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17 de julio 2013    /   IDEAS
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¿Deberíamos recuperar la concentración?

17 de julio 2013    /   IDEAS     por          
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Esto no es un artículo. Es un reto. Elige un cuadro, una escultura o una obra de arte. Sitúate ante ella y permanece ahí durante tres horas. No rompas el momento. Olvida el resto del mundo y haz como si jamás se hubiese inventando un móvil o no conocieses la palabra internet.
En este momento puede que te halles en un punto crítico. La ansiedad de pensar en esas tres horas puede provocarte incluso la necesidad de escapar de este texto. Pero no huyas. No temas. No serías el primero en hacer este ejercicio de concentración que, a día de hoy, puede parecer un suplicio o una escena de terror.
Una profesora de Historia del Arte y la Arquitectura de la Universidad de Harvard lo practica a menudo. Y sus alumnos también. Jennifer Roberts, como muchos otros docentes, piensa que las generaciones más jóvenes y, en general, todas las personas que utilizan continuamente internet son incapaces de ocuparse mentalmente de un solo tema durante más de varios minutos.
La especialista en arte americano decidió hacer el experimento y probó a encerrarse a sí misma en la concentración que supone mirar un cuadro, durante tres horas, sin hacer absolutamente nada más. Eligió la obra El niño con la ardilla, pintado por Henry Pelham en 1765, y permaneció ante él el tiempo marcado.
La docente relató a Boston.com que, después de la primera hora frente al cuadro, descubrió patrones similares entre la forma de la oreja del niño y la ardilla. Y después de dos horas su percepción y las sensaciones que tenía de la pintura cambiaron totalmente.
La puerta a la concentración profunda asusta. Pero, una vez sumido en ella, los pensamientos que pueden surgir son, definitivamente, más elevados e incluso placenteros que los que brotan de pasar sobre las cosas en un plumazo.
Roberts ha introducido esta actividad en sus clases. La profesora dijo que los alumnos, al principio, se muestran sorprendidos ante la propuesta. Después son escépticos. Y, al final, descubren sus beneficios. La quietud permite a estos estudiantes acceder a estados de concentración absolutamente inéditos en su día a día. Hacen observaciones en las que no reparan jamás y acaban admitiendo que sin ese recogimiento mental nunca hubiesen llegado a esas conclusiones.
La experiencia destruye también el mito de que la concentración es aburrida. No lo es. Aunque le hayamos tomado miedo. Ha sido un clásico en la historia de la humanidad hasta que llegaron las tecnologías que abruman con tal cantidad de información que, en cierto modo, hace que nos acabemos despegando de ella.
Mientras tanto siguen publicándose estudios sobre la incapacidad de mantener la atención en un asunto más de 15, 20 o 30 minutos, investigaciones sobre la plasticidad del cerebro y su adicción a saltar de una actividad a otra sin profundizar jamás en nada.
La voz de alarma no deja de sonar. Después de la fascinación del multitasking, quizá haya llegado la hora de caer en la cuenta de una regla básica universal: la introducción de nuevos usos y costumbres no ha de arramplar con técnicas milenarias sobradamente útiles. El individuo de hoy, y del futuro, no tiene que optar por la concentración o la dispersión. No le queda otra que saber moverse en ambos escenarios.

Esto no es un artículo. Es un reto. Elige un cuadro, una escultura o una obra de arte. Sitúate ante ella y permanece ahí durante tres horas. No rompas el momento. Olvida el resto del mundo y haz como si jamás se hubiese inventando un móvil o no conocieses la palabra internet.
En este momento puede que te halles en un punto crítico. La ansiedad de pensar en esas tres horas puede provocarte incluso la necesidad de escapar de este texto. Pero no huyas. No temas. No serías el primero en hacer este ejercicio de concentración que, a día de hoy, puede parecer un suplicio o una escena de terror.
Una profesora de Historia del Arte y la Arquitectura de la Universidad de Harvard lo practica a menudo. Y sus alumnos también. Jennifer Roberts, como muchos otros docentes, piensa que las generaciones más jóvenes y, en general, todas las personas que utilizan continuamente internet son incapaces de ocuparse mentalmente de un solo tema durante más de varios minutos.
La especialista en arte americano decidió hacer el experimento y probó a encerrarse a sí misma en la concentración que supone mirar un cuadro, durante tres horas, sin hacer absolutamente nada más. Eligió la obra El niño con la ardilla, pintado por Henry Pelham en 1765, y permaneció ante él el tiempo marcado.
La docente relató a Boston.com que, después de la primera hora frente al cuadro, descubrió patrones similares entre la forma de la oreja del niño y la ardilla. Y después de dos horas su percepción y las sensaciones que tenía de la pintura cambiaron totalmente.
La puerta a la concentración profunda asusta. Pero, una vez sumido en ella, los pensamientos que pueden surgir son, definitivamente, más elevados e incluso placenteros que los que brotan de pasar sobre las cosas en un plumazo.
Roberts ha introducido esta actividad en sus clases. La profesora dijo que los alumnos, al principio, se muestran sorprendidos ante la propuesta. Después son escépticos. Y, al final, descubren sus beneficios. La quietud permite a estos estudiantes acceder a estados de concentración absolutamente inéditos en su día a día. Hacen observaciones en las que no reparan jamás y acaban admitiendo que sin ese recogimiento mental nunca hubiesen llegado a esas conclusiones.
La experiencia destruye también el mito de que la concentración es aburrida. No lo es. Aunque le hayamos tomado miedo. Ha sido un clásico en la historia de la humanidad hasta que llegaron las tecnologías que abruman con tal cantidad de información que, en cierto modo, hace que nos acabemos despegando de ella.
Mientras tanto siguen publicándose estudios sobre la incapacidad de mantener la atención en un asunto más de 15, 20 o 30 minutos, investigaciones sobre la plasticidad del cerebro y su adicción a saltar de una actividad a otra sin profundizar jamás en nada.
La voz de alarma no deja de sonar. Después de la fascinación del multitasking, quizá haya llegado la hora de caer en la cuenta de una regla básica universal: la introducción de nuevos usos y costumbres no ha de arramplar con técnicas milenarias sobradamente útiles. El individuo de hoy, y del futuro, no tiene que optar por la concentración o la dispersión. No le queda otra que saber moverse en ambos escenarios.

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Opiniones 10
  • Totalmente de acuerdo, un ejercicio así debería ser obligatorio en nuestro sistema educativo. Con el uso del móvil e Internet ya está demostrado que en el cerebro se producen cambios, los niños desarrollan más la atención dividida pero cada vez más difícil la concentración, incluso para los adultos cada vez es más difícil concentrarse, en un mundo en el que se trabaja con atendiendo a cinco ventana con información diferente.

  • Sin duda, internet no es el medio adecuado para facilitar la concentración. Incluso en las páginas dedicadas al estudio o al trabajo de investigación o académico las referencias por medio de enlaces facilitan que andemos saltando como mariposas y perdamos el rumbo. No es sólo la atención y la concentración lo que hay que trabajar y entrenar, sino también la constancia y la fuerza de voluntad para mantener la dirección.
    También me parece que habrá que ver cómo los «nativos digitales» (yo no lo soy) se desenvuelven con las nuevas tecnologías. Lo que sí, en mi opinión, está bien claro es que nuestra pedagogía no los prepara adecuadamente para ellas.
    Por cierto, el cuadro «El niño con la ardilla» no es de Henry Pelham.sino de John Singleton Copley, Henry Pelham es el niño retratado y otro nombre por e que se conoce el cuadro

  • Yo soy de las personas que le cuesta concentrarse siempre lo he sido, no tengo celular, pero si uso internet siempre y depende de como lo uses puede ser útil o no, hay días en los que voy de una página a otra, pero también adoro encontrar información o lecturas que pueden capturar mi atención por horas, el ejercicio que aquí se propone tiene cuotas de concentración y contemplación, detenerse; ver lo que te rodea tampoco es algo que hacemos comúnmente, todo lo damos por sentado, en especial con la manía de solo ver la pantalla del celular.

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