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24 de noviembre 2017    /   ENTRETENIMIENTO
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Diccionario del cliché: un glosario para descubrir si repites palabras como un loro

24 de noviembre 2017    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Pela el tímpano oír hablar de otro «marco incomparable». Despelleja el oído escuchar, una vez más, «como no podía ser de otra manera». Los clichés son palabras y expresiones con efecto pegatina que se adhieren a todas las conversaciones «sí o sí». Las frases hechas se acumulan en los carrillos, como la comida de un hámster, y ahí aguardan, alerta, a la espera de un momento de pereza mental del hablante para «resolverle la papeleta». Porque es más cómodo tirar de lo aprendido que «ponerse las pilas» y buscar nuevas formas de explicar las cosas.

Pero hubo un hombre en Elche que pensó que, ya que el lenguaje tiene clichés «a base de bien», se podría crear un diccionario que los identificara y los agrupara «a buen recaudo». José A. García Avilés, profesor de Teoría de la Comunicación en la Facultad de Periodismo de la Universidad Miguel Hernández de Elche, propuso a sus alumnos crear una plataforma digital para reunir estos lugares comunes y ellos «cogieron la idea al vuelo».

A principios de octubre el profesor y 30 estudiantes empezaron a «poner la oreja» para descubrir los clichés más habituales y crear el Diccionario del cliché. José A. García Avilés pretendía «matar dos pájaros de un tiro» y en ese único disparo, enseñar a sus alumnos que «debemos ser exquisitos con el uso de las palabras» y, a la vez, animarlos a crear sus propios proyectos.

El académico no quería que el equipo lo hiciera «a calzón quitado». Prefirió tomarse seis semanas de «arduo trabajo» para buscar frases y voces manidas «hasta decir basta». Y además de sus alumnos, contó con la «colaboración inestimable» de dos personas: una mujer «entregada a la causa» («Mi madre es la fan número uno de este proyecto. Ella ha recopilado en una libretilla 500 clichés», cuenta el docente) y el profesor Miguel Carvajal («a él se le ocurrió enlazar cada expresión con su búsqueda en Google»).

Esos 500 de la libretilla forman parte de las más de 3.500 entradas con las que acaban de publicar en la red el Diccionario del cliché, aún en fase beta y con esta «carta de presentación»: «Vivimos huérfanos de palabras al tiempo que estamos saturados de tanta palabrería. Sentimos que nos faltan determinados vocablos mientras abundan los charlatanes de perorata cansina e insulto fácil».

Pero José A. García Avilés piensa que «las cosas no son ni blancas ni negras». «Yo soy partidario de no defenestrar los clichés porque son un arma de doble filo», dice. «Si uno vive asentado en los clichés, su lenguaje será manido y no tendrá ninguna originalidad. Pero los clichés también funcionan como atajos y explican las cosas de forma muy gráfica para que todo el mundo las entienda. Funcionan como una herramienta que conecta a las personas. Lo que hay que hacer es no abusar de ellos».

Mientras trabajaban «a brazo partido» en el diccionario, descubrieron que el campo y el mar han dado cientos de clichés al lenguaje. De la navegación vienen muchas expresiones que han dejado su significado original para convertirse en muletillas aplicables a cualquier situación: «a toda máquina», «a palo seco», «dar un golpe de timón», «de cabo a rabo», «en la cuerda floja». También del campo y la siembra: «de higos a brevas», «meterse en la boca del lobo», «de aquellos barros, estos lodos», «estar en el fango», «la alegría de la huerta».

La religión pesa en los dichos: «llorar como una magdalena», «todo Dios», «estar en misa y repicando», «estar dejado de la mano de Dios». Y el boxeo: «dejarlo KO», «fuera de combate», «tirar la toalla».

En este diccionario, los refranes, las expresiones soeces, la jerga juvenil y los localismos «brillan por su ausencia». Al hacer la selección se aseguraron de prescindir de ellos porque no tienen nada que ver con un cliché. Lo que les interesa es detectar los lugares comunes que tantas veces se pronuncian y tan pocas veces «se cae en la cuenta» de que se repiten «todo el santo día».

Aunque José A. García Avilés insiste en que utilizar clichés no supone «venir siempre con la misma cantinela». «Algunos están muy manidos pero hay otros que sería una pena perder, como, por ejemplo, “el baile de San Vito” o “ser un adefesio”».

Apenas dos días después de lanzar este diccionario, los profesores García Avilés y Carvajal «vuelven a la carga». Mientras perfeccionan la plataforma con nuevos lugares comunes que les proponen los usuarios, trabajan ya en «crear una especie de detector de clichés para que, al pasarlo por un texto, los señale en rojo». Eso «y lo que te rondaré, morena».

Pela el tímpano oír hablar de otro «marco incomparable». Despelleja el oído escuchar, una vez más, «como no podía ser de otra manera». Los clichés son palabras y expresiones con efecto pegatina que se adhieren a todas las conversaciones «sí o sí». Las frases hechas se acumulan en los carrillos, como la comida de un hámster, y ahí aguardan, alerta, a la espera de un momento de pereza mental del hablante para «resolverle la papeleta». Porque es más cómodo tirar de lo aprendido que «ponerse las pilas» y buscar nuevas formas de explicar las cosas.

Pero hubo un hombre en Elche que pensó que, ya que el lenguaje tiene clichés «a base de bien», se podría crear un diccionario que los identificara y los agrupara «a buen recaudo». José A. García Avilés, profesor de Teoría de la Comunicación en la Facultad de Periodismo de la Universidad Miguel Hernández de Elche, propuso a sus alumnos crear una plataforma digital para reunir estos lugares comunes y ellos «cogieron la idea al vuelo».

A principios de octubre el profesor y 30 estudiantes empezaron a «poner la oreja» para descubrir los clichés más habituales y crear el Diccionario del cliché. José A. García Avilés pretendía «matar dos pájaros de un tiro» y en ese único disparo, enseñar a sus alumnos que «debemos ser exquisitos con el uso de las palabras» y, a la vez, animarlos a crear sus propios proyectos.

El académico no quería que el equipo lo hiciera «a calzón quitado». Prefirió tomarse seis semanas de «arduo trabajo» para buscar frases y voces manidas «hasta decir basta». Y además de sus alumnos, contó con la «colaboración inestimable» de dos personas: una mujer «entregada a la causa» («Mi madre es la fan número uno de este proyecto. Ella ha recopilado en una libretilla 500 clichés», cuenta el docente) y el profesor Miguel Carvajal («a él se le ocurrió enlazar cada expresión con su búsqueda en Google»).

Esos 500 de la libretilla forman parte de las más de 3.500 entradas con las que acaban de publicar en la red el Diccionario del cliché, aún en fase beta y con esta «carta de presentación»: «Vivimos huérfanos de palabras al tiempo que estamos saturados de tanta palabrería. Sentimos que nos faltan determinados vocablos mientras abundan los charlatanes de perorata cansina e insulto fácil».

Pero José A. García Avilés piensa que «las cosas no son ni blancas ni negras». «Yo soy partidario de no defenestrar los clichés porque son un arma de doble filo», dice. «Si uno vive asentado en los clichés, su lenguaje será manido y no tendrá ninguna originalidad. Pero los clichés también funcionan como atajos y explican las cosas de forma muy gráfica para que todo el mundo las entienda. Funcionan como una herramienta que conecta a las personas. Lo que hay que hacer es no abusar de ellos».

Mientras trabajaban «a brazo partido» en el diccionario, descubrieron que el campo y el mar han dado cientos de clichés al lenguaje. De la navegación vienen muchas expresiones que han dejado su significado original para convertirse en muletillas aplicables a cualquier situación: «a toda máquina», «a palo seco», «dar un golpe de timón», «de cabo a rabo», «en la cuerda floja». También del campo y la siembra: «de higos a brevas», «meterse en la boca del lobo», «de aquellos barros, estos lodos», «estar en el fango», «la alegría de la huerta».

La religión pesa en los dichos: «llorar como una magdalena», «todo Dios», «estar en misa y repicando», «estar dejado de la mano de Dios». Y el boxeo: «dejarlo KO», «fuera de combate», «tirar la toalla».

En este diccionario, los refranes, las expresiones soeces, la jerga juvenil y los localismos «brillan por su ausencia». Al hacer la selección se aseguraron de prescindir de ellos porque no tienen nada que ver con un cliché. Lo que les interesa es detectar los lugares comunes que tantas veces se pronuncian y tan pocas veces «se cae en la cuenta» de que se repiten «todo el santo día».

Aunque José A. García Avilés insiste en que utilizar clichés no supone «venir siempre con la misma cantinela». «Algunos están muy manidos pero hay otros que sería una pena perder, como, por ejemplo, “el baile de San Vito” o “ser un adefesio”».

Apenas dos días después de lanzar este diccionario, los profesores García Avilés y Carvajal «vuelven a la carga». Mientras perfeccionan la plataforma con nuevos lugares comunes que les proponen los usuarios, trabajan ya en «crear una especie de detector de clichés para que, al pasarlo por un texto, los señale en rojo». Eso «y lo que te rondaré, morena».

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Opiniones 4
  • ¿No son esas «frases hechas» o «locuciones»? Para mí un cliché es una frase hecha que se repite por fórmula: «no somos nada», «el hombre es el lobo del hombre», «el amor todo lo puede», «Dios proveerá». ¿Me equivoco?

  • En los últimos años de ha puesto de moda la horrible expresión (catalizante o argentinizante) siguiente:
    HAN HABIDO …. (conversaciones, manifestaciones, discusiones,…). Esta expresión se oye constantemente en radio y televisión. ¿Podrían hacer algo por llamar la atención sobre esta expresión a los medios y/o profesionales correspondientes?. Gracias.

  • El problema no son los clichés en sí, me parece, sino su repetición, y especialmente el uso «sin venir a cuento» (uf, ya he caído). Algunos siguen teniendo fuerza expresiva y habría que ver con qué los sustituimos. Por ejemplo: una mujer «comprometida con la causa» o «dedicada», ¿valdría tanto como «entregada»? Insistir, repetir el intento, ¿sería como «volver a la carga»? Es cosa de gustos.
    Luego están las fórmulas impostadas, a medio camino del ridículo. Rajoy, su marisabia vicepresidenta o algún ministro o líder de la oposición harán «lo que estimen oportuno y conveniente». Para ello, «procederán» a establecer «hojas de ruta» que creen los «escenarios» adecuados y fijen unas «líneas rojas» para un debate sereno y constructivo.
    Pero hay un campo semántico que es como un agujero negro, una maldición verbal, un tóxico contagioso: el protagonista. Según los medios, hay protagonistas o protagonismo por todas partes: el hombre del tiempo nos dice que la lluvia será la p. en el norte; el de los deportes, que el baloncesto; y en política no hay ni que decirlo: todos son p. Y el problema es que donde se postulan muchos protagonistas no hay ninguno. La abundancia se convierte en miseria y el lenguaje mostrenco refleja una sociedad mentalmente plana y desorientada.

  • Hola, no sé si lo habrán tenido en cuenta, pero hay un cliché que es insufrible y que utiliza todo el mundo (menos yo. ¿O sí?). Se trata de «un poco». Ahora todo es un poco, se hable de lo que se hable y sea periodista, político o jurista. O carnicero, profesor o equilibrista. Y así, se dice: esta película es un poco la historia de… El problema actual del cambio climático es un poco por la actitud de países… La dieta mediterránea es un poco la que debemos seguir…
    Y así, un poco, hasta el infinito.

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