11 de septiembre 2015    /   ENTRETENIMIENTO
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Palabras con mucho cuento: «Derecha» e «izquierda» en política

11 de septiembre 2015    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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El mundo de la política, por mucho que algunos se empeñen en meter a capón terceras y cuartas opciones de centro, ha estado siempre dividido entre Derecha e Izquierda. Dos polos opuestos que, para llevar la contraria a la Física, no se atraen nada, más bien se repelen. Y que viven condenados a convivir porque para que existan unos tienen que respirar necesariamente los otros.
¿Por qué es esto así? Es probable que más de uno esté pensando en un origen bíblico. Aquello de que los justos se sentarán a la derecha de Dios, dejando la izquierda para los malotes. Sin embargo, la razón por la que hablamos de esos dos extremos en política no es religiosa, sino histórica.
Viajemos a la Francia del siglo XVIII, concretamente al año 1789, al inicio de la Revolución Francesa. Tras la toma de la Bastilla, se reunió la Asamblea Constituyente para formar un nuevo gobierno. Los representantes del nuevo estatus comenzaron a sentarse, según su ideología política, a la derecha y a la izquierda del presidente de la Asamblea. Iba a debatirse algo tan serio como el veto del rey. Los afines a la monarquía defendían que todo permaneciera como hasta entonces, es decir, que Luis XVI siguiera teniendo la última palabra en cuestiones legislativas. En el otro lado, los que querían lo contrario, es decir, el punto y final a la monarquía.
A la derecha se sentaron los monárquicos, los conservadores, quienes pertenecían básicamente a la nobleza. A la izquierda,  los que pronto empezarían a llamarse Tercer Estado y que fueron los que se llevaron el gato al agua, pasando por la guillotina a unos cuantos nobles, rey incluido, poco tiempo después.
Desde entonces, los conservadores son la derecha política mientras que los progresistas forman la izquierda. Si estaban pensando aquellos franceses de la Asamblea Constituyente en la Biblia cuando se sentaron de aquella manera, no podría asegurarse. Pero es posible que algo del libro sagrado pesara en el subconsciente de los señores diputados franceses.
Lo que sí podría decirse es que el peso de la Biblia marcó connotativamente la relación de «los justos» con la derecha, que para eso serían ellos quienes se sentaran a ese lado del Hacedor; mientras que la izquierda identificaba a los amigos de cambiar las cosas, de acabar con el orden, los que en un hipotético juicio final se sentarían a la «siniestra» de Dios.
Esa carga negativa de la izquierda viene de muy antiguo. Tan negativa era que el castellano eligió una palabra del euskera para nombrar el lado contrario al derecho, ezker, ezkerra, que evolucionó a izquierda, dejando sinister para nombrar lo «siniestro», lo malo.
«Derecho», por su parte, procede del latín directus, que derivó en las palabras «derecho» y «directo». Y estas, a su vez, dieron términos como «diestro» (que no solo indica con qué mano se coge el boli, sino que también significa «hábil») o «enderezar», hacer volver a las buenas formas algo torcido. Desde el principio tuvo un significado positivo. Ya los romanos, cuando consultaban los oráculos, miraban hacia qué lado volaban las aves que dictaban los augurios. Si iban hacia la derecha, eran buenos. Si giraban a la izquierda, la cosa se ponía muy malita.
No pretende este artículo catalogar a la derecha y a la izquierda políticas actuales tan maniqueamente. Ese jardín mejor no pisarlo. Como dijo aquel, eso.. ya… tal.

El mundo de la política, por mucho que algunos se empeñen en meter a capón terceras y cuartas opciones de centro, ha estado siempre dividido entre Derecha e Izquierda. Dos polos opuestos que, para llevar la contraria a la Física, no se atraen nada, más bien se repelen. Y que viven condenados a convivir porque para que existan unos tienen que respirar necesariamente los otros.
¿Por qué es esto así? Es probable que más de uno esté pensando en un origen bíblico. Aquello de que los justos se sentarán a la derecha de Dios, dejando la izquierda para los malotes. Sin embargo, la razón por la que hablamos de esos dos extremos en política no es religiosa, sino histórica.
Viajemos a la Francia del siglo XVIII, concretamente al año 1789, al inicio de la Revolución Francesa. Tras la toma de la Bastilla, se reunió la Asamblea Constituyente para formar un nuevo gobierno. Los representantes del nuevo estatus comenzaron a sentarse, según su ideología política, a la derecha y a la izquierda del presidente de la Asamblea. Iba a debatirse algo tan serio como el veto del rey. Los afines a la monarquía defendían que todo permaneciera como hasta entonces, es decir, que Luis XVI siguiera teniendo la última palabra en cuestiones legislativas. En el otro lado, los que querían lo contrario, es decir, el punto y final a la monarquía.
A la derecha se sentaron los monárquicos, los conservadores, quienes pertenecían básicamente a la nobleza. A la izquierda,  los que pronto empezarían a llamarse Tercer Estado y que fueron los que se llevaron el gato al agua, pasando por la guillotina a unos cuantos nobles, rey incluido, poco tiempo después.
Desde entonces, los conservadores son la derecha política mientras que los progresistas forman la izquierda. Si estaban pensando aquellos franceses de la Asamblea Constituyente en la Biblia cuando se sentaron de aquella manera, no podría asegurarse. Pero es posible que algo del libro sagrado pesara en el subconsciente de los señores diputados franceses.
Lo que sí podría decirse es que el peso de la Biblia marcó connotativamente la relación de «los justos» con la derecha, que para eso serían ellos quienes se sentaran a ese lado del Hacedor; mientras que la izquierda identificaba a los amigos de cambiar las cosas, de acabar con el orden, los que en un hipotético juicio final se sentarían a la «siniestra» de Dios.
Esa carga negativa de la izquierda viene de muy antiguo. Tan negativa era que el castellano eligió una palabra del euskera para nombrar el lado contrario al derecho, ezker, ezkerra, que evolucionó a izquierda, dejando sinister para nombrar lo «siniestro», lo malo.
«Derecho», por su parte, procede del latín directus, que derivó en las palabras «derecho» y «directo». Y estas, a su vez, dieron términos como «diestro» (que no solo indica con qué mano se coge el boli, sino que también significa «hábil») o «enderezar», hacer volver a las buenas formas algo torcido. Desde el principio tuvo un significado positivo. Ya los romanos, cuando consultaban los oráculos, miraban hacia qué lado volaban las aves que dictaban los augurios. Si iban hacia la derecha, eran buenos. Si giraban a la izquierda, la cosa se ponía muy malita.
No pretende este artículo catalogar a la derecha y a la izquierda políticas actuales tan maniqueamente. Ese jardín mejor no pisarlo. Como dijo aquel, eso.. ya… tal.

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