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20 de septiembre 2016    /   ENTRETENIMIENTO
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El disco cuyas letras son palabras pronunciadas mientras se duerme

20 de septiembre 2016    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Un científico de la Universidad de la Ciudad de Nueva York escribió cientos de páginas sobre lo que dicen las personas cuando están bajo un episodio de sonambulismo o un sueño profundo, y las palabras sonámbulas también propiciaron la creación de un disco lleno de canciones cuyas letras fueron extraídas del mundo de Morfeo.

Fue Arthur Arkin el que tuvo a bien registrar lo que decían las personas mientras dormían. Afortunadamente, no de los que dormían plácidamente, lo que habría derivado en un disco lleno de ronquidos (aunque quizá algo cualitativamente superior al reggaeton). Arkin dedicó toda su vida a registrar esta cháchara sonámbula en un volumen de más de 600 páginas que tituló Sleep Talking: Psychology and Psychophysiology.

No sólo palabras sin sentido

Estamos acostumbrados a que las personas digan alguna palabra suelta o quizá una frase sin sentido cuando la intensidad del sueño es lo suficientemente elevada como para activar los músculos del cuerpo. Una súbita desconexión de lo onírico donde el sistema motor vuelve a estar activo. Pero hay hablantes nocturnos que no se limitan a verter balbuceos, sino charlas de varios minutos.

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A esta condición se la conoce como somniloquía o noctilalia y afecta, según la mayoría de estudios, a entre un 50% y un 80% de niños y adolescentes. En los adultos, este porcentaje se reduce un poco, aunque en su caso, la somniloquia crónica sí es considerada un trastorno del sueño y se considera que es producto de la exposición prolongada al estrés, a la fiebre o hasta el consumo de determinados medicamentos.

Lo que reveló la investigación de Arkin es que, al contrario de lo que dicta la creencia popular, las personas no suelen ser sinceras cuando duermen, al estilo de los beodos o los niños. De hecho, casi todo lo que sale de la boca de una persona que duerme forma parte de la fabulación, posiblemente influida por esas flatulencias mentales que son los sueños.

Lo que también constató Arkin es que, con según qué durmientes, se puede llegar a mantener una conversación más o menos fluida. La mejor forma de iniciar una conversación con una persona durmiente es aguardar a que él emita algún tipo de balbuceo: es entonces el instante en el que se puede propiciar que atienda a alguna pregunta y la responda. Lo explica así Richard Wiseman al hablar de los experimentos de Arkin en su libro Escuela nocturna:

Es la señal para que entres en acción y hagas un par de preguntas directas cuya respuesta sea “sí” o “no”, como por ejemplo: “¿Te llamas Eric?” y “¿Naciste en Londres?”. Cuando hayas obtenido las respuestas, puedes pasar a preguntas más interesantes y que requieran una respuesta más extensa, por ejemplo, las clásicas y atemporales: “¿Alguna vez te has sentido atraído por una cabra?” y “¿Cuál es tu PIN?”. Después de charlar con muchos voluntarios inconscientes, Arkin llegó a la conclusión de que todos solían ser evasivos y desconfiados, y uno de ellos zanjó con contundencia la conversación diciendo: “Estoy durmiendo”.

El disco del sueño

Entre los planes de Arkin no estaba grabar un disco con toda aquella montaña de palabras, aunque tenía suficiente material para crear una extensa discografía. Fue el cantante Dion McGregor, que también solía hablar mientras dormía, el que registró en la década de 1970 su cháchara con un magnetofón en el abracadabrante álbum The Dream World of Dion McGregor (He Talks in His Sleep).

Tal y como lo explica Wiseman:

En su surrealista álbum, McGregor va farfullando de forma inconsciente varios monólogos profundamente extraños, entre ellos los que habla de una dieta basada en el almidón, de un diminuto pueblo habitado por pollos enanos y lleno de tumbas en miniatura, y de una extraña cena en la que se ha puesto veneno en todos los palos de crema.

El álbum pasó sin pena ni gloria por las tiendas de discos y no supuso una revolución, como creía el intérprete, al estilo de la distorsión del sonido que desafió el oído hace cuarenta años cuando los Beatles y la Velvet Underground empezaron a sobrecargar sus amplificadores. Con todo, actualmente es una pieza de coleccionistas para fetichistas de las canciones raras o feas, al estilo Florence Foster Jenkins y otros diletantes musicales. O para los aficionados a los sueños.

Al fin y al cabo, no es la primera vez que aparecen canciones con letras sin sentido o con rimas a lo Mecano, que viene a ser lo mismo. El Scat singing se basa precisamente en eso, en la improvisación sin sentido. In a Gadda Da Vida también fue una frase sin sentido inspirada por el LSD para el tema de rock de diecisiete minutos de Iron Butterfly, incluido en el álbum del mismo título. Y ahí doy mi idea para otro álbum rompedor: uno cuyas letras estén jalonadas de metátesis, que es la transposición de dos letras a la que son aficionadas tantas abuelas, tal y como sucede en cocreta (por croqueta) o dentrífico (por dentífrico).

Imágenes | Pixabay

Un científico de la Universidad de la Ciudad de Nueva York escribió cientos de páginas sobre lo que dicen las personas cuando están bajo un episodio de sonambulismo o un sueño profundo, y las palabras sonámbulas también propiciaron la creación de un disco lleno de canciones cuyas letras fueron extraídas del mundo de Morfeo.

Fue Arthur Arkin el que tuvo a bien registrar lo que decían las personas mientras dormían. Afortunadamente, no de los que dormían plácidamente, lo que habría derivado en un disco lleno de ronquidos (aunque quizá algo cualitativamente superior al reggaeton). Arkin dedicó toda su vida a registrar esta cháchara sonámbula en un volumen de más de 600 páginas que tituló Sleep Talking: Psychology and Psychophysiology.

No sólo palabras sin sentido

Estamos acostumbrados a que las personas digan alguna palabra suelta o quizá una frase sin sentido cuando la intensidad del sueño es lo suficientemente elevada como para activar los músculos del cuerpo. Una súbita desconexión de lo onírico donde el sistema motor vuelve a estar activo. Pero hay hablantes nocturnos que no se limitan a verter balbuceos, sino charlas de varios minutos.

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A esta condición se la conoce como somniloquía o noctilalia y afecta, según la mayoría de estudios, a entre un 50% y un 80% de niños y adolescentes. En los adultos, este porcentaje se reduce un poco, aunque en su caso, la somniloquia crónica sí es considerada un trastorno del sueño y se considera que es producto de la exposición prolongada al estrés, a la fiebre o hasta el consumo de determinados medicamentos.

Lo que reveló la investigación de Arkin es que, al contrario de lo que dicta la creencia popular, las personas no suelen ser sinceras cuando duermen, al estilo de los beodos o los niños. De hecho, casi todo lo que sale de la boca de una persona que duerme forma parte de la fabulación, posiblemente influida por esas flatulencias mentales que son los sueños.

Lo que también constató Arkin es que, con según qué durmientes, se puede llegar a mantener una conversación más o menos fluida. La mejor forma de iniciar una conversación con una persona durmiente es aguardar a que él emita algún tipo de balbuceo: es entonces el instante en el que se puede propiciar que atienda a alguna pregunta y la responda. Lo explica así Richard Wiseman al hablar de los experimentos de Arkin en su libro Escuela nocturna:

Es la señal para que entres en acción y hagas un par de preguntas directas cuya respuesta sea “sí” o “no”, como por ejemplo: “¿Te llamas Eric?” y “¿Naciste en Londres?”. Cuando hayas obtenido las respuestas, puedes pasar a preguntas más interesantes y que requieran una respuesta más extensa, por ejemplo, las clásicas y atemporales: “¿Alguna vez te has sentido atraído por una cabra?” y “¿Cuál es tu PIN?”. Después de charlar con muchos voluntarios inconscientes, Arkin llegó a la conclusión de que todos solían ser evasivos y desconfiados, y uno de ellos zanjó con contundencia la conversación diciendo: “Estoy durmiendo”.

El disco del sueño

Entre los planes de Arkin no estaba grabar un disco con toda aquella montaña de palabras, aunque tenía suficiente material para crear una extensa discografía. Fue el cantante Dion McGregor, que también solía hablar mientras dormía, el que registró en la década de 1970 su cháchara con un magnetofón en el abracadabrante álbum The Dream World of Dion McGregor (He Talks in His Sleep).

El disco del sueño

Entre los planes de Arkin no estaba grabar un disco con toda aquella montaña de palabras, aunque tenía suficiente material para crear una extensa discografía. Fue el cantante Dion McGregor, que también solía hablar mientras dormía, el que registró en la década de 1970 su cháchara con un magnetofón en el abracadabrante álbum The Dream World of Dion McGregor (He Talks in His Sleep).

Tal y como lo explica Wiseman:

En su surrealista álbum, McGregor va farfullando de forma inconsciente varios monólogos profundamente extraños, entre ellos los que habla de una dieta basada en el almidón, de un diminuto pueblo habitado por pollos enanos y lleno de tumbas en miniatura, y de una extraña cena en la que se ha puesto veneno en todos los palos de crema.

El álbum pasó sin pena ni gloria por las tiendas de discos y no supuso una revolución, como creía el intérprete, al estilo de la distorsión del sonido que desafió el oído hace cuarenta años cuando los Beatles y la Velvet Underground empezaron a sobrecargar sus amplificadores. Con todo, actualmente es una pieza de coleccionistas para fetichistas de las canciones raras o feas, al estilo Florence Foster Jenkins y otros diletantes musicales. O para los aficionados a los sueños.

Al fin y al cabo, no es la primera vez que aparecen canciones con letras sin sentido o con rimas a lo Mecano, que viene a ser lo mismo. El Scat singing se basa precisamente en eso, en la improvisación sin sentido. In a Gadda Da Vida también fue una frase sin sentido inspirada por el LSD para el tema de rock de diecisiete minutos de Iron Butterfly, incluido en el álbum del mismo título. Y ahí doy mi idea para otro álbum rompedor: uno cuyas letras estén jalonadas de metátesis, que es la transposición de dos letras a la que son aficionadas tantas abuelas, tal y como sucede en cocreta (por croqueta) o dentrífico (por dentífrico).

Imágenes | Pixabay

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