aspiraciones y sin sangre en las venas, con un trabajo insatisfactorio y una esposa gruñona. (Los cuadros con mensajes de autoayuda que cuelgan en la casa de Lester no sirven más que para atormentarlo). Su anodina vida cambia cuando recibe un puñetazo de Hess, un abusón, y acaba en el hospital con la nariz rota. Allí conoce a Lorne Malvo. El espectador ya ha visto a Malvo en los primeros minutos: es un asesino, pero se desconocen sus motivos. Lester cuenta a Malvo cómo acabó con la nariz rota.
—Ha abusado de ti delante de sus hijos —dice Malvo—. Ese hombre no se merece ni respirar.
—¿Qué se supone que tengo que hacer? —dice Lester.
Tienes que matarlo, dice Malvo con la mirada.
—Maldita sea —dice Lester—, si tan claro lo tienes, quizás deberías matarlo por mí.
MALVO, EL MALO
Y Malvo va a ver a Hess… Y pensamos que Malvo es el forastero del viejo western que llega a la ciudad para imponer la paz. Y nos equivocamos. En la siguiente aparición de Malvo este revela qué guarda en el corazón: llega a un hotel, ve cómo la dueña reprende a un joven empleado y habla al joven aparte.
—Hijo, te ha comparado con una almeja —dice Malvo.
—Bueno, ¿y qué debería hacer?
—Un tipo me insultó una vez. Le meé en el tanque de gasolina. El coche no volvió a funcionar bien nunca.
Malvo entra en su habitación y descuelga el teléfono:
—¿Motel «Leroy’s Motor»? Señora, estoy mirando por mi ventana, hay un joven meando en el tanque de gasolina de su coche.
La dueña del hotel golpea con una escoba al joven empleado. Malvo ríe. Malvo no ha venido para restablecer el orden entre los abusones y las víctimas. Siente placer haciendo daño o viendo cómo otros se lo hacen. Y no tiene reparos en escoger como víctimas a tarados ni en traicionar a su jefe y a sus clientes. Malvo no tiene más obligaciones que Malvo.
FARGO Y KUROSAWA
Fargo parece reescribir el western con Malvo: resuena de alguna manera el samurai de Yojimbo de Kurosawa o la adaptación no confesa de Por un puñado de dólares de Leone. (Los tribunales dieron la razón a Kurosawa). El samurai y el pistolero son asesinos a sueldo, venden sus brazos armados al mejor postor, pero no atentan contra inocentes. Hay matices: el samurai no está orgulloso de lo que hace, pero el pistolero acepta que digan de él que asesina por dinero. Malvo es un asesino a sueldo que está por encima de ellos; está orgulloso de lo que hace y cómo lo hace: se considera un depredador en la escala superior de la escala alimenticia.
FARGO Y FAUSTO
No solo el western resuena en Fargo. El Fausto de Goethe se asoma con Malvo como Mefistófeles de un Lester como aprendiz de hombre malo. «Tienes los ojos negros», dice un hombre a Malvo. Los ojos del diablo. Quienes le obedecen coinciden: ese hombre tiene algo en la mirada… La realización acrecienta el aura de maldad de Malvo apenas mostrando cómo camina. Un guiño a Hitchcock que consideraba que ver caminar a un villano lo humaniza. Si vemos a Malvo caminando es porque arrastra a una persona, como al contable, ante la mirada atónita de cientos de personas. Malvo siempre está donde tiene que estar.
Sin personajes como Molly y Gus y la hija de este, Fargo sería difícil de digerir. Es desoladora por la nieve, por crueldad que unos personajes muestran con otros, por la estupidez ajena y por Malvo. El conjunto resulta demasiado atractivo, adictivo, y convierte a Fargo en una serie que «hay que ver».

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