22 de febrero 2016    /   IDEAS
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¿Le gustaría a mi yo del pasado mi yo actual?

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De todos es sabido que, cuando uno está a punto de morir, su vida discurre ante sus ojos como en una película; pero también es conocido que eso es una mentira piadosa. Cuando se está en ese trance, lo único que se pretende es no fenecer. Y se fracasa por última vez en la vida.

Hay una diacronía casi insultante entre lo que somos y lo que quisimos ser, y esa brecha que se abre entre ambas entidades crece con el paso del tiempo, aunque también se acrecienta la sabiduría que nos sugiere que quizá no es tan malo no ser aquello en lo que soñábamos convertirnos cuando las hormonas de la adolescencia cegaban nuestro entendimiento.

En El lobo estepario, Herman Hesse nos enfrenta a un episodio que todos hemos imaginado alguna vez. ¿Qué pasaría si todas aquellas personas a las que amamos o deseamos sin ser correspondidos, sin ser siquiera detectados fueran nuestras? En ese «teatro mágico» que es un pasillo negro con puertas que conducen a enmendar el pasado, el protagonista, Harry Haller, nos demuestra que tampoco era para tanto. El tiempo magnifica los recuerdos, sobre todo si son memorias de derrota. De manera simétrica, los grandes logros se empequeñecen con el discurrir de las décadas y el hambre voraz e insaciable del calendario por engullir nuevas fechas termina difuminando cualquier grandeza pasada.

En mi caso, no tengo junto a mí al Antonio Dyaz que se cortó el pelo cuando sus padres se lo rogaron, ni al que eligió seguir escribiendo código para alimentar el alma de silicio de los ordenadores mediante el Basic, el Cobol y otros lenguajes arcanos, ni el que amó y honró a su primera esposa hasta el fin de sus días y fundó una familia dichosa. Ni el que triunfó como escritor ni el que logró rodar el largometraje perfecto. Sin embargo, de todas esas bifurcaciones, nunca olvidaré a aquella chica pelirroja de San Francisco con quien vivía en Mission Street. Se llamaba Victoria Mayer y me lo ofreció todo. Y yo lo rechacé.

No puedo preguntar al otro Dyaz qué sensaciones tuvo al elegir esos otros caminos ni si le fue bien o le fue mal, pues no está junto a mí. Tampoco estoy seguro de que nos fuéramos a llevar bien.

Pero él tampoco me tiene a mí a su lado para interrogarme. No sabe lo orgulloso que estoy de mi melena, lo mucho que me aburría seguir escribiendo programas informáticos y lo insoportable que fue mi matrimonio. Tampoco comprende que no he renunciado a crear esa novela perfecta o esa película ideal. Respecto a Victoria, lo cierto es que todavía sueño con ella a veces.

Así pues, la próxima vez que usted se cuestione si su vida ha tenido sentido o si se parece a quien anhelaba ser, recuerde que es una pregunta, como tantas otras, que carece de respuesta. Y menos mal.

 

De todos es sabido que, cuando uno está a punto de morir, su vida discurre ante sus ojos como en una película; pero también es conocido que eso es una mentira piadosa. Cuando se está en ese trance, lo único que se pretende es no fenecer. Y se fracasa por última vez en la vida.

Hay una diacronía casi insultante entre lo que somos y lo que quisimos ser, y esa brecha que se abre entre ambas entidades crece con el paso del tiempo, aunque también se acrecienta la sabiduría que nos sugiere que quizá no es tan malo no ser aquello en lo que soñábamos convertirnos cuando las hormonas de la adolescencia cegaban nuestro entendimiento.

En El lobo estepario, Herman Hesse nos enfrenta a un episodio que todos hemos imaginado alguna vez. ¿Qué pasaría si todas aquellas personas a las que amamos o deseamos sin ser correspondidos, sin ser siquiera detectados fueran nuestras? En ese «teatro mágico» que es un pasillo negro con puertas que conducen a enmendar el pasado, el protagonista, Harry Haller, nos demuestra que tampoco era para tanto. El tiempo magnifica los recuerdos, sobre todo si son memorias de derrota. De manera simétrica, los grandes logros se empequeñecen con el discurrir de las décadas y el hambre voraz e insaciable del calendario por engullir nuevas fechas termina difuminando cualquier grandeza pasada.

En mi caso, no tengo junto a mí al Antonio Dyaz que se cortó el pelo cuando sus padres se lo rogaron, ni al que eligió seguir escribiendo código para alimentar el alma de silicio de los ordenadores mediante el Basic, el Cobol y otros lenguajes arcanos, ni el que amó y honró a su primera esposa hasta el fin de sus días y fundó una familia dichosa. Ni el que triunfó como escritor ni el que logró rodar el largometraje perfecto. Sin embargo, de todas esas bifurcaciones, nunca olvidaré a aquella chica pelirroja de San Francisco con quien vivía en Mission Street. Se llamaba Victoria Mayer y me lo ofreció todo. Y yo lo rechacé.

No puedo preguntar al otro Dyaz qué sensaciones tuvo al elegir esos otros caminos ni si le fue bien o le fue mal, pues no está junto a mí. Tampoco estoy seguro de que nos fuéramos a llevar bien.

Pero él tampoco me tiene a mí a su lado para interrogarme. No sabe lo orgulloso que estoy de mi melena, lo mucho que me aburría seguir escribiendo programas informáticos y lo insoportable que fue mi matrimonio. Tampoco comprende que no he renunciado a crear esa novela perfecta o esa película ideal. Respecto a Victoria, lo cierto es que todavía sueño con ella a veces.

Así pues, la próxima vez que usted se cuestione si su vida ha tenido sentido o si se parece a quien anhelaba ser, recuerde que es una pregunta, como tantas otras, que carece de respuesta. Y menos mal.

 

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