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3 de mayo 2017    /   BUSINESS
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Todo lo que imaginas de la discapacidad no es cierto

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Imaginemos la siguiente escena. En plena hora punta, en el metro, entra en el vagón una persona en silla de ruedas. Carece de brazos y sus manos despuntan de sus hombros. Sus diminutas piernas arqueadas denotan que su altura no supera el metro veinte. ¿Cuál es la reacción que provoca esta irrupción? Si alguien lo sabe es Raúl Gay, un periodista que acaba de publicar Retrón. Querer es poder (a veces) de la Editorial NetxDoor Publisher.

«A veces me siento como Elena Anaya o Natalie Portman. O como Bárcenas. Circulo por la calle y siento que la gente me mira. Algunos a escondidas, por el rabillo del ojo. Otros giran el cuello y me repasan de arriba abajo […] Alguna anciana, alguna vez, se ha santiguado a mi paso […]. En ocasiones, tras mirarme, me dan dinero. Suelen dar poco, 20 céntimos a los sumo», bromea en su libro Gay, que nació con focomelia, una enfermedad que provoca malformaciones y que, aunque no es su caso, comparten también los niños de la talidomina.

Desde su silla de ruedas, a Gay no le molesta que los pequeños lo escruten, de hecho, anima a los padres a que les permitan mirar sin ambages y así se habitúen a la diferencia. Sin embargo, menos agradables le resultan las miradas compasivas, pues en definitiva la pena aleatoria no es plato de buen agrado para nadie, se esté o no en una silla de ruedas.

El trabajo de este escritor maño resulta relevante, más allá de su hilarante e impecable prosa, por que plantea una ruptura en el tratamiento imperante de la discapacidad. En los últimos años, nos hemos acercado superficialmente a la minusvalía, confiriéndole un tratamiento épico a través de historias inspiradoras de personas que, pese a sus carencias e incluso gracias a ellas, alcanzan metas insospechadas.

Gay rehúye ese territorio manido, que no representa a la inmensa mayoría de discapacitados y también soslaya el tufillo de manual de autoayuda que podría emanar un libro escrito por un discapacitado. Explica su historia con ironía y honestidad que, y este es uno de los méritos, nunca llega a ser pornográfica. Ni siquiera cuando rememora cómo perdió su virginidad en una casa de citas ayudado por sus amigos trastabilla en el detalle morboso. Únicamente abre una ventana discreta para que lo que él denomina bípedos (los que no presentan discapacidad) puedan asomarse a la rutina diaria de un retrón (con este término engloba a los que la tienen).

Esa ventana insufla una bocanada de aire fresco al llamado ‘modelo social’ de abordaje de la discapacidad, que fue auspiciado por el británico Paul Hunt en 1972 y que apela al papel integrador por parte de la sociedad. Es sin duda el más justo de todos los modelos históricos, porque si echamos la vista atrás, los bípedos tenemos bastantes manchas oscuras en el currículum de relación con los retrones.

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Durante siglos la discapacidad era asimilada a «la marca del pecado», que tanto podía castigar a los que la padecían como a sus familias. Esta concepción la hereda el cristianismo del judaísmo, aunque también es común a otras religiones. Existen pasajes de la Biblia en los que cuando Jesús obra un milagro con un paralítico, le perdona sus pecados, como si estos fueran la causa de su dolencia.

Al culpar al propio discapacitado de su situación, la sociedad se eximía de su cuidado y podía condenarlo al ostracismo sin remordimientos. Durante siglos, se impuso el modelo de la prescidencia, que consistía en confinar a los discapacitados sin ningún otro objetivo que apartarlos de la sociedad.

El panorama cambió con la Revolución Industrial, que introdujo maquinaria que aumentó las mutilaciones entre trabajadores que carecían de problemas congénitos. Es cuando se acuña el término ‘discapacidad’ para designar la incapacidad para formar parte del proceso de producción. De alguna aviesa forma, la invalidez se democratiza, ya no es algo que le ocurre únicamente a los otros, a los que nacieron con ella, sino que le puede acontecer a cualquiera, lo que fuerza la empatía, aunque sea estucada de egoísmo.

La Gran Guerra deja una estela de lisiados que acaban por permutar el paradigma. La medicina empieza a trabajar en la rehabilitación de estos para que se reintegren en la sociedad, pues su coste empieza a ser insostenible. El poderoso caballero don Dinero siempre encuentra atajos para cambiar mentalidades. La II Guerra Mundial y los movimientos por los derechos civiles acabaron por conformar el actual escenario que se consolidó en 1972.

Esta historia no aparece en el libro porque Raúl Gay, nacido en 1981, es ajeno a esta herencia. Y es esa libertad la que le permite plantear el aquí y el ahora de la cuestión y darle una vuelta de tuerca. No se trata de un libro reivindicativo, pero al mostrar su situación particular expone sin acentuar la necesidad de una integración aún más profunda, más allá de los tópicos lacrimógenos y/o triunfalistas que parecen haber secuestrado el tratamiento de la discapacidad.

A través de sus páginas, el lector comprende —se puede decir que prácticamente vive— lo radicalmente que cambia la vida de un retrón por el hecho de contar o no con un asistente personal o de disponer de la capacidad económica para adelantar el montante que cuesta una silla de ruedas antes de que la Seguridad Social lo retorne.

Además de las necesidades meramente materiales, también se esbozan, sin enfatizar, las sociales. Gay le cede en un capítulo la palabra a su mujer, Elena Castelló, una bípeda que afirma: «A mí hay gente que me ha dicho que me admira por estar con Raúl y yo, la verdad, es que no le veo ningún sentido a esa frase. Me podrían admirar si voy de viaje a ayudar a un país desfavorecido […]. Pero ¿admirarme porque me he enamorado y vivo mi vida lo mejor que puedo? No tiene sentido».

Muchos son los sinsentidos que Retrón despeña sin aspavientos con dos únicas poderosas armas: el sentido común y el humor.

Imaginemos la siguiente escena. En plena hora punta, en el metro, entra en el vagón una persona en silla de ruedas. Carece de brazos y sus manos despuntan de sus hombros. Sus diminutas piernas arqueadas denotan que su altura no supera el metro veinte. ¿Cuál es la reacción que provoca esta irrupción? Si alguien lo sabe es Raúl Gay, un periodista que acaba de publicar Retrón. Querer es poder (a veces) de la Editorial NetxDoor Publisher.

«A veces me siento como Elena Anaya o Natalie Portman. O como Bárcenas. Circulo por la calle y siento que la gente me mira. Algunos a escondidas, por el rabillo del ojo. Otros giran el cuello y me repasan de arriba abajo […] Alguna anciana, alguna vez, se ha santiguado a mi paso […]. En ocasiones, tras mirarme, me dan dinero. Suelen dar poco, 20 céntimos a los sumo», bromea en su libro Gay, que nació con focomelia, una enfermedad que provoca malformaciones y que, aunque no es su caso, comparten también los niños de la talidomina.

Desde su silla de ruedas, a Gay no le molesta que los pequeños lo escruten, de hecho, anima a los padres a que les permitan mirar sin ambages y así se habitúen a la diferencia. Sin embargo, menos agradables le resultan las miradas compasivas, pues en definitiva la pena aleatoria no es plato de buen agrado para nadie, se esté o no en una silla de ruedas.

El trabajo de este escritor maño resulta relevante, más allá de su hilarante e impecable prosa, por que plantea una ruptura en el tratamiento imperante de la discapacidad. En los últimos años, nos hemos acercado superficialmente a la minusvalía, confiriéndole un tratamiento épico a través de historias inspiradoras de personas que, pese a sus carencias e incluso gracias a ellas, alcanzan metas insospechadas.

Gay rehúye ese territorio manido, que no representa a la inmensa mayoría de discapacitados y también soslaya el tufillo de manual de autoayuda que podría emanar un libro escrito por un discapacitado. Explica su historia con ironía y honestidad que, y este es uno de los méritos, nunca llega a ser pornográfica. Ni siquiera cuando rememora cómo perdió su virginidad en una casa de citas ayudado por sus amigos trastabilla en el detalle morboso. Únicamente abre una ventana discreta para que lo que él denomina bípedos (los que no presentan discapacidad) puedan asomarse a la rutina diaria de un retrón (con este término engloba a los que la tienen).

Esa ventana insufla una bocanada de aire fresco al llamado ‘modelo social’ de abordaje de la discapacidad, que fue auspiciado por el británico Paul Hunt en 1972 y que apela al papel integrador por parte de la sociedad. Es sin duda el más justo de todos los modelos históricos, porque si echamos la vista atrás, los bípedos tenemos bastantes manchas oscuras en el currículum de relación con los retrones.

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Durante siglos la discapacidad era asimilada a «la marca del pecado», que tanto podía castigar a los que la padecían como a sus familias. Esta concepción la hereda el cristianismo del judaísmo, aunque también es común a otras religiones. Existen pasajes de la Biblia en los que cuando Jesús obra un milagro con un paralítico, le perdona sus pecados, como si estos fueran la causa de su dolencia.

Al culpar al propio discapacitado de su situación, la sociedad se eximía de su cuidado y podía condenarlo al ostracismo sin remordimientos. Durante siglos, se impuso el modelo de la prescidencia, que consistía en confinar a los discapacitados sin ningún otro objetivo que apartarlos de la sociedad.

El panorama cambió con la Revolución Industrial, que introdujo maquinaria que aumentó las mutilaciones entre trabajadores que carecían de problemas congénitos. Es cuando se acuña el término ‘discapacidad’ para designar la incapacidad para formar parte del proceso de producción. De alguna aviesa forma, la invalidez se democratiza, ya no es algo que le ocurre únicamente a los otros, a los que nacieron con ella, sino que le puede acontecer a cualquiera, lo que fuerza la empatía, aunque sea estucada de egoísmo.

La Gran Guerra deja una estela de lisiados que acaban por permutar el paradigma. La medicina empieza a trabajar en la rehabilitación de estos para que se reintegren en la sociedad, pues su coste empieza a ser insostenible. El poderoso caballero don Dinero siempre encuentra atajos para cambiar mentalidades. La II Guerra Mundial y los movimientos por los derechos civiles acabaron por conformar el actual escenario que se consolidó en 1972.

Esta historia no aparece en el libro porque Raúl Gay, nacido en 1981, es ajeno a esta herencia. Y es esa libertad la que le permite plantear el aquí y el ahora de la cuestión y darle una vuelta de tuerca. No se trata de un libro reivindicativo, pero al mostrar su situación particular expone sin acentuar la necesidad de una integración aún más profunda, más allá de los tópicos lacrimógenos y/o triunfalistas que parecen haber secuestrado el tratamiento de la discapacidad.

A través de sus páginas, el lector comprende —se puede decir que prácticamente vive— lo radicalmente que cambia la vida de un retrón por el hecho de contar o no con un asistente personal o de disponer de la capacidad económica para adelantar el montante que cuesta una silla de ruedas antes de que la Seguridad Social lo retorne.

Además de las necesidades meramente materiales, también se esbozan, sin enfatizar, las sociales. Gay le cede en un capítulo la palabra a su mujer, Elena Castelló, una bípeda que afirma: «A mí hay gente que me ha dicho que me admira por estar con Raúl y yo, la verdad, es que no le veo ningún sentido a esa frase. Me podrían admirar si voy de viaje a ayudar a un país desfavorecido […]. Pero ¿admirarme porque me he enamorado y vivo mi vida lo mejor que puedo? No tiene sentido».

Muchos son los sinsentidos que Retrón despeña sin aspavientos con dos únicas poderosas armas: el sentido común y el humor.

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