23 de febrero 2015    /   CREATIVIDAD
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Yeyei Gómez dibuja con los puños

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De niña, Yeyei Gómez visitaba más los museos que los parques. Sus padres eran artistas y se movían en el alocado y bohemio ambiente un Madrid que aún se estaba recuperando de la resaca de la movida. Pintores, escultores y autores de las más diversas disciplinas pasaron por su vida en la edad en la que somos maleables y plásticos, en los años en los que tomamos forma en las manos de otras personas. Puede que el destino de esta artista estuviera escrito, quizá dibujado, desde antes de que esta pudiera siquiera sostener un lápiz.
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Yeyei Gómez es ilustradora por vocación y por herencia, pero sobre todo por convicción. Esta madrileña crea ilustraciones de trazos suaves y mensajes contundentes que ya se han convertido en carcasas de móviles, en papel de pared y en anuncios de grandes cadenas textiles, en una tendencia comercial de la que no reniega pero que no la define como creadora. Tiene Gómez un discurso coherente y formado, elevado quizá para los 21 años que figuran en su carnet de identidad. Puede que fueran sus precoces visitas a los museos las que formaran a la Yeyei artista antes de tiempo, puede que sean los desvaríos políticos del tiempo convulso que le ha tocado vivir. El caso es que el discurso de esta madrileña divaga entre la crítica social y política, el simbolismo y los sentimientos con una madurez que contradice a su partida de nacimiento.
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«Antes que un adorno, el arte es un medio y una herramienta de expresión, y rechazar y despreciar esa capacidad agitadora del arte no hace más que situarlo del lado del poder», asegura contundente Yeyei sobre una de sus obras más sonadas, la crítica Naufragio Universal. Televisores de plasma retransmiten mentiras sin derecho a réplica, las vallas se alzan en fronteras y a las puertas del Congreso, el circo sigue y el pan escasea. La oposición a una realidad gris se plasma en colores cálidos en las ilustraciones de Yeyei que se desnudan de artificios y adoptan en esta serie una estética simple y directa.
«Creo que los diferentes temas requieren tratamientos distintos», aclara. «Cuando hablo sobre sociedad y política, no soy tan críptica como en mis fotografías o retratos porque lo que pretendo es mostrar una idea más o menos concreta de la forma más directa posible». Yeyei no se anda con rodeos y cada uno de sus dibujos se conforma como un puñetazo a la realidad edulcorada que venden los políticos en un ejercicio de dialéctica pugilística a trazos.
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Yeyei Gómez, peso pluma, sube al ring suelta y flexible. Sin amagar lanza un derechazo a las ruedas de prensa. Pum. La madrileña se agacha, retrocede y eyecta un gancho directo a la mandíbula del Congreso. Casi se puede oír como crujen los gastados huesos de la democracia. Un crack sordo, un crujir susurrado. Yeyei encaja un crochet corto y exacto, con precisión cirujana, y acierta en la brutalidad de los antidisturbios. Zas. Tiene a su adversario contra las cuerdas.
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Cuando Yeyei se cansa de batallar contra enemigos invisibles se viste de joven enamoradiza y soñadora. Cultiva una estética más abigarrada y detallista, donde los trazos cortos se amontonan como patitas de mosca hasta formar dibujos preciosistas que entroncan con una sensibilidad vagamente femenina. Cuando el reportero le pregunta por esta ilustración íntima, por esta fiebre de lo cuqui que tan bien representan ilustradoras españolas como Paula Bonet o Lady Desidia, pincha hueso.
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«Esa estética no debería asociarse únicamente a ilustradoras», defiende. «Ni lo cursi es exclusivo de lo femenino ni lo agresivo es patrimonio de lo masculino», concluye esta madrileña, feminista por convicción, casi por obligación.
«No puedo no considerarme feminista, más aún en este campo que tan injustamente nos ha tratado. Si la mujer hoy es sujeto activo de la obra artística y no solo objeto es gracias a las feministas», comenta con convicción. Gracias a las mujeres que la precedieron, las mismas que la acompañaron a museos cuando los chicos de su edad jugaban en parques. Y gracias a sus sucesoras, ilustradoras con la sensibilidad de princesas soñadoras y el gancho de boxeadores curtidos en mil batallas.
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De niña, Yeyei Gómez visitaba más los museos que los parques. Sus padres eran artistas y se movían en el alocado y bohemio ambiente un Madrid que aún se estaba recuperando de la resaca de la movida. Pintores, escultores y autores de las más diversas disciplinas pasaron por su vida en la edad en la que somos maleables y plásticos, en los años en los que tomamos forma en las manos de otras personas. Puede que el destino de esta artista estuviera escrito, quizá dibujado, desde antes de que esta pudiera siquiera sostener un lápiz.
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Yeyei Gómez es ilustradora por vocación y por herencia, pero sobre todo por convicción. Esta madrileña crea ilustraciones de trazos suaves y mensajes contundentes que ya se han convertido en carcasas de móviles, en papel de pared y en anuncios de grandes cadenas textiles, en una tendencia comercial de la que no reniega pero que no la define como creadora. Tiene Gómez un discurso coherente y formado, elevado quizá para los 21 años que figuran en su carnet de identidad. Puede que fueran sus precoces visitas a los museos las que formaran a la Yeyei artista antes de tiempo, puede que sean los desvaríos políticos del tiempo convulso que le ha tocado vivir. El caso es que el discurso de esta madrileña divaga entre la crítica social y política, el simbolismo y los sentimientos con una madurez que contradice a su partida de nacimiento.
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«Antes que un adorno, el arte es un medio y una herramienta de expresión, y rechazar y despreciar esa capacidad agitadora del arte no hace más que situarlo del lado del poder», asegura contundente Yeyei sobre una de sus obras más sonadas, la crítica Naufragio Universal. Televisores de plasma retransmiten mentiras sin derecho a réplica, las vallas se alzan en fronteras y a las puertas del Congreso, el circo sigue y el pan escasea. La oposición a una realidad gris se plasma en colores cálidos en las ilustraciones de Yeyei que se desnudan de artificios y adoptan en esta serie una estética simple y directa.
«Creo que los diferentes temas requieren tratamientos distintos», aclara. «Cuando hablo sobre sociedad y política, no soy tan críptica como en mis fotografías o retratos porque lo que pretendo es mostrar una idea más o menos concreta de la forma más directa posible». Yeyei no se anda con rodeos y cada uno de sus dibujos se conforma como un puñetazo a la realidad edulcorada que venden los políticos en un ejercicio de dialéctica pugilística a trazos.
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Yeyei Gómez, peso pluma, sube al ring suelta y flexible. Sin amagar lanza un derechazo a las ruedas de prensa. Pum. La madrileña se agacha, retrocede y eyecta un gancho directo a la mandíbula del Congreso. Casi se puede oír como crujen los gastados huesos de la democracia. Un crack sordo, un crujir susurrado. Yeyei encaja un crochet corto y exacto, con precisión cirujana, y acierta en la brutalidad de los antidisturbios. Zas. Tiene a su adversario contra las cuerdas.
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Cuando Yeyei se cansa de batallar contra enemigos invisibles se viste de joven enamoradiza y soñadora. Cultiva una estética más abigarrada y detallista, donde los trazos cortos se amontonan como patitas de mosca hasta formar dibujos preciosistas que entroncan con una sensibilidad vagamente femenina. Cuando el reportero le pregunta por esta ilustración íntima, por esta fiebre de lo cuqui que tan bien representan ilustradoras españolas como Paula Bonet o Lady Desidia, pincha hueso.
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«Esa estética no debería asociarse únicamente a ilustradoras», defiende. «Ni lo cursi es exclusivo de lo femenino ni lo agresivo es patrimonio de lo masculino», concluye esta madrileña, feminista por convicción, casi por obligación.
«No puedo no considerarme feminista, más aún en este campo que tan injustamente nos ha tratado. Si la mujer hoy es sujeto activo de la obra artística y no solo objeto es gracias a las feministas», comenta con convicción. Gracias a las mujeres que la precedieron, las mismas que la acompañaron a museos cuando los chicos de su edad jugaban en parques. Y gracias a sus sucesoras, ilustradoras con la sensibilidad de princesas soñadoras y el gancho de boxeadores curtidos en mil batallas.
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