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12 de diciembre 2013    /   CINE/TV
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El Día Más Corto en el día más corto

12 de diciembre 2013    /   CINE/TV     por          
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Otra vez la cantidad ganó a la calidad. Los minutos de metraje se impusieron y las películas de larga duración se comieron al pez (en este caso, cinta) chico. El cortometraje se convertía en algo minoritario, a la espera de que alguien le volviese a recuperar para el gran público. Y parece que ese momento ya ha llegado.

Ocurrió hace un par de años en Francia con El Día más Corto, un proyecto que se propuso volver a popularizar el cortometraje. “Fue una idea de la Agencia del Cortometraje Francés”, señala Pepe Jordana. En aquella ocasión, más de dos millones y medios de espectadores de todo el mundo siguieron el certamen. “Tú podías apuntarte y los organizadores te enviaban una caja con 250 DVD sin costes”.

La idea se desarrolló en Alemania un año después, aunque de forma un tanto distinta a la francesa. “Se creó un canal web desde el que distribuidoras de cortos ofrecían diferentes programas, unos gratis y otros no, dependiendo del soporte, el espacio del evento y demás”. Pese a las diferencias, la versión alemana de El Día Más Corto consiguió también una exitosa acogida: 175 proyecciones en 35 ciudades diferentes.

En 2013, se sumaron aún más países. Incluso cruzó el océano y llegó a Canadá. España tampoco ha querido quedarse fuera de la celebración y tendrá su primera edición de El Día Más Corto  en pleno solsticio de invierno, esto es, el 21 de diciembre.

.

Pepe Jordana es el coordinador general de la Coordinadora del Cortometraje Español (“el coordinador que lo coordine buen coordinador será, jaja”), que es quien lo organiza. Lo interesante, según cuenta, es la “espontánea y colaborativa” naturaleza del evento: “No hay reglas, no hay una organización supranacional, todos aportamos ideas y nos ayudamos”.

El capítulo español de El Día más Corto se plantea como un evento abierto, a escala nacional, en el que pueden participar tanto entidades públicas o privadas, agentes de la gestión cultural y, sobre todo, ciudadanos. A estos se les ofrece la posibilidad de convertirse en organizadores de un festival de cortos para sus familiares y amigos.

Para ello disponen de un completo contenedor de cortometrajes en la propia web de El Día Más Corto donde podrán hacer su selección. Porque, aunque el festival cuenta con grandes eventos como punto de partida, es a la iniciativa particular, privada o institucional, a la que se confía la tarea de hacer realidad la razón de ser de El Día Más Corto: que los cortometrajes se proyecten en cualquier calle, plaza, colegio, museo, casa particular, comercio, bar, de cualquier pueblo o ciudad de España.

Falta poco más de una semana para la celebración y Jordana asegura que la respuesta que están obteniendo es muy positiva, tanto entre los organizadores como entre los creadores. “Todo el mundo con el que hemos contactado se ha subido al tren a la primera. La idea original es maravillosa. Se trata de una iniciativa de carácter cultural y festivo, con contenidos de primer orden, que apuesta por la participación ciudadana, por responsabilizar al individuo, buscando su implicación en la autogestión a nivel local. Al mismo tiempo, ofrece apoyo a los nuevos valores, que son quienes nutren fundamentalmente el cortometraje (aunque no solo ellos)”.

De ahí que los creadores también hayan aplaudido la iniciativa de la Coordinadora del Cortometraje Español. Según Jordana, son más de un centenar los cortometrajes licenciados, los cuales, asegura, “tocan todos los ámbitos y acumulan miles de premios internacionales, goyas, nominaciones a los Óscar…”

Algo que no extraña a los organizadores del evento dada la calidad de la industria del corto en España según el impulsor de la iniciativa. “Deberíamos estar tan orgullosos de nuestros cortometrajistas como de nuestra selección nacional de fútbol o más”. Dice Pepe sin tapujos, para seguir esgrimiendo argumentos a favor de sus colegas: “Es un sector impresionante que no se ha parado a pesar de la crisis. Porque recordemos que se mueve principalmente por la inversión privada, particular, de los propios creadores. Hay muchas ayudas públicas (decreciendo, claro), pero son un porcentaje irrisorio del total de la inversión particular”.

De hecho, asegura que los cortometrajistas “son los verdaderos emprendedores de este país”, capaces de invertir sus ahorros y los de su familia en una obra de creación artística que da trabajo a más personas. «Desgraciadamente esto no se percibe así. Por eso creamos la Coordinadora, para gritar a los cuatro vientos los 5000 premios internacionales de los últimos años (no los regalan, en Sundance o Clermon Ferrand llegan 10.000 cortos cada año y ganar un premio ahí no es tontería), para que todo el mundo sepa que el cortometraje más visto de la historia de internet es español (107 millones de views) y que el concurso mundial de cortos de YouTube en 2012 lo ganó un español”.

A medida que repasa los logros del corto en nuestro país, Jordana se va encendiendo. “El discurso de los paniaguados y las subvenciones es absurdo. Todos los sectores industriales reciben apoyo del Estado, mucho más que el del cine. Basta ya de estos reduccionismos absurdos e indignantes”.

La tradicional falta de voluntad política (o ¿quizás es incapacidad?) de los responsables culturales de este país tiene mucho que ver con el momento que vive la industria. Solo hay que mirar ejemplos como el de Francia, “que nos saca 35 años de ventaja”. Allí, continua Jordana, son 20.000 los cortometrajes catalogados, protegidos, promocionados internacionalmente y distribuidos en bibliotecas y colegios a través del Instituto Francés.

Pero los franceses no cuentan con algo tan español como “nuestra genuina capacidad de improvisación”. Jordana apela a ella: “Saquémosla partido. Utilicemos ese potencial, generemos una industria competitiva a nivel mundial, busquemos ventajas tangenciales: desde la educación de niños y adultos, hasta el entretenimiento en los nuevos soportes y los nuevos canales. Estamos viviendo una revolución en los hábitos de consumo, el formato corto tiene mucho que decir ahí y nosotros tenemos una posición de privilegio”. Y, no, no se trata tanto de recibir subvenciones ni inversiones salvajes, sino más bien de organizarse y gestionar las cosas racionalmente y con eficacia, remata Jordana..

Un primer paso necesario, en este sentido, sería conseguir el reconocimiento que el corto se merece. En este sentido, los primeros que tienen que valorar su trabajo son los propios creadores. “Aquí chocamos con una realidad compleja en la que no hay una fórmula claramente correcta que sirva para todos. El creador de un cortometraje desea que su obra sea vista. Por supuesto, necesita recuperar su inversión económica, pero muchas veces le puede el ansia de compartir su obra, de llegar a su público”.

Más allá del evento, Jordana confía en que la industria sabrá encontrar en breve la fórmula que logre el equilibrio entre “la oferta gratuita y el pago por visión a posteriori”. Y por si alguien quiere oírla, ahí deja su opinión al respecto: “Lo lógico sería que los contenidos resulten baratísimos para el espectador dada la gran oferta, pero el pago siempre debería llevar implícita una cantidad para el creador, cosa que con las tarifas planas no ocurre o llegan cantidades irrisorias”.

Jordana cree que la tecnología puede hacer mucho al respecto: “Nos permite repartir. Para el creador es mucho más interesante 1 céntimo de 1 millón de personas que 1 euro de unos pocos miles”. A su modo de ver, otro gran beneficiado de este tipo de fórmula sería el propio espectador.

¿Y por qué entonces no se está aplicando ya? “Esta vía no interesa a todos los intermediarios que han conseguido perpetuarse ahí, a base de que los contenidos sean caros para el espectador mientras que al creador/productor de los contenidos no le llega casi nada. Mientras tanto, esos intermediarios y los piratas campean a sus anchas dificultando que el dinero vaya desde el que paga hasta el que fabrica. Es absurdo. Tendría sentido hace unos siglos, pero hoy en día no se sostiene. A la gente no le importa pagar un precio razonable, lo que le molesta es que le tomen el pelo. Y hay mucho de esto en el sistema actual”.

Quizá sea esa una de las razones por las que un día la gran mayoría del público se alejó de los cortos. Aunque Jordana también detecta otras. Entre ellas, el boom de YouTube: “Este tipo de plataformas han hecho mucho daño en el sentido de que cualquier vídeo de 10 minutos pueda ser considerado un cortometraje. Producir una película es algo serio, que nace de una voluntad de contar, a veces de experimentar, siempre de crear”.

Es entonces cuando Jordana vuelve a insistir sobre la necesidad de sensibilizar al público a distinguir entre “vídeos de gatitos y un corto”. Una labor de pedagogía que no vendría mal, en su opinión, aplicarla también a ciertos profesionales del mundo del cine.

En ese punto, Ana Espejo, colaboradora del evento desde Satellite para marketing y patrocinios, inicia un pequeño debate. Comparte la opinión de Jordana sobre la labor pedagógica que requiere el mundo del cortometraje, pero no cree que la culpa sea de la tecnología: “Creo que YouTube no es responsable de los prejuicios o desconocimiento hacia el corto, eso es como matar al mensajero. Es un problema cultural que apunta más, en mi modesta opinión de espectadora, a los organismos culturales”.

Espejo se remonta a aquellos tiempos en los que se proyectaban cortos antes de los pases de las películas “y era genial, un extra que te llevabas de regalo por el mismo precio de la entrada. En vez de consolidarse como una tradición que habría ayudado mucho al corto, pero también al conocimiento, difusión y apreciación del cine español, ese apoyo dejó de darse y el corto se vio relegado de las salas de cine convencionales, que eran su principal escaparate para un público mayoritario”.

Fue, entonces, cuando el corto entró en el ostracismo. Sin apoyo a la proyección y difusión, se vio relegado a salas minoritarias y comenzó a ser percibido como una actividad menor. “Creo que en la falta de apoyo a la visibilidad del corto es donde hay que buscar las razones, porque si no hay tradición de ver cortos de calidad en salas y su presencia constante está perdida en el maremagnum de contenidos audiovisuales de todo tipo, esa calidad del corto español se diluye, no se percibe”.

Y precisamente esa es la labor que está llamada a acomerter el Día más Corto, porque, concluye Espejo, “acerca los cortos al público, pero también selecciona cortos para asegurar a la gente que lo que va a ver tiene calidad”.

Otra vez la cantidad ganó a la calidad. Los minutos de metraje se impusieron y las películas de larga duración se comieron al pez (en este caso, cinta) chico. El cortometraje se convertía en algo minoritario, a la espera de que alguien le volviese a recuperar para el gran público. Y parece que ese momento ya ha llegado.

Ocurrió hace un par de años en Francia con El Día más Corto, un proyecto que se propuso volver a popularizar el cortometraje. “Fue una idea de la Agencia del Cortometraje Francés”, señala Pepe Jordana. En aquella ocasión, más de dos millones y medios de espectadores de todo el mundo siguieron el certamen. “Tú podías apuntarte y los organizadores te enviaban una caja con 250 DVD sin costes”.

La idea se desarrolló en Alemania un año después, aunque de forma un tanto distinta a la francesa. “Se creó un canal web desde el que distribuidoras de cortos ofrecían diferentes programas, unos gratis y otros no, dependiendo del soporte, el espacio del evento y demás”. Pese a las diferencias, la versión alemana de El Día Más Corto consiguió también una exitosa acogida: 175 proyecciones en 35 ciudades diferentes.

En 2013, se sumaron aún más países. Incluso cruzó el océano y llegó a Canadá. España tampoco ha querido quedarse fuera de la celebración y tendrá su primera edición de El Día Más Corto  en pleno solsticio de invierno, esto es, el 21 de diciembre.

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Pepe Jordana es el coordinador general de la Coordinadora del Cortometraje Español (“el coordinador que lo coordine buen coordinador será, jaja”), que es quien lo organiza. Lo interesante, según cuenta, es la “espontánea y colaborativa” naturaleza del evento: “No hay reglas, no hay una organización supranacional, todos aportamos ideas y nos ayudamos”.

El capítulo español de El Día más Corto se plantea como un evento abierto, a escala nacional, en el que pueden participar tanto entidades públicas o privadas, agentes de la gestión cultural y, sobre todo, ciudadanos. A estos se les ofrece la posibilidad de convertirse en organizadores de un festival de cortos para sus familiares y amigos.

Para ello disponen de un completo contenedor de cortometrajes en la propia web de El Día Más Corto donde podrán hacer su selección. Porque, aunque el festival cuenta con grandes eventos como punto de partida, es a la iniciativa particular, privada o institucional, a la que se confía la tarea de hacer realidad la razón de ser de El Día Más Corto: que los cortometrajes se proyecten en cualquier calle, plaza, colegio, museo, casa particular, comercio, bar, de cualquier pueblo o ciudad de España.

Falta poco más de una semana para la celebración y Jordana asegura que la respuesta que están obteniendo es muy positiva, tanto entre los organizadores como entre los creadores. “Todo el mundo con el que hemos contactado se ha subido al tren a la primera. La idea original es maravillosa. Se trata de una iniciativa de carácter cultural y festivo, con contenidos de primer orden, que apuesta por la participación ciudadana, por responsabilizar al individuo, buscando su implicación en la autogestión a nivel local. Al mismo tiempo, ofrece apoyo a los nuevos valores, que son quienes nutren fundamentalmente el cortometraje (aunque no solo ellos)”.

De ahí que los creadores también hayan aplaudido la iniciativa de la Coordinadora del Cortometraje Español. Según Jordana, son más de un centenar los cortometrajes licenciados, los cuales, asegura, “tocan todos los ámbitos y acumulan miles de premios internacionales, goyas, nominaciones a los Óscar…”

Algo que no extraña a los organizadores del evento dada la calidad de la industria del corto en España según el impulsor de la iniciativa. “Deberíamos estar tan orgullosos de nuestros cortometrajistas como de nuestra selección nacional de fútbol o más”. Dice Pepe sin tapujos, para seguir esgrimiendo argumentos a favor de sus colegas: “Es un sector impresionante que no se ha parado a pesar de la crisis. Porque recordemos que se mueve principalmente por la inversión privada, particular, de los propios creadores. Hay muchas ayudas públicas (decreciendo, claro), pero son un porcentaje irrisorio del total de la inversión particular”.

De hecho, asegura que los cortometrajistas “son los verdaderos emprendedores de este país”, capaces de invertir sus ahorros y los de su familia en una obra de creación artística que da trabajo a más personas. «Desgraciadamente esto no se percibe así. Por eso creamos la Coordinadora, para gritar a los cuatro vientos los 5000 premios internacionales de los últimos años (no los regalan, en Sundance o Clermon Ferrand llegan 10.000 cortos cada año y ganar un premio ahí no es tontería), para que todo el mundo sepa que el cortometraje más visto de la historia de internet es español (107 millones de views) y que el concurso mundial de cortos de YouTube en 2012 lo ganó un español”.

A medida que repasa los logros del corto en nuestro país, Jordana se va encendiendo. “El discurso de los paniaguados y las subvenciones es absurdo. Todos los sectores industriales reciben apoyo del Estado, mucho más que el del cine. Basta ya de estos reduccionismos absurdos e indignantes”.

La tradicional falta de voluntad política (o ¿quizás es incapacidad?) de los responsables culturales de este país tiene mucho que ver con el momento que vive la industria. Solo hay que mirar ejemplos como el de Francia, “que nos saca 35 años de ventaja”. Allí, continua Jordana, son 20.000 los cortometrajes catalogados, protegidos, promocionados internacionalmente y distribuidos en bibliotecas y colegios a través del Instituto Francés.

Pero los franceses no cuentan con algo tan español como “nuestra genuina capacidad de improvisación”. Jordana apela a ella: “Saquémosla partido. Utilicemos ese potencial, generemos una industria competitiva a nivel mundial, busquemos ventajas tangenciales: desde la educación de niños y adultos, hasta el entretenimiento en los nuevos soportes y los nuevos canales. Estamos viviendo una revolución en los hábitos de consumo, el formato corto tiene mucho que decir ahí y nosotros tenemos una posición de privilegio”. Y, no, no se trata tanto de recibir subvenciones ni inversiones salvajes, sino más bien de organizarse y gestionar las cosas racionalmente y con eficacia, remata Jordana..

Un primer paso necesario, en este sentido, sería conseguir el reconocimiento que el corto se merece. En este sentido, los primeros que tienen que valorar su trabajo son los propios creadores. “Aquí chocamos con una realidad compleja en la que no hay una fórmula claramente correcta que sirva para todos. El creador de un cortometraje desea que su obra sea vista. Por supuesto, necesita recuperar su inversión económica, pero muchas veces le puede el ansia de compartir su obra, de llegar a su público”.

Más allá del evento, Jordana confía en que la industria sabrá encontrar en breve la fórmula que logre el equilibrio entre “la oferta gratuita y el pago por visión a posteriori”. Y por si alguien quiere oírla, ahí deja su opinión al respecto: “Lo lógico sería que los contenidos resulten baratísimos para el espectador dada la gran oferta, pero el pago siempre debería llevar implícita una cantidad para el creador, cosa que con las tarifas planas no ocurre o llegan cantidades irrisorias”.

Jordana cree que la tecnología puede hacer mucho al respecto: “Nos permite repartir. Para el creador es mucho más interesante 1 céntimo de 1 millón de personas que 1 euro de unos pocos miles”. A su modo de ver, otro gran beneficiado de este tipo de fórmula sería el propio espectador.

¿Y por qué entonces no se está aplicando ya? “Esta vía no interesa a todos los intermediarios que han conseguido perpetuarse ahí, a base de que los contenidos sean caros para el espectador mientras que al creador/productor de los contenidos no le llega casi nada. Mientras tanto, esos intermediarios y los piratas campean a sus anchas dificultando que el dinero vaya desde el que paga hasta el que fabrica. Es absurdo. Tendría sentido hace unos siglos, pero hoy en día no se sostiene. A la gente no le importa pagar un precio razonable, lo que le molesta es que le tomen el pelo. Y hay mucho de esto en el sistema actual”.

Quizá sea esa una de las razones por las que un día la gran mayoría del público se alejó de los cortos. Aunque Jordana también detecta otras. Entre ellas, el boom de YouTube: “Este tipo de plataformas han hecho mucho daño en el sentido de que cualquier vídeo de 10 minutos pueda ser considerado un cortometraje. Producir una película es algo serio, que nace de una voluntad de contar, a veces de experimentar, siempre de crear”.

Es entonces cuando Jordana vuelve a insistir sobre la necesidad de sensibilizar al público a distinguir entre “vídeos de gatitos y un corto”. Una labor de pedagogía que no vendría mal, en su opinión, aplicarla también a ciertos profesionales del mundo del cine.

En ese punto, Ana Espejo, colaboradora del evento desde Satellite para marketing y patrocinios, inicia un pequeño debate. Comparte la opinión de Jordana sobre la labor pedagógica que requiere el mundo del cortometraje, pero no cree que la culpa sea de la tecnología: “Creo que YouTube no es responsable de los prejuicios o desconocimiento hacia el corto, eso es como matar al mensajero. Es un problema cultural que apunta más, en mi modesta opinión de espectadora, a los organismos culturales”.

Espejo se remonta a aquellos tiempos en los que se proyectaban cortos antes de los pases de las películas “y era genial, un extra que te llevabas de regalo por el mismo precio de la entrada. En vez de consolidarse como una tradición que habría ayudado mucho al corto, pero también al conocimiento, difusión y apreciación del cine español, ese apoyo dejó de darse y el corto se vio relegado de las salas de cine convencionales, que eran su principal escaparate para un público mayoritario”.

Fue, entonces, cuando el corto entró en el ostracismo. Sin apoyo a la proyección y difusión, se vio relegado a salas minoritarias y comenzó a ser percibido como una actividad menor. “Creo que en la falta de apoyo a la visibilidad del corto es donde hay que buscar las razones, porque si no hay tradición de ver cortos de calidad en salas y su presencia constante está perdida en el maremagnum de contenidos audiovisuales de todo tipo, esa calidad del corto español se diluye, no se percibe”.

Y precisamente esa es la labor que está llamada a acomerter el Día más Corto, porque, concluye Espejo, “acerca los cortos al público, pero también selecciona cortos para asegurar a la gente que lo que va a ver tiene calidad”.

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