10 de mayo 2018    /   CREATIVIDAD
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Termina, regala o mata las viejas ideas: haz sitio para las nuevas

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¿Cuál fue la última gran idea que tuviste? ¿Cuándo fue? ¿Cuánto tiempo llevas dándole vueltas, tomando notas, planificando los pasos o corrigiendo? Las viejas ideas que rondan la cabeza pueden acabar siendo como bombillas fundidas: ocupan espacio en espera de ir a parar al contenedor de reciclaje.

Por unas u otras hay obras que no comienzan a gestarse y otras que no acaban de parirse. La historia refiere casos conocidos de artistas que si dieron a conocer sus obras fue por la insistencia ajena.

El miedo a la imperfección

Gustave Flaubert es quizá el caso más conocido de autor que no tenía prisa por publicar. La corrección de las obras es necesaria en muchos casos, pero el sentido común debería establecer un límite. (David Foster Wallace se imponía no escribir más de cinco borradores).

Gracias a las rentas familiares, Flaubert consideró que no debía publicar sus obras hasta haber cumplido 50 años, cuando, a su juicio, su obra estaría pulida. La redacción y corrección de Madame Bovary le llevó cuatro años y ocho meses, y le hubiera llevado más si su amigo Maxime du Camp no le hubiera insistido en que la publicara.

Isaac Asimov es la antítesis de Flaubert. Al autor de La Fundación no le preocupaba el estilo. Si una obra se le atragantaba, comenzaba o continuaba otra aparcada.

Al menos, Flaubert escribía. ¿Cuántos futuros escritores y otros artistas no comienzan su obra porque desean que nazca sin tara desde la primera línea?

La falacia del costo irrecuperable

Hay artistas que durante años recopilan información para una obra que quizá nunca comiencen. Sin embargo, no están dispuestos a renunciar a ella. ¿Qué harían si dejaran de tomar notas o leer estudios antes de decidirse a realizar la obra? Quizá tendrían que ponerse a trabajar en una obra que ya no despierta emoción porque la pasión inicial se diluyó.

Abandonar el proyecto parece la opción lógica, pero rara vez sucede.

Estos artistas son víctimas de la falacia del costo irrecuperable. La falacia se produce cuando una persona que ha realizado una enorme inversión de esfuerzo, tiempo y dinero en una obra considera que abandonarla es tirar años de trabajo. El artista no es diferente de quien no desea romper una relación tóxica solo porque ha empleado años en ella.

Los guionistas Craig Martin (saga Scary Movie y Resacón) y John August (Big Fish, La novia cadáver) consideran que, pasado un tiempo, es necesario replantearse si una obra merece la pena terminarla de una vez o archivarla para siempre.

Martin dejó atrás pensar que «el mejor guion es el que está por hacer» porque castra el presente. August archiva el material que le ronda por la cabeza hasta que un productor muestre interés por una historia similar.

Nick Douglas, guionista y redactor de Lifehacker, cuenta en un artículo que durante 10 años recopiló información para una serie ambientada en Silicon Valley hasta que consideró que era una montaña de deudas creativas. Considera como opciones regalar las viejas ideas (sin intenciones de un lucro posterior) o seguir el ejemplo de Kurt Vonnegut, que reutilizaba material viejo como si hubiera sido creado por personajes que eran escritores.

Convivir con las viejas ideas no solo frena las nuevas ideas: está el peligro de que otra persona se adelante o quizá peor, que la idea quede obsoleta. No queda otra que terminar (de una vez) las viejas ideas, regalarlas o matarlas.

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El miedo a la imperfección

Gustave Flaubert es quizá el caso más conocido de autor que no tenía prisa por publicar. La corrección de las obras es necesaria en muchos casos, pero el sentido común debería establecer un límite. (David Foster Wallace se imponía no escribir más de cinco borradores).

Gracias a las rentas familiares, Flaubert consideró que no debía publicar sus obras hasta haber cumplido 50 años, cuando, a su juicio, su obra estaría pulida. La redacción y corrección de Madame Bovary le llevó cuatro años y ocho meses, y le hubiera llevado más si su amigo Maxime du Camp no le hubiera insistido en que la publicara.

Isaac Asimov es la antítesis de Flaubert. Al autor de La Fundación no le preocupaba el estilo. Si una obra se le atragantaba, comenzaba o continuaba otra aparcada.

Al menos, Flaubert escribía. ¿Cuántos futuros escritores y otros artistas no comienzan su obra porque desean que nazca sin tara desde la primera línea?

La falacia del costo irrecuperable

Hay artistas que durante años recopilan información para una obra que quizá nunca comiencen. Sin embargo, no están dispuestos a renunciar a ella. ¿Qué harían si dejaran de tomar notas o leer estudios antes de decidirse a realizar la obra? Quizá tendrían que ponerse a trabajar en una obra que ya no despierta emoción porque la pasión inicial se diluyó.

Abandonar el proyecto parece la opción lógica, pero rara vez sucede.

Estos artistas son víctimas de la falacia del costo irrecuperable. La falacia se produce cuando una persona que ha realizado una enorme inversión de esfuerzo, tiempo y dinero en una obra considera que abandonarla es tirar años de trabajo. El artista no es diferente de quien no desea romper una relación tóxica solo porque ha empleado años en ella.

Los guionistas Craig Martin (saga Scary Movie y Resacón) y John August (Big Fish, La novia cadáver) consideran que, pasado un tiempo, es necesario replantearse si una obra merece la pena terminarla de una vez o archivarla para siempre.

Martin dejó atrás pensar que «el mejor guion es el que está por hacer» porque castra el presente. August archiva el material que le ronda por la cabeza hasta que un productor muestre interés por una historia similar.

Nick Douglas, guionista y redactor de Lifehacker, cuenta en un artículo que durante 10 años recopiló información para una serie ambientada en Silicon Valley hasta que consideró que era una montaña de deudas creativas. Considera como opciones regalar las viejas ideas (sin intenciones de un lucro posterior) o seguir el ejemplo de Kurt Vonnegut, que reutilizaba material viejo como si hubiera sido creado por personajes que eran escritores.

Convivir con las viejas ideas no solo frena las nuevas ideas: está el peligro de que otra persona se adelante o quizá peor, que la idea quede obsoleta. No queda otra que terminar (de una vez) las viejas ideas, regalarlas o matarlas.

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