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12 de julio 2017    /   BUSINESS
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Desaprender: la mejor forma de no ser un analfabeto

12 de julio 2017    /   BUSINESS     por          
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Heráclito advirtió de la importancia del desaprendizaje. Hemos tardado demasiados siglos en descubrir que estaba en lo cierto. Cuando en 1970, el futurólogo Alvin Toffler habló de los analfabetos del siglo XXI, aún sonaba lejana e inconcebible la idea de que aquellos no serían los que no supieran leer o escribir, ni siquiera los que no supieran inglés o chino, sino los que no hubieran asumido un proceso de aprendizaje que no tenía cabida en una enseñanza industrial: los que no aprendan, desaprendan y reaprendan. La idea, en realidad, era de Herbert Gerjouy, pero Toffler vendió tantos libros que todavía se le atribuye a él por haberla rescatado.

Las empresas de hoy esperan que sus empleados sean creativos, pero estos a menudo pasan por alto que para ser creativos y para innovar es preciso desaprender, soltar el lastre de lo aprendido, de las ideas y las creencias más profundas. El desaprendizaje todavía suena lejano.

La necesidad de desaprender va más allá del ámbito laboral y de la creatividad: en un mundo que cada vez camina más rápido, todas las estructuras, incluidas las mentales, están en pleno cambio y adaptarnos requiere que también lo hagamos a nivel personal. No solo ha cambiado la forma de trabajar, también lo ha hecho la manera de relacionarse con otros y la concepción del mundo en general. Para adaptarse a los cambios, sean laborales o personales, es preciso, por tanto, que las personas aprendan a desaprender.

A pesar de lo mucho que hemos tardado en tomar conciencia del desaprendizaje y sus consecuencias, la literatura y el cine ya estaban enviando el mismo mensaje con insistencia. Cada vez que un personaje afronta una crisis, cada vez que se para a analizar sus valores y creencias, cada vez que gracias a este fracaso llega a un final feliz, ha estado desaprendiendo.

Existen ejemplos muy evidentes, como Billy Elliot o El rey tuerto, y otros no tan claros, como los personajes que protagoniza Clint Eastwood en sus propias películas. El mensaje es siempre el mismo: para que las cosas salgan bien, hay que pararse a pensar qué estamos haciendo, cómo lo estamos haciendo y qué sentido tiene seguir haciéndolo igual que hasta ahora.

Scott Barry Kaufmann, psicólogo en la Universidad de Pensilvania, ve en los personajes que llegan al límite y se enfrentan a sí mismos la puerta a la creatividad: «En algún momento de su vida se ha desmontado la visión que tenían del mundo como un lugar seguro». Es este impacto el que les lleva a «salir a la periferia a ver las cosas de una forma diferente, renovada; es esto lo que conduce a la creatividad».

En uno de sus poemas, Bukowski escribió:

La manera de crear arte es quemar y destruir

conceptos comunes y sustituirlos

por nuevas verdades que vienen sin pensar

y brotan del corazón.

Con una carga más pasional, quizá Bukowski estaba hablando de lo mismo que Kaufmann.

Desaprender va de eso. No es sinónimo de olvidar, aunque se haya extendido el paralelismo entre desaprendizaje y olvido. Se trata, más bien, de mirarse al espejo y confrontarse a uno mismo, así como cuestionar todo lo previamente aprendido.

Alfons Cornellà, fundador y presidente de Infonomía, tiene como lema esta frase: «Desaprendo, luego existo». Para explicar esta idea con la que comulga a diario, Cornellà dijo en una amplia entrevista publicada en Excellence que «no se trata de olvidar lo que sabemos, sino de no ser esclavos de ello». Para él, «reanalizarse, revisarse y repensarse» son tres ejercicios fundamentales para progresar en un mundo cambiante en el que, según Samuel Arbesman, autor de La vida útil de los datos, el conocimiento tiene en la actualidad una «fecha de expiración» de menos de 10 años.

Desde la Neurociencia aplicada a la Educación se establecen varias fases de desaprendizaje que recoge la coach Fabiana Andrea Mendez en la web argentina Encontradores. Serían las siguientes: reconocimiento de la realidad y definición del aspecto a desaprender, identificación de las huellas personales, elaboración del «mapa» individual y/o colectivo, búsqueda de «interpretaciones-comprensiones-acciones» alternativas, des-aprendizaje (andamiaje), planificación de la práctica transformadora (inicio de la reconstrucción), seguimiento de las acciones, retorno a la realidad transformada (realidad II), el inicio de un nuevo desaprendizaje.

No es un camino de rosas. De hecho parte siempre de una situación frustrante, esa señal que nos dice que lo que creíamos que era ya no es, que las cosas ya no se hacen como las estábamos haciendo ni como nos enseñaron.

La armonía de lo invisible es mayor que la armonía de lo visible. Para llegar a saberlo hay que desaprender lo que se sabe

Hay tres preguntas básicas del pensamiento de Kant que vendrían a resumir el proceso de desaprendizaje: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar? La última pregunta es clave a la hora de entender la importancia del desaprendizaje.

Es difícil cuestionar las creencias más arraigadas. Hacen falta, además, mucha paciencia y altos índices de tolerancia. Hasta el refranero conspira en contra del desaprendizaje: «El saber no ocupa lugar», se suele decir para justificar que tiene sentido seguir acumulando conocimientos que quizá nunca salgan del pozo de la memoria para demostrar su utilidad. Así es como se justifica, además, la intención de seguir haciendo y pensando lo mismo, aunque la frase esté muy lejos de la realidad.

El saber sí ocupa lugar. El olvido es un mecanismo que permite al pensamiento abstracto mantenerse intacto. Almacenar todo lo aprendido es sucumbir a la hegemonía de lo concreto y no sería posible pensar. Algunos científicos han llegado recientemente a la conclusión de que el sueño tiene una utilidad imprevista: dormimos para olvidar parte de lo aprendido y vivido durante el día. Y no lo ha demostrado un estudio, sino dos, de la Universidad de Wisconsin-Madison y de la Universidad Johns Hopkins. Acumular lo aprendido agota y el sueño reparador se convierte en un arma muy útil para el desaprendizaje.

Para desaprender es necesario alejarse de uno mismo. Es aquí donde entra en juego el concepto de distancia psicólógica, un estado que, dice Kaufmann, alcanzamos «cambiando la manera en la que pensamos en un problema en particular». Esto se puede lograr pensando como otra persona o «pensando en la cuestión como si fuera irreal o desagradable».

En la línea de la distancia psicológica, la escritora Margie Warren ve en el desaprendizaje un proceso por el cual ponemos distancias, dejamos ir y perdemos el miedo al cambio. Para explicar la función que cumple el desaprendizaje en nuestras vidas encontró una analogía muy sencilla: es como eliminar pintura vieja antes de volver a pintar una pared.

Heráclito advirtió de la importancia del desaprendizaje. Hemos tardado demasiados siglos en descubrir que estaba en lo cierto. Cuando en 1970, el futurólogo Alvin Toffler habló de los analfabetos del siglo XXI, aún sonaba lejana e inconcebible la idea de que aquellos no serían los que no supieran leer o escribir, ni siquiera los que no supieran inglés o chino, sino los que no hubieran asumido un proceso de aprendizaje que no tenía cabida en una enseñanza industrial: los que no aprendan, desaprendan y reaprendan. La idea, en realidad, era de Herbert Gerjouy, pero Toffler vendió tantos libros que todavía se le atribuye a él por haberla rescatado.

Las empresas de hoy esperan que sus empleados sean creativos, pero estos a menudo pasan por alto que para ser creativos y para innovar es preciso desaprender, soltar el lastre de lo aprendido, de las ideas y las creencias más profundas. El desaprendizaje todavía suena lejano.

La necesidad de desaprender va más allá del ámbito laboral y de la creatividad: en un mundo que cada vez camina más rápido, todas las estructuras, incluidas las mentales, están en pleno cambio y adaptarnos requiere que también lo hagamos a nivel personal. No solo ha cambiado la forma de trabajar, también lo ha hecho la manera de relacionarse con otros y la concepción del mundo en general. Para adaptarse a los cambios, sean laborales o personales, es preciso, por tanto, que las personas aprendan a desaprender.

A pesar de lo mucho que hemos tardado en tomar conciencia del desaprendizaje y sus consecuencias, la literatura y el cine ya estaban enviando el mismo mensaje con insistencia. Cada vez que un personaje afronta una crisis, cada vez que se para a analizar sus valores y creencias, cada vez que gracias a este fracaso llega a un final feliz, ha estado desaprendiendo.

Existen ejemplos muy evidentes, como Billy Elliot o El rey tuerto, y otros no tan claros, como los personajes que protagoniza Clint Eastwood en sus propias películas. El mensaje es siempre el mismo: para que las cosas salgan bien, hay que pararse a pensar qué estamos haciendo, cómo lo estamos haciendo y qué sentido tiene seguir haciéndolo igual que hasta ahora.

Scott Barry Kaufmann, psicólogo en la Universidad de Pensilvania, ve en los personajes que llegan al límite y se enfrentan a sí mismos la puerta a la creatividad: «En algún momento de su vida se ha desmontado la visión que tenían del mundo como un lugar seguro». Es este impacto el que les lleva a «salir a la periferia a ver las cosas de una forma diferente, renovada; es esto lo que conduce a la creatividad».

En uno de sus poemas, Bukowski escribió:

La manera de crear arte es quemar y destruir

conceptos comunes y sustituirlos

por nuevas verdades que vienen sin pensar

y brotan del corazón.

Con una carga más pasional, quizá Bukowski estaba hablando de lo mismo que Kaufmann.

Desaprender va de eso. No es sinónimo de olvidar, aunque se haya extendido el paralelismo entre desaprendizaje y olvido. Se trata, más bien, de mirarse al espejo y confrontarse a uno mismo, así como cuestionar todo lo previamente aprendido.

Alfons Cornellà, fundador y presidente de Infonomía, tiene como lema esta frase: «Desaprendo, luego existo». Para explicar esta idea con la que comulga a diario, Cornellà dijo en una amplia entrevista publicada en Excellence que «no se trata de olvidar lo que sabemos, sino de no ser esclavos de ello». Para él, «reanalizarse, revisarse y repensarse» son tres ejercicios fundamentales para progresar en un mundo cambiante en el que, según Samuel Arbesman, autor de La vida útil de los datos, el conocimiento tiene en la actualidad una «fecha de expiración» de menos de 10 años.

Desde la Neurociencia aplicada a la Educación se establecen varias fases de desaprendizaje que recoge la coach Fabiana Andrea Mendez en la web argentina Encontradores. Serían las siguientes: reconocimiento de la realidad y definición del aspecto a desaprender, identificación de las huellas personales, elaboración del «mapa» individual y/o colectivo, búsqueda de «interpretaciones-comprensiones-acciones» alternativas, des-aprendizaje (andamiaje), planificación de la práctica transformadora (inicio de la reconstrucción), seguimiento de las acciones, retorno a la realidad transformada (realidad II), el inicio de un nuevo desaprendizaje.

No es un camino de rosas. De hecho parte siempre de una situación frustrante, esa señal que nos dice que lo que creíamos que era ya no es, que las cosas ya no se hacen como las estábamos haciendo ni como nos enseñaron.

La armonía de lo invisible es mayor que la armonía de lo visible. Para llegar a saberlo hay que desaprender lo que se sabe

Hay tres preguntas básicas del pensamiento de Kant que vendrían a resumir el proceso de desaprendizaje: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar? La última pregunta es clave a la hora de entender la importancia del desaprendizaje.

Es difícil cuestionar las creencias más arraigadas. Hacen falta, además, mucha paciencia y altos índices de tolerancia. Hasta el refranero conspira en contra del desaprendizaje: «El saber no ocupa lugar», se suele decir para justificar que tiene sentido seguir acumulando conocimientos que quizá nunca salgan del pozo de la memoria para demostrar su utilidad. Así es como se justifica, además, la intención de seguir haciendo y pensando lo mismo, aunque la frase esté muy lejos de la realidad.

El saber sí ocupa lugar. El olvido es un mecanismo que permite al pensamiento abstracto mantenerse intacto. Almacenar todo lo aprendido es sucumbir a la hegemonía de lo concreto y no sería posible pensar. Algunos científicos han llegado recientemente a la conclusión de que el sueño tiene una utilidad imprevista: dormimos para olvidar parte de lo aprendido y vivido durante el día. Y no lo ha demostrado un estudio, sino dos, de la Universidad de Wisconsin-Madison y de la Universidad Johns Hopkins. Acumular lo aprendido agota y el sueño reparador se convierte en un arma muy útil para el desaprendizaje.

Para desaprender es necesario alejarse de uno mismo. Es aquí donde entra en juego el concepto de distancia psicólógica, un estado que, dice Kaufmann, alcanzamos «cambiando la manera en la que pensamos en un problema en particular». Esto se puede lograr pensando como otra persona o «pensando en la cuestión como si fuera irreal o desagradable».

En la línea de la distancia psicológica, la escritora Margie Warren ve en el desaprendizaje un proceso por el cual ponemos distancias, dejamos ir y perdemos el miedo al cambio. Para explicar la función que cumple el desaprendizaje en nuestras vidas encontró una analogía muy sencilla: es como eliminar pintura vieja antes de volver a pintar una pared.

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Opiniones 26
  • Es perfecto, pero es un proceso individual q requiere su evolucion. No puedes hacerlo cuando quieras. Cada persona evoluciona de distinta forma. Gracias

  • Enhorabuena por el estupendo artículo. El problema es que el tren se mueve en la dinámica de lo uniformemente acelerado donde lo importante ya no es la velocidad sino la aceleración. Por eso, en poco tiempo no bastará con quitar la pintura vieja sino también el gotelé e incluso el yeso muerto. Y a ver quién es el guapo que sigue la estela. Como dijo uno que se quedó atrapado en el yeso muerto, vivimos en una sociedad en la que lo que permanece es el cambio.

  • bastante y profundo contenido que vale la pena leerlo rfeleerlo y analizarlo en profundidad y sobre todo dedicarse para poder llegar a su profundo contenido. Gracias por permitirme acceder a ello

  • La primera vez que oí de este concepto, desaprender, fue de palabras de Miles Davis. Vino a decir algo así como aprende y practica, olvídalo todo y después toca.

  • Lo malo es cuando incurrimos en el exceso como en todo. Porque también tenemos estudios de universidades americanas que han comprobado que el cerebro durante el sueño regurgita lo estudiado en el día y lo fija en la memoria, de forma que si no dormimos bien no memorizamos bien. Y porque la sociedad moderna deifica el cambio, el progreso, la continua mejora, sin comprender que en la mayor parte de los sistemas se puede ir mejorando hasta alcanzar un óptimo de eficacia, alcanzado el cual, la necesidad de vender la introducción continua de cambios y mejoras que se convierten en un fin en si mismo, y no en un medio para mejorar, termina produciendo una regresión en la eficacia de la gestión. En el término medio está la virtud, y hay que tener la cintura suficiente para no dejarse esclavizar por la propia y anterior visión del mundo, pero también la profundidad suficiente para ver las cosas con distancia y valorarlas por lo que son, no por lo que innovan o dejan de innovar. Carlos Valiña. Saludos.

  • ¡Gracias por el artículo! ¡Absolutamente de acuerdo!

    Me ha hecho reflexionar sobre la velocidad de los cambios en la tecnología y cómo ha afectado a las relaciones sociales y a los mercados. Debido a esto, en el aspecto laboral, lo que plantea el artículo es absolutamente válido y aplicable para mantenernos vigentes.

  • Sería interesante pensar como desprender el capitalismo, que tanto dueño de empresa nombrado en este artículo desprenda el sistema de relaciones que le permite extraer ahora plusvalía creativa de sus empleados, que suelte, que se libere de tan viejo dogma, de otro modo el desaprender, que con tanto adorno expones, noches más que una pose.

  • Sería interesante pensar como desaprender el capitalismo, que tanto dueño de empresa nombrado en este artículo desaprenda el sistema de relaciones que le permite extraer ahora plusvalía creativa de sus empleados, que suelte, que se libere de tan viejo dogma, de otro modo el desaprender, que con tanto adorno expones, no es más que una pose. Es el alfabeto del capital, encubierto.

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