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20 de marzo 2018    /   DIGITAL
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No lo intentes: desconectar es imposible

20 de marzo 2018    /   DIGITAL     por          
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Hace unas semanas se desató una divertida controversia en el columnismo tecnológico estadounidense. El motivo era un texto firmado por Fadhad Manjoo en The New York Times donde explicaba que se había pasado dos meses desconectado del mundo, informándose solo a través de la prensa en papel, y exponía lo bien que había ido la cosa.

En sus palabras, y pone el ejemplo de uno de los últimos ataques con armas en EEUU, la cosa fue genial porque estaba mejor informado: «Evité los errores inocentes –y las confusiones maliciosas– que prevalecieron las primeras horas después del tiroteo». Según explica, supo de lo que había pasado porque se le escapó una alerta informativa en el reloj, pero que no volvió a saber nada hasta el día siguiente cuando le entregaron la prensa del día (después).

El experimento de Manjoo no es ni mucho menos nuevo: bloqueó las notificaciones de las redes sociales y las alertas informativas y se suscribió a tres periódicos y una revista. Y, pese a dedicarse al columnismo tecnológico, le encantó la experiencia de volver a lo básico. Slow reading, que lo llaman en Yorokobu: sin prisas, con contexto y para –de verdad– enterarse de qué van las cosas.

La polémica no vino por la idea en sí, sino por el hecho de que Manjoo, en realidad, vivió engañado porque en verdad estuvo conectado sin siquiera darse cuenta. Un par de días después Dan Mitchell revelaba en Columbia Journalism Review, una publicación especializada sobre periodismo, que Manjoo había estado bastante activo en Twitter durante ese periodo de supuesta desconexión. Tampoco hizo falta una enorme investigación para darse cuenta de ello: en esos dos meses había estado tuiteando una media de unas quince veces al día. Casi una por hora, descontando el tiempo de dormir.

Una de las últimas cosas públicas que hizo Manjoo tras lanzar su columna fue precisamente hablar con Mitchell, que concluyó tras su conversación que no es que su texto fuera mentira porque él realmente cree que sí desconectó. Y esa es la clave de la historia: pensar que se puede estar y participar de algo como una red social sin que su contenido condicione tu conocimiento de la realidad. En palabras del propio Mitchell, «puede ser que la columna de Manjoo realmente sirva como advertencia acerca de los perniciosos efectos de las redes sociales… pero no de la forma que él pensaba».

Tras todo eso, Manjoo –ahora sí– ha desaparecido un poco. No ha vuelto (de momento) a publicar con The New York Times –dicen que volverá en junio porque ahora está escribiendo un libro–. Ha dado alguna aclaración más a algún medio especializado –a nosotros no ha querido– y, eso sí, ha seguido tuiteando.

El caso también ha sido la comidilla en el blog del Nieman Lab, el laboratorio de una de las escuelas especializadas en periodismo más importantes del mundo, donde directamente han hecho hasta gráficos con la actividad tuitera de Manjoo durante ese supuesto tiempo de desconexión digital.

tuits y likes

En la línea de lo que apunta Mitchell, es complicado dudar de la honestidad de Manjoo. No por él directamente, sino porque The New York Times, que tiene una escrupulosa política de chequeo de sus propios errores, le ha avalado. A pesar de la controversia, tampoco consideran que su columnista incumpliera las normas deontológicas ni faltara a la verdad en su texto. No es, por tanto, una cuestión de mala intención. Pero sí de ingenuidad, y esa es precisamente la lección.

¿Es posible vivir de espaldas a las redes sociales? Sí, claro, por supuesto que sí. De hecho, a pesar de que se les presupone un poder de influencia casi inabarcable, en realidad son el campo de batalla de una burbuja minoritaria aunque ruidosa. Es cierto que muchas cosas pasan en las redes, y que sin ellas es difícil entender ya la totalidad de lo que sucede porque se han convertido en una pieza más del puzzle de la actualidad. Ahora bien, lo que sucede con las redes no es distinto a lo que sucede con otras plataformas de contenido.

Van varios ejemplos: mucha gente (la mayoría) no lee prensa ni revistas; mucha gente (la mayoría) no ve ya televisión tradicional, y mucho menos la consume para ver información; mucha gente (la mayoría) no usa las redes para informarse. Sin embargo, y siendo todo lo anterior cierto, es casi imposible no enterarse de lo que sucede a tu alrededor.

En algún momento ojearás un periódico, o verás de refilón una pantalla de televisión encendida mientras desayunas, o llegará a tus oídos una conversación sobre lo último que pasó en no sé qué perfil de no sé quién. Escapar de la información es difícil, pero evadirse de su influencia parece directamente imposible. Quizá la única forma real de desconectar del todo es vivir allá donde no llega internet. Ni la luz. Ni la gente.

Hace unas semanas se desató una divertida controversia en el columnismo tecnológico estadounidense. El motivo era un texto firmado por Fadhad Manjoo en The New York Times donde explicaba que se había pasado dos meses desconectado del mundo, informándose solo a través de la prensa en papel, y exponía lo bien que había ido la cosa.

En sus palabras, y pone el ejemplo de uno de los últimos ataques con armas en EEUU, la cosa fue genial porque estaba mejor informado: «Evité los errores inocentes –y las confusiones maliciosas– que prevalecieron las primeras horas después del tiroteo». Según explica, supo de lo que había pasado porque se le escapó una alerta informativa en el reloj, pero que no volvió a saber nada hasta el día siguiente cuando le entregaron la prensa del día (después).

El experimento de Manjoo no es ni mucho menos nuevo: bloqueó las notificaciones de las redes sociales y las alertas informativas y se suscribió a tres periódicos y una revista. Y, pese a dedicarse al columnismo tecnológico, le encantó la experiencia de volver a lo básico. Slow reading, que lo llaman en Yorokobu: sin prisas, con contexto y para –de verdad– enterarse de qué van las cosas.

La polémica no vino por la idea en sí, sino por el hecho de que Manjoo, en realidad, vivió engañado porque en verdad estuvo conectado sin siquiera darse cuenta. Un par de días después Dan Mitchell revelaba en Columbia Journalism Review, una publicación especializada sobre periodismo, que Manjoo había estado bastante activo en Twitter durante ese periodo de supuesta desconexión. Tampoco hizo falta una enorme investigación para darse cuenta de ello: en esos dos meses había estado tuiteando una media de unas quince veces al día. Casi una por hora, descontando el tiempo de dormir.

Una de las últimas cosas públicas que hizo Manjoo tras lanzar su columna fue precisamente hablar con Mitchell, que concluyó tras su conversación que no es que su texto fuera mentira porque él realmente cree que sí desconectó. Y esa es la clave de la historia: pensar que se puede estar y participar de algo como una red social sin que su contenido condicione tu conocimiento de la realidad. En palabras del propio Mitchell, «puede ser que la columna de Manjoo realmente sirva como advertencia acerca de los perniciosos efectos de las redes sociales… pero no de la forma que él pensaba».

Tras todo eso, Manjoo –ahora sí– ha desaparecido un poco. No ha vuelto (de momento) a publicar con The New York Times –dicen que volverá en junio porque ahora está escribiendo un libro–. Ha dado alguna aclaración más a algún medio especializado –a nosotros no ha querido– y, eso sí, ha seguido tuiteando.

El caso también ha sido la comidilla en el blog del Nieman Lab, el laboratorio de una de las escuelas especializadas en periodismo más importantes del mundo, donde directamente han hecho hasta gráficos con la actividad tuitera de Manjoo durante ese supuesto tiempo de desconexión digital.

tuits y likes

En la línea de lo que apunta Mitchell, es complicado dudar de la honestidad de Manjoo. No por él directamente, sino porque The New York Times, que tiene una escrupulosa política de chequeo de sus propios errores, le ha avalado. A pesar de la controversia, tampoco consideran que su columnista incumpliera las normas deontológicas ni faltara a la verdad en su texto. No es, por tanto, una cuestión de mala intención. Pero sí de ingenuidad, y esa es precisamente la lección.

¿Es posible vivir de espaldas a las redes sociales? Sí, claro, por supuesto que sí. De hecho, a pesar de que se les presupone un poder de influencia casi inabarcable, en realidad son el campo de batalla de una burbuja minoritaria aunque ruidosa. Es cierto que muchas cosas pasan en las redes, y que sin ellas es difícil entender ya la totalidad de lo que sucede porque se han convertido en una pieza más del puzzle de la actualidad. Ahora bien, lo que sucede con las redes no es distinto a lo que sucede con otras plataformas de contenido.

Van varios ejemplos: mucha gente (la mayoría) no lee prensa ni revistas; mucha gente (la mayoría) no ve ya televisión tradicional, y mucho menos la consume para ver información; mucha gente (la mayoría) no usa las redes para informarse. Sin embargo, y siendo todo lo anterior cierto, es casi imposible no enterarse de lo que sucede a tu alrededor.

En algún momento ojearás un periódico, o verás de refilón una pantalla de televisión encendida mientras desayunas, o llegará a tus oídos una conversación sobre lo último que pasó en no sé qué perfil de no sé quién. Escapar de la información es difícil, pero evadirse de su influencia parece directamente imposible. Quizá la única forma real de desconectar del todo es vivir allá donde no llega internet. Ni la luz. Ni la gente.

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Opiniones 2
  • Excelente artículo. No sólo se plantea un dilema difícil de resolver, sino que da a luz el futuro nuevo esnobismo: la desconexión. Ahora muchos, por no decir todos, presumirán de desconexión, dirán que no usar las redes sociales, como ya alguno lo hace con Facebook para sentirse especial y diferente al resto. Pero desconectar, lo que se dice desconectar, no. Nunca. Nadie. Y cuando digo nunca, aclaro que nací en 1959, con lo cual ya estaba en el mundo profesional cuando nación internet, pero los rumores, las noticias, los cotilleos siempre me han llegado, aún sin leer la prensa ni ver las noticias en TV. O sea, para mi, la desconexión es imposible, va en contra de la propia naturaleza humana, la pongo a nivel del suicidio, alguien lo hace, pero ni es normal, ni es frecuente.

  • Generalizar y calificar de snobs a aquellos que deciden no usar Facebook me parece que es un error. Primero porque Facebook es una web, una plataforma de comunicación pero no es mi vida. Hace un tiempo que decidí borrar mi perfil de Facebook pero no precisamente por snobismo sino porque no aportaba nada a mi vida ni a mis relaciones sociales. ¿De qué me sirve tener 150 amigos (la media mundial de amigos que tiene cada persona en FB) si luego no quedo con ninguno para tomar un café o saber de su vida? ¿De qué me sirve tener esos amigos si más de la mitad en realidad no forman parte de mi día a día y ni si quiera los he visto físicamente nunca?

    Las redes sociales son herramientas y como tales hay que usarlas. Algunas servirán a un fin y otras a otro objetivo diferente, y esa misma razón puede hacer que lo que para uno sea útil para mí no lo sea.

    Borré mi perfil de facebook por diferentes motivos pero uno de ellos era «desconectar». Y desconectar, en mi caso, no es ignorar lo que sucede a mi alrededor y evitar estar informado sino «desinfoxicarme». Internet, las redes sociales y los medios nos bombardean con información contínuamente. Sucede algo y tenemos información «actualizada» a cada segundo, no se ha procesado aún esa información que ya tenemos nuevos datos llegando a nuestros terminales, algunos que incluso contradicen lo que sabíamos hasta el momento. No hay filtro. Antiguamente, el filtro era el tiempo. No existía la inmediatez y el tiempo provocaba, como con la comida, que las noticias hicieran «chupchup en la olla» pero actualmente nos alimentamos con «fast data» y así le sienta a nuestras cabezas.

    Informémonos pero aprendamos a dejar hacer chupchup.

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