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11 de septiembre 2014    /   CREATIVIDAD
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Diez exquisitas mascotas que pertenecieron a escritores

11 de septiembre 2014    /   CREATIVIDAD     por          
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Funcionaron al igual que musas e incluso llegaron a protagonizar algunos de sus relatos. Son mascotas de grandes escritores de todas las épocas de la historia. Los compañeros fieles que se quedaron sentados alrededor del genio mientras su mano ejecutaba el clásico movimiento pendular o disparaba los dedos a ritmo de pistón sobre las teclas. Y, finalmente, ofrecía su cabeza, su panza u otra parte de su cuerpo para que el genio desahogara sus neuras a través de caricias.
A continuación, diez de esos animales sin los cuales probablemente la historia de la literatura habría sido otra muy distinta (y que quizá deberían figurar en la portada de los libros, bajo la firma del autor):
1. La langosta de Gérard
Tener una langosta como mascota no es nada habitual, pero tampoco lo era la poesía del simbolista francés Gérard de Nerval, que, en vez de zampársela al vapor, solía sacarla a pasear por las calles de París.
Para de Nerval, estos crustáceos eran mejores animales de compañía que los perros o los gatos, porque eran «criaturas pacíficas y serias que conocen los secretos del mar. Además no ladran». Si bien pudieran ser consideraciones relativamente juiciosas, el poeta se volvió loco en 1841.
640px-Gérard_de_Nerval
2. El cocker spaniel llamado Flush
Poeta icónica de la era victoriana, cuyos versos destilaban ternura y delicadeza, Elizabeth Barrett Browning tuvo un cocker spaniel pelirrojo llamado Flush. Tanto era el amor que le profesaba a Flush, que incluso le escribió un poema: Para Flush. También intentaba enseñarle juegos de mesa para entretenerse durante sus largas convalecencias.
Con posterioridad, el perro fue protagonista de una «biografía» escrita por Virginia Woolf. En las últimas páginas de Flush, Woolf desgrana el argumento, no sin un poco de ironía, de que los perros parecen adquirir en parte el carácter de sus amos tras tantos años de convivencia. Woolf fue única a la hora de intentar penetrar en la mente del perro e intentar describir el mundo tal y como él lo percibía.
640px-VirginiaWoolf
3. Los gatos de Hemingway
Éxtasis, Dilinger, Hermano Solitario o Casa de Pelo no son villanos lombrosianos de Dick Tracy o Sin City, sino algunos de los nombres que tuvieron los gatos de Ernest Hemingway, que llegó a tener treinta ejemplares. Algunos de sus gatos se conocían como «los gatos de Hemingway» porque muchos tenían seis dedos, como si fueran mutantes.
640px-ErnestHemingway
4. La obsesión de Eliot
Tan amante de los perros era George Eliot (seudónimo que empleó la escritora británica Mary Anne Evans) que, al recibir el adelanto por uno de sus libros, se lo gastó íntegramente en adquirir un carlino. No fue el único obsesionado con estos animales, pues el prestigioso crítico literario y escritor J. R. Ackerley también le dedicó a su perra el libro Mi perra Tulip. Thomas Mann también escribe sobre su perro en Señor y perro. Y Roger Grenier incluso escribe un ensayo: La dificultad de ser perro.
George_Eliot
5. Los pecados de Twain
Mark Twain prefería a los gatos antes que a los perros. Compartía la opinión del poeta simbolista francés nacido en Uruguay, Jules Laforgue, que decía que los perros son planos, sirvientes, panaderos, y los gatos (como su querido Mürr) eran profundos, brahmanes y espadachines. Así que colegía que a nadie se le ocurriría hacer de un perro mosquetero. Esas palabras las pronunció, claro está, mucho antes de que se estrenara en televisión Dartacán y los tres mosqueperros.
Sin embargo, a juzgar por los nombres que usó Twain para bautizar a sus mininos, parece que los consideraba casi como pecados o fuentes del mal puro: Belcebú, Pecado, Satanás, Zoroastro…
640px-Twain1909
6. Cats
El musical Cats está basado en un libro de poemas dedicado a los felinos escrito por T. S. Eliot, que probablemente fue el escritor más obsesionado por los gatos. Algunos de los nombres de sus gatos fueron Patitas, Noilly Prat y Jorge Matadragones.
La saga felina La canción de Cazarrabo de Tad Williams o las obras del siglo XIX de Ernst Theodor Amadeus Hofffmann que transcurren en Gran Ducado, un humilde estado de Alemania, también entronizaron a los gatos hasta el punto de volverlos casi antropomórficos. Y es que Gran Ducado es el lugar de nacimiento de Murr, el único gato del mundo que ha resuelto el secreto de la filosofía felina. Como se describe en Breve guía de lugares imaginarios de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi, Murr es autor del célebre ensayo Divertimentos biográficos en el tejado, donde Murr:

Fue el primero en trazar una distinción científica y filosófica entre el gato estudiante que vaga por los tejados, de voz resonante, alma pura y estómago vacío, y el gato prosaico y calienta-cojines, acurrucado junto a un arenque frito y un cazo de deliciosa leche y con una excusa siempre a punto para no compartir su comida.

Thomas_Stearns_Eliot_by_Lady_Ottoline_Morrell_(1934)
7. La triste muerte de Soseki
Con el mismo celo y entrega con el que Julio Cortázar cuidaría a su gato negro Teodor W. Adorno, rescatado de un basurero de Saignon, en la Provenza francesa, Fernando Sánchez Dragó compartió vida y trabajo con su gato Soseki. Nombre este adquirido a raíz de una de las obras fundamentales del escritor japonés Natsume Sōseki: Soy un gato.
Según el propio Dragó, Soseki le contemplaba durante horas mientras él picaba en su máquina de escribir. Siempre fiel y cariñoso. De hecho, incluso compartió con él algunos minutos de televisión como invitado a su programa de telenoticias en Telemadrid. Pero Soseki murió de la forma más cruel imaginable. Dragó cuenta en su vivienda con un montacargas que le traslada al piso donde él tiene instalado su despacho. En una ocasión, Soseki había metido su cabecita entre el montacargas y el hueco del túnel. Dragó activó inadvertidamente el montacargas y Soseki, tras unos espasmos, perdió la vida.

Hasta arriba de tranquilizantes, Dragó salió en antena en el programa de radio Isabel Gemio Te doy mi palabra a pocas horas de su muerte, cumplidor. Sin embargo, a los pocos segundos, Dragó no consigue mantener la compostura, arranca a llorar y bramar intermitentemente, y acaba destilando todos los sentimientos que experimentaba por su gato para solaz y morbo de los oyentes.
640px-Soseki
8. Los cocodrilos de Parker
Dorothy Parker tenía en casa a dos crías de cocodrilo que alguien le había regalado. Como no sabía dónde meterlas para que se sintieran como en casa, decidió instalarlas en su bañera. Su sirvienta tuvo a bien dejarle escrita la siguiente nota: «Querida señora: me marcho, porque no puedo trabajar en una casa donde haya cocodrilos. Debí habérselo dicho antes, pero nunca pensé que tendría que hacerlo».
Young_Dorothy_Parker
9. La tumba para la mosca
El poeta de la Antigua Roma, Virgilio, tuvo la mascota más original que un escritor haya podido tener nunca: una mosca. Tal era su adoración por su mosca que, tras su muerte, organizó un suntuoso funeral para el que se gastó el equivalente a un millón de dólares y para el que contrató a un grupo de músicos. Finalmente se construyó un diminuto mausoleo para la mosca, tal y como explica Robert Schnakenberg en su libro Vidas secretas de grandes escritores.
640px-Parco_della_Grotta_di_Posillipo5_(crop)
10. El zoo Byron
Lord Byron era un hombre excesivo.  Por ejemplo, se cuenta que una de las fantasías de Byron era la de disfrazar a sus amantes con ropas de hombre para hacerlas pasar por sus primos en los hoteles donde se daban cita. También es famosa la anécdota de un viaje en barco que Byron comparió con Shelley y Godwin, en el que de repente, echando la cabeza hacia atrás, Byron lanzó un tremendo aullido, semejante al de los lobos. Shelley y Godwin, perplejos, le preguntaron a Byron a qué venía eso. Byron explicó que había intentado imitar el lenguaje de los habitantes de los montes de Albania, que lanzaban un aullido similar para saludarse. Les hizo tanta gracia aquella broma que, a partir de aquel día, cada vez que coincidían los tres, se saludaban en albanés. Es decir, echaban la cabeza hacia atrás y aullaban como si fueran hombres lobo recién convertidos.
Byron también era excesivo en lo tocante a las mascotas: no tenía una ni dos, tenía prácticamente un zoológico doméstico. Además de diversos perros, como Fanny, Thunder o Nelson, Lord Byron tenía los siguientes animales en el sótano de su residencia, tal y como explica Antón Castro en el libro Perros, gatos y lémures:

«tenía un mono, un mastín, un bulldog, dos gatos, un tejón, un águila, un halcón, una garza, una grulla, y aves de corral como gansos y gallinas de Guinea; ese animalario doméstico contaba con su propio mayordomo, el fiel Fletcher. Un día, cuando éste discutía el precio de un mono en un mercado, el poeta cortó en seco el regateo y le dijo: “Cómpralo, Fletcher, cómpralo: me gustan los monos mucho más que los hombres. Son divertidos y nunca llegan a cansarme”».

Con todo, su animal preferido era su perro de raza Terranova llamado Boatswain. Cuando este murió, Byron le dedicó un poema conmovedor: Un epitafio para Boatswain. También ordenó construirle una tumba en cuya lápida se podían leer los primeros versos:

Aquí reposan / los restos de una criatura / que fue bella sin vanidad, / fuerte sin insolencia, / valiente sin ferocidad, / y tuvo todas las virtudes del hombre / y ninguno de sus defectos.

Byron_1824
Bonus Track
Y finalmente, para coronar este exceso zoofílico, comparto un diálogo escrito por Aaron Sorkin en la serie de televisión El ala oeste de la casa blanca (capítulo 5). Un diálogo que mantiene un grupo ecologista que se reúne con una miembro del gobierno de los Estados Unidos para proponer la construcción de una autopista para animales, que habría de facilitar las migraciones de los lobos. Un diálogo que, tras lo leído, se vuelve sorprendentemente verosímil:
   –Durante 4 años, los científicos han seguido a Pluie en sus migraciones del Parque Nacional de Alberta hasta las Montañas Rocosas. En ese periodo ha realizado 3 trayectos de ida y vuelta entre Canadá y Wyoming cubriendo 100.000 kilómetros. Creo que debe admitir que ha sido un verdadero logro para Pluie. Especialmente considerando los impedimentos de la vida moderna que tuvo que superar. Autopistas, edificaciones, bosques (pero bosques sin árboles), sin olvidar la frontera entre Estados Unidos y Canadá.
   –Claro, no tiene pasaporte.
   –¿Cómo dice?
   –Era una broma.
   –¿Por qué hace Pluie ese largo viaje? Pues porque los lobos tienen que aparearse con distintas manadas para evitar la extinción. Si se aparearan siempre entre ellos acabarían teniendo camadas débiles genéticamente, poniendo en peligro su supervivencia a largo plazo.
   –Eso explica lo del palacio de Buckinham.
   –¿Puedo contarle lo que proponemos?
   –Claro.
   –Una autopista sólo para lobos. 2.900 kilómetros entre Yellowstone y el territorio Yucón. Con pasos elevados entre autopistas y sin ganado pastando.
   –¿Una autopista para lobos de 3.000 kilómetros? Espera… ¿cómo enseñarán a los lobos a seguir las indicaciones?
    –Nuestros científicos están estudiándolo.
    –Sí, pero mientras tanto, Pluie puede emborracharse, salir de esa autopista y comerse a mi gato.
Fuentes:
Perros, gatos y lémures, VV AA.
Breve guía de lugares imaginarios, Alberto Manguel y Gianni Guadalupi
Vidas secretas de grandes escritores, Robert Schnakenberg

Funcionaron al igual que musas e incluso llegaron a protagonizar algunos de sus relatos. Son mascotas de grandes escritores de todas las épocas de la historia. Los compañeros fieles que se quedaron sentados alrededor del genio mientras su mano ejecutaba el clásico movimiento pendular o disparaba los dedos a ritmo de pistón sobre las teclas. Y, finalmente, ofrecía su cabeza, su panza u otra parte de su cuerpo para que el genio desahogara sus neuras a través de caricias.
A continuación, diez de esos animales sin los cuales probablemente la historia de la literatura habría sido otra muy distinta (y que quizá deberían figurar en la portada de los libros, bajo la firma del autor):
1. La langosta de Gérard
Tener una langosta como mascota no es nada habitual, pero tampoco lo era la poesía del simbolista francés Gérard de Nerval, que, en vez de zampársela al vapor, solía sacarla a pasear por las calles de París.
Para de Nerval, estos crustáceos eran mejores animales de compañía que los perros o los gatos, porque eran «criaturas pacíficas y serias que conocen los secretos del mar. Además no ladran». Si bien pudieran ser consideraciones relativamente juiciosas, el poeta se volvió loco en 1841.
640px-Gérard_de_Nerval
2. El cocker spaniel llamado Flush
Poeta icónica de la era victoriana, cuyos versos destilaban ternura y delicadeza, Elizabeth Barrett Browning tuvo un cocker spaniel pelirrojo llamado Flush. Tanto era el amor que le profesaba a Flush, que incluso le escribió un poema: Para Flush. También intentaba enseñarle juegos de mesa para entretenerse durante sus largas convalecencias.
Con posterioridad, el perro fue protagonista de una «biografía» escrita por Virginia Woolf. En las últimas páginas de Flush, Woolf desgrana el argumento, no sin un poco de ironía, de que los perros parecen adquirir en parte el carácter de sus amos tras tantos años de convivencia. Woolf fue única a la hora de intentar penetrar en la mente del perro e intentar describir el mundo tal y como él lo percibía.
640px-VirginiaWoolf
3. Los gatos de Hemingway
Éxtasis, Dilinger, Hermano Solitario o Casa de Pelo no son villanos lombrosianos de Dick Tracy o Sin City, sino algunos de los nombres que tuvieron los gatos de Ernest Hemingway, que llegó a tener treinta ejemplares. Algunos de sus gatos se conocían como «los gatos de Hemingway» porque muchos tenían seis dedos, como si fueran mutantes.
640px-ErnestHemingway
4. La obsesión de Eliot
Tan amante de los perros era George Eliot (seudónimo que empleó la escritora británica Mary Anne Evans) que, al recibir el adelanto por uno de sus libros, se lo gastó íntegramente en adquirir un carlino. No fue el único obsesionado con estos animales, pues el prestigioso crítico literario y escritor J. R. Ackerley también le dedicó a su perra el libro Mi perra Tulip. Thomas Mann también escribe sobre su perro en Señor y perro. Y Roger Grenier incluso escribe un ensayo: La dificultad de ser perro.
George_Eliot
5. Los pecados de Twain
Mark Twain prefería a los gatos antes que a los perros. Compartía la opinión del poeta simbolista francés nacido en Uruguay, Jules Laforgue, que decía que los perros son planos, sirvientes, panaderos, y los gatos (como su querido Mürr) eran profundos, brahmanes y espadachines. Así que colegía que a nadie se le ocurriría hacer de un perro mosquetero. Esas palabras las pronunció, claro está, mucho antes de que se estrenara en televisión Dartacán y los tres mosqueperros.
Sin embargo, a juzgar por los nombres que usó Twain para bautizar a sus mininos, parece que los consideraba casi como pecados o fuentes del mal puro: Belcebú, Pecado, Satanás, Zoroastro…
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6. Cats
El musical Cats está basado en un libro de poemas dedicado a los felinos escrito por T. S. Eliot, que probablemente fue el escritor más obsesionado por los gatos. Algunos de los nombres de sus gatos fueron Patitas, Noilly Prat y Jorge Matadragones.
La saga felina La canción de Cazarrabo de Tad Williams o las obras del siglo XIX de Ernst Theodor Amadeus Hofffmann que transcurren en Gran Ducado, un humilde estado de Alemania, también entronizaron a los gatos hasta el punto de volverlos casi antropomórficos. Y es que Gran Ducado es el lugar de nacimiento de Murr, el único gato del mundo que ha resuelto el secreto de la filosofía felina. Como se describe en Breve guía de lugares imaginarios de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi, Murr es autor del célebre ensayo Divertimentos biográficos en el tejado, donde Murr:

Fue el primero en trazar una distinción científica y filosófica entre el gato estudiante que vaga por los tejados, de voz resonante, alma pura y estómago vacío, y el gato prosaico y calienta-cojines, acurrucado junto a un arenque frito y un cazo de deliciosa leche y con una excusa siempre a punto para no compartir su comida.

Thomas_Stearns_Eliot_by_Lady_Ottoline_Morrell_(1934)
7. La triste muerte de Soseki
Con el mismo celo y entrega con el que Julio Cortázar cuidaría a su gato negro Teodor W. Adorno, rescatado de un basurero de Saignon, en la Provenza francesa, Fernando Sánchez Dragó compartió vida y trabajo con su gato Soseki. Nombre este adquirido a raíz de una de las obras fundamentales del escritor japonés Natsume Sōseki: Soy un gato.
Según el propio Dragó, Soseki le contemplaba durante horas mientras él picaba en su máquina de escribir. Siempre fiel y cariñoso. De hecho, incluso compartió con él algunos minutos de televisión como invitado a su programa de telenoticias en Telemadrid. Pero Soseki murió de la forma más cruel imaginable. Dragó cuenta en su vivienda con un montacargas que le traslada al piso donde él tiene instalado su despacho. En una ocasión, Soseki había metido su cabecita entre el montacargas y el hueco del túnel. Dragó activó inadvertidamente el montacargas y Soseki, tras unos espasmos, perdió la vida.

Hasta arriba de tranquilizantes, Dragó salió en antena en el programa de radio Isabel Gemio Te doy mi palabra a pocas horas de su muerte, cumplidor. Sin embargo, a los pocos segundos, Dragó no consigue mantener la compostura, arranca a llorar y bramar intermitentemente, y acaba destilando todos los sentimientos que experimentaba por su gato para solaz y morbo de los oyentes.
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8. Los cocodrilos de Parker
Dorothy Parker tenía en casa a dos crías de cocodrilo que alguien le había regalado. Como no sabía dónde meterlas para que se sintieran como en casa, decidió instalarlas en su bañera. Su sirvienta tuvo a bien dejarle escrita la siguiente nota: «Querida señora: me marcho, porque no puedo trabajar en una casa donde haya cocodrilos. Debí habérselo dicho antes, pero nunca pensé que tendría que hacerlo».
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9. La tumba para la mosca
El poeta de la Antigua Roma, Virgilio, tuvo la mascota más original que un escritor haya podido tener nunca: una mosca. Tal era su adoración por su mosca que, tras su muerte, organizó un suntuoso funeral para el que se gastó el equivalente a un millón de dólares y para el que contrató a un grupo de músicos. Finalmente se construyó un diminuto mausoleo para la mosca, tal y como explica Robert Schnakenberg en su libro Vidas secretas de grandes escritores.
640px-Parco_della_Grotta_di_Posillipo5_(crop)
10. El zoo Byron
Lord Byron era un hombre excesivo.  Por ejemplo, se cuenta que una de las fantasías de Byron era la de disfrazar a sus amantes con ropas de hombre para hacerlas pasar por sus primos en los hoteles donde se daban cita. También es famosa la anécdota de un viaje en barco que Byron comparió con Shelley y Godwin, en el que de repente, echando la cabeza hacia atrás, Byron lanzó un tremendo aullido, semejante al de los lobos. Shelley y Godwin, perplejos, le preguntaron a Byron a qué venía eso. Byron explicó que había intentado imitar el lenguaje de los habitantes de los montes de Albania, que lanzaban un aullido similar para saludarse. Les hizo tanta gracia aquella broma que, a partir de aquel día, cada vez que coincidían los tres, se saludaban en albanés. Es decir, echaban la cabeza hacia atrás y aullaban como si fueran hombres lobo recién convertidos.
Byron también era excesivo en lo tocante a las mascotas: no tenía una ni dos, tenía prácticamente un zoológico doméstico. Además de diversos perros, como Fanny, Thunder o Nelson, Lord Byron tenía los siguientes animales en el sótano de su residencia, tal y como explica Antón Castro en el libro Perros, gatos y lémures:

«tenía un mono, un mastín, un bulldog, dos gatos, un tejón, un águila, un halcón, una garza, una grulla, y aves de corral como gansos y gallinas de Guinea; ese animalario doméstico contaba con su propio mayordomo, el fiel Fletcher. Un día, cuando éste discutía el precio de un mono en un mercado, el poeta cortó en seco el regateo y le dijo: “Cómpralo, Fletcher, cómpralo: me gustan los monos mucho más que los hombres. Son divertidos y nunca llegan a cansarme”».

Con todo, su animal preferido era su perro de raza Terranova llamado Boatswain. Cuando este murió, Byron le dedicó un poema conmovedor: Un epitafio para Boatswain. También ordenó construirle una tumba en cuya lápida se podían leer los primeros versos:

Aquí reposan / los restos de una criatura / que fue bella sin vanidad, / fuerte sin insolencia, / valiente sin ferocidad, / y tuvo todas las virtudes del hombre / y ninguno de sus defectos.

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Bonus Track
Y finalmente, para coronar este exceso zoofílico, comparto un diálogo escrito por Aaron Sorkin en la serie de televisión El ala oeste de la casa blanca (capítulo 5). Un diálogo que mantiene un grupo ecologista que se reúne con una miembro del gobierno de los Estados Unidos para proponer la construcción de una autopista para animales, que habría de facilitar las migraciones de los lobos. Un diálogo que, tras lo leído, se vuelve sorprendentemente verosímil:
   –Durante 4 años, los científicos han seguido a Pluie en sus migraciones del Parque Nacional de Alberta hasta las Montañas Rocosas. En ese periodo ha realizado 3 trayectos de ida y vuelta entre Canadá y Wyoming cubriendo 100.000 kilómetros. Creo que debe admitir que ha sido un verdadero logro para Pluie. Especialmente considerando los impedimentos de la vida moderna que tuvo que superar. Autopistas, edificaciones, bosques (pero bosques sin árboles), sin olvidar la frontera entre Estados Unidos y Canadá.
   –Claro, no tiene pasaporte.
   –¿Cómo dice?
   –Era una broma.
   –¿Por qué hace Pluie ese largo viaje? Pues porque los lobos tienen que aparearse con distintas manadas para evitar la extinción. Si se aparearan siempre entre ellos acabarían teniendo camadas débiles genéticamente, poniendo en peligro su supervivencia a largo plazo.
   –Eso explica lo del palacio de Buckinham.
   –¿Puedo contarle lo que proponemos?
   –Claro.
   –Una autopista sólo para lobos. 2.900 kilómetros entre Yellowstone y el territorio Yucón. Con pasos elevados entre autopistas y sin ganado pastando.
   –¿Una autopista para lobos de 3.000 kilómetros? Espera… ¿cómo enseñarán a los lobos a seguir las indicaciones?
    –Nuestros científicos están estudiándolo.
    –Sí, pero mientras tanto, Pluie puede emborracharse, salir de esa autopista y comerse a mi gato.
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Perros, gatos y lémures, VV AA.
Breve guía de lugares imaginarios, Alberto Manguel y Gianni Guadalupi
Vidas secretas de grandes escritores, Robert Schnakenberg

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