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22 de abril 2019    /   IDEAS
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Tu empleo de hoy no es tu empleo de mañana

22 de abril 2019    /   IDEAS     por          
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La revolución industrial en España tuvo poco de industrial y nada de revolución. El «que inventen ellos» de Unamuno supuso una mala ocurrencia de consecuencias demoledoras. No solo por lo desafortunado de la frase, sino, sobre todo, porque reflejaba el sentir de unas clases aristocráticas que continuaban basando su superior estatus en la posesión de la tierra.

Por su parte, el incipiente sector industrial se resistía a invertir grandes sumas de dinero en innovación, percibiéndola más como un gasto de incierto retorno que como una inversión imprescindible a la hora de competir con otros países. Por aquel entonces los títulos en ingeniería, acaparados por los hijos de aquella burguesía emergente, buscaban más la legitimación en sus puestos de dirección que la capacitación para desarrollar nuevos productos y tecnologías.

Con las clases medias la cosa no era muy diferente. El horizonte laboral más perseguido consistía en aprobar unas oposiciones que te garantizaran ciertos ingresos de por vida.  Lo fijo, lo estable, lo permanente eran los valores laborales en boga.

Era una concepción de las cosas tan arraigada que terminó inculcándose también en las clases trabajadoras. Todavía hoy el «puesto fijo» continúa siendo una reivindicación sindical muchas veces antepuesta a la empleabilidad.

Artículo relacionado

La universidad Australiana de Queensland define la empleabilidad como ​«las capacidades, habilidades y atributos personales que te hacen atractivo para un empleador». Es una definición que enmarca muy bien la foto fija, pero no tanto la imagen en movimiento. Hoy, tal vez, habría que redefinirla como «las cambiantes capacidades, habilidades y atributos personales que te hacen seguir resultando atractivo para un empleador».

El puesto fijo está desapareciendo a una velocidad vertiginosa por diversas razones. Una de ellas es la revolución tecnológica, que requiere de perfiles profesionales diferentes en períodos cada vez más cortos de tiempo. Pero, además, esa misma revolución provoca que unas empresas nazcan y otras desaparezcan de forma incesante y sin previo aviso (el reciente caso de la discontinuidad en la fabricación gigante Airbus A380 es un claro ejemplo).

Por otra parte, el elevado coste de formación de los trabajadores en una situación continuamente cambiante lleva a muchas empresas a optar por la obsolescencia laboral programada, promoviendo jubilaciones masivas cada vez más anticipadas.

Y en este nuevo escenario, el gran problema reside en que la empleabilidad ya no es un esfuerzo puntual. Ni para las empresas, que deben detraer de sus beneficios una ingente cantidad de dinero de forma permanente, ni para el trabajador, que se ve abocado a renovar sus conocimientos y capacidades durante toda su vida laboral.

Pero no hay otro camino que el desarrollo continuado de la empleabilidad. Porque el trabajo de hoy no será el trabajo de mañana. Y de nada servirá prepararse cuando el problema aparezca. La preparación ha de surgir con mucha antelación. Incluso antes de que comiencen a vislumbrarse los frutos del esfuerzo.

Hoy ya sabemos, por ejemplo, la cantidad de empleos que desaparecerán con la inminente llegada de los coches sin conductor. Sin embargo, nadie, ni empresas ni trabajadores, está preparándose para cuando esto suceda. Y si eso es así con este tema, mucho mayor será el problema con la implantación de la robótica en un número aún inimaginable de profesiones.

La formación continuada, la «desespecialización», son imprescindibles. Una labor que comienza desde los primeros años del colegio, pasa por la universidad y continúa durante toda la vida laboral.

Teilhard de Chardin, el jesuita que fue capaz de unificar la ciencia y la filosofía, explicó que las especies en nuestro planeta desaparecían al especializarse. Los dinosaurios, por ejemplo, se especializaron en tamaño frente a las demás especies y sucumbieron precisamente por ello.

Recientemente, el director de la investigación, Manabu Sakamoto, paleontólogo de la Universidad de Reading, explicaba, a través de un estudio realizado junto con colegas de otros centros, que el meteorito que acabó con los dinosaurios solo fue el final de un largo proceso en el que esas especies venían ya experimentando un ritmo de extinción mayor que el de sustitución, lo que les dejó indefensos cuando se produjo la gran catástrofe.

Es decir, los dinosaurios desaparecieron antes de desaparecer. Tras su hegemonía en la Tierra durante 150 millones de años, no podían concebir que la cosa cambiara. Pero cuando eso sucedió, se encontraron con que su especialización estanca les había llevado al ocaso por negarse a evolucionar cuando aún era posible.

La revolución industrial en España tuvo poco de industrial y nada de revolución. El «que inventen ellos» de Unamuno supuso una mala ocurrencia de consecuencias demoledoras. No solo por lo desafortunado de la frase, sino, sobre todo, porque reflejaba el sentir de unas clases aristocráticas que continuaban basando su superior estatus en la posesión de la tierra.

Por su parte, el incipiente sector industrial se resistía a invertir grandes sumas de dinero en innovación, percibiéndola más como un gasto de incierto retorno que como una inversión imprescindible a la hora de competir con otros países. Por aquel entonces los títulos en ingeniería, acaparados por los hijos de aquella burguesía emergente, buscaban más la legitimación en sus puestos de dirección que la capacitación para desarrollar nuevos productos y tecnologías.

Con las clases medias la cosa no era muy diferente. El horizonte laboral más perseguido consistía en aprobar unas oposiciones que te garantizaran ciertos ingresos de por vida.  Lo fijo, lo estable, lo permanente eran los valores laborales en boga.

Era una concepción de las cosas tan arraigada que terminó inculcándose también en las clases trabajadoras. Todavía hoy el «puesto fijo» continúa siendo una reivindicación sindical muchas veces antepuesta a la empleabilidad.

La universidad Australiana de Queensland define la empleabilidad como ​«las capacidades, habilidades y atributos personales que te hacen atractivo para un empleador». Es una definición que enmarca muy bien la foto fija, pero no tanto la imagen en movimiento. Hoy, tal vez, habría que redefinirla como «las cambiantes capacidades, habilidades y atributos personales que te hacen seguir resultando atractivo para un empleador».

El puesto fijo está desapareciendo a una velocidad vertiginosa por diversas razones. Una de ellas es la revolución tecnológica, que requiere de perfiles profesionales diferentes en períodos cada vez más cortos de tiempo. Pero, además, esa misma revolución provoca que unas empresas nazcan y otras desaparezcan de forma incesante y sin previo aviso (el reciente caso de la discontinuidad en la fabricación gigante Airbus A380 es un claro ejemplo).

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Por otra parte, el elevado coste de formación de los trabajadores en una situación continuamente cambiante lleva a muchas empresas a optar por la obsolescencia laboral programada, promoviendo jubilaciones masivas cada vez más anticipadas.

Y en este nuevo escenario, el gran problema reside en que la empleabilidad ya no es un esfuerzo puntual. Ni para las empresas, que deben detraer de sus beneficios una ingente cantidad de dinero de forma permanente, ni para el trabajador, que se ve abocado a renovar sus conocimientos y capacidades durante toda su vida laboral.

Pero no hay otro camino que el desarrollo continuado de la empleabilidad. Porque el trabajo de hoy no será el trabajo de mañana. Y de nada servirá prepararse cuando el problema aparezca. La preparación ha de surgir con mucha antelación. Incluso antes de que comiencen a vislumbrarse los frutos del esfuerzo.

Hoy ya sabemos, por ejemplo, la cantidad de empleos que desaparecerán con la inminente llegada de los coches sin conductor. Sin embargo, nadie, ni empresas ni trabajadores, está preparándose para cuando esto suceda. Y si eso es así con este tema, mucho mayor será el problema con la implantación de la robótica en un número aún inimaginable de profesiones.

La formación continuada, la «desespecialización», son imprescindibles. Una labor que comienza desde los primeros años del colegio, pasa por la universidad y continúa durante toda la vida laboral.

Teilhard de Chardin, el jesuita que fue capaz de unificar la ciencia y la filosofía, explicó que las especies en nuestro planeta desaparecían al especializarse. Los dinosaurios, por ejemplo, se especializaron en tamaño frente a las demás especies y sucumbieron precisamente por ello.

Recientemente, el director de la investigación, Manabu Sakamoto, paleontólogo de la Universidad de Reading, explicaba, a través de un estudio realizado junto con colegas de otros centros, que el meteorito que acabó con los dinosaurios solo fue el final de un largo proceso en el que esas especies venían ya experimentando un ritmo de extinción mayor que el de sustitución, lo que les dejó indefensos cuando se produjo la gran catástrofe.

Es decir, los dinosaurios desaparecieron antes de desaparecer. Tras su hegemonía en la Tierra durante 150 millones de años, no podían concebir que la cosa cambiara. Pero cuando eso sucedió, se encontraron con que su especialización estanca les había llevado al ocaso por negarse a evolucionar cuando aún era posible.

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Opiniones 1
  • Que los dinosaurios se extinguieran le debió importar entre nada y menos a los dinosaurios.
    Lo que hay que hacer entonces es estar cambiando continuamente de trabajo, del lugar donde se vive según lo requiera el trabajo y sobre todo, sobre todo vivir y aprender para el trabajo y para trabajar. Alienación y desarraigo.
    Porque, lo más y único importante en la vida, es producir. De hecho es mas factible que nos extingamos (y en menos tiempo) por la cantidad de mierda que echamos en el mundo al producir cosas, que porque estemos muy especializados.

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