21 de octubre 2014    /   IDEAS
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Las virtudes del desorden

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El caos es un generador de buenas noticias. O al menos, de noticias, lo que no es poco.
A las telenovelas venezolanas se les suele acusar de muchas cosas, la mayoría ciertas, pero hay un aspecto curioso: la pulcritud de los hogares modélicos que aparecen en la pantalla como telón de fondo para tanta traición, adulterio, maquinación y odio entre cuñadas. Fíjense bien en esos salones, desnudos de libros, de objetos inútiles, de restos de una velada, de vida, en una palabra. Parecen tiendas de muebles.
Pocas cosas hay más tristes que una tienda de muebles, con todas esas habitaciones artificiales y vacías a la vista de los transeúntes, sus camas, sus armarios, sus estanterías, sillas, escritorios, algunos cuadros anodinos y un dependiente de chaqueta arrugada que mira con impaciencia el reloj esperando la hora de marcharse a casa. El origen de la tristeza es la falta absoluta de desorden.
Todo esto podemos aplicarlo a nuestro cerebro, a nuestras convicciones y a nuestra personalidad, en definitiva. El caos es necesario, en un cierto grado, y no solo en la mente de los artistas, donde lo aleatorio parece campar a sus anchas, sino también en la de los ingenieros informáticos y en la de los políticos.
Estos rincones del caos son necesarios para la salud del resto de la casa. En realidad estamos hablando del principio de entropía. El orden, sea el que sea, tiene un coste en forma de desorden en otro lugar. Para construir Las Vegas, un entorno «ordenado», fue preciso un enorme peaje ecológico y energético, y lo sigue siendo. No digamos acerca de las ciudades de los Emiratos Árabes (Dubai, Abu Dhabi, Doha… ).
En todo hogar debería existir un rincón del caos. Puede servir un cajón, un mueble entero o en casos extremos una habitación en la que no existe ninguna regla y en la que depositamos todo aquello que no sabemos ubicar en otro lugar de la casa. Nuestra guarida es una proyección bastante aproximada de cómo se organiza nuestro cerebro, de ahí la expresión referida a alguien que sabe lo que quiere: «tiene la cabeza bien amueblada».
Sin embargo, en la cabeza no hay muebles, hay ideas. Y el proceso estocástico que provoca ir de una a otra no lo ha logrado explicar hasta la fecha ningún neurólogo.
La termodinámica puede parecer una ciencia aburrida, pero es la más sabia y equitativa de todas. De su segundo principio podría emanar un enunciado como el siguiente: «En los sistemas reales y como tales, escenarios de procesos irreversibles, el balance final de entropía es siempre positivo». Lo único que quiere decir es que todo intento de ordenar o de escapar al caos tiene un coste superior a lo que logramos. Véase calentamiento global, disfrute de sustancias psicoactivas o neoliberalismo económico.
Desorden del comportamiento, desórdenes públicos, sentimientos desordenados, desorden alimentario… La vida es pura entropía, disfrútela ordenadamente y permita que el caos se adueñe de ciertas parcelas de su corazón.

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El caos es un generador de buenas noticias. O al menos, de noticias, lo que no es poco.
A las telenovelas venezolanas se les suele acusar de muchas cosas, la mayoría ciertas, pero hay un aspecto curioso: la pulcritud de los hogares modélicos que aparecen en la pantalla como telón de fondo para tanta traición, adulterio, maquinación y odio entre cuñadas. Fíjense bien en esos salones, desnudos de libros, de objetos inútiles, de restos de una velada, de vida, en una palabra. Parecen tiendas de muebles.
Pocas cosas hay más tristes que una tienda de muebles, con todas esas habitaciones artificiales y vacías a la vista de los transeúntes, sus camas, sus armarios, sus estanterías, sillas, escritorios, algunos cuadros anodinos y un dependiente de chaqueta arrugada que mira con impaciencia el reloj esperando la hora de marcharse a casa. El origen de la tristeza es la falta absoluta de desorden.
Todo esto podemos aplicarlo a nuestro cerebro, a nuestras convicciones y a nuestra personalidad, en definitiva. El caos es necesario, en un cierto grado, y no solo en la mente de los artistas, donde lo aleatorio parece campar a sus anchas, sino también en la de los ingenieros informáticos y en la de los políticos.
Estos rincones del caos son necesarios para la salud del resto de la casa. En realidad estamos hablando del principio de entropía. El orden, sea el que sea, tiene un coste en forma de desorden en otro lugar. Para construir Las Vegas, un entorno «ordenado», fue preciso un enorme peaje ecológico y energético, y lo sigue siendo. No digamos acerca de las ciudades de los Emiratos Árabes (Dubai, Abu Dhabi, Doha… ).
En todo hogar debería existir un rincón del caos. Puede servir un cajón, un mueble entero o en casos extremos una habitación en la que no existe ninguna regla y en la que depositamos todo aquello que no sabemos ubicar en otro lugar de la casa. Nuestra guarida es una proyección bastante aproximada de cómo se organiza nuestro cerebro, de ahí la expresión referida a alguien que sabe lo que quiere: «tiene la cabeza bien amueblada».
Sin embargo, en la cabeza no hay muebles, hay ideas. Y el proceso estocástico que provoca ir de una a otra no lo ha logrado explicar hasta la fecha ningún neurólogo.
La termodinámica puede parecer una ciencia aburrida, pero es la más sabia y equitativa de todas. De su segundo principio podría emanar un enunciado como el siguiente: «En los sistemas reales y como tales, escenarios de procesos irreversibles, el balance final de entropía es siempre positivo». Lo único que quiere decir es que todo intento de ordenar o de escapar al caos tiene un coste superior a lo que logramos. Véase calentamiento global, disfrute de sustancias psicoactivas o neoliberalismo económico.
Desorden del comportamiento, desórdenes públicos, sentimientos desordenados, desorden alimentario… La vida es pura entropía, disfrútela ordenadamente y permita que el caos se adueñe de ciertas parcelas de su corazón.

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